Era un cinco del marzo pasado. Juan todavía no había despertado. María como siempre en la cocina, desayunaba mientras el Sol bostezaba. Los niños volando, bajaban la escalera. Sonreían, hacían su mueca y esperaban su recompensa. Recogían su almuerzo recién embalado. Salían y depende del día se despedían o simplemente cerraban la puerta.
Cuando un par de horas quedaban para el mediodía, Juan de repente salía descalzo de la habitación. Se estiraba, se rascaba, se limpiaba los ojos y apenas sin miradas ya salía de casa.
El Sol por la ventana se colaba, día tras día. Hora tras hora, de café en café tiraba porque le tocaba. Por la tarde el timbre sonaba tres veces. Ni el cartero, ni una amiga, ni testigos del pasado. Era Alberto, el chico de al lado con el que María jamás había hablado.
Dos cafés, una sonrisa y un beso en la mejilla, fueron suficientes para conquistar la curiosidad de María. Unos ojos destilados, más claros que la lluvia, miraban el perfil de María con lujuria. No eran capaces de ofrecer demasiado, pero era suficiente. Era todo lo que María no había tenido jamás. Todo lo que le hubiese gustado tener. Todo lo que anhelaba. No hubo siquiera que proponérselo.
Antes de pecar, María pidió perdón. Dijo que esa sería la única traición que cometería jamás. Nunca más volvería a caer en la excepción. La última vez. Lo juró tantas veces como pudo contener su deseo.
Y allí, a la luz de los espejos, María se entregó a Alberto. Fueron uno por un instante. Volverse a sentir deseada fue su premio. Cambio esa sensación por la sentencia al fuego eterno. Cambio una vida impoluta y brillante por vengarse de su tormento.
Se despidió del sonriente Alberto con adiós, si te he visto ya no me acuerdo. Cerró la puerta tras de si. Suspiró y mirando al cielo se preguntó cuanto de bien o cuánto de mal habían hecho esa tarde sus manos. Olvidó por completo las normas que su madre le había tatuado en la piel. Buscó y rebuscó en su mente el nombre del pecado. Pero solo supo llamarlo pecado. Su educación le reprochó su mentira.
Cuando el Sol ya empezaba a vaguear, la puerta se abrió algo descontrolada. Los niños se colaron preguntando por la cena, y Juan detrás ni siquiera saludaba.
María creyó que él ya lo sabía. Las primeras lágrimas de arrepentimiento brotaron. El despecho, la amargura y la rabia se des`parramaron y cuando ya casi eran las siete de la tarde, todo el plan que maría había confeccionado para su cuartada que hecho cenizas.
Juan se sentó. María se sentó. Ambos comieron como siempre. Un par de miradas y preguntas cotidianas, nada importante que tuviese valor. Las horas del final del día pasaron, la televisión y el ronroneo del gato acompañó a esa feliz pareja que esperaba el momento de irse a dormir y decirse "te quiero"
Pero María esa noche no quiso seguir mintiendo. Miró a Juan a la cara buscando sus ojos. Juan no estaba por la labor de responder.
Entonces María se derrumbó otra vez. Pero esta vez no aguantó su agonía dentro. Sollozando le gimió a Juan lo infeliz que era. Lo infeliz que había sido siempre. En un alarde de valentía que Maria guardaba dentro para las ocasiones especiales, le reprochó a Juan todas esos desprecios que tenía aún por contar.
Juan no contestaba. Su cara sinuaba un trago del peor vino de la ciudad. La miraba como si de una loca rogando por una moneda se tratase.
El Sol de ese día, parecía pintarse de un rojizo castaño. Los niños aprovecharon el despiste de sus padres para hacerse los dormidos y poder llegar tarde al colegio. Juan dormía como todos los días, esperando a que el olor a café lo despertase.
Los niños empezaron a tener remordimiento. Llegar unos minutos tarde al colegio estaba bien, como aquella tarde donde papa y mama echaron el pestillo y salieron a la media hora. Pero esto ya era pasarse. Había pasado más de una hora y ya habían despertado hasta las nubes más gandulas.
Clara se levantó intentando hacer todo el ruído posible. Pisaba el suelo como si quisera hundir sus pies en las losas. Pasó tres veces por delante del cuarto de sus padres. No hubo respuesta.
Entonces Clara idea un plan infalible. Daría un portazo en la puerta más grande y ruidosa de la casa. Desde la cocina se oiría en toda la casa el estruendo. Clara correría a su cama y simularía que había sido el viento. Así todos despertarían y el día sería como debió haber sido desde el principio.
Cuando llegó a la cocina clara observo una sombra que se balanceaba levemente. Un hilo de sangre corria por sus tobillos. Su gesto era demasiado frio a poder entenderlo. Era un gesto hueco y sin la más minima pizca de humanidad. Se parecía a la madre de Clara. Pero Clara no estaba segura. Pues nunca jamás había visto a su madre sonreír.
