9 de noviembre de 2023

Fisión apremiada

 Más... siempre más... de lo que sea. Necesito más.
De pequeño mi padre siempre me decía que más es siempre mejor. Cuanto más puedas tener más felicidad se puede destilar de la vida.
Solía ver en las noticias la alegría de la gente en el sorteo de navidad. Celebraban eufóricos que habían ganado un montón de dinero... era una alegría casi inmensurable que calaba cada pixel del televisor. Parecía lo máximo que podía pasarte. Insólita felicidad para un telediario matinal. Que envidia. Pero espera... ¿Qué envidia? Si yo sólo era un niño... no me preocupaba el dinero. Sólo estaba feliz con mis juguetes nuevos de esa navidad.
No obstante empatizaba con esas sonrisas descolchadas, y me daba mucha envidia no tener nada que me hiciese celebrar con tanta euforia un acontecimiento. 
Algo más crecido, viendo uno de los sorteos, mi padre me preguntó:
- ¿Qué harías con tanto dinero?
- Nada... yo no quiero dinero - contesté.
- ¿Cómo que no? - Extrañó.
- ¿Y para qué quiero yo ese dinero? - Reflexioné en voz alta.
- Para tener. - Confirmó sin dudar.
En ese momento se plantó una semilla en mi cabeza. ¿Qué era lo que yo quería para mí? ¿Cuál era mi posicionamiento vital? ¿Qué me haría tan feliz como a la gente de la televisión? ¿Era eso posible?
La semilla se plantó rodeada de estiércol. En ese medio de cultivo había de todo. "Más siempre es mejor", "Nada es suficientemente bueno", "Dinero... siempre dinero", "Seré feliz cuando tenga..."

Ya un hombre y con varios bandazos en mi curriculum vitae... me atrevo a decir que aquello que yo tenía por felicidad no es exactamente lo que yo creía que era... detallo:

Vivimos en un mundo movido por la idea de que "no es suficientemente bueno" y por tanto tenemos que elegir del "catálogo" una nueva opción, consumiendo así una nueva ilusión en forma de pastilla placebo hacia la felicidad futura prometida, lo que genera unas expectativas inalcanzables que nos sumergen en un ciclo de insatisfacción e inconformismo, sazonado con tintes depresivos e insensibles.

No es suficientemente bueno (NSB).
Esta idea nos come por dentro. Nada de lo que tenemos es nunca suficientemente bueno.
"¿Qué anhelamos Clarise? ¿Qué es aquello que más deseamos? ¿Qué es aquello que codiciamos?"
Exacto. Aquello que no tenemos. Si tenemos mucho trabajo nos desbordamos y nos estresamos. Si tenemos la mañana libre nos aburrimos. Los ricos anhelan ser normales y conseguir amistades leales y sinceras, en vez de gente que se acerque a ellos por interés. Los pobres desean dinero para que su vida mejore. Un huérfano anhela el calor de una familia, mientras que un niño mimado está deseando quitarse a sus padres de encima. Todo se repite, una y otra vez en múltiples situaciones de nuestra vida diaria, y es que nunca nada es sufrientemente bueno para nosotros. Nuestra realidad no es suficientemente buena y queremos la alternativa. De esta manera utilizamos a nuestro beneficio nuestra excusa maestra.
Mientras nada sea lo suficientemente bueno, no podemos ser felices. ¡Ahí lo tenemos! ¡Eureka! No somos felices porque no tenemos... pareja, un mejor trabajo, un mejor cuerpo, una mejor familia, más tiempo para descansar, mejor cutis... Pero no pasa nada. Todo está controlado. Seremos felices, cuando (y sólo cuando) tengamos aquello que anhelamos, pues lo que tenemos ahora no es suficientemente bueno.


El mundo en un catálogo.
Perfecto. No soy feliz. Por tanto tengo que barajar las opciones de la vida en busca de mi felicidad. Tengo que irme al catálogo de la vida, pues en él se me presentan mejores opciones diarias. ¿Por qué conformarme con mi coche? Hay un catálogo muy extenso de coches que hacen múltiples nuevas funciones que no necesito... pero eso no importa. Mi vecino tiene un coche modalidad "tanque de guerra" y es mucho más feliz que yo (sólo hay que visitar su Facebook para darse cuenta de ello). Por tanto mi meta es tener ese coche que me hará feliz. ¿Lo necesito? No hace falta plantearme ahora esa pregunta, lo importante es que puedo tenerlo, pues el banco me financia el coche que no me puedo permitir, y me deja pagarlo en 20 años, haciéndome pensar así que me lo puedo permitir. De esta manera tendré ese coche, ese IPhone, esas zapatillas, esos abdominales, esas gafas, esa casa, esa familia, esos hijos, ese trabajo... que sin duda me harán feliz.
Vale. Sarcasmo a parte. 
Vivimos en un mundo regido por un extenso catálogo. Hay múltiples opciones para todo. Estas opciones (minuciosamente pensadas para el consumidor), nos venden un claro concepto común: felicidad. No te preocupes si diariamente caes más de una vez en el consumo de esta dosis volátil de felicidad. Es completamente normal. Hay un equipo de profesionales detrás estudiando cuidadosamente tu cerebro... y aprovechando tú insatisfacción e infelicidad para darte la solución que necesitas: su producto.
Por tanto, somos simples victimas del proceso. ¿Cómo conformarnos con lo que tenemos (que no es suficientemente bueno), si tenemos muchas otras opciones disponibles que nos harán felices y extensas de consecuencias? ¿Por qué conformarme con lo que necesito si puedo tenerlo todo? ¿Por qué me conformo con esta pareja si siempre podré encontrar alguien más guapo, inteligente, alto y perfecto? ¿Por qué conformarme con el dinero que necesito si me puede tocar la lotería y ser mucho más feliz?
Necesitamos constantemente nuestro chute, que nos va dando el empujón y no mantiene en un perfil consumista sin llegar a estar deprimido, pero apenas a flote conforme vamos desechando y estrenando.

Ciclo de insatisfacción.
No nos llevará muchos años darnos cuenta de que este ciclo de consumismo... no es la felicidad. El pequeño estímulo de estrenar un nuevo teléfono apenas nos dura nada. Nuestro teléfono ultra super definitivo, pronto quedará obsoleto... y necesitaremos el nuevo modelo ultra super definitivo 2.0
Entraremos en una espiral donde nada nos vale, ni siquiera nuestra propia vida. No se trata sólo de devorar consumibles. Sino que empezamos a comer personas... situaciones... momentos de nuestra vida. Nos aburrimos de forma cancerígena, no sabemos estar con nosotros mismos... necesitamos inyectarnos cafeína que nos mantenga entretenidos y en alerta, llenar nuestro vacío con trabajo y estrés para evitar escucharnos a nosotros mismos pues cualquier mínimo hueco silencioso nos resulta hasta molesto. No hacer nada no es una opción. El bucle de producción no puede parar y cuanto más insensible seamos a él mejor.
Pero entonces ¿Qué hacemos? ¿Cambiamos nuestra mejor excusa (No soy feliz porque lo que tengo ahora en mi vida no es suficientemente bueno) por otra nueva y mejor (todo vale)? Si todo vale, entonces ¿Qué pasa ahora? ¿Me tengo que conformar con todo?, ¿vivir bajo mínimos?, ¿involucionar y mantenerme estancado para así ser feliz? ¿Me tengo que conformar con personas que no me aportan? ¿Me estanco sin más, en una relación de pareja o en un trabajo insatisfactorio?

Fisión de realidad.
La realidad es la que es. No es otra. La realidad es la verdad. Y a la verdad, le da igual lo que nos parezca a nosotros. Le da igual si nos parece justa o injusta, bonita o fea, bien o mal. Es absolutamente inmune a cualquiera de nuestros chantajes emocionales. Le da igual cómo la interpretemos, o como queramos que sea. Ella es la que es, y nunca va a cambiar. Es inamovible. Cada mentira que nos contamos a nosotros mismos, o cada excusa que utilizamos para dejar de ser felices no es más que una deuda a la verdad. Y las deudas al final se pagan. La realidad nos aborda, y cuanto más tiempo le hayamos estado mintiendo, más doloroso es golpe que nos llevamos.
No se trata de conformarnos. Tampoco se trata de buscar la felicidad como un trofeo que se recoge y se cotiza en la chimenea de casa. Se trata de ser lo más fiel posible a la realidad. A tú verdad. A tú posicionamiento ante la vida. A lo que tú has decidido creer.

Te invito a ser uno con la experiencia. Vive el momento al cien por cien, prestando toda tu atención en el aquí y ahora en el momento en que estés ahora mismo. Sea cual sea tú momento, tienes una ventana sensorial a tú disposición. Utilízala y absorbe el momento de manera curiosa, como si fuese la primera vez que tomas consciencia de que eres un ser vivo. Aprecia matices, colores, sonidos, sabores, como si todo girase en torno a tú experiencia.
No te conformes nunca con aquello que no te representa, pero no te pelees con la verdad. A ella le da igual, a ella no le afecta. Acéptala tal y como es, porque la verdad simplemente es. Sin más. No tienes que validarla o comulgar con ella, sólo obsérvala curioso y hazte uno con esa experiencia, en ese momento, disfrutando cada matiz.
Aprende a no esperar absolutamente nada estando así preparado para absolutamente todo.

Pasando los años, y ahora de mayor... recuerdo cuando veía los apremiados de la lotería con mi padre. La ilusión que le hacía soñar con que podía ser él un apremiado. Le hacía feliz fantasear en poder comprarse un mejor coche. Poder darnos a mi hermana y a mí un futuro asegurado. Una mejor casa.
Yo me preguntaba, ¿Qué me podía hacer tan feliz como a esas personas? Hoy me doy cuenta que era claramente feliz, escuchando las fantasías de mi padre. Era feliz en esos momentos, simplemente estando presente en ellos, solo que no sabía saborearlo como ahora. 

Por eso, lo único que se puede hacer símil con la felicidad, es el Ahora.

8 de septiembre de 2019

Feliz cumpleaños

Hoy es tu cumpleaños.
Si supieras todo lo que ha pasado mientras no estabas. Tus voces a cuerpo de silencio me mantuvieron callado para siempre. Lucha de gigantes que perdí por retirada. ¿Acaso no veías la destrucción que estábamos provocando? Acaso no lo veías...
De por vida me llevaré tus ojos en mi collar de chamán. Amaré y volveré a morir. Seguro. Pero nadie me va a volver a matar como tú.
En mi mala costumbre de no saber coser bien el hueco que otros antes que tú dejaron está la clave de mi sangrado permanente.
Huesos quebrados, sangre eluída, ilusiones emulsionadas... todo queda ya en el olvido de nuestro ciclo emocional perdido.
Cualquier excusa es buena para traerte a la mesa. Cualquier película tiene un personaje que cuadra contigo. Cada barba se parece a la tuya.
Mi demonio favorito... sigo echando de menos nuestro odio.
Todo lo tuve que incendiar. ¿Qué esperabas que hiciese? El dolor no me hubiese mantenido vivo. ¿Morir? Era una opción, pero ¿quién te hubiese echado a ti de menos si no? ¿quién te hubiese llevado hasta la muerte? Lo hago porque así lo he decidido. Sigues siendo mío aunque ya no me pertenezcas. Y mi dolor... mi dolor también es mío, me lo quedo.
Sabía que te hundirías y me hundirías contigo.
Feliz cumpleaños.

29 de mayo de 2018

Carnal.

Medio deslumbrados medio quemados decidimos pasar una noche más juntos, sin intercambiar nada de nuestro verbo. Bajo la bandera blanca alzada la cena bailaba en un inmenso mar de dudas.
A la mente lo que un día fuimos. A la cara lo que un día queremos llegar a ser. A nuestra alma lo que ya no queda y ya no quedará. Cada vez vamos más lejos.
Dormidos o sedados se hace la paz.
A la mañana siguiente todo empieza de nuevo, como un ser viviente que tras morir ha vuelto a nacer y ya no tiene miedo.
Resaca de tanto dolor solo deja espacio a un reciclado de sentimientos a olvidar.
Apenas se sujeta el espejo al verme la cara. Me voy de esta casa embrujada y me adentro en el mundo que me invade. Caras de sonrisa derretida me golpean en el alma. Inhalo su tristeza. El chute de la mañana es el que mejor sienta.
El cuco está en el nido. Me siento en mi esquina preferida. Me cruzo con un par de aves de paso. Esquivo fieras enjauladas. Mato mis ansias a golpe de teclado.
Puños apretados, que desean dirigir un país en llamas.
La imaginación me rompe todos los huesos del cuerpo. El tejido ya no los sujeta, cede ante el caos de un estallido. me empiezo a esparcir por el ambiente. La destrucción absoluta va a llegar a mi cara cuando aparece ante mí la divinidad absoluta.
Escupe basura con chatarra encima de mi mesa. Sus ojos me desean un final agonizante. Huye despavorido, mientras mi cuerpo empieza a recomponerse. La carne se teje sobre su eje original, los huesos se van soldando al unísono, y mis ojos cristalizan buscando un foco de control.
El Sol parece estar agotado por hoy. Las agujas del reloj caen por su propio peso en pos de la gravedad. Es el momento, es mi momento, debo volver al infierno que me espera en casa.
Sentado en la mesa y sin saludar me espera. Imberbe y con un letal gesto de indiferencia espera su tan preciada cena merecida. Intente pasar a toda velocidad ignorando la distancia asumida.
Sentados frente a frente empezamos a gritarnos el silencio. Cada vez más enojados y sin parar de gritar, entre los guisantes. No podía más con esta jugada. Era el momento de mover pieza, aunque mi reina quedase desprotegida.
Humedeciendo mi garganta, afilando mis labios, dilatando mis pupilas... cogí aire. Mi voz rompería la sala. Aniquilaría al silencio en aquel preciso momento.
Sin pensarlo disparé, cerrando los ojos por miedo al impacto. El proyectil impacto en el muro del fracaso. Unas veces se gana y otras se pierde.
Cuando estaba asumiendo la derrota de repente sentí un pinchazo helado en mi abdomen. Miré hacia abajo y vi mis piernas ensangrentadas. La metralla me había pillado de lleno, y estaba tan ocupado en mi objetivo que se olvidó protegerme. Todo estaba perdido.
Por dentro sentía el hielo congelándome las arterías, pero sobre la piel el fuego me convertía en ceniza. Era el momento, era mi momento. Estaba preparado. Llevaba esperándolo tanto tiempo...
La purificación era lenta y dolorosa, pero agonizaba de placer al imaginar sentirme atendido. La noticia recorrería desde el nido a mi cocina. Todos lo sabrían, todos verían mi dolor. Todos me amarían por fin.
Ya quedaba poco. La garganta apenas palpitaba. Entonces decidí mirar a mi comensal, quise reclamar mi tan dichosa recompensa antes de formar parte de la eternidad.
Bajo mi sorpresa, mi agonizante dolor no había provocado ningún cambio en la escena. Todo seguía igual, nada se había estremecido. Entonces comprendí que mi dolor estaba siendo en vano. Nada importaría ya. La tierra prometida me acababa de ser arrebatada.
Quise llorar, pero mis lagrimas se cristalizaron. Con los párpados sellados mi corazón terminó con su balada infinita.
Unido en el dolor y en la contradicción, ciego de amor y agonía, me quedé esperando un soplo de viento que me deshaga en polvo y lluvia que tomen un camino distinto al mío.

23 de diciembre de 2017

Juego de cuchillos

Nadie nos recordará. No puedo controlar mi vida. Los malditos siempre ganarán...
 Tras la cuarta copa era lo único que me rondaba la mente esa noche. El juego de discretas luces invitaba a la intimidad más lujuriosa. Navegando entre la niebla de tiempos pasados me dí cuenta que casi estaba solo en ese antro triste y húmedo. Entonces, sin previa invitación, apareciste tú. Elegante y casual, casi desentonabas con el ambiente que te acogía. El gran cazador con su presa a babor, jugando a estar despistado, mientras calculaba la técnica a abordar.
Un solo gesto a la siempre amigable camarera fue suficiente para que desapareciera con una sonrisa en la boca que sugería su diversión.
Mi final venía a por mí, y yo estaba demasiado borracho para para reclamar plaza en el reino de los cielos. Me rendí ante el hecho de que iba a ser mi último momento respirado. Visto lo visto ojalá hubiera vivido otra vida. Un héroe, un gladiador o un panadero. Cualquier cosa menos esto... cualquier cosa.
El cazador movía primero. Se acercó con sigilo mientras yo jugaba a no verlo.
- Bonita noche.- comenzó diciendo - una pena desperdiciarla en este antro.
- Se me a acabado la copa... - Contesté.- Pero nuestra amigable compañía se ha rendido sin ofrecer resistencia.
Lo miré con ojos de especie en extinción. Me hubiera gustado jugar más, Dios sabe que lo intenté, pero no estaba en condiciones de reclamarle paciencia a mi discreta ironía. Lo miré fijamente hasta empezar a derretir sus pupilas. Después desvié la atención al culo de mi vaso ya vacío. Lo vendí todo en aquel momento, y me dí por muerto.
Mi humilde cazador entendió mi petición. Se acercó a mí muy despacio, como no queriendo despertarme de un profundo sueño. Antes de descifrar su perfume sentí en lo más profundo de mis entrañas el acero helado de su cuchillo. Una alentada se me escapó de entre los labios, mi primera bocanada de vida malgastada.
- No es nada personal - me susurró al oído, como el que le susurra a un recién despertado "te amo".-
Sacó aquel tempano helado de golpe. Mi corazón empezó a marcar el ritmo de la noche. Mi cazador limpió la hoja en mi hombro, mientras yo no podía dejar de mirar mi vaso. Se fue hacía la puerta y sin tan siquiera mirarme se marchó. Al abrir la puerta una oleada de aire helado entro desde afuera. Esa brisa helada me penetró la piel, filtrándose hasta mis huesos y acampando en mis mejillas.
Me quedé solo, helado de un lado del cuerpo, con una sensación de vacío en el otro, como que me faltaba alguien ahí dándome calor. Ya echaba de menos a mi cazador y apenas se había marchado.
No sabía qué pensar. Sabía que iba a ser lo último en que pensara, pero no sabía que elegir como final digno. Estaba empezando a echar de menos hasta a la camarera. ¿Dónde había ido? Se la llevó la corriente.
Desvié la mirada al suelo. Había un charco negro sobre un fondo aún más negro. Mi corazón estaba empezando a callarse. Por primera vez iba a tener silencio sobre mí.
Abandoné mi vaso. Estaba empezando a calcular qué iba a pasar con él. Quién se lo iba a llevar. Quién volvería a beber de él, cuando se rompiese donde irían a parar todos esos trocitos... en ese momento la vista se nubló y caí al suelo. La sangre empapó mi pantalón. Curiosa perspectiva final. Cuando apenas estaba empezando a despedir la luz de mis ojos la puerta se abrió de nuevo. La oleada de frío volvió a arrollarme, esta vez por la espalda.
Mi cazador había vuelto a por su trofeo. Me cogió del hombro donde minutos antes él mismo había firmado. Me volteó dejándome ver un plano casi perfecto de su barbilla. Entonces se arrodilló sobre mi costado y se flexionó a la altura de mi cara.
Entonces, justo en el instante donde sus labios empezaban a bailar sobre mi mejilla aportándome unas agradables gotas de calor, y ya había sido capaz de descifrar su perfume, decidí pasar a la acción.
Sus labios se detuvieron de golpe casi helados. Sus ojos se cristalizaron, y empecé a sentir calor emanandome de mi puño y goteando sobre mi abdomen.
Me miraba desencajado. Para él mis ojos iban a ser su final. Descubrió por primera vez en aquella noche que ya no lo sabía todo.
Me lo quité de encima con severa dificultad, me estorbaba para levantarme. En mi reincorporación solo me atrevía a pensar que sería un pésimo momento para que la marea trajera de vuelta a la camarera. Imaginé su visión de mí intentando levantarme dignamente... que ridículo.
Una vez reincorporado y con mi presa en el suelo esbozando sus últimos trazos de vida me dispuse a salir de aquel antro. Hacía una noche preciosa para malgastarla allí adentro.
Me dirigí hacia la puerta. Al abrirla una bocanada polar me dio en la cara. No sentía nada... miré a mi victima agonizando. Pensé que en ese momento él estaría sintiendo ese frío... envidié que aún pudiese sentir ese frío y hasta eche de menos su aliento sobre mi mejilla.
Arrepentido cerré la puerta y me dirigí a un paso bastante decente para mi estado anímico, hacía la barra. Cogí mi vaso, que seguía vacío, y ahora si, con mi último Souvenir de vida, me dirigí hacía la noche, que estaba aún preciosa para morir en ella.

22 de septiembre de 2014

Cero muertos.

- Hola.
- Hola. ¿Cómo estás?
- Yo  bien. ¿Y tú? ¿Te pasa algo conmigo?
- No me pasa nada.
- Am. No se.
- ...
- Es que como me has borrado del correo.
- Si.
- ¿Puedo preguntar por qué?
- Puedes preguntarlo.
- ¿Por qué?
- Realmente no me esperaba esa pregunta de ti. Creía que tu falta de empatía, y tus esfuerzos por no preocuparte por el resto de personas haría que jamás me la hicieras.  Y he de confesarte que me gusta que me la hagas. Me gusta que me des esta oportunidad para explicarme. Verás... No es nada personal el haberte borrado de mis contactos de mail.
Lo debía de haber hecho hace mucho tiempo. Pero no era capaz. Me frenaba el qué pensarías. El que creyeses que estaba cerrando una puerta entre nosotros. Me aterraba proclamarme como el malo de la relación. Pero poco a poco superé ese miedo. Y entendí que lo más importante en mi vida soy yo. Y que el protagonismo que abarcaste en su día dentro de mi debía llegar a su fin.
Fuiste una persona muy importante para mi. ¿Por qué? Realmente puedo negarlo una y otra vez. Pero la verdad es que me recordabas a él. Eras exactamente igual. Esa forma de mirarme. Esa forma de hablarme. Al reírte simplemente me matabas por dentro. Era inevitable quedar vendido frente a ti. Esas estúpidas pequeñas cosas que te hacían tremendamente magnético.
Hubiese firmado una muerte prematura a tu lado sin dudarlo. Pero mi mayor motivación era también mi condena al fracaso. Era de esperar que al inicio de una relación ambos debíamos estar en el mismo punto de salida. Sin embargo yo había salido a mitad de camino. Es decir... yo ya te tenía a ti un amor, un cariño, un afecto... desde el principio que realmente no te pertenecía a ti. Sino que aguardaba en mi corazón, y tú habías sabido abrir la habitación donde se ocultaba.
Es lógico que el holocausto llegaría. Mis ansias y tu sosiego solo fueron el inicio. Lo que vendría después sería peor. Lágrimas, desamor, desconsuelo... dolor.
Esta claro que no sentías lo que yo sentía. Y también está claro que no tenías ningún tipo de interés en mi. "Vamos a ir poco a poco"... me suena a una escusa muy barata, que es de esperar no convenza a un niño ansioso delante de una tarta de nata y nueces. Una justificación que intenta no hacerme daño. Suavizarme la noticia real: no te gusto.
Con nuestras palabras de despedida me quedó claro que estarías dispuesto a conformarte conmigo pasado un tiempo. Y a la misma vez me quedó claro que eres lo suficientemente ingenuo para pensar que unas dosis diarias de realidad me harían menos daño que toda de golpe.
Te eché de menos después de eso. Te recordé a minuto. Te lloré. Te sentí. Te esperé. Seguí esperando... cada día te miraba no verme. Cada día te veía en silencio hablarme. Cada día recordaba que tú no te estarías acordando de mi en absoluto. Cada día pasaba y pensaba...
Cometí el error de quererte un poco más que a mi. Creía que mi sentimiento era irreal. Pensaba "no es posible, lo conozco desde hace tan poco tiempo que esto es una mera ilusión". Supongo que te idealicé. O idealicé lo que sería estar un tiempo junto a ti. Pero al mismo tiempo sabía que nunca funcionaría. Lo único de lo que sabía que no me equivocaba es que era una ilusión. Bonita. Pero ilusión. Una cosa que hacía mucho tiempo que no sentía por nadie. Dulce caramelo de ilusión bañado en esperanza, con un cremoso corazón de dolor.
Un día decidí superar mis miedos. Romper la posibilidad para así poder acabar con el deseo. Si te perdía al menos dejaría de estar esperándote. Pero la situación de esperar sin saber si algún día volverías me estaba matando. Calculaba a diario las probabilidades de tu regreso. Reacciones, sentimientos... intentaba averiguar los motivos. Los amargos porqués eran desquiciantes.
Sé que pensarás que tu pasabas de mí al igual que yo pasaba de ti. Tienes razón. Quizás no debí esperar sino levantarme e ir a buscarte. Lo que ocurre que fueron tantas veces las que te busqué que me daba la impresión que cada vez te estaba perdiendo más a causa de ello. Me sentía pesado, con deseo de manifestar mis sentimientos ante ti. Esperaba abrirte una pequeña brecha si veías que yo me abría en canal para ti. Pero eso no pasaba. Estabas inmutable.
Decidí elegir un culpable. Las opciones eran muy escasas. O tú o yo. Me otorgué el mérito. Convení ser yo el que terminare con la relación. Ya no me preocupaba que pensases mal de mí. Además se que en el fondo te quitaba a ti un peso de encima. Siendo yo el malo, tu conciencia podría alimentarse pensando "hemos terminado porque él ha querido, no porque haya sido yo".
También barajé la posibilidad de estar precipitándome. Nuevamente mis ansias de correr podrían estar echándolo todo por la borda. Quizás en un par de semanas, meses o años hubiese sido el momento, y hubiésemos podido retomar contacto desde cero.
No obstante, hasta la remota posibilidad de que eso no sucediese en un ya muy inmediato me atormentaba. Creo que peco de inmaduro en este caso.
En resumen. No te lo tomes como algo personal sino como lo que es. Un acto tremendamente egoísta. Una pasada de página necesaria para mi. El comienzo de un largo olvido. El punto final a una tormentosa posibilidad que amenazaba con volverme loco. Tu liberación de conciencia. Nuestro adiós.
No me arrepiento el haberme cruzado contigo en la vida. Creo que eres y serás una gran persona en tu trayectoria. Me has enseñado muchas cosas sin hacer nada realmente. Me has enseñado que puedo volver a sentir. Me has enseñado que la conexión directa al corazón existe. Me has enseñado a ser aún más selectivo con las personas. Me has ahorrado muchas "relaciones puente". Ahora se que cuando esté con una persona, será porque sentiré algo parecido a lo que sentí contigo al verte por primera vez. No pienso conformarme con menos. Porque me merezco enamorarme. Siendo o no correspondido.
- OK. Gracias por la info.