27 de enero de 2012

El gigante de hielo.

Cada mañana se repetían las heladas. Justo antes de salir el Sol los campos negros se volvían a congelar. La tierra se endurecía como si de diamante se tratase. Los ríos dejaban de fluir y la noche se ahogaba en el silencio del frío.
Los humanos se refugiaban bajo tierra. Llevaban años sin ver la luz del Sol, pero las últimas manadas seguían aferrándose al anhelo del calor de la Tierra. Pasaban hambre, se lamentaban, lloraban, pedían perdón, juraban que jamás volverían a pecar ... Pero nadie les escuchaba. Sus penas y su dolor se perdía en mitad del vaho de las oraciones.
Arriba, en la superficie, la destrucción se abría camino apartando a la muerte. La vida se había reducido a pedazos de hielo amontonados en las esquinas. La luz del sol se empeñaba en devolver la fluidez del ciclo, pero sus intentos eran totalmente inútiles. El ruido blanco se escuchaba en todas las emisoras y canales. El viento corría por las calles asegurándose que nada quedase vivo. La muerte esperaba sentada a que volviese a caer la noche, día tras día sin perder la paciencia.
Cuando el Sol todavía no se había despedido, dos niños decidieron salir a respirar el aire de fuera. Sus esperanzas en ver el Sol evitaban que su dolor se hiciese patente. Sus rodillas se rasgaban, su frente dejaba resbalar el sudor y sus hombros chirriaban de dolor. Al llegar a la superficie el aliento congelante de la tarde llenó sus pulmones. No entendían muy bien esa sensación. Nunca lo habían experimentado. Estaban empezando a sentir que no sentían nada. No obstante sus ojos seguían enviando información. El Sol se estaba perdiendo a lo lejos. Sabían perfectamente que si esperaban a ver la luna su sangre no lo resistiría y que sería lo último que verían. Pero su esperanza aún no se había consumido. Todavía podían apurar un poco más ...
De repente los niños sintieron un hilo de calor en su nuca. Al darse la vuelta su miedo se mezclo en su sangre casi congelada. El coloide recién formado empezó a correr dilatando sus venas. Sin esperar una orden previa las tiernas de los niños empezaron a correr. Sus músculos se cargaban de miedo y descargaban gritos de dolor, al partirse los cristales que se iban formando en su sangre.
Cuando la esperanza de los niños por sobrevivir aún no se había consumido uno de los dos paró de gritar.
Aunque sabía perfectamente lo que había pasado y aunque sabía que si me daba la vuelta para verlo con mis propios ojos, sería mi fin, decidí hacerlo. Paré de correr. Mis muslos dejaban caer la sangre que se negaba a congelarse. Mis rodillas casi quebradas se tapizaron de hielo. Mis ojos se negaban a llorar. Mi aliento se negaba a salir escupido por mi boca. Me volví sobre mis pasos y comprobé desolado el color de la muerte. El gigante de hielo había hundido su puño en el abdomen de mi hermana. Su sangre pintaba la nieve que posaba en sus pies. El gigante la dejó reposar a un lado. Su cuerpo se congelo en cuestión de segundos. Su rostro se quedó opaco detrás del espejo del hielo.
Mientras el gigante se acercaba a mi, con zancadas pesadas mis rodillas decidieron dejar de sufrir. Mis pies se hincaron en la nieve y mis ojos cerraron el telón. Ver el Sol nos había costado la vida, pero había merecido la pena. Toda mi vida había querido vivir este momento. El momento en el que me siento realmente vivo, aunque esté a punto de morir.
El gigante de hielo agarró mi cuello con la mano izquierda. La sangre de mi hermana sorprendentemente aún estaba templada en la mano del gigante de hielo, y resbalaba por mi cuello empapando mi pecho.
Cuando mis lágrimas ya no podían retenerse en la cuenca de mis ojos, el gigante de hielo me soltó. Al abrir los ojos, mi mirada se cruzó con la suya. Todo el mundo nos había dicho que los gigantes de hielo no tenían ojos. No obstante esos ojos negros acariciaron mi mejilla con anhelo de consuelo. Su mano se volvió a dirigir a mi, pero en esta ocasión abierta, ofreciendo asilo y remedio.
En su antebrazo se reflejaba una figura extraña. Algo que parecía ser un joya encerrando a un animal enorme. El gigante de hielo se impacientó ante mi ausencia de respuesta y me abarcó con los dos brazos. Me sujetó en peso y me remolcó por encima de su hombro. Empezó a alejarse del escenario del crimen. Al irnos juntos decidí despedirme de mi hermana con una mirada desinteresada. Al mirar me di cuenta que justo en ese momento el Sol, junto con la vida de mi hermana se estaban despidiendo definitivamente. Ya nunca volvería a ver ninguno de los dos. No obstante no me arrepentía de haber estado junto a ellos una última vez.
Cuando me disponía a cerrar lo ojos y despedirme de mi vida para siempre, el gigante de hielo detuvo su paso rítmico. Me tiró al suelo como si fuese un saco de cebada. Se dio la vuelta dándome la espalda y giró la barbilla para que pudiese ver sus ojos antes de que marchara. Su boca esbozó algo que posiblemente fuese una despedida. Sus pasos se fueron alejando a la vez que el viento huracanado iba borrando su camino. Como si nunca hubiese estado allí. Como si nunca fuese a volver.
Cuando su figura se fundió con la oscuridad, mi corazón hizo acto de presencia. Cada latido bombeaba una oleada de sangre caliente que llegaban a cada músculo intentando mantenerlo con vida. No obstante si seguía allí tirado moriría en poco tiempo. Instintivamente me levanté como pude, y mi ojos buscaron como si supiesen donde estaba la misma trampilla por la que minutos antes dos niños se habían escapado en busca de la dolorosa libertad.
Me arrastré hacia la trampilla y me volví a esconder bajo el agujero de la cárcel que me mantenía con vida. Mi cuerpo empezaba a recuperar la sensibilidad poco a poco. No podía sentir ni las piernas ni los brazos. Pero mi corazón y mis pulmones seguían peleando. Había conseguido sobrevivir ...
Mientras acumulaba fuerzas para terminar el camino de vuelta a casa, cerré los ojos y puse la mano en mi pecho. Si la sangre de mi hermana no me hubiese aislado el hielo del aire, hubiese muerto congelado. Si el gigante no me hubiese traído a casa hubiese muerto junto con la puesta de sol.
Mi mente no se refugió en la culpa o en la desolación. Solo repitió una y otra vez la despedida del gigante de hielo, con la intención de intentar entender algo. "Muxu bat ttiki, gabon"

5 de enero de 2012

Olvidar lo que tienes.

Se creía que la aceptación sería su salida. Era una pobre ilusa. Solo podía ver más allá de lo que sus ojos podían llegar. Su límite de tolerancia se iba moldeando. Su vida se iba reduciendo constantemente, en relación al efecto de los distintos factores ambientales presentes. Se iba engañando día a día, esperando creer sus propias mentiras. Engañada era feliz. Pero su destino era inequívoco. Ella sabía que terminaría tal y como había empezado. Solo era cuestión de tiempo.
Una mañana oscura, sin que el Sol hubiese despertado aún, se levantó de la cama. Había sido una noche agotadora. Las noches en vela se estaban empezando a asentar como la norma, y no como la excepción. Se sirvió una taza de café frío y lo engulló esperando que reposase el menos tiempo posible en su boca, y así evitar el sabor amargo de aquella taza fría. Por la noche las mentiras visten de color pardo. Su cara en el espejo empezó a hablarle. Le preguntó por la salud, por el trabajo, por la familia, ... No sabía que responder. Las cosas iban aparentemente bien, pero ella no se sentía bien. No era lo que ella quería ser. No era lo que ella había pedido. No tenía porqué aceptar esta clase de vida, pero prefería aceptarla por ahora, pues no tenía otra cosa mejor que hacer. Como si de la obsesión de un alcohólico se tratase se repetía una y otra vez a sí misma, que podría dejarlo cuando quisiera. Solo tenía que dar carpetazo, sin pedir explicaciones, sin mirar a nadie a la cara, sin escuchar escusas, ... solo tenía que irse.
El espejo empezó a molestarla. No estaba acostumbrada a una conversación tan profunda a esas horas. Lo mejor era evadir el problema y plantearse hacia donde correría, cuando el Sol diese el pistoletazo de salida. Al sentarse en el sofá escuchó el sonido inconfundible de unas hojas de papel siendo sepultadas bajo el peso de su propio cuerpo. Sus músculos revertieron la orden de sentarse, y se aparto para intentar ver lo que quedaba en el sofá. Eran unas hojas de color púrpura, escritas a mano. No era el momento, el lugar, ni las condiciones para leerlas, pero la curiosidad fue más fuerte que las adversidades. Se trasladó al vestíbulo, esperando que esa luz no molestase al resto de durmientes de la casa. Pulso el interruptor y la primera luz que  inundo sus tímidas pupilas le hizo preferir la oscuridad de nuevo. En un segundo intento, consiguió adaptarse perfectamente a la luz. Comenzó a leer, no sabía muy bien si por curiosidad, o como escusa para matar las horas muertas antes del amanecer.
Al terminar de leer esa curiosa carta, no pudo más que volver al lugar donde la encontró. La dejó sobre el sofá, intentó pasarle la mano por encima para disimular el incidente, y fue hacia la habitación en tono rosa de la casa. Abrió la puerta como si dentro durmiese un dragón hambriento. Se escabulló por entre las sombras, intentando esquivar los detectores de intrusos en el suelo. Un pato de goma, una muñera llorona, un payaso risueño, ... La punta de sus dedos le indicaron que estaba en su destino. Abrió las cálidas sábanas y se zambulló dentro. Abrazó a la personilla que allí residía, y que nada tenía que ver con un dragón. Cerro los ojos y se dispuso a dormir un poco más esa noche. Sabía que se había dejado la luz del vestíbulo encendida, pero no le importaba. Ya sabía lo que tendría que hacer al día siguiente. Recordó lo que estaba haciendo en ese mundo. Y esperaba que ese calor que estaba compartiendo, ... no se olvidase jamás.

1 de enero de 2012

Hasta la saturación.

Eran las 6.36 pm de un día cualquiera de noviembre. El pueblo ya había encendido las farolas que marcaban la hora de cenar. Mi padre bajó a por unas ascuas de olivo, para que esa noche no se hiciese tan fría como parecía. Mi madre estaba recogiendo la mesa. No había sobrado nada, ni una miga de pan. Seguía teniendo la misma hambre que antes de cenar. No obstante, no había más comida ese día. Me levanté casi resignado con la pelliza en el hombro, era hora de descansar. Mañana sería un duro día.
Al pasar por las escaleras que daban a la solana el olor embriagador de la carne inundó el ambiente. La chicha que solo llevaba unos días secándose estaba demasiado fresca. Aún no se podía comer sin pasar por las ascuas. No obstante no me dio tiempo a organizar un plan para eso. Solo pensaba en terminar de  saciar mi apetito. Empecé a subir las escaleras de la solana. Hay veces donde el hambre es más fuerte al temor de los palos que recibiría si hacía eso. Al llegar arriba la oscuridad era evidente. Pero no importaba, no necesitaba ver nada para tomar mi botín. Me escabullí por debajo de las sábanas que cubrían la carne. Palpe dos tripas, una más grande de lo que mis manos eran capaz de abarcar, y la otra con ligeras estrangulaciones. Me decanté por la segunda, pues no cabía duda. Se trataba de los chorizos. Me fui a una esquina polvorienta a degustar mi trofeo. No escuchaba por si alguien venía a descubrirme. Era altamente improbable, pues mi madre no se atrevería a subir aquellas escaleras sin una luz que guiase sus pasos. Y mi padre, seguro encerraba a las bestias. Lo que no tenía muy bien pensado era la cuartada posterior a mi robo. La comida no suele desaparecer así porque sí.
Mientras mi apetito se veía abordado por el sabor de la carne cruda empecé a notar un picor por el hombro. No tomé cuenta de ello hasta que la balanza del hambre empezó a equilibrarse. En plena oscuridad no podía hacer otra cosa que desvestirme y sacudirme, fuese lo que fuese, caería al suelo. Aparqué en el suelo la tira de chorizos, y cuando me disponía a sacar la primera manga, sentí el dolor más punzante que mi temprano cuerpo había sentido jamás. Algo se inyectó en mi carne y la estaba deshaciendo como unas llamas abrasadoras.
Mis rodillas no aguantaron esa carga moral y se hincaron en el suelo casi quebrándose. Mis gritos de dolor fundido en agonía tomaron la casa entera. Caí al suelo oscuro retorciéndome como si fuese la mitad de una lagartija mutilada. La luz de las escaleras se encendió y mi madre subió aturdida preguntando "¿qué haces aquí?" Cuando vio mis ojos casi desbordados y la carne malgastada en el suelo, obvió la respuesta. Mi padre no tardó en aparecer. Me recogió del suelo y me terminó de quitar la caperuza, mientras mis lágrimas ya se habían esparcido por toda mi camisa. Mis ojos interrogativos lo miraron, esperando una solución inmediata. Su cara describía el retrato del mismo diablo. Sacó su navaja y pinchó sin piedad la cabeza del arraclan. Los métodos de mi madre eran más sofisticados y liberó al animal de la agonía del cuchillo, para sepultarlo bajo un sin fin de apargatazos. Mi madre, tras dar venganza justa al verdugo, se volvió hacia mi padre rogando a voces que hiciese algo. Mi padre, como si supiese lo que tenía que hacer me tapó la boca con la mano izquierda, metiendo tres dedos por dentro y agarrando mi lengua. Con la derecha empezó a limpiar la hoja de la navaja. No sabía lo que tenía pensado hacer, pues el sabor a estiércol, aceite, y alfalfa estaba interrumpiendo la vía de la intuición. Rajó mi hombro con la misma navaja que había rajado el cuello del cerdo responsable de mi agonía. y empezó a succionar mi sangre a la vez que se le saltaban las lágrimas por el dolor que mis dientes estaban dejando en su mano.
Cuando notó que mi fuerza persistió, me dejó libre, y se levantó a escupir el veneno en un lugar seguro. Entonces mi madre se arrodilló y me miró a los ojos. No hizo falta ninguna palabra para poner en marcha en plan de emergencia en estos casos. Solo me dijo "Corre, corre. No pienses en fallar, solo piensa en conseguirlo." Me levanté sin hacer caso al dolor o a la sangre que brotaba de mi brazo. Mire a mi padre mientras intentaba detener la hemorragia que yo le había provocado. Salí corriendo despavorido escaleras abajo. Al salir de mi casa el perro sabía que algo no iba bien. No se atrevió a acercarse a preguntar. Los vecinos, estaban esperando pacientemente una explicación a tanto escándalo. No me dio tiempo de hacer nada más que esquivarlos y empezar a correr.
Mis piernas tenían que seguir pasase lo que pasase. Ya se sabían el camino. Cada palpitación de mi corazón arrastraba una mezcla de líquidos de distinta densidad, que se peleaban entre ellos por emerger lo antes posible. Ni siquiera podía pensar, eso no era prioritario en ese momento. Correr, ... correr, no hacía otra cosa que correr por entre la tierra casi helada. No podía sentir mi cara, que se había tapizado de lágrimas congeladas. Cada zancada tenía un caro coste: una bocanada de aliento y cuatro palpitaciones que esparcían y arrastraban el veneno por mi cuerpo. Tenía que llegar a casa del Tostón, antes de que el veneno llegase a mi corazón. Mi padre había apostado su mano para darme unos minutos. No podía fallar ahora. Con las piernas molidas, con un dolor horrible en el brazo y con la otra mano intentando taponar la herida llegué a mi destino. Los ladridos de los perros despertaron a la mujer del Tostón, que salió en camisón para ver quien era yo. Su marido la adelantó en la expedición y se acercó a mi con gesto estriado. "¿Quien eres muchacho?" Apenas era capaz de escupir algunos balbuceos. "... corr... no fallar,..." El tostón me agarró de las piernas y del lomo. Me levantó como si levantase un saco de plumas y empezó a cabalgarme hasta su casa. -"hierve agua y aceite, YA"- grito a su atónita esposa.
Fue la noche más dolorosa que soy capaz de recordar. Esa noche el dolor me hizo libre, me recordó lo que es ser un hombre. Me recordó lo que sufrió mi madre para parirme. Me hizo aprovechar cada gramo de aire que hay en la calle. Me recordó lo que soy capaz de hacer, por la gente que quiero.