De pequeño mi padre siempre me decía que más es siempre mejor. Cuanto más puedas tener más felicidad se puede destilar de la vida.
Solía ver en las noticias la alegría de la gente en el sorteo de navidad. Celebraban eufóricos que habían ganado un montón de dinero... era una alegría casi inmensurable que calaba cada pixel del televisor. Parecía lo máximo que podía pasarte. Insólita felicidad para un telediario matinal. Que envidia. Pero espera... ¿Qué envidia? Si yo sólo era un niño... no me preocupaba el dinero. Sólo estaba feliz con mis juguetes nuevos de esa navidad.
No obstante empatizaba con esas sonrisas descolchadas, y me daba mucha envidia no tener nada que me hiciese celebrar con tanta euforia un acontecimiento.
Algo más crecido, viendo uno de los sorteos, mi padre me preguntó:
- ¿Qué harías con tanto dinero?
- Nada... yo no quiero dinero - contesté.
- ¿Cómo que no? - Extrañó.
- ¿Y para qué quiero yo ese dinero? - Reflexioné en voz alta.
- Para tener. - Confirmó sin dudar.
En ese momento se plantó una semilla en mi cabeza. ¿Qué era lo que yo quería para mí? ¿Cuál era mi posicionamiento vital? ¿Qué me haría tan feliz como a la gente de la televisión? ¿Era eso posible?
La semilla se plantó rodeada de estiércol. En ese medio de cultivo había de todo. "Más siempre es mejor", "Nada es suficientemente bueno", "Dinero... siempre dinero", "Seré feliz cuando tenga..."
Ya un hombre y con varios bandazos en mi curriculum vitae... me atrevo a decir que aquello que yo tenía por felicidad no es exactamente lo que yo creía que era... detallo:
Vivimos en un mundo movido por la idea de que "no es suficientemente bueno" y por tanto tenemos que elegir del "catálogo" una nueva opción, consumiendo así una nueva ilusión en forma de pastilla placebo hacia la felicidad futura prometida, lo que genera unas expectativas inalcanzables que nos sumergen en un ciclo de insatisfacción e inconformismo, sazonado con tintes depresivos e insensibles.
No es suficientemente bueno (NSB).
Esta idea nos come por dentro. Nada de lo que tenemos es nunca suficientemente bueno.
"¿Qué anhelamos Clarise? ¿Qué es aquello que más deseamos? ¿Qué es aquello que codiciamos?"
Exacto. Aquello que no tenemos. Si tenemos mucho trabajo nos desbordamos y nos estresamos. Si tenemos la mañana libre nos aburrimos. Los ricos anhelan ser normales y conseguir amistades leales y sinceras, en vez de gente que se acerque a ellos por interés. Los pobres desean dinero para que su vida mejore. Un huérfano anhela el calor de una familia, mientras que un niño mimado está deseando quitarse a sus padres de encima. Todo se repite, una y otra vez en múltiples situaciones de nuestra vida diaria, y es que nunca nada es sufrientemente bueno para nosotros. Nuestra realidad no es suficientemente buena y queremos la alternativa. De esta manera utilizamos a nuestro beneficio nuestra excusa maestra.
Mientras nada sea lo suficientemente bueno, no podemos ser felices. ¡Ahí lo tenemos! ¡Eureka! No somos felices porque no tenemos... pareja, un mejor trabajo, un mejor cuerpo, una mejor familia, más tiempo para descansar, mejor cutis... Pero no pasa nada. Todo está controlado. Seremos felices, cuando (y sólo cuando) tengamos aquello que anhelamos, pues lo que tenemos ahora no es suficientemente bueno.
El mundo en un catálogo.
Perfecto. No soy feliz. Por tanto tengo que barajar las opciones de la vida en busca de mi felicidad. Tengo que irme al catálogo de la vida, pues en él se me presentan mejores opciones diarias. ¿Por qué conformarme con mi coche? Hay un catálogo muy extenso de coches que hacen múltiples nuevas funciones que no necesito... pero eso no importa. Mi vecino tiene un coche modalidad "tanque de guerra" y es mucho más feliz que yo (sólo hay que visitar su Facebook para darse cuenta de ello). Por tanto mi meta es tener ese coche que me hará feliz. ¿Lo necesito? No hace falta plantearme ahora esa pregunta, lo importante es que puedo tenerlo, pues el banco me financia el coche que no me puedo permitir, y me deja pagarlo en 20 años, haciéndome pensar así que me lo puedo permitir. De esta manera tendré ese coche, ese IPhone, esas zapatillas, esos abdominales, esas gafas, esa casa, esa familia, esos hijos, ese trabajo... que sin duda me harán feliz.
Vale. Sarcasmo a parte.
Vivimos en un mundo regido por un extenso catálogo. Hay múltiples opciones para todo. Estas opciones (minuciosamente pensadas para el consumidor), nos venden un claro concepto común: felicidad. No te preocupes si diariamente caes más de una vez en el consumo de esta dosis volátil de felicidad. Es completamente normal. Hay un equipo de profesionales detrás estudiando cuidadosamente tu cerebro... y aprovechando tú insatisfacción e infelicidad para darte la solución que necesitas: su producto.
Por tanto, somos simples victimas del proceso. ¿Cómo conformarnos con lo que tenemos (que no es suficientemente bueno), si tenemos muchas otras opciones disponibles que nos harán felices y extensas de consecuencias? ¿Por qué conformarme con lo que necesito si puedo tenerlo todo? ¿Por qué me conformo con esta pareja si siempre podré encontrar alguien más guapo, inteligente, alto y perfecto? ¿Por qué conformarme con el dinero que necesito si me puede tocar la lotería y ser mucho más feliz?
Necesitamos constantemente nuestro chute, que nos va dando el empujón y no mantiene en un perfil consumista sin llegar a estar deprimido, pero apenas a flote conforme vamos desechando y estrenando.
Ciclo de insatisfacción.
No nos llevará muchos años darnos cuenta de que este ciclo de consumismo... no es la felicidad. El pequeño estímulo de estrenar un nuevo teléfono apenas nos dura nada. Nuestro teléfono ultra super definitivo, pronto quedará obsoleto... y necesitaremos el nuevo modelo ultra super definitivo 2.0
Entraremos en una espiral donde nada nos vale, ni siquiera nuestra propia vida. No se trata sólo de devorar consumibles. Sino que empezamos a comer personas... situaciones... momentos de nuestra vida. Nos aburrimos de forma cancerígena, no sabemos estar con nosotros mismos... necesitamos inyectarnos cafeína que nos mantenga entretenidos y en alerta, llenar nuestro vacío con trabajo y estrés para evitar escucharnos a nosotros mismos pues cualquier mínimo hueco silencioso nos resulta hasta molesto. No hacer nada no es una opción. El bucle de producción no puede parar y cuanto más insensible seamos a él mejor.
Pero entonces ¿Qué hacemos? ¿Cambiamos nuestra mejor excusa (No soy feliz porque lo que tengo ahora en mi vida no es suficientemente bueno) por otra nueva y mejor (todo vale)? Si todo vale, entonces ¿Qué pasa ahora? ¿Me tengo que conformar con todo?, ¿vivir bajo mínimos?, ¿involucionar y mantenerme estancado para así ser feliz? ¿Me tengo que conformar con personas que no me aportan? ¿Me estanco sin más, en una relación de pareja o en un trabajo insatisfactorio?
Fisión de realidad.
La realidad es la que es. No es otra. La realidad es la verdad. Y a la verdad, le da igual lo que nos parezca a nosotros. Le da igual si nos parece justa o injusta, bonita o fea, bien o mal. Es absolutamente inmune a cualquiera de nuestros chantajes emocionales. Le da igual cómo la interpretemos, o como queramos que sea. Ella es la que es, y nunca va a cambiar. Es inamovible. Cada mentira que nos contamos a nosotros mismos, o cada excusa que utilizamos para dejar de ser felices no es más que una deuda a la verdad. Y las deudas al final se pagan. La realidad nos aborda, y cuanto más tiempo le hayamos estado mintiendo, más doloroso es golpe que nos llevamos.
No se trata de conformarnos. Tampoco se trata de buscar la felicidad como un trofeo que se recoge y se cotiza en la chimenea de casa. Se trata de ser lo más fiel posible a la realidad. A tú verdad. A tú posicionamiento ante la vida. A lo que tú has decidido creer.
Te invito a ser uno con la experiencia. Vive el momento al cien por cien, prestando toda tu atención en el aquí y ahora en el momento en que estés ahora mismo. Sea cual sea tú momento, tienes una ventana sensorial a tú disposición. Utilízala y absorbe el momento de manera curiosa, como si fuese la primera vez que tomas consciencia de que eres un ser vivo. Aprecia matices, colores, sonidos, sabores, como si todo girase en torno a tú experiencia.
No te conformes nunca con aquello que no te representa, pero no te pelees con la verdad. A ella le da igual, a ella no le afecta. Acéptala tal y como es, porque la verdad simplemente es. Sin más. No tienes que validarla o comulgar con ella, sólo obsérvala curioso y hazte uno con esa experiencia, en ese momento, disfrutando cada matiz.
Aprende a no esperar absolutamente nada estando así preparado para absolutamente todo.
Pasando los años, y ahora de mayor... recuerdo cuando veía los apremiados de la lotería con mi padre. La ilusión que le hacía soñar con que podía ser él un apremiado. Le hacía feliz fantasear en poder comprarse un mejor coche. Poder darnos a mi hermana y a mí un futuro asegurado. Una mejor casa.
Yo me preguntaba, ¿Qué me podía hacer tan feliz como a esas personas? Hoy me doy cuenta que era claramente feliz, escuchando las fantasías de mi padre. Era feliz en esos momentos, simplemente estando presente en ellos, solo que no sabía saborearlo como ahora.
Por eso, lo único que se puede hacer símil con la felicidad, es el Ahora.