22 de abril de 2013

La puerta.

Me encantaban mis sábanas. Nunca había sentido unas tan suaves y delicadas como esas sábanas. Podía sentir en cada vuelta que daba en mi ya estrecha cama el amor y la delicadeza que mi madre había dedicado a esas sábanas.
Estaba deseando irme a la cama para estar con mi sábanas. Azules. Muchas veces cuando no podía dormir jugaba a que era mi vestido. Vestido palabra de honor que me hacían elegante, vello y delicado, y que me tapaba los pechos bajo un mar de focos. Pero esa noche no sería igual.
Todo empezó en la cena. Ya solo quedábamos mi madre, mi padre y yo. Cómo de costumbre había fritos en la mesa. Mi madre siempre hacía lo mismo. Freía una ronda para todos. Todos comíamos sin ella. Y a la segunda ronda ella comía su primera ronda fría y lo que le correspondía de la segunda ronda, que los demás solo devorábamos por gula. La segunda ronda no solía repartirse en los platos como acostumbraba la primera. Se quedaba esperando en una bandeja gorda con flores que todavía debe rondar por allí al lado  de los platos.
Bañadas en aceite y  con la sal visible esperaban patatas ya frías de la segunda ronda. Yo las miraba de reojo. Estaba esperando el momento oportuno. Ese momento en el que mi padre eructaba, se levantaba, se rascaba la polla y se iba a tumbarse al sofá. Dejando su pesebre lleno de migajas de pan y peladuras de pepino, y dejando pegados en el pasillo trozos de su olor a sudor y cemento.
Ese momento no llegó. Esa noche, aunque parecía que había terminado de comer, mi padre no se levantó. Estaba en silencio. Igual que mi madre. Era obvio. No era necesario tener 9 años para darse cuenta. Estaban esperando a que me fuera para hablar de sus cosas.
Pero no iba a ser tan fácil. No estaba dispuesto a irme al concilio con mis sábanas dejando cuatro patatas en la bandeja floral. Así que me arriesgué y sintiéndome totalmente expuesto pinché las últimas patatas frías.
- ¿Es que no has comido ya bastante? ¿Es que nunca tienes bastante?
Tenía razón. Ya tenía bastante. Pero no era necesario dejar las patatas huérfanas... no obstante el reproche arrastrado en el odio de mi padre hizo que me resignara. Pinché la tercera patata, la comí y deje el tenedor caer al plato. La orden estaba dada, comer esa patata ya era inevitable. Pero la voz de asco de mi padre pudo salvar al resto de la población. Me levanté sin decir nada. Dejé mi pocilga y me fui a mi habitación. Cerré la puerta detrás de mi. Al final la puerta se embaló y dio un ligero portazo. Me dejé caer encima de la colcha.
Antes de que la patata del pecado rozase la tercera parte de mi esófago buscando mi satisfecho estómago la puerta se abrió violentamente.
- ¿Te crees más listo que yo?
Recuerdo poco de donde cayeron los golpes esa vez. Recuerdo que fue uno en la espalda y dos en la cabeza. Más que nada por los dolores que vinieron después. Me di una vuelta corriendo hacia el baño y luego hacia mi cuarto de nuevo. Él venía detrás pegándome. Como si estuviese persiguiendo a un cerdo que corre para no ser devorado por un lobo.
Por fin se cansó. Eso, o que su espalda le aviso que debía parar. Su maldición es mi maldición. Los dos sufrimos de la espalda. No podemos ponernos demasiado nerviosos o la espalda nos falla. Caemos en un dolor punzante que nos paraliza. Supongo que por eso paró la paliza por ese día.
- ¿Me vas a cerrar a mi la puerta?
Parece que todavía tenía fuerzas para seguir esa noche. Desencajó la puerta del marco. Se la llevó. La sacó fuera, al portal principal  y me dejó sin puerta. Me dejó expuesto. Me humilló. La peor humillación que se le pueda hacer a una persona es no dejarla llorar. Quitarle su puerta para que muestre su dolor en verguenza. Dejar su corazón expuesto.
Volvió a la cocina y continuó cenando. Yo apague la luz y me escondí debajo de mis sábanas. Todavía podía oír como me insultaba desde la cocina. Incluso veía la luz de la cocina. Quería llorar. Hubiese pagado lo que fuese por sacar el dolor de mis huesos destilado en cuatro lágrimas. Solo necesitaba unos minutos de intimidad.
Pero no tenía puerta. Se la había llevado, por pegarle un portazo, por faltarle el respeto y por no haber sido su puto sumiso.
Esa noche me subí el vestido azul. Ya no tenía un palabra de honor que solo me tapaba hasta el pecho. Me tumbe hacia arriba y me tape hasta la boca. Bien tensa la sábana bordeaba mi nariz, lo justo para poder respirar.
Ya a solas con mis dulces sábanas tuve la oportunidad de llorar en silencio. Las lágrimas casi antes de salir eran absorbidas por la sábana que bordeaba mi cara. No dejaban que nadie me viese. Les juré que siempre estaría con ellas. Las quise por siempre, y les juré que nunca más me iría a dormir sin taparme la boca con ellas.

15 de abril de 2013

Todo les vale.

Llevaba mi mejor camiseta. Esa que él odiaba. Creo que la encontré en la basura. A mi la verdad es que tampoco me gustaba demasiado. Pero ese día mi subconsciente iba a joder, y mi consciente no quería quedarse atrás.
La puta cuesta... la recordaba empinada pero no tan calurosa.
Toqué al timbre. El 3ºC. No cabía la menor duda. Ni siquiera se lo pregunté antes de quedar con ellos. Y ni a él ni al otro les entró la sospecha de cómo podía haber adivinado el piso en el que vivían... no le di demasiada importancia. Me limité a perfilar mi recién estrenado flequillo y a hacer el amago de expulsar mi última ventosidad.
- ¿Sí? ¿Quien es? - El otro. Vaya... el cuento había cambiado más de lo que esperaba. Yo jamás cogí el timbre como si aquella fuese mi casa. Él contesto como si hubiese venido a verlo a él.-
- Soy... esto... hemos quedado...
- Si, si. Sube. Es el 3ºC- Lo se gilipollas. Es al piso que he tocado. Y no me tienes que decir cómo entrar a esta casa. Me la se de sobra.-
Se oyó el cosquilleo que abre las puertas de los pisos. Empujé la pesada puerta tragando sin poder evitar la bocanada de aire que me venía de aquellos pisos pestilentes. Dos años hacía que no tragaba ese hedor. Dos segundos tarde en recordarlo como si fuese mi periódico diario.
Llame al ascensor que chirriaba como de costumbre. Llegue al tercero y giré a la derecha. Nadie esperaba en la puerta. Toqué al timbre y se abrió con elegancia.
- Hola, buenas. - El otro extendió su mano-.
- Hola.- No me quedó otro remedio más que cumplir.-
- Pasa.- ¿Ahora resulta que la casa es tuya? Menudo imbécil.-
El piso estaba tal y como yo lo había dejado. Ordenado, limpio, fresco, luminoso... nada había cambiado. El tacto de la encimera podía verse de reojo por el pasillito pintado a mano. La frescura del lavabo podía sentirse con solo acercarle la napia. Y el cuarto seguía siendo tan claustrofóbico como de costumbre.
Cuando estaba apunto de romper el silencio apareció él. Por fin. Tenía ganas de verlo. Tenía ganas de ver cómo terminaba mi pequeña travesura...
Quería saludar pero la garganta se le quedó helada. Sus ojos, ya sin gafas me miraron atónitos. Si su piel hubiese sido un poco más clara habría hecho competencia al reflejo de la luna. No sabía qué hacer ni donde meterse. Las gotas de sudor se pararon en su frente.
- Vaya, sois mejores que en las fotos... ¿empezamos? - rompí el silencio pues por unos segundos vi mi plan fracasar. Aproveché el factor sorpresa que mi presencia había hecho en él para jugar mis cartas con astucia-.
- ... - quería despegar los labios pero se notaba que se había quedado muerto. Dudaba que su sangre estuviese circulando por sus venas-.
Justo cuando pareció reaccionar y entender la situación por la que estaba a punto de pasar me adelanté a su reflejo. Lo besé en la boca como si su boca tuviese un trago de agua fresca en un día de verano. Lo callé. Y él respondió sin defensas. Lo besé como hacía dos años no lo besaba. No lo veía pero sentía como su bello volvía a erizarse. Lo abracé sin mucho compromiso. Y con mis manos busqué su polla.
No había duda. Mi regreso le causó una parálisis pero solo momentánea. Su polla estaba a reventar. Entonces le aparté los labios. Lo miré a los ojos. Y entendí a la misma vez que él entendió que íbamos a hacerlo. Y que después de hacerlo hablaríamos.
Me volví hacia el otro, que miraba con cara de cebolla caramelizada. Posiblemente era tonto. Posiblemente estaba pensando alguna pregunta atrasada del trivial. El plan tenía que ser perfecto, así que no me importó en absoluto. Fui a besarlo y cuando sus labios ya habían empezado a probar el viento fresco de los míos le aparté la cara. Con la mano derecha lo cogí de la frente y le aparté le saqué el cuello con brusquedad. Empecé a morderle la yugular, mientras gemía como una auténtica zorra.
Mientras tanto mi mano no se había apartado de la polla de él. Mi objetivo era sentir como le chorreaba la punta mojándole el calzoncillo. El otro apartó el cuello. Demasiado tarde. Mi marca se quedó ahí.
Me besó en la boca. No besaba mal, pero con gusto le hubiese arrancado la lengua de un mordisco.
- Parad.- Él por fin despertó. Me apartó la mano de su polla ya chorreando borbotones de presemen y me miró con odio.- ¿Qué cojones estás haciendo aquí?
- Estoy poniéndoos como unas perras. Y dentro de unos minutos voy a follaros a cuatro patas.
- Vete. Vete de aquí.
El cuento había cambiado más de lo que creía. Ahora tenía autoridad en sus palabras. Ahora tenía decisión. Ahora imponía lo que en años no había sabido hacer.
- ¿Qué está pasando? - Dijo el otro atónito.-
Miré al otro con una sonrisa de cabrón maquiavélica.
- No te preocupes. Ahora te lo van a explicar.
Me ajusté el paquete y me subí la cremallera. Pasé por el baño y por el simple hecho de matar mi curiosidad observé que los pelos de su barba seguían pegados allí. Seguí hasta la puerta la abrí y la cerré con fuerza. No quería que pareciese un portazo de despecho. Pero tampoco quería que se quedase abierta y tuviese que volverme a cerrarla teniendo que tragarme sus dos caras de amargados.

Cuando llegué a casa cerré la tapa del ordenador. Me había dejado la ventana del chat abierta. La emoción que me corría por las venas de joderle la vida a él me había hecho que me olvidase hasta de los condones. Entonces fui al baño. Escupí un par de veces y me lave los dientes.
La saliva del otro me estaba empezando a dar un asco tremendo.
Regresé al escritorio y volví a abrir la tapa del ordenador. Continué haciéndome la paja que había dejado a medias.

Para siempre.

No hay nada mejor que una buena historia de amor. De esas donde una princesa virgen y con tacones planos encuentra un día de primavera a su príncipe azul. Se enamoran para toda la vida sin apenas darse cuenta. Casi no necesitan flirteo, están hechos el uno para el otro.
Tras un mal entendido, se pelean e intentan odiarse tanto, tanto, que no lo soportan y terminan fundiéndose en un beso que para el tiempo. Entonces es cuando llueven pétalos enteros de una rosa roja.
Y la historia termina con el típico "y comieron perdices para siempre" ... Sin final. Siguen ahí estampados para la posteridad. En ese momento eterno. En ese beso hueco. Como si alguien hubiese pausado el cuento. Nunca termina su felicidad y su amor.
Lo más triste de la eternidad es que no tiene final. ¿Cómo te sentirías si de repente te dijesen que tienes que vivir 365 días sin reloj y sin calendario? Supongo que al principio pensarías que es un reto fácil de llevar a cabo. Pero pronto perderías la cuenta de los días. Olvidarías lo que llevas recorrido y lo que te falta por recorrer. Desesperarías. Te perderías. Morirías de amargura.
Contabilidad en periodos de 7 días nos ayuda a estratificar el tiempo. Cajones semanales que encajan en estanterías mensuales, se agolpan en habitaciones anuales. Ciclo tras ciclo es mucho más fácil de llevar que estando todo lineal y perfecto.
Además, el amor eterno no sería amor si fuese eterno. Peleas, discusiones, embarazos... al final todo acaba emergiendo haciendo que el viento cambie. Eso da juego. Un juego divertido. Un cambio de vida.
Fundirse en el "siempre" siempre será un error. Porque no existe para siempre. Ni siquiera existe el ahora. Existe simple y llanamente lo que tú quieras que exista. La importancia que le des a tu tiempo será la que tenga. La importancia que le des a tu vida será la que tenga. Sin más.
Nadie te ha dado nada. Nadie te ha quitado nada.
Ellos solo han dividido el tiempo. Un pastel eterno y espeso de comer. Lo han troceado porque les ha dado la gana, y te lo han servido en bandera dorada. Eso no quiere decir que todo sea para siempre. Tampoco quiere decir que todo vaya a terminar pronto.
Con celo y cuerda vieja coseremos el tiempo perdido. Quizás así recordemos que juramos que sería para siempre. Hasta que la muerte nos separe.