17 de diciembre de 2012

Asesinos con porqué.

Una mujer va al funeral de su madre, invitada por su hermana. En el funeral ve a un hombre. A la semana siguiente, esta mujer mata a su hermana. ¿Por qué la mata?

Bruno iba paseando de madrugada. Uno de esos paseos automatizados pero con intencionalidad clara. El destino era el Museo del Traje. Un sitio recóndito en una esquina de Madrid. El rumbo fue fijado hacia la mitad del paseo y fue un sumatorio de condicionantes adversas.
Caminando su mente fluía sola. Se paseaba por todos y cada uno los lugares del mundo. Viajaba a cuando era un niño, y podía oler de nuevo ese aroma a pan recién hecho. Luego su mente se aburría y salía despavorida en el tiempo hasta llegar a esa época en la que el frío del invierno no era un impedimento para estar tirado en las aceras del pueblo.
Pero entonces vio algo que interrumpió la fogosidad de sus recuerdos. En una cabina de teléfono, un señor hablaba animadamente. No fue la escena lo que le sorprendió sino el acto. El señor, indudablemente madrileño, hablaba con pasión con lo que había al otro lado del teléfono.
Sin saber cómo ni porqué empezó a golpear el teléfono. Posiblemente estaba molesto con el servicio telefónico. Posiblemente molesto consigo mismo. Quizás solo estaba loco. Al rato no se le ocurría otra cosa que reclamar su cambio. Reclamos sin sentido, no solo por la lección que le había dado al pobre aparato telefónico sino porque la cabina llevaba fuera de servicio más de un año.
Entonces Bruno volvió a regar esa semilla que crece y crece en su cabeza. La semilla de la mentalidad humana. Esa mentalidad que ha olvidado la importancia de sobrevivir, y que se ha centrado en cosas aparentemente incoherentes. Coche, ropa, móvil, gafas... Mentes adaptadas a un mundo mutable.
Bruno no pudo evitar recordar el acertijo estúpido que le habían contado esa mañana. No quería resolverlo, porque no se trataba de un acertijo axiomático. Era un acertijo que podía tener miles de posibilidades y cada una más absurda y lógica que la anterior.
No obstante no tenía nada mejor con lo que quemar el exceso de inteligencia, por lo que recordó exactamente las palabras del acertijo. A partir de ahí su razonamiento lógico empezó a fluir.
La mujer había ido al funeral de su madre. Había tenido que ser invitada. Por tanto, esta mujer no guardaba relación con la familia. Podría haber sido una relación mala o simplemente la distancia había sido determinante. El funeral, aparentemente había sido organizado por su hermana y no por su padre, por tanto deducimos que el marino está fallecido... o no. Puede que el marido fuese el hombre al que la mujer vio  Puede que la fallecida y él estuviesen separados. Puede que el marido fuese un maltratador y tuviese a toda la familia acobardada. Esto hizo que la fallecida se separase de él, y huyese con sus dos hijas. En el funeral, su hija más joven y estúpida pensó que lo normal era avisar al viudo.
La hermana problema, fue al funeral no teniendo ni idea de que se encontraría a su tan odiado padre. Su sorpresa al verlo torno a odio por su hermana. La había llevado al funeral engañada. ¿Cómo había sido capaz? Si hubiese sabido de la presencia de su padre allí no habría ido jamás.
Pero la teoría se desmorona. Porque este tipo de reacciones son calientes y explosivas. No hubiese esperado una semana para matar a su hermana. Hubiese sido en el mismo instante en el que se encontró a su padre, y posiblemente por causas accidentales, un forcejeo, una caída de telenovela...
El hecho de que la matase pasada una semana implica premeditación. Tuvo que ver algo en el hombre que le llevase a matar a su hermana. A su hermana o a otra persona. Está claro que no quería a su hermana, porque no quería a su madre (en el funeral de tu madre no ves a nadie...).
Bruno siguió razonando a la vez que sus pasos seguían las órdenes postuladas. No encontraba una respuesta final, solo encontraba múltiples relaciones sintácticas entre los elementos...
Entonces encontró la respuesta. Relaciones sintácticas. Juego de palabras. Normalmente los acertijos se basan en un juego de palabras que invita a error. Palabras que cambiadas de contexto o entendidas de formas diferentes cambian el significado de todo.
Bruno supo que responder entonces. Supo donde estaba el truco de todo aquel enjambre malintencionado. Estaba deseando que llegase la mañana siguiente para escupirle en la cara a su querida hermana la respuesta.

6 de noviembre de 2012

Juzgando su condena.

Era un cinco del marzo pasado. Juan todavía no había despertado. María como siempre en la cocina, desayunaba mientras el Sol bostezaba. Los niños volando, bajaban la escalera. Sonreían, hacían su mueca y esperaban su recompensa. Recogían su almuerzo recién embalado. Salían y depende del día se despedían o simplemente cerraban la puerta.
Cuando un par de horas quedaban para el mediodía, Juan de repente salía descalzo de la habitación. Se estiraba, se rascaba, se limpiaba los ojos y apenas sin miradas ya salía de casa.
El Sol por la ventana se colaba, día tras día. Hora tras hora, de café en café tiraba porque le tocaba. Por la tarde el timbre sonaba tres veces. Ni el cartero, ni una amiga, ni testigos del pasado. Era Alberto, el chico de al lado con el que María jamás había hablado.
Dos cafés, una sonrisa y un beso en la mejilla, fueron suficientes para conquistar la curiosidad de María. Unos ojos destilados, más claros que la lluvia, miraban el perfil de María con lujuria. No eran capaces de ofrecer demasiado, pero era suficiente. Era todo lo que María no había tenido jamás. Todo lo que le hubiese gustado tener. Todo lo que anhelaba. No hubo siquiera que proponérselo.
Antes de pecar, María pidió perdón. Dijo que esa sería la única traición que cometería jamás. Nunca más volvería a caer en la excepción. La última vez. Lo juró tantas veces como pudo contener su deseo.
Y allí, a la luz de los espejos, María se entregó a Alberto. Fueron uno por un instante. Volverse a sentir deseada fue su premio. Cambio esa sensación por la sentencia al fuego eterno. Cambio una vida impoluta y brillante por vengarse de su tormento.
Se despidió del sonriente Alberto con adiós, si te he visto ya no me acuerdo. Cerró la puerta tras de si. Suspiró y mirando al cielo se preguntó cuanto de bien o cuánto de mal habían hecho esa tarde sus manos. Olvidó por completo las normas que su madre le había tatuado en la piel. Buscó y rebuscó en su mente el nombre del pecado. Pero solo supo llamarlo pecado. Su educación le reprochó su mentira.
Cuando el Sol ya empezaba a vaguear, la puerta se abrió algo descontrolada. Los niños se colaron preguntando por la cena, y Juan detrás ni siquiera saludaba.
María creyó que él ya lo sabía. Las primeras lágrimas de arrepentimiento brotaron. El despecho, la amargura y la rabia se des`parramaron y cuando ya casi eran las siete de la tarde, todo el plan que maría había confeccionado para su cuartada que hecho cenizas.
Juan se sentó. María se sentó. Ambos comieron como siempre. Un par de miradas y preguntas cotidianas, nada importante que tuviese valor. Las horas del final del día pasaron, la televisión y el ronroneo del gato acompañó a esa feliz pareja que esperaba el momento de irse a dormir y decirse "te quiero"
Pero María esa noche no quiso seguir mintiendo. Miró a Juan a la cara buscando sus ojos. Juan no estaba por la labor de responder.
Entonces María se derrumbó otra vez. Pero esta vez no aguantó su agonía dentro. Sollozando le gimió a Juan lo infeliz que era. Lo infeliz que había sido siempre. En un alarde de valentía que Maria guardaba dentro para las ocasiones especiales, le reprochó a Juan todas esos desprecios que tenía aún por contar.
Juan no contestaba. Su cara sinuaba un trago del peor vino de la ciudad. La miraba como si de una loca rogando por una moneda se tratase.
El Sol de ese día, parecía pintarse de un rojizo castaño. Los niños aprovecharon el despiste de sus padres para hacerse los dormidos y poder llegar tarde al colegio. Juan dormía como todos los días, esperando a que el olor a café lo despertase.
Los niños empezaron a tener remordimiento. Llegar unos minutos tarde al colegio estaba bien, como aquella tarde donde papa y mama echaron el pestillo y salieron a la media hora. Pero esto ya era pasarse. Había pasado más de una hora y ya habían despertado hasta las nubes más gandulas.
Clara se levantó intentando hacer todo el ruído posible. Pisaba el suelo como si quisera hundir sus pies en las losas. Pasó tres veces por delante del cuarto de sus padres. No hubo respuesta.
Entonces Clara idea un plan infalible. Daría un portazo en la puerta más grande y ruidosa de la casa. Desde la cocina se oiría en toda la casa el estruendo. Clara correría a su cama y simularía que había sido el viento. Así todos despertarían y el día sería como debió haber sido desde el principio.
Cuando llegó a la cocina clara observo una sombra que se balanceaba levemente. Un hilo de sangre corria por sus tobillos. Su gesto era demasiado frio a poder entenderlo. Era un gesto hueco y sin la más minima pizca de humanidad. Se parecía a la madre de Clara. Pero Clara no estaba segura. Pues nunca jamás había visto a su madre sonreír.

27 de octubre de 2012

El buen hombre.

Todos empezamos igual. La vida empieza a dividirse sin ton ni son. No tiene objetivo ni porqués. Solo tiene un plan. Un plan muy muy pequeño, que poco a poco se va haciendo más grande.
Compartiendo sangre, aire y penas, con tu madre, pasas tus primeros días de vida. Sin darte cuenta de lo que pasa a tu alrededor. Flotando en la nada hasta que estés preparado.
Al nacer se deshace el cable que te daba la vida. Se hinchan tus pulmones y tus ojos ven la luz por primera vez en su corta existencia.
Sigues sin entender nada de lo que pasa, donde estás o cómo has llegado allí.
Los próximos meses no arrojan demasiada ciencia a tu vida. Te paseas en carros adornados, miras a tu alrededor con curiosidad y tiras el sonajero al suelo para ver cómo tu padre lo recoge apurado. Pero no sabes el porqué de nada. Solo sabes que las cosas saben bien. Te lo llevas todo a la boca sin pensar.
En un instante, sin saber muy bien donde, cuando o porqué se hebra la última neurona que te hace persona. Conecta el resto del circuito y te da esa capacidad única de entender el porqué de las cosas.
Entonces dejas de llevarte las cosas a la boca y descubres el placer que te llevabas perdiendo tanto tiempo. El problema es que sabe a polvos de talco.
El tiempo sigue igual. Nada ha cambiado. Pero tú si que has cambiado. Ahora lo ves todo diferente, ahora puedes hablar en vez de llorar. Eres un máquina de camino a la perfección.
Ves las navidades pasar delante de ti. Pierdes la cuenta de tus años apenas sin darte cuenta. Sigues adelante, hasta que un buen día todo se detiene a tu alrededor. Todo se para en ti  pero tú sigues como si nada, sin darte cuenta de que ya has dejado de crecer. Ahora empieza tu momento de aprender, y solo podrás hacerlo con la experiencia del dolor.
Eres inteligente. Eres más inteligente que ninguna otra especie. Puedes comprender, o al menos intentar comprender cosas que nadie comprende. Te miras en un espejo y ves mucho más allá de tu reflejo.
Pero hay un problema. Te has pasado de listo. Ahora crees que todo gira a tu alrededor. Crees que eres el centro  del universo y que nadie nunca te podrá hacer caer. Todos deben hacer lo que tu mandas. Sea por las buenas o por las malas. Eres capaz hasta de inventar un Dios para dominarlos.
Pero ... ¿qué hay de tus hermanos? Ellos empezaron igual que tú. Ellos tienen prácticamente lo mismo que tú. Se han quedado atrás. ¿Y eso?
No son capaces de entender lo que tú escribes en tu diccionario. Apenas alcanzan a saber la mitad de las fórmulas que has aplicado a tu existencia. Ellos no son como tú por mucho que sus ojos se parezcan a los tuyos. Son incapaces de entender tu comportamiento.
Y por muy listo que te creas... tú tampoco conoces el suyo. Por mucho que te esfuerces hay cosas que no estás diseñado para entender. Tienes tus limitaciones.
¿Recuerdas cómo te sentías cuando eras un bebe? Vamos... es fácil recordarlo. No hace tanto tiempo. Escasamente unos años. ¿Te acuerdas cuando te abriste la cabeza en una baldosa? ¿Te acuerdas cuando te quemaste las manos por abusar de tu curiosidad? ¿Acaso eres capaz de saber el hambre que pasaste mientras llorabas en tu cuna?
No. No eres capaz. Quizás si piensas en que tu cabeza en ese momento era como la cabeza de las demás especies... solo que ellas se han quedado así y tú te has hecho un hombre.
Hoy en día ya te sangra la brecha en tu cabeza. Tus manos han cicatrizado. Ya no tienes hambre.
¿Qué te hace pensar que un perro sufre colgado de tu collar? ¿Por qué defiendes a una rata abierta en canal por un científico? ¿Comparas con la pena la cara de un zorro encerrado en un zoológico?
Tú, como dominante de tu periodo debes reinar sin tristeza. Sabrás cuando llegue tu momento. Te lo hará saber. Y no te preocupes. Te llegará.

26 de octubre de 2012

Soltera desde siempre.

Pobre niña sola perdida de la mano de Dios. Más pura y fría que ninguna. Clara y sin alma. Cambia de color como el cielo cambia de amante.
Eres la más bonita de las músicas. La más dulce de las luces solteras. De tu vientre nació la vida entera.
Te mezclas con sangre para que la amargura pueda viajar en tus senos. Te mezclas con tristeza para resbalar en lágrimas las penas de tus anhelos.
Con la luz de la pureza apagada y el más oculto de sus secretos en flor, ya no se atrevía a mirar a nadie a la cara. No podía seguir soportanto esas miradas que se acumulaban en sus hombros. Era el momento de agarrar un pedazo de pan para el camino y salir por la noche, acompañada de la nada.
Luchó sufriendo su propio silencio. Vivió con la verguenza de saber que lo que estaba haciendo no era del todo lo correcto. Pero sabía por quien lo hacía. Había llegado, antes de tiempo, el momento que nunca debe llegar en la vida de una persona. Tuvo que enterrar su orgullo y salir sola a cazar sin manada.
La sangre de su sangre debía crecer. Ella no sabía muy bien porqué. Pero era lo que más quería en esta vida. Tenía que protegerlo, arroparlo por las noches, cuidarlo de día y por supuesto asegurarse de que no le faltase nada de por vida. Reiterar su dolor mientras el nacía era la única brecha de su amor.
Nunca nadie le había dado el concepto de madre. Ella jamás tuvo una, por lo que era algo sin forma para ella. Había oído que una madre lo daba todo por su hijo. Pero no sabía muy bien a qué se referían con ese todo. Ni como hacerlo. Tampoco nadie le enseñó a como querer sin odiar de por medio.
Con el frío del avismo en sus rodillas sabía muy bien cual era su nuevo día. Cubrir en tristes pétalos marchitos, una jornada más de trabajo con escalofríos. Vida a la que no se le había advertido que sería invitada. Vida que no era para ella. Vida que le tocó sin sospecha.
Apenas una migas de pan que llevarse a la boca era lo que le consolaba al llegar a casa. Muchas eran las veces que buscaba el porqué. Pero nunca nadie supo resoponder. Se quitaba el hombre con lágrimas solo para darle de comer a su bebe. Le alimentarba el verlo reír, pero apenas se ponía pie por él.
Cuando notaba que llegaba el momento necesitaba renacer una vez más. Descargar su ira. Aplastar su rabia. Sollozar durante toda la noche, hasta que el cansancio fese más importante que su tétrica situación vital. Solía pasar en las noches de invierno. Cada vez eran menos frecuentes los días de ojos podridos.
Lo miraba y lo miraba, todos los días lo miraba e intentaba ver algo en él. No encontraba el cable que la unía con ese niño. Era inútil escuchar su voz e imaginarse que se parecía a la suya. Incluso sus ojos eran diferentes. Como algo tan inútil puede ser el fruto de tanto amor...
Pena y desgracia que se acumulaba en una vida sin tiempo.
Los años la vieron pasar desconsolada. No la pararon para pregunte que le pasaba, sabían perfectamente el pecado por el que aún penaba. Sin absolución prometido y sin más sangre que derramar ella solo podía parar para respirar.
Sabía que terminar no era una opción contemplada.
Lo único que se atrevía a aventurar fue lo que su madre antes de morir le hizo jurar.
"No importa el porqué. Solo sigue respirando"

23 de octubre de 2012

Escribiendo en la almohada.

Escribiendo en mi suave almohada, llegaste de madrugada y me rozaste la mejilla. Preguntaste qué tal el día. Un susurro y dos bostezos, mi mirada y tu sonrisa. Se me pasó el tonto enfado de anoche y de nuevo te volví a amar. Te quise tanto tiempo que hasta el Sol se cansó de esperar.
Luego cerramos la persiana y nos recostamos a descansar. Era fin de semana y lo de menos, ese día estaba de más. Tu pecho, mi barba y tu ombligo. Una tarde con el único abrigo que me regalaba tu piel. Solo tus brazos, con mis ganas y tu sosiego, todo pintaba del color de un vago atardecer.
El frío entró por la ventana. La imagen se difurcó como si un pincel mojado hubiese caído en nuestra estampa. Poco a poco tu olor se alejaba. Entendí que no fue más que otro sueño de madrugada.
Resignado volví a cerrar los ojos. Quería volver a tenerte entre mis brazos. Quería seguir soñando y no despertar jamás. Pero fue inútil. Abrazaqba la soledad de mi cama una vez más.
Si pudiera volver a escribir ese momento donde tus besos no eran pensados. Si pudiera recoger esa lágrima de despecho en una delicada botella de perfume. Si pudiera quitar esa pestaña de tus ojos, escuchar tu deseo, y volarla junto al viento. Si pudiera ... volver a nacer, no querría otra cosa que dejar de soñar para empezar a vivir.
Mis mañanas contigo, y mis noches sin ti son la peor tortura que la eternidad podría haber escogido para mi. Hubiese preferido mil veces arder en el fuego eterno que estar sin ti. Lo sabes bien. Ya me conoces.
Se me repite una y otra vez esa despedida sin adiós. Intento entenderla una y otra vez. Pero no hago nada más que fracasar y desembocar en más lágrimas sin sentido. Le pido justicia a la vida. Le ruego que sea lógica. Tanto sufrimiento no tiene sentido si ya he aprendido mi lección.
Pero calla. Solo calla y me deja morirme de nada. La más angustiosa y horrible de las muertes. Sin oficio ni beneficio, agradeciendo lo que es de todos y la vez no es de nadie.
Retorcerme recordándote le engorda. Se lucra con gritos que nadie escucha. Sabe que no tiene porqué ser justa. Yo no soy la excepción. Se niega a traerte conmigo de vuelta. Se niega a escucharme ni aunque solo sea un momento. Deja que mis argumentos, mil veces ensayados, se queden escritos en las paredes de mi cielo. Seguro que ha oído los mismos argumentos cientos de veces.
Mañana cenaré otra noche como esta. Con algo de suerte volveré a soñarte. Quizás sea el día en el que fuimos a Atapuerca. Quizás el viento me lleve a ese día donde hiciste un arroz horrible. O quizás simplemente cuando vimos esa estúpida película abrazados. Puede que sea el día donde estropeaste el coche y miraste al asiento de atrás con cara de circunstancias.
No me importa el momento. Volveré a estar contigo y sin ti al mismo tiempo. Cada mañana, al perderte, me consuela saber que volverás con cada Luna. Podré olerte, sentirte y abrazarte. Pero jamás tocarte.
Mientras tanto seguiré escribiendo el sueño de esta noche en la almohada. Para no olvidarlo al despertar. Para almacenar deseos, aún por llegar.

21 de octubre de 2012

Odio heredado.

El desprecio es la cadena que más duele. Mucho más que el puño enfurecido. Muchísimo más que una vara afilada. Arde conjuntamente con la indiferencia para destrozar los corazones.
Odio, desprecio e indiferencia. Un cóctel de cómplices que atraviesa las venas mucho más rápido que cualquier veneno. Ennegrece las almas. Las deja secas y les quita toda la ilusión y la esperanza. No las mata. Las deja moribundas y regodeándose en su desgracia.
¿Es esa forma de criar a un niño?
Puedo que no lo sea. Pero lo padres perfectos aún no han sido inventados. Quizás nunca lo sean, pues cuanto más perfectos sean más imperfecta será su creación. El azar forma parte del orden del universo. Algo planeado nunca saldrá bien. Ley 38 de la vida...
Partiendo de la premisa de que la educación no es perfecta, y que los educadores han sido educados de forma imperfecta... ¿Donde está lo correcto?¿Qué hacer cuando no sabes qué hacer?
No lo se. Incluso a estas alturas me da absolutamente igual.
Pero creo que una cosa es obvia. Nunca deberías derrochar tanto odio. Nunca deberías escupir a tu misma carne, que está bañada con tu misma sangre. El máximo amor se expresa con la máxima confianza. Pero saquearlo con desprecio es demasiado.
Tienes que darte cuenta de cuál a sido tu educación, y tienes que ser capar de contener ese desprecio. El desprecio en una relación de amor desgarrador. Cuando quieres a alguien es imposible odiarlo. Por mucho que se lo merezca.
¿Una línea que separa el amor y el odio?
No lo creo. Lo que seas capaz de odiar no será nada más que una máscara momentánea. Siempre lo querrás pues es tu sangre. Nunca lo olvidarás. Siempre morirás por él. Será el único acto no egoísta que serás capaz de hacer en tu vida. Probablemente estés programado para ello. Probablemente no. Pero solo sabes que lo harías sin dudar, porque para eso es tu hijo.
Ahora toca el momento de coger el legado. ¿Qué harán los niños despreciados sino despreciar? ¿Donde caerán las lágrimas de su infancia? ¿A quien le pedimos cuentas?
Por eso mismo hay que superar la educación bajo todo concepto. Sentirse realizado debe pasar por un reiniciado. Olvidar cualquier cosa que te hayan enseñado. Empezar de nuevo bajo tu criterio, con tu ciencia, con tus manos y con tu religión...
Elegir lo correcto siempre será lo correcto. Puede que tu elección no sea la adecuada. Pero habrás elegido. Ahora le debes fidelidad a tu elección.
Una vez que estés en blanco entonces sigue tu propio camino. Vacilar no es una opción en venta.
¿Cómo hacer esto?
Complicado. Pero posible. Tienes que poner toda la piel en ello. Quizás nunca lo consigas porque cuando creas que vas por el camino adecuado, te darás cuenta de que tus herramientas no son más que vestigios heredados.
El perdón es un atajo fácil. No me refiero al perdón en un ámbito religioso. Tampoco el perdón hacia los demás. Sino el perdón propio. Perdonarte a ti mismo. Entender que no es tu culpa. Aceptar tu papel en el tablero. No dejar nada de lado. No descartar el que pudiste estar equivocado.
Cuando te perdones te darás cuenta de algo. Eres lo que eres por lo que te han dado. Quizás todo ese desprecio fue necesario para poder empezar un día desde cero.

16 de octubre de 2012

Personas a olvidar.

En un día de estos donde las ganas se arrastran detrás de tu sombra, donde asientes con la cabeza a todo lo que te dicen y donde el viento te distrae constantemente te da por pensar.
Pensar en que un día todo fue diferente a como es hoy. No importa lo bien que te vaya la vida, siempre otra vida será mejor. Da igual lo bueno que sea tu abrigo, pues siempre el abrigo que no tienes quitará mejor el frío. Lo que no tienes será lo que desearás. Y lo que perdiste será lo que añorarás.
Un remolino de caprichos en una mente muy inmadura todavía. Tan bebe que aún no ha entendido que nada es para siempre. No importa el hoy sino el mañana. Aún no se ha dado cuenta que él es tan poca cosa como el que está a su lado.
Es un sentimiento instintivo que está dentro de cada persona moldeable. Está dentro de nuestra piel. Siempre esperamos más de lo que sabemos que obtendremos. Siempre nos arrepentimos una vez que ya lo hemos perdido. Es así. Un hecho constantado científicamente. No hay duda. Los niños son el mejor espejo de ello. Criaturitas como nosotros, solo que un poco más pequeñas y aún sin moldear. Puros y sinceros no esconden sus caprichos. Cuando crecen son iguales, solo que han aprendido a mentir.
Pero otro día, cuando tu vida te va bien y no es el momento de pensar en nada, te das cuenta de algo. Te das cuenta que de que el Sol, por suerte para todos sigue girando con la misma velocidad. Irradia belleza con la misma intensidad, y esta se queda atrapada en las flores con la misma dulzura.
El viento corre siempre de un lado para otro. Es muy tormentoso. Pero hablando de él, lo normal es su anormalidad. Arrastra el polvo y la maleza, pero al final deja suavidad y espuma en el borde de las olas más duras. Nunca para.
El agua chapotea de alegría. Unas veces caliente y otras fría, pero eso es lo de menos. Viene y va, pero siempre está ahí. No se nos escapa a ningún sitio.
En ese momento es cuando te das cuenta. Todo sigue igual. No era para tanto. No importa lo que tenías o lo que has perdido. A día de hoy, todo sigue igual. El desorden del universo sigue ordenado, como cabría esperar.
Entonces, sin que nadie te lo explique y sin calentarte demasiado la cabeza tus ojos hacen zoom. Desembocan en un lugar mucho más alto de lo que esperabas y lo ves todo con otra perspectiva. Te das cuenta de que eres nada como nada es lo que te rodea y a la vez tanto como tanto son los de tu alrededor.
Las personas que tenías pendientes de olvidar mueren de repente. Ya no las recuerdas. Por arte de magia ya no se te erizan los pelos del cuello al recordar el beso de buenas noches de tu madre. Tampoco sientes nada distinto cuando intentas llorar por tu perro. Ni siquiera odio cuando recuerdas al conductor que se lo llevó por delante.
Todo lo que no habías conseguido con días de esfuerzo, de repente es tuyo. Has cambiado. Has evolucionado a un nuevo grado de madured. Ahora sabes que queda mucho por recordar, pero mucho más aún por olvidar.
Inevitablemente el ciclo vuelve a empezar. Y caes en otro de esos días mustio, donde merece la pena ponerse a pensar de nuevo. Y como buen niño pequeño sin piruletas, volverás a arrepentirte. Volverás a patalear por lo que no tienes.
La única diferencia es que en tu segundo día de disgusto el tiempo ha avanzado. Cada vez que pases por estos días serás más viejo. El tiempo no se espera ni espera a nadie.
Por suerte todo sigue igual en el mundo otra vez. Y cada vez que recuerdes de nuevo, habrás olvidado pequeños trozitos de caras. Así pasará el tiempo hasta que no seas capaz de recordar nada.

11 de octubre de 2012

Lo impersonal.

Escucha sonrisas a sus espaldas. Mira un espejo opaco que nada tiene que ver con su mundo. Grita al silencio pidiendo escusas que nunca pecaron.
Ya no llora, ni tiene porqué planteárselo siquiera. Ahora es libre. Ahora no tiene que dar explicaciones.
Se despojó de toda dignidad, crítica, sensación, perturbación y desasosiego.  Ya no le queda nada excepto su mismo ser.
Es entonces cuando se dio cuenta de su destino vio su nuevo camino. De lo que verdad es y lo que ya no tiene porqué cambiar.
Alcanzó con la yema de sus dedos el éxito. A nivel personal es la mayor belleza que haya conocido jamás. Nunca había conocido a nadie como sí mismo.
Ahora no necesita el reconociento de los que sobran. Ni tan siquiera su amor. Mucho menos sus aplausos. Ahora solo necesita que os quiteis de enmedio. Tiene que pasar. Y la carne de burro normalmente no es transparente.
Apenas recuerda su pasado. Pero eso no quiere decir que lo haya olvidado. Son las bases de su vida. Sus orígenes y sus cimientos. Lo que hacen qu esté donde está. Lo que hacen que sea como es. Lo que ha hecho, que jamás se vuelvan a cometer los mismos errores. Ha fortalezido sus rodillas y sus codos. Le han moldeado la cara. Ha llenado sus grietas con todas y cada una de sus experiencias.
Buenos son los amigos que salen ahora hasta por debajo de la alfombra. Vienen queriendo compartir su fama. No dan nada a cambio. Solo un poco de atención. Atención que ellos no pusieron cuando más se necesitó. Pena dan, como pena dieron en su momento. Ratas apestosas que apenas rozan la suela de el tacón. Babean por más de lo que merecen. Escoria putrefacta.
Ahora es demasiado tarde. Se es independiente cuando no se necesita amor. Distinto es que se utilice. La supervivencia es complicada. Da muchas vueltas y a veces requiere de sacrificios específicos. Momentos donde pasearte sin ropa. Momentos donde subirte y ser aplaudido. Pero todo ello debe ir acompañado de la más absoluta impersonalidad. Chocolate con chocolate. Sangre con sangre. Nunca ambos mezclados.
Un corazón impermeable es un corazón fuerte. No deja entrar a nada ni a nadie. Pero su fortaleza es su debilidad. Hay que saber dejar lo que entrar, con la misma facilidad que hacerlo salir. Es la manera más efectiva de seguir erguido. De aguantar las corrientes de rabia. De no olvidar donde estás y para lo que estás.
Así es como se diseñó la supervivencia. Porque así es como sobrevive la fortaleza.
No se arrepiente de nada. Nada quiere y nada le falta. Es puro azar disuelto en la muchedumbre. Apenas repasa su papel en el mundo. Se lo sabe de memoria. Es la mejor actuación de toda su carrera.
Agradece cada gota de dolor que ha pasado por sus manos. Sabe que son la base de su triunfo. No lamenta ni una sola lágrima. Sabe perfectamente que han servido como baño a su alma. Sus cicatrices son su trofeo, ahora coleccionado en su corazón. Luce con orgullo sus logros, así como cuenta cada decepción.
Ahora ya solo queda andar hacia delante. Sin que nadie mire su cara al pasar. Ella siempre mandará en su vida. Porque ahora si que es libre. Ahora si que sabe como andar.
Porque de todo se aprende. Y de todo se sabe. De todo excepto de las cosas que no duelen.

10 de octubre de 2012

El fantasma del pasado.

Restos del silencio pegados en la pared. Las sobras de la felicidad escondidas en un marco sin foto. El amor descartado resbalando por un grifo oxidado. Y el exceso de sinceridad confinado en una cerradura sin llave.
Noches que no duermen a la luz de las estrellas. Días en vela esperando la salida del Sol. Gritos de silencio corriendo por mi interior.
Escrito está en mis labios el sufrimiento de mi alma. Impreso en mi piel el dolor de mi corazón. Reflejado en mis ojos la muerte de mi ser.
Ninguna mañana volverá a ser igual. Soy testigo mudo de los días que pasan y pasan, como gaviotas frente a la costa. El viento me silva palabras alentadoras que me invitan a reír. Me visto de fiesta para escuchar el susurro de las margaritas al campanillear. Canto a los árboles que crujen su edad orgullosos.
Un campaneo se mete por entre las grietas de mi corazón. Busca de mi para alojarse. Mis defensas están distraídas ... De repente sin aviso se funde con mi sangre. Un latido lo arrastra a través de mis venas, haciendo que lo sienta en todas las yemas de mis dedos, en cada poro de mi piel, en el perfil de mis labios. Un segundo latido lo arrastra hacia mis ojos.
Entonces empiezo a recordarte. Es nuestra canción, ¿la oyes? Yo no la oigo. Pero la siento aquí, muy dentro. El tintineo no parará, seguirá así hasta que rompa a llorar. Baila a mi alrededor tu fantasma arrastrando mi cabeza degollada. Como si fuese su premio. Como si hubiese alcanzado el triunfo.
Apenas me tengo en pie. Sufrir es lo único que me recuerda que sigo con vida. Confundido y apenas despierto busco a mi alredor algo que me de un último aliento.
Nada me convence. Todo es de color marchito. Está podrido. Apenas respiro por no molestar al silencio. Ni siquiera se me ocurre una forma mejor de pestañear. Estoy solo. Perdido en el infinito. Estoy en esa estrecha línea entre la amargura y la cruda realidad. No consigo salir. No se como hacerlo.
A lo lejos solo consigo recordar tu figura. Unas veces se ríe de mi situación y me mira con desprecio. Otras veces solo me ignora y mira hacia la nada. Pero lo peor de todo es en esas veces donde calla. Donde no dice palabras. Donde ni rie ni mira. Ni sabe, ni contesta. Donde no hace nada. Solo espera ahí quieta.
¿Qué espera? ¿Mi final?
Se que ya no puedo ir donde estás. Se que el olvido me ha atrapado y es imposible salir ileso. Sea como sea es un adiós que aún no quiere llegar. Estoy encerrado en esos segundos donde las lágrimas no han brotado. En ese instante donde la rabia aún no ha llegado todo lo dentro que podría. En ese preciso segundo donde estoy por estar y no termino de morir por falta de un motivo.
Elegante y sin temor esconderé mi carne bajo una mascara. Nadie sabrá el tiempo que llevo mueriendo. Nadie notará mi sufrimiento. Taparé mis ojos, sacrificando mi visión con tal de que nadie me vea mirar. Callaré para siempre en compensación con que jamás nadie me vuelva a escuchar. Apenas respirare. Lo justo para no morir.
¿Y mi corazón? Mi corazón quedará enterrado de por vida. No amaré con tal de no volver a sufrir. No habrá latidos ni suspiros a media noche. No habrá nada. Solo sangre que fluirá por canales marchitos.
Como un fantasma vagaré con las calles. El olvido me acompañará. El silencio será mi siervo. Disfrazado de arriba abajo llegará el momento en el que no sea yo. Llegárá el momento donde mi ser apenas se reconozca en el espejo. Entonces quizás olvide el motivo de mi pena.
¿Por qué vivir así? ¿No es mejor morir?
Así y solo así es como se hacerlo. Así y solo así soy feliz. Así y solo así te podré seguir recordando.

8 de octubre de 2012

La cara en la multitud.

Hola. ¿Nos hemos visto alguna vez?
Solías despertarme con ese juego todas las mañanas. Fingías ser un extraño. Me besabas en la mejilla y yo me hacía la dura y te contestaba con una negación cariñosa.
Cada mañana jugábamos al mismo flirteo. Como si esa mañana fuese la primera mañana. Intentábamos hacer cada día úncio. Dar ese toque. No dejar que ese misterio muriese. Seguir juntos para siempre.
Era un plan perfecto. No calculábamos nada raro. Solo nos dejábamos llevar en el día a día. Una meta al final, pero un camino sin trazar. Ser felices era la norma. Querernos era la única condición.
Pero entonces el destino vino a por mi. Me pilló desprevenida, no creí que esa fuese el momento ni el lugar, mucho menos el día.
Odiaba ir andando a casa. Lo sabes. Esos tacones me mataban. Pero ahora es demasiado tarde para maldecir. Lo hice. Fui hasta casa. Pero nunca llegué como antes.
Lo próximo que recuerdo es la oscuridad. Oscuridad difuminada en mi cabeza. Emborronando mi pensamiento. Nada era parecido a la luz. La claridad se había transformado en un tópico. Confusión, miedo, curiosidad ... Podría escusarme diciendo que estaba aturdida, pero no. Simplemente estaba en la más absoluta oscuridad.
Ya no podía conocerte. Intentaba mirarte pero no eras tú. Eras una persona diferente, que me se acercaba a besarme y que intentaba rehuír con desdén. Eras un perfecto extraño al que se suponía que debía querer. Eras el amor de mi vida al que ya no conocía. Y no era solo tu cara lo que había cambiado. También era mi cara.
Era incapaz de reconocerme en el espejo. No sabía lo que estaba viendo enfrente de mi. No se si soy yo, o si es un estraño más. Uno de esos que me pide limosna en la puerta del supermercado. Uno de esos que me cruzo en el metro. Uno de esos que por mucho que mire y observe ya no conozco. Ya no se quien es. Y que jamás lo sabré.
En este preciso momento me di cuenta. Comprendí que en el caso de que te quisiese de verdad tu cara me daría igual. Te reconocería solo por el sonido de tu voz. Por el roce de tu piel. Por el aliento de las mañanas. O por ese beso helado de invierno.
Pero no. No me da igual. Siento que no eres tú. Lo he intentado con todas mis fuerzas y ahora he comprendido que por mucho que quiera doblegarme es imposible. No te quiero. Y ya nunca podré volver a quererte, ni siquiera se si algún día te quise.
Ahora eres solo una cara más en la muchedumbre. Me dices lo mismo que me dice la nada buscando su algo. No siento nada al mirarte. Bueno, si. Siento que estoy frente a otro estraño. Una vez más.
Lo siento tanto ... pero no puedo seguir mintiendote, porque es mentirme. Prefiero vagar en las sombras de por vida. No perder la armonía de la oscuridad. Acostumbrarme a no conocer a nadie. A olvidar lo que jamás debí aprender. A seguir buscando a esa cara que resalte de la multitud, y comprender que no será su cara lo que me llame la atención. Y que no importa cómo lo vea. Siempre lo conoceré, y siempre será él.

2 de octubre de 2012

La red de sus ojos.

Los ojos huecos y el alma rabiosa. No se puede pedir menos de una mente aburrida y un cuerpo que lo tiene todo.
En un mundo donde el dolor es el único pan que echarse a la boca y donde la muerte se pudre por las aceras, estas cosas no tienen la mayor importancia. Son totalmente absurdas y superfluas, no cabe ni siquiera la posibilidad de plantearse el problema.
Pero el otro mundo, donde el más es siempre menos, donde lo que se pudre por las calles es la comida malgastada y donde la muerte se viste de rojo solo en las películas ... en este mundo si que tiene importancia. Es quizás lo más importante.
El humano es la especie paidomórfica por excelencia. Entre otras cosas porque hemos alargado la edad infantil demasiado. Somos niños con pelo en el pecho y con una piruleta que venía de regalo.
Antes de empezar a observar cabeza se va moldeando. Nuestra red se está formando. Punto a punto se va cosiendo para formar nuestra pena, nuestro llanto, nuestra alegría, nuestro gozo y hasta nuestros ojos.
Dependemos entonces de muchas cosas. No solo es el Sol, el agua o la lluvia. También son las personas que nos rodean y con las que pasamos el mayor tiempo. Las que nos besan, las que nos miman, las que nos abrazan, las que nos dan parte de su calor, las que nos hacen cosquillas o las que nos enseñan a reír. O las que no.
Un día sin avisar la red se congela. Se ha acabado el tiempo de meter o sacar cosas. Como te quedes es como estarás el resto de tus días. ¿De quien es la culpa? Ni tuya, ni mía ni del viento, ni tan siquiera del cielo. No es de nadie.
¿Cómo cambiar lo que el hielo ha atrapado? Es muy difícil. Es casi imposible. Muchas veces, la voz de la gente se defiende diciendo "soy así". Parece un argumento absolutamente estúpido, pero realmente sin haber cogido un libro, estas personas han dado en una clave científica. Porque son así y solo así y nada las podrá cambiar.
Hay veces donde la red tiene unos puntos puertes. Puntos cosidos mucho antes que las pestañas o las cejas. Puntos inamovibles y de los que se va tejiendo alrededor. Estos puntos son muy importantes. Suelen representar el odio, la ira, la rabia ... también el amor y el desasosiego, pero rara vez.
Tu forma de odiar siempre será así. Tu forma de reír siempre será así. No importa lo que intentes por contener a tus demonios o a tu bestia. Desde pequeño está ahí, detrás de ti constantemente, mezclándose con la negrura de tu sombra.
Puedes llorar, pero no esconderte. Puedes ponerte un calendario, pero al final sucumbirás. Es así. Tal y como nos lo han contado generación tras generación.
Superar a la educación es algo que hoy día está fuera de nuestro alcance. Es demasiado dificil destrozar de un día para otro la red. Son los cimientos que nos subtentan como personas y sin una preparación previa puede ser devastador dejarse caer al vacío.
Solo hay una manera. El dolor.
El dolor es el primer y más efectivo mecanimos de supervivencia individual. Gracias al dolor, hemos comprobado en nuestra propia piel lo que se puede o no se puede comer. Por donde es mejor caminar. Lo que es prudente no tocar. Gracias al dolor ha nacido el miedo. Y gracias al dolor hoy podemos cambiar.
A base de dolor es la única forma en la que nuestra mente cambia radicalmente. Nuestra cabeza tiene que sobrevivir como sea. Da igual la forma. Y si para eso tiene que reiniciarse lo hará.
Niños que han nadado toda su vida con el dolor, saben lo que es la verdadera inteligencia. Nos superar mucho más de lo que nosotros podríamos esperar. Son mucho más inteligentes que cualquiera de nosotros. El problema es que no tienen una calculadora a mano. No pueden demostrar su valía.
Nosotros sin embargo estamos sobreprotegidos. Premiamos a los tontos, y por supuesto si eres tonto y feo puntuas doble. Llevamos un cartel colgado de palacio con la palabra "anti-evolución"
Nos emociona mucho ver a un padre perder a su hijo. No sentimos nada ver al hijo degollar a sus padres. Somos así. Esa es nuestra red. Así lloramos, así sentimos, así vemos las cosas. Y por supuesto así las pensamos.
Cuando subes un escalón que antes no estaba y ves un poco por encima de tu cuello te das cuenta de donde estás metido. Un mundo donde nada es de verdad, pero la verdad se vende como lo bueno.
Tan fácil es vivir como estar muerto y da lo mismo como estés tú. Todo segurá como hasta entonces.
Publicado en sus ojos, tatuado en su piel, grabado en sus labios. Esos niños sin red, más inteligentes y más peligrosos que cualquir ordenador. ¿Donde se les ha quedado el alma?

25 de septiembre de 2012

Incompetencia cooperativa.

La cooperatividad es un proceso típico de las sociedades humanas. Consiste en el proceso por el cual una retroalimentación positiva (producto final, estimula los procesos que generan ese producto) empuja los cambios cada vez más fuertemente, y lo que al principio es difícil de que se inicie, cada vez más va adoptando un carácter más exponencial.
Por ejemplo cuándo se pregunta a un grupo de cien individuos si quieres un obtener un cheque de 1000 u.c.e. (Unidad Contable Económica) todos se miran entre ellos, y buscan donde radica el truco. Esos primeros cinco segundos nadie se atreve a levantar la mano.
A los siete segundos medios de inteligencia, un primer listo (o tonto) levanta la mano, al no ver contrariedades ante la suculenta oferta. Entonces un segundo, piensa eso típico de "si a él se lo dan ... yo también quiero" y entonces levanta la mano. Un tercero, algo más indeciso, no sabe si levantar la mano o no, pero al ser dos los implicados ... se une a la noble causa, y si pierde, no estará solo.
Después un cuarto se implica solo porque se apunta a todo lo que sea con tal de formar parte del apogeo social del momento, siempre y cuando supere los tres individuos.
Y los sucesivos individuos, comienzan a apuntarse (no saben muy bien a qué) arrastrados por ese proceso cooperativo. Hacen una especie de competencia estúpida por no ser el número cien en apuntarse (lo que implicaría ser el último). Pero tampoco quisieron, o tuvieron valor, de ser el número uno.
El más curioso de los individuos es el número 99. Este individuo suspirará y dará gracias a su atmósfera circundante por no ser el último. Sentirá esas gotitas de adrenalina, típicas de cuando algo te roza los tobillos pero no te pilla. Se sentirá tremendamente importante. Mirará a su alrededor, buscando aprobación social del número 85, del 41 o del 16. No importa, depende de quién esté cerca. Ya le hemos alegrado el día con el experimento.
El número 100, no obstante sabe que ha sido el último en apuntarse al apogeo social. Por unos segundos se pregunta indeciso si recibirá su cheque de u.c.e. Pero el miedo pasa rápido y se tapona por la repetición reiterada de que "eso no puedo ser". Se autoconvence de que es mejor ser el último. Posiblemente recurra al dicho religioso (aunque no hay tocado misa en la mitad de su vida) de "los últimos serán los primeros". Enterrada su derrota en orgullo y mentiras, levanta la mano y sonríe junto al número 12, que andaba por allí despistado.
Bueno, pues este proceso está completamente generalizado en nosotros, los seres inteligentes. Hemos llegado a un punto donde la supervivencia es aburrida. Ya no corremos para escaparnos de un león. Ya el frío no nos congela. Y la comida no cuelga de árboles, ni hay que desangrarla antes de comérsela.
Por esto mismo lo hemos complicado todo. Lo hemos enrevesado para no aburrirnos.
¿Y que se nos ha ocurrido?
La incompetencia. Ser tontos de remate. O poco inteligentes en su defecto. Ponemos a manejarnos, en la proa del barco hacia un "futuro sostenible" a un dirigente bizco. Que casualmente bizquea hacia la derecha. Que casualmente también en el lado derecho está su bolsillo.
Un bolsillo sin fondo que de vez en cuando no está mal agraciar con lujosos regalos. Hoy un coche, mañana un jamón, pasado mañana 20.000.000 u.c.e. Y por supuesto cada mes, hay que pasar el canastillo (ovalado, sucio, de esparto y modesto ... tipo misa) no vaya a ser que pase hambre.
La tripulación mientras se pelea. Discute por quien va a limpiar el barco, se queja en una esquina de que el pescado sabe mal, o simplemente se lima las uñas en el camerino. Sea como sea no se quejan. ¿Para qué? A ellos no les afecta. Que muerda al que le pique.
Cooperativamente la incompetencia se va haciendo mayor. Premiamos la vulgaridad (incluso la emitimos ocho horas diarias, para que difundiéndola expandamos esa buenaventuranza), valoramos lo sencillo (y si es complejo lo traducimos para analfabetos) y por supuesto ... nos gusta hacernos los tontos.
Hormiguitas gandulas, que pasan de ir en la cola y que esperan encontrarse la comida en el nido. Acumulada y esperando para todo su invierno. Se sientan a echar la siesta. Y cuando el hambre apriete ... se manifiestan. Gritan, encienden luces y no dejan andar a las hormiguitas que trabajan. Así solucionarán su vida.
Y mientras nos entretenemos con estupideces la incompetencia va apoderándose de nuestras aceras. Te la encuentras en la secretaría de la Facultad Computense de Madrid, en la heladería de la Moncloa y en la casa blanquecina, sentada en una butaca de cuero. Metiendo cosas sin parar en el bolsillo (a la derecha al fondo, no tiene pérdida).
Es cooperativo. No tiene límite. Ha empezado y ya no parará. Pronto te la encontrarás también en el váter de casa. Le costó salir a la luz. Pero ahora ya todos caeremos como hormigas.
¿Qué hacemos? ¿Nos volvemos estúpidos? ¿Nos manifestamos? ¿Trabajamos?

24 de septiembre de 2012

Dos minutos antes que el despertador.

Esta mañana he decidido que yo debes ser lo primero que oigas.ME adelantaré a tu despertador, y te susurraré al oído buenos días.
Antes que el Sol, antes de que el bonito sueño que se dibujaba en tu sonrisa llegase a su fin, y por supuesto antes que ninguna otra persona.
Hoy, día sombrío pero a la vez lleno de ilusión, creo que es el momento para los dos. Creo que podemos empezar un nuevo cuento, donde el final no tenga porqué incluir perdices. Si quieres, ni siquiera incluiríamos final.
Nos quedaríamos todo el día ahí parados. En esos dos primeros minutos antes de enamorarnos. Donde tu mirada se funde con la mía y entre los dos la distancia se ruboriza. En ese instante donde la belleza del ayer aún no corre por nuestras venas. Justo antes de que desee tu piel tanto como tú la mía. Un poquito antes de que el reflejo de tus ojos me parezca lo más bonito del mundo.
Nuestro cuento empezaría en esos dos minutos antes, y no terminaría jamás. Las páginas bañadas de tinta no se cansarían de describir ese instante. Los números serían desperdiciados en las esquinas de las hojas. Seguiríamos contando mucho más allá de los días.
Ese momento precioso que tienes antes de despertar. Ese gesto de mirada al infinito que sueles hacer cuando no encuentras las llaves de casa. Esa cara de inspiración que dejas caer cuando no te apetece ir a dormir. Ese suspiro que dejas escapar justo antes de beber agua.
Creo que es importante que lo sepas esta mañana.
Que tengas en cuenta que eres todo lo que jamás he buscado, pero que te he encontrado sin querer.
Que no olvides nunca que no importa lo que pase mañana. Hoy quiero verte sonreír.
Que sin necesidad de que me lo digas, se que tus ojos saben lo mismo que yo se.
Que aunque sea demasiado pronto ... y aunque no quieras nada más que oír el ring de tu despertador, no me importa. Esta mañana te voy a despertar yo con un te quiero.
Quizás lo amenice con una sonrisa tímida. Espero que los primeros rayos de Sol adornen la escena. Grabaré ese primer gesto para añadirlo a mi lista de perdiciones. Esos primeros ojos tímidos que intentarán traducir mi atrevimiento. Quizás también lo edulcore con unos trocitos de cielo.
Ya me voy. Estás a punto de despertar y tengo que prepararme, no vaya a ser que el despertador se me vuelve a adelantar. Seguro que vas por la parte donde el mundo está al revés y tú puedes volar en todas las direcciones del espacio. Tu sueño preferido.
Espérame mi vida. Salgo ya. No despiertes hoy sin mí.

El tiempo muerto.


Era una mañana de octubre. Las hojas de los árboles todavía seguían peleando por quedarse pegadas. Otras sin embargo ya avían sucumbido y habían aceptado que su destino era pedecer. Bailoteaban al ritmo del viento.
Sara esperaba sentada en una butaca acolchonada. Al principio siempre se ponía mirando hacia la cama de Pablo. Pero poco a poco la costumbre fermentó, y se ponía de lado a la cama. Donde pudiese ver el tiempo pasar por la ventana y a la vez a su marido tumbado junto a ella.
El tiempo se acumulaba en su alma, como el polvo del hospital se agolpaba en las esquinas. Cada día la esperanza volvía a ella con la misma facilidad con que huía escaldada.
Pasaba las horas muertas en aquellas cuatro paredes. Miraba a todos sitios, se ponía todo tipo de juegos mentales que amenizasen la espera, incluso aprovechando que el desconsuelo aún no había venido a por ella se imaginaba como de maravillosa sería la vida cuando Pablo despertase.
Vida que se les había arrebatado a ambos hacía dos años.
Muchos admiraban la fe incondicional de Sara. Otros no podían entenderla y criticaban su agonía. La mayoría no comprendía lo que era ver las agujas del reloj pasar. Tener el corazón en el filo del cuchillo y no tener respuestas.
El leve goteo de un suero, una maquina que hincha sus pulmones y dos agujas atravesando sus venas. Eso era en lo que se había convertido el amor de su vida. El hombre que un día le hizo reír, y que ahora ya no podría volver a reír.
Cuando Sara hacía su inspección diaria a los azulejos del techo, algo insólito ocurrió sin avisar.
Sara miró atónita al cabecero de la cama. Era imposible lo que estaba viendo. Limpió sus párpados con aspavientos y se aseguró por tercera vez de que lo que estaba viendo era lo correcto.
Ya casi segura de que Pablo estaba moviendo los pies. no supo si moverse ella. No quería hacer ruído por si espantaba ese momento. Tampoco quería hablar para no perder detalle. Se paralizó de repente. El miedo a que fuese una falsa alarma, era mucho mayor que el deseo de que Pablo despertase.
La puerta hizo el típico chirrido de siempre.
Un enfermera despistada entró a la habitación mascando chicle. Se detuvo al ver la cara pálida de Sara. Entonces, un nervio guardián en la boca de Sara hizo su entrada triunfal.
- Por favor ... un médico.
La enfermera se dió la vuelta y desapareció por la puerta que hacía un segundo la había visto entrar.
Gracias a la obligación social Sara había despertado de su embobamiento. Se acercó desesperada a la cama de Pablo y desparramada empezó a tocarle la cara.
- Pablo ¿me oyes? soy yo ...
Pablo movió los pies aún con más fuerza de un lado a otro, describiendo órbitas, como si intentase dibujar el infinito.
Los ojos de Sara se debilitaron y empezaron a derramar la alegría que brotaba de su corazón. Ahora si. Había llegado el momento de salir de ahí. Por fin el tiempo estaba resucitando. Por fin le iban a devolver todo aquello que le habían quitado.
La puerta volvió a chirriar. Sara levantó la mirada para ver como un doctor serio y bajito entraba por la puerta a toda prisa. Detrás, la enfermera, algo más atenta, miraba curiosa la escena.
- Doctor, está despertando ¿lo ve? - esclamó Sara con un sollozo esperanzado.
El doctor, cuya chapa verde y desgastada colgada de su corazón, presumía de un título enrarecido, la miró dubitativo. Como un granjero que sabe que tendrá que matar al caballo herido. Sacó una linternita de su bolsillo. Separó los párpados de Pablo que ya casi se habían soldado con el tiempo. Sus ojos azules seguían tan preciosos como el primer día. Pero era una belleza muerta.
- Lo siento señora, pero en estos casos no es bueno que muevan las piernas ...

15 de septiembre de 2012

Fisura en la plata.

Esta noche como cada una de tus noches no puedo dormir. No me queda otra cosa que empezar a recordarte. Retomar la historia desde el principio hasta el final.
Recuerdo cada matiz, cada mirada, cada detalle insignificante, cada color, cada suspiro y por supuesto cada lágrima.
Esta noche, como cada noche que te desempolvo he empezado a levantarme la piel. Tira a tira he aguantado el dolor sin quejarme. Y todo porque de mis labios ya no eres dueño. Y todo porque mis ojos todavía te recuerdan. Y todo por no tener nada mejor que hacer que sufrirte.
Grabado te di mi amor en plata. Para que nunca lo perdieras. Para que siempre lo tuvieses contigo. Pero nada de mis palabras sinceras creíste.
Te apuntabas los aniversarios en el calendario, mientras yo me ocupaba de vivirlos. Reías con tus amigos mi desesperación mientras yo me ocupaba de llorarla.
¿De qué pedazo de carne me enamoré exactamente? ¿donde estuvo mi error garrafal? ¿Cómo es posible que algo a lo que yo quise sea capaz de hacer tanto daño?  Ni yo mismo soy capaz de entenderlo.
Fugas que salen de mi cabeza atormentada. Lágrimas que se escapan a mi control. Lamentos sin sentido escritos día a día con tu nombre cifrado en el reverso.
Y mi corazón que no se atreve a volver a latir. No quiere hacer ruido no te vayas a despertar de nuevo. No obstante de vez en cuando necesita vivir. Es entonces cuando el roce de tu piel escapa por una pequeña fisura de su comisura.
Has podido olvidar. Has podido volver a ser feliz. Has podido crecer sin mi. Pero no lo que nunca podrás dudar, amor, es que yo jamás te olvidaré ahí donde vaya.
En cada noche en vela pondré una nueva capa de tapizado a mi corazón. Poco a poco dejaré de escucharlo y tu cara se irá emborronando con mi olvido. Llegará el día donde tu nombre se quedará oxidado para mi. Hasta entonces no me queda otro remedio que sobrevivir con la lengua cosida a los labios.
Ni se te ocurra volver la cara por la acera. Se que eres incapaz de mirarme a lo ojos. Yo tampoco podría. Pero a mi me debes eso como mínimo. A mi no me vengas con explicaciones ni con recuerdos estúpidos. No me preguntes por el tiempo, la vida o la cicatriz en mi mejilla. No quieras saber de mi trabajo o de mis amigos. A mi me debes mucho más que eso.
¿Cómo pudiste dudar un día de lo que mis labios no te decían?
Puede que fuese incapaz de abrazarte con amor. A veces no te podía ni mirar a la cara. Otras veces solo podía repudiarte y odiarte. La mayoría de las veces me notabas obligado.
Pero que no se te olvide. Que no se te vaya de la mente ni por un momento. Que eras mucho más de lo que más quería en este mundo. Que mis formas no eran las formas, pero no dejaban de ser mis formas. Y que si hubiese hecho falta morir por ti, tres mis veces me hubiera abierto las venas.
Eso que dudaste, y que jamás creíste era la única verdad que he sido capaz de tejer.
Eso que te repito cada noche, pero que tú eres incapaz de escuchar.
Eso por lo que muero y moriré.
Eso por lo que cada latido me cuesta la vida.
Eso mismo, por lo que tú ya eres feliz.

13 de septiembre de 2012

Dicen que dicen por ahí.

Que si vas por la calle y te sopla el viento a favor es tu día de suerte. Que si miras por el cristal, buscando un rayo de Sol encontrarás el color invisible. Que si escribes con los ojos cerrados se escuchará la poesía más preciosa del mundo. Que si dejas en la nevera un trozo de queso y unas naranjas maduras, a otra maña alguien te llevará el desayuno a la cama. Que si te sientas en la orilla de un lago a esperar algo sin saber qué encontrarás tu camino en la vida. Que si subiendo las escaleras se te ocurre mirar atrás verás que algo o alguien siempre está detrás para evitar que te caigas. Que si te apetece besar a alguien y no te atreves solo tienes que cerrar los ojos y esperar que su sabor calle tu silencio. Que si permites la maldad del mundo irás al infierno pues eres tan malos como todos. Que si sientes que alguien está cerca de tu hombro derecho pero al girarte no ves nada, no importa, ha estado ahí. Que si pintas con los dedos secos la cara del amor tu cabeza imaginará a la persona por la que morirías. Que si mientras estás llorando eres capaz de sonreír tus lágrimas se secarán al instante. Que si mantienes la mente en blanco más de cinco segundos tu mayor complejo llenará esa soledad. Que si escuchas la canción de las mariposas de la Torre de Babel es que estás muerto. Que si la vida ya no te habla y nada tienes ya por lo que mirar es el momento de andar al avismo. Que si sumas dos y dos no siempre obtendrás un cuatro. Que cuando seas capaz de mirarte a tus propios ojos sin ncesidad de un espejo enloquecerás al entender lo bonitos que son. Que si bailas encima de un pasillo de agua despertarás a las sirenas del Atlántico. Que si no cabes, no tienes más que ponerte de lado y contener la respiración hasta que pase la tempestad. Que si se te ocurre algo mejor que decir, nunca es demasiado tarde.
Que lo negro no siempre se pinta con tinta blanca.

12 de septiembre de 2012

Observaciones de un escritorio gris.

En una tarde en la que la cola del paro era un escenario más que cotidiano y aburrido, un científico solitario decidió invertir su tiempo en una actividad no remunerada.
Cogió una placa petri de vidrio. En ella preparó un caldo de cultivo especial. Un caldo de cultivo con una fórmula que jamás había inventado nadie y cuya composición era absolutamente restrictiva. Nada, excepto su unidad operativa de estudio podría crecer ahí.
Añadió unas gotas de una sustancia rosa. Amargura con resentimiento. Libertad concentrada. Y felicidad a una molaridad desorbitada. Todo ello lo removió con aguas turbias de un estanque del Manzanares y lo hizo semisólido con unos gramos de agar.
Decidió añadir un condicionante extra. Sometió a la placa a unos constantes y agradables 37 grados centrígrados. Y dejó la placa constantemente abierta y enfocada con una lente tallada por el mismo  Antonie van Leeuwenhoek.
Era el momento perfecto para hacer el cultivo. Mutó una población bacteriana hasta ahora no conocida para la ciencia. La cogió de cualquier sitio que se te pueda ocurrir. La cabina de teléfono, el parque, el colegio, tu casa, tu cama ... la atrapó de manera muy sencilla. Solo le prometió que se lo pasaría bien y que no se arrepentiría.
Las mutaciones fueron muy sencillas:

  • Limitaba el número de replicaciones, por tanto las bacterias podrían dividirse de forma finita hasta llegar a su límite y después formar una población constante.
  • La célula hija sería desgraciada de por vida. Jamás podría replicar.
  • Retrasó la senescencia celular haciendo que el envejecimiento fuese casi nulo.
  • Inhibió por completo la apoptosis pero no la desgracia celular antecesora.
  • Por último añadió un plásmido superfluo que codificaba para una proteína globular: la mariconerasa. Esta proteína que fomentaba el apetito lujurioso de manera exorbitada.
Una vez hechos los cambios, las bacterias mutantes, a las que bautizó como "las pedigreesas" fueron cultivadas en la placa. Les costó adaptarse al que tenía que ser su nuevo comportamiento. Más aún les costó adaptarse a su nuevo ambiente. No obstante lo consiguieron. Fundaron en muy pocos días una población totalmente preparada para la vida moderna.
Entonces, nuestro curioso y maligno científico decidió observar meticulosamente su comportamiento. Pudo comprobar sus teorías. Pudo comprobar sus miedo. Demostró lo que todo ser sabría que pasaría.
Las bacterias llegaron a su límite. Todas se conocían entre ellas. Eran miles y miles. No había turnover celular. Las bacterias sintetizaban mariconerasa de manera casi exponencial. Por ello, estaban constantemente haciendo conjugación entre ellas. No eran capaces de hacer sexo como Dios manda. Así que inventaron lo que más se le parecía, imitando la postura propiamente sexual y dibujando sentimientos que ellas eran incapaces de sentir en su sonrisa. Una vez su apetito carnal era saciado, la mariconerasa se degradaba de forma automática. Entonces las bacterias se separaban y cada una seguía su camino en la placa.
No obstante a las pocas semanas, cuando ambas habían agotado su afluencia de contactos sexuales, entonces volvían a quedar y se volvía a dar el despliegue de mariconerasa.
El proceso era cíclico y continuo. El curioso científico añadía nutrientes de forma constante. Esperó durante años observando la situación sentado en su escritorio de madera gris.
Nada cambio. Todo siguió igual durante años.
El científico aniquiló la población e hizo una repetición más del experimento. La nueva generación, tras establecerse siguió el mismo patrón comportamental que la anterior. Sin excepción. Exactamente lo mismo. 
El científico curioso suspiró. Quería ver algo menos obvio. Quería ver originalidad. Quería ver que alguna de las bacterias usase una vía distinta al sexo para degradar la mariconerasa y que buscasen una forma de evolución para aumentar la población. Quería observar picardía. Voluntad. Inteligencia. Quería observar cambio.
Entonces, se le ocurrió añadir una perturbación sin precedentes. Creo un virus. Un virus que se transmitiría a través del amor. Llamo al virus "Sinuoso Impoluto Dando Amor". Ya que se transmitía de forma difusa pero eficiente, cada vez que las bacterias conjugasen entre ellas. Era mortal y cruel. Las mataba por dentro. Les pudría el corazón.
Lo introdujo en la población.
Se extendió como la espuma. Las bacterias vieron como sus hijos, sus amigos, sus vecinos y sus follamigos más íntimos morían delante de sus ojos.
El científico curioso se reía de ese dolor. De su hazaña. De su perturbación exultante.
Decidió añadir nuevas bacterias al agregado. Bacterias que pudiesen aprender de los errores del pasado al ver los cadáveres de sus antecesores. Su dolor desparramado por toda la placa petri.
Efectivamente aprendieron la lección. Pero no de la forma que el curioso científico esperaba. 
Estas bacterias no dejaron atrás la dinámica de quedar-amarse-separarse-olvidarse-quedar ... pero se protegieron contra el virus fabricando una pared bacteriana impermeable que hacía que las bacterias pudiesen amarse pero sin tan siquiera llegar a tocarse. Se amaban separadas por una fina membrana.
De esta forma podían degradar su hormona maldita. Y podían salvar su vida.
E científico no supo que hacer. Las bacterias no eran capaces de evolucionar. Y para una vez que lo hacían era para poder seguir el mismo camino estúpido.
Entonces reculó en la investigación. Decidió fundar una nueva población en la placa. Esta placa, tendrían la mitad de genes codificantes para la mariconerasa. De esta forma no tendrían tanta enzima y por tanto no sentirían tanto deseo carnal.
Estas bacterias se integraron a duras penas en la población. Pero lo hicieron. Su forma de actuar era distinta. Estas bacterias se agrupaban en parejas. Todos los días conjugaban con tan solo una bacteria, a la cual habían examinado como un borrego antes de ponerle la mano enzima, comprobando así que no estuviesen infectadas por el virus. No dejaban de conjugar. Pero siempre sobre seguro.
Pero los resultados fueron devastadores ... el comportamiento de la población total cambio. Todas las bacterias realizaban la dinámica por parejas de forma intercalada. Épocas en pareja, donde la conjugación se hacía sin protección. Épocas de promiscuidad, donde la protección era esencial para evitar la muerte segura.
Así se extendió durante generaciones ese tipo de amor absurdo  basado en la mariconerasa. Amor que solo servía para marchitarse poco a poco. Amor que no tenía nada que ver con el amor de verdad. Amor cíclico que solo provocaba déficit bacteriano. Desgaste vital.
El científico siguió observando la dinámica de la población. Pero esta vez sin ningún tipo de curiosidad. Sabía perfectamente lo que iba a pasar, por los siglos de los siglos.

10 de septiembre de 2012

La parte que me toca.

Antes de nacer no eran nada. Nada que escribir ni nada que decir. Pero no nada de esos "nada" que ya son algo siendo nada. No. En este caso eran nada de la nada.
Pero un día el azar quiso hacerlo así. Y quiso que ambos nacieran. Al principio no eran más que un trozo de carne móvil y con sonrisa, pero poco a poco el tiempo les fue dando forma. Eran dos hermanos aparentemente distintos.
Pero eran solo aparencias ... en el fondo eran tremendamente iguales. Compartían la misma desviación atípica del ojo derecho, la misma inteligencia sobrehumana, la misma voz quebrada, la misma sensibilidad arrogante y por supuesto la misma madre.
Crecieron juntos entre risas y lágrimas, pero como a todo niño, su tiempo llegó a su fin. Llego el momento de elegir. Llegó el momento de decidir crecer y saber lo que ívamos a terminar siendo en un futuro no muy lejano. Ambos nos miramos a la cara y supumos perfectamente que nuestros caminos estarían totalmente separados.
A él le dolió lo mismo que a mi me dolió al nacer. Por sus venas corría mi sangre inquieta. Por mis labios resbalaba su saliva con sabor a limón. Ambos nos podríamos haber defendido con las mismas armas. Seguir juntos pasase lo que pasase. Pero no fue así.
Él eligió la senda de la vida. Se hizo fuerte, muy fuerte. Impregno su alma de una sustancia más negra y viscosa que el alquitrán. Odiaba a todo el mundo. Usaba a todo el mundo para sus propias metas. No temía estar solo, ya lo estaba desde un principio. Esa era su mejor arma, no tener miedo a la soledad que él mismo se había condenado y sentenciado. A cambio nunca nadie le pondría de nuevo la mano encima. Su conciencia jamás tocaría a la puerta. Viviría, odiaría y por supuesto mentiría.
Yo en cambio no fui capaz de irme por su mismo camino. Mi senda fue la de la desesperación. Me faltó valor para decir adiós y decidí permanecer mal acompañado el resto de mi vida. Al menos así, no estaría solo. Lágrimas, tristeza, desholación y malestar vital. Esas cosas las cosas que día a día me toca deshechar por la ventana. Tapicé mi corazón en plata hirviendo para asegurarme que ni yo mismo pudiese nunca volver a tocarlo. Mi defensa no fue otra que no defenderme, dejar que me pegaran todo lo que quisiesen y más. Arrancarme la piel y aguantar el dolor. A cambio podría dormir tranquilo por las noches ... pero nunca solo, siempre con mi conciencia al lado. La única a la que ya le devía lealtad. Moriría, odiaría y por supuesto mentiría.
La parte que me toca no es la mejor parte de todas. Ni yo soy más bueno ni él es más malo. A veces pienso que hubiese ocurrido si me hubiese ido con él de la mano. Pero ya es demasiado tarde. De nada sirve pensar lo que hubiese pasado entonces.
Solo seguimos siendo dos trozos de carne. Algo más grandes y un poco más inteligentes. Dos victimas, a fin de cuentas que han decidido maneras diferentes para defenderse de su pasado.
No obstante seguimos teniendo cosas en común. Nunca querremos a nadie realmente. Somos incapaces de eso. Sentimos más que lo que nadie pueda sentir jamás. Pero solo podemos verlo y olerlo, nunca podremos tocarlo. Se nos ha sido arrebatado el don de abrazar la felicidad y dejar que nos quieran.
Ya es demasiado tarde para ambos. No podemos cambiar nada de ésto, porque ambos somos así. Nuestro ser es así. Nuestros recuerdos son nuestro ser. Hablaríamos de dos personas distintas, con diferentes ojos, si cambiasemos ésto. Lo máximo que podemos hacer es lamentarnos por nuestra decisión.
¿La única verdad que nos queda?
Que nada es verdad. Todo es mentira.

4 de septiembre de 2012

El calor de Bruno.

Bruno se levantó después de un par de vueltas en la cama. Esa noche se había acostado con el plan muy bien aprendido, y después de que las luces de la casa se extinguieran, ya no quedaban testigos despiertos que pudiesen perturbar el sueño de Bruno. O al menos eso había calculado él.
Pero algo no iba bien. Algo daba vueltas en la cabeza de Bruno, como un caramelo olvidado en el bolsillo del pantalón que se gira en la lavadora.
Bruno tuvo que levantarse y repasar su plan una vez más. Pero esta vez por escrito. Subrayadores a todo color, letra de embajada y papel de calidad fueron las victimas que Bruno eligió. En un cuadro colocó todos y cada uno de sus objetivos más íntimos. Incluyendo, por supuesto, fechas, horarios, detalles ...
Todo era perfecto. Reflejadas las intenciones y demostradas las expectativas, ahora Bruno podría dormir en paz. Tras colgar su preciado trabajo en la nevera volvió a la cama y se dispuso, a esta vez si, dormir hasta que amaneciese.
No funcionó. Bruno volvió a la misma rutina de dar vueltas y vueltas. Entonces supo cual sería la solución definitiva.
Se levantó y abrió la tapa de su nuevo ordenador portátil. No eran horas adecuadas para estar delante de un ordenador, pero Bruno sabía que no importaba la hora o el día, su mejor amigo nunca le fallaba.
- Hola, caracola.
- Vaya, si que estás contento Bruno. ¿Sabes qué hora es?
- Claro que si. En mi casa también hay relojes. He venido a darte el beso de buenas noches.
- ¿Qué te pasa? Estás muy raro ...
- La verdad es que no lo se ... supongo que sigo con el mismo mecanismo de defensa ancestral de siempre.
- Que es ...
- Sonreír. Todo lo que puedo. A veces me duelen los pómulos de hacerlo. Sobre todo en esos eventos sociales donde no me lo paso tan tan bien ...
- Sonreír es bueno para un niño. Pero Bruno ya no es un niño. No está mal que estés serio de vez en cuando.
- ¿Y si quiero seguir siendo un niño?
- Demasiado tarde para reclamar ese derecho. Hace mucho que eres un hombre.
- A veces me gustaría seguir, aunque solo sea por una vez, mi plan original. Ser fiel  mi mismo y no desear hacer mañana lo que ya, empezando por hoy, no estoy haciendo. Eso me frusta, me crea decepción conmigo mismo y a fin de cuentas ... desconfianza.
- Es normal. Caes en las piedras que tu mismo te vas colocando en el camino.
- Lo se. Creo que en el fondo lo hago más complicado para no aburrirme. A drede, ya me entiendes. Me ayuda a seguir.
- ¿Crees que mañana será diferente? ¿Que la semana que viene serás una persona nueva? ¿Que dentro de un mes, tu madre tendrá que pedirte el DNI para dejarte entrar a casa?
- No. Realmente creo que no. Nunca cambiaré, al menos haciendo las mismas cosas que hago hasta ahora.
- ¿Qué cosas haces Brunito?
- Nada.
- Algo harás ...
- Nada, tirando a algo. Pero nada a fin de cuentas. No mantengo demasiado tiempo nada vivo. Hasta el Aloe Vera se me ha muerto ... verás cuando se marchite y lo vea mi madre.
- ¿Tanto te importa lo que piense ella?
- No ... creo.
- ¿Por qué nunca abres esa puerta Bruno?
- Está prohibida. Ese tema sabes que no me gusta tocarlo.
- Lo se, no tienes que jurarmelo. Pero es algo que quizás te ayude.
- No tengo confianza con nadie como para eso. Ni siquiera contigo. Ya no.
- Es normal que no la tengas conmigo y menos a través de una pantalla. Pero ¿contigo mismo? Date un respiro.
- Creo que tienes razón. Pero no es el momento. Lo he intentado muchas veces, y ahora no es el momento. Es como el gran muro de Berlín. Puedo correr hacia él queriendo tirarlo y estamparme y caerme de culo. Después daré la vuelta y con la frente ensangrentada me iré escaldado. Mi fe crecerá a la vez que mi dolor irá desapareciendo. Pero cuando me plantee mi segundo asalto, se perfectamente que volveré a derramar sangre a cambio de unas chinajas del muro. Mi fe en tirarlo nunca morira, pero todo a su tiempo ...
- Sutíl metáfora la tuya, y más conociendote. ¿Qué piensas hacer?
- Sonreír. Hasta el límite. E intentar ser más realista. Salir de mi pompa.
- ¿Pompa?
- Si, ya sabes a lo que me refiero, mi circulo vicioso.
- Estoy de acuerdo contigo. Siempre terminas siendo tu propio enfermero y ...
- Y mi propia enfermedad. Lo se.
- Hablando de enfermedad ...
- Estoy bien. Mejor de lo que soy capaz de presumir.
- Quizás sea esa risoterapia tuya la que te esté ayudando.
- Es posible. Pero la verdad es que hace tiempo que estoy bastante bien. Exceptuando mis fantásticos excesos que hay que pagarlos claro está.
- ¿Cómo el de no dormir?
- Tan sutiles son mis metáforas como tu forma de echarme ...
- Te puedes quedar el tiempo que quieras, yo soy el que no duerme aquí. Tú todavía tienes que seguir haciendo ese tipo de costumbres. Son saludables.
- ¿Me das un abrazo?
- No tienes que pedirlo Bruno.
- Es que si no, no se como arrancar ...
- No es difícil. Abres los brazos, pones cara de mimo y esperas a que el otro se ponga receptivo ...
- Eres un tonto ¿lo sabías?
- Un tonto al que adoras.
- Un tonto al que quiero.
- Demasiado tarde para enamorarte de mi.
- Nunca me habría enamorado de tí antes. Eras horrible ...
- Creo que es hora de despedirse, estamos entrando en aguas pantanosas.
- Ya tengo los brazos abiertos, y la cara de perrito abandonado ...

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- Buenas noches Bruno.
- Buenas noches amigo.

11 de agosto de 2012

Y sonrío hasta llorar.

Mis piernas hace mucho tiempo que van solas. Bailan sin parar música atrofiada que rompe el silencio que viaja en el aire. La gente parece coordinarse con mis tobillos y todos parecen saber lo que intento hacer con mis balbuceos sinuosos a los que he llamado baile.
Sonrío con un vaso en la mano como si este fuese el última día que pudiese disfrutar de la noche. Mañana Dios dirá. Mañana ya recordaremos algo. Ahora nada importa. Solo disfruar y no parar de moverse.
Conozco a la gente, a toda esa gente de mi alrededor. Se cuales son sus miedos más escondidos, su primer trauma de la infancia y por supuesto su color favorito. Pero he olvidado sus nombres. Todos me parecen esta noche buenas personas. Atrás queda el odio que un día sembraron. Esta noche no diré nada malo.
De repente la música que retumba en mi cabeza parece quedar en un segundo plano. Va bajando poco a poco el volumen hasta quedar encerrada en una jaula de soledad. Mis pensamientos empiezan a oírse más fuerte que nada. Mis latidos se hacen notar. Mi respiración se puede contar con los dedos de la mano. Mis labios han quedado huérfanos. Miro a mi alrededor para darme cuenta de que soy el único al que el tiempo se acaba de parar en la frente.
En un muro orientado al horizonte empieza a dibujarse la estela del Sol. Miro al cielo y la oscuridad empieza a desteñirse dando ese tono azul despistado. Entonces pienso que me encantaría comerme un helado de cielo. Saborear la dulzura del infinito en un cucurucho de luna. Empiezo a reír con risa de borracho.
El Sol ha llegado antes de hora. Sale y baña los valles de mi tierra. Me llega a las pupilas haciéndolas brillar. Miro a la cara de los demás. Sus ojos ... sus preciosos ojos empiezan a brillar junto con los míos. Cada uno saca su alma entre risas y sollozos. Los ojos más bonitos de la gente más bonita que nunca pude soñar.
Oigo a lo lejos un crujido. Es la señal que me indica que mis segundos se están acabando. Caen gotas heladas de mis dos ojos tontos. La música vuelve callando a mi enloquecida cabeza y a mi indeciso corazón.
Saco el pintalabios rojo puta, me pongo mis gafas "Super Star" y me abrazo de la primera desconocida que pasa por mi lado. Es el momento de seguir la fiesta.

20 de julio de 2012

Esperar lo correcto.

Caen los años después de ti, como si fuesen horas muertas escritas en mi portal. Abro el armario y te busco en lo hondo. Solo encuentro vestidos y zapatos viejos. Escucho el ruido mezclado con silencio de las aceras, esperando que me silbe un trocito de tu estela.Nada, no soy capaz de encontrar nada. Entonces rompo a llorar y mis tardes amargan con el humo de un café frío. Escrito está en tu nombre mi anhelo, reflejado en mi mirada tu tormento. Si sufriendo consiguiese verte a lo lejos, mientras no te des cuenta, mientras buscas las llaves de casa pasando una barra de pan de brazo en brazo ... no dudes que sufriré hasta el último día del firmamento.
Porque sin ti, respiro, por respirar. Vivo sin vivir y me muevo sin motivación ni alegría. Si no estás no quiero aire, manos o cumpleaños. Si no estás tú ya no quiero ni Sol por las mañanas.
Olvidarte no es una opción. Cuando te perdí entendí que me tiraría la vida entera esperando a que volvieses. Regreso que en el fondo de mi corazón se que jamás llegará. Pero, ¿cómo vivo yo ahora si no es recordándote? ¿Cómo respiro yo ahora si no es creyendo que me estás mirando? ¿Cómo puedo yo reír si no es imaginando tus labios curvados? Es imposible. Por mucho que me hierva el alma, así y solo así soy capaz de ser feliz.
No hay despertar que no vengas a visitarme. No hay día que me vaya a dormir sin desearte las buenas noches. No vivo con más intención que morir en el momento oportuno. No puedo ya ni levantarme sin la esperanza de que estuvieses arriba esperando.
¿Te acuerdas del sonido del viento cuando movía mis pestañas? ¿Te acuerdas del desliz de mis lágrimas aquella noche de febrero? No. No te acuerdas. Ya estoy yo sufriendolo todo por ti. Ya me estoy yo desgarrando el alma por ti. Ya me quedé yo toda la amargura dentro para que tú volvieses a sonreír.
Sin aceptar mi destino seguiré llorando tu ausencia. Escribiré mi pena y desangraré mi corazón sin arreglo. Esperaré. Seguiré esperando hasta que el silencio venga a por mi.
Cuando se presente obviaré mi nombre. Le preguntaré por ti. Moriré de pie sea cual sea su respuesta. Destrozaré mi piel en el momento en que tu luz desaparezca. Sin ningún limite empezaré a disolverme con el viento. Me mezclaré con las nubes y la luna me tomará para siempre.
Capturado el último suspiro de mi corazón. Confinado en lo más profundo de mi ser mi última sonrisa oxidada. Solo me puede quedar eso. Esperar. Esperar que estoy esperando correctamente. Esperar que algo me recoja del frío tranco donde te sigo esperando.

19 de julio de 2012

El frío de la soledad.

Con el primer claro del cielo amaneciendo por arriba, un hombre sin carnet de identidad despertaba. Su boca seca rezumaba agonía. Sus ojos contaban una larga noche de tristezas y lágrimas. En una mano, sangre seca derramada y en la otra una botella vacía.
No sabía donde estaba ni siquiera su nombre le era familiar, solo sabía que esperaba allí a que alguien viniese a por él. Quien fuese. Aunque fuese un ángel celestial. Alguien tendría que pasar algún día por su banco, y con un poco de suerte invitarlo a una última copa.
Desdichada la primera señorita que por allí pasó aturdida. Lo miró con pena de arriba y abajo. Dudo durante dos o tres pasos, pero al rato se decidió a parar y ayudar a aquel hombre. Se acercó decidida, se recogió la falda y se sentó a su lado.
- Que peste echas. Deberías de tirarte de cabeza a un río. Y no por lavarte, pues no tienes arreglo, mejor para abrirte en canal la cabeza y librar al mundo de tu tormentosa existencia. He dicho - dijo la señorita mirando al frente sin tan siquiera volverse al borracho-.
- Dígame donde queda el más cercano y con gusto le haré caso.
- Yo no tengo porqué decirle nada, pedazo de estiércol recogido de una escombrera abandonada. Intente no hablar, su aliento apesta tanto que es usted capaz de preñar a las moscas que las heces no han querido consolar. Solo escúcheme cuando le digo que tiene que irse de aquí. Muérase en otro sitio, no se ... pero que no sea aquí. He dicho.
- ¿Donde puedo ir?
- Ese no es mi problema.
El hombre con cara de arrepentimiento miró a la cara impasible de la cruel señorita. Ni un pestañeo, ni una mínima expresión de empatía, ni tan siquiera un gesto benevolente.
Comprendió que iba totalmente en serio. Tendría que irse de allí cuanto antes. Intentó levantarse, pero las rodillas le fallaron y calló al suelo. Olvidó como poner las manos para amortiguar el golpe y se dio con toda la cara en la losa. Se zarandeó a un lado para poder sangrar a gusto su error fatal.
- Me está usted dando ganas de vomitar - dijo la señorita sin tan siquiera moverse de su posición - he dicho. La señorita giró levente la barbilla para observar al desdichado. Sin intenciones de ayudarlo, se levantó indignada. Sacó de su delicado escote un pañuelo de seda bordado con un fino juego de flores y lo tiró con desprecio a la cara del hombre que yacía tras sus tacones.
- Espero no volver a verle jamás. He dicho.
Volvió a su ruta original y sin vacilar un instante siguió su camino, con destino desconocido pero rumbo bien fijado.
El borracho intentó cualquier cosa con tal de levantarse. Mecerse sobre sus costillas solo le ayudó a obtener un dolor agudo y casi insoportable. Hacer presión sobre sus codos era inútil, no conseguía levantar un palmo del suelo. Se dio por rendido unos segundos.
El tiempo pasaba, los segundos ya acumulaban minutos. El suelo se enfriaba y el Sol se tardaba esa mañana en salir. Nadie pasaba por la plaza del pueblo. Estaba solo, con un pañuelo empapado en sangre y lágrimas en la mano. Nada que hacer, sin nadie a quien llorar y sin un Dios a quien rogar su muerte.
De repente unas voces se acercaron a él. Parecía un grupo de niños curiosos. Unos jóvenes que habían madrugado y se habían encontrado el bochornoso escenario en la plaza, cuando iban camino de la iglesia con la moneda que sus madres le habían dado en el bolsillo.
El triste inerte del suelo entreabrió los ojos cuando detecto que sus murmullos pararon. Contó tres cabezas inclinadas sobre su cara. No alcanzaba a ver nítidamente su rostro, pero parecían dos niños y una niña de piel blanca como la nieve.
- Parece que está muerto. Es evidente que se ha desangrado - comentó uno de los niños con una fidelidad asombrosa -.
- Cállate estúpido. Nos está mirando, no está muerto, solo está muy enfermo, y no tiene medicinas para levantarse - dijo otro de los niños dando un coscorrón al primero -.
- ¿Creéis que su madre sabe que está aquí? - preguntó indecisa la niña mirando alrededor -.
Los tres niños levantaron la cabeza del escenario y empezaron un concienzudo y discreto debate al margen de la tolerancia auditiva del borracho. Pasados tres minutos los niños se pusieron manos a la obra y coordinados agarraron al hombre para intentar levantarlo.
Los dos niños tiraban cada uno de un brazo y la niña hacía lo que podía tirando de la cabeza hacia arriba. El borracho al darse cuenta de que los niños intentaban rescatarlo del suelo, hizo un esfuerzo por levantarse, y les pidió a sus rodillas su última baza para incorporarse.
Antes de que los niños empezasen a sudar, el hombre se encontraba erguido pero muy poco estable. Se dio la vuelta a regañadientes y se sentó en el mismo banco de la plaza donde había sido hallado. Los niños celebraron su triunfo con unas palmadas al viento. La niña recolocó su diadema y se limpió la gota de sudor que empezaba a brotar de su frente.
- ¿Está usted bien señor? ¿Está malito? - preguntó uno de los niños acercándose a menos de un centímetro de su cara -.
- Déjalo Pedro. Está retomando fuerzas, deberíamos llamar a un médico, nosotros hemos hecho todo lo que hemos podido - reprochó la niña en la distancia -.
Con un rápido cruce de miradas parece que todos se pusieron de acuerdo y se dispusieron a salir en busca del adulto más cercano. Al ver que los niños empezaban a alejarse el borracho levantó la barbilla y balbuceó tan bajo que nadie, ni siquiera él mismo, podía llegar a oírlo:
- No importa. Ya es demasiado tarde.
Abrió su mano y dejó caer al suelo un pañuelo de seda empapado en sangre. Cerró los ojos con el primer bostezo del Sol.