16 de agosto de 2013

El hombre malo.

Siempre hemos creído que lo tenemos todo hecho. Que lo sabemos todo y que tenemos por tanto el control de nuestro destino. Pero realmente no es así.
Un día el ambiente presionó nuestra supervivencia. Nos vimos acorralados. Éramos animales. Unos de los más inteligentes, pero no los que más. Hicimos un amago por escapar. Una salida hacia la supervivencia. Fue esa, como puedo haber sido cualquier otra. Nos pusimos en pie. Los primeros bípedos nunca conocidos. Teníamos dos manos libres para maniobrar, ya no teníamos que hacer las cosas con la boca.
Pero ese no fue el cambio más importante. Una consecuencia indirecta que no esperábamos conseguir de nuestra adaptación apareció. Al ponernos a dos patas nuestro cuerpo se vio obligado a fortalecerse. Los músculos se fueron desplazando poco a poco hacia abajo. Músculos que antes teníamos en la espalda se alargaron hasta las piernas. Y así por efecto domino todos los músculos se moldearon dejando hueco disponible a algunos huesos, como los del cráneo. El cráneo dejó tensión liberada. Tensión que los músculos ya no ejercían sobre él pues estaban demasiados ocupados en el equilibrio del nuevo hombre. Por tanto el cráneo se aprovecho y creció. El cerebro hizo lo propio, y creció rellenando el espacio craneal disponible.
Et voilà. Se inventó la inteligencia. Con más masa encefálica teníamos más oportunidad para diferenciar regiones específicas del cerebro, y por tanto nuestros sentidos podrían especializarse en una región concreta a fin de perfeccionarse. Nos hicimos hábiles.
Pero no fue el cerebro más pesado el ganador. Sino el cerebro más cooperador. Linajes anteriores de nuestros antepasados lo intentaron. Intentaron hacerse con el poder absoluto del  control, pero no les fue posible. Ellos tenían un pedazo más de cerebro que nosotros, pero no lo tenían bien organizado.
Lo que nos caracterizó y nos destacó por encima de todo, fue, aunque sea una paradoja, la sonrisa.
Nuestra cara, europea, era más delgada que la de nuestros amigos los asiáticos. Los asiáticos habían estado viviendo en zonas por la época heladas, y por tanto su forma de sobrevivir fue adaptarse al frío. Su nariz se ensancho hasta la exageración. Crearon una gran bóveda nasal que les permitía calentar el aire frío una vez vez inhalado, y antes de introducirlo en el organismo por las vías respiratorias. De esta manera el organismo ahorraría energía para calentarse y evitaría enfriarse constantemente introduciendo aire helado. No obstante su enorme nariz les impedía sonreír y por tanto, les impidió desarrollar el lenguaje. Apenas podían meter grandes alimentos por la boca. Tenían que trocearlos en pequeños pedazos.
Sin lenguaje la cooperación era difícil. No pasaba más allá de cazar unos cuantos mamuts, y repartirse a la hembra fértil. Pero la cooperación no quedaba consolidada más allá de la supervivencia, así que era de esperar una brecha de individualidad que llevase tarde o temprano a la extinción.
Nosotros los europeos, a la hora de saltar el charco decidimos irnos a la derecha. Nos encontramos un lugar cálido. Y nuestra nariz no necesitaba tanto espacio para calentar el aire. Nos sobraba espacio para sonreír. Y no tardamos en ponerle nombre a nuestras sonrisas. Desarrollamos un mundo en palabras.
Han pasado muchos siglos. Y parece ser que tuvimos éxito en nuestros aciertos, así como en nuestros errores, Pues estamos aquí.
Nuestra mente se dividió en tres fracciones. La comunidad, la familia y el yo individual.
La más importante para nosotros aunque nos parezca que no, es la comunidad. Muchos pensaran que es la familia, pero no es así. Nuestros amigos narizones ya cometieron ese error. Y perdieron el juego. Otros pensaran que es el yo individual. Pero vuelve a no ser así. Porque su supervivencia individual no estaría justificada si no hubiese nadie para ver su proeza. ¿O acaso un actor no busca espectáculo?
Las tres vertientes de nuestro triángulo emocional fluctúan constantemente. Se ven obligadas a elegir en cada situación diaria. Y depende de la elección y de sus matices, nos convertimos en malos o buenos hombres.
Pero ¿Y si la elección que creemos voluntario no lo fuese tanto? Creemos que podemos elegir el comer y el qué comer. Pero, ¿no es un hambre voraz la que nos empuja hacia la comida? Y da la casualidad que no hacia cualquier comida. Sino hacia una comida nutritiva para nuestro organismo. ¿A alguien le gustan las piedras? Creo que no.
Nuestro instinto nos ha guiado siempre hacia donde él ha querido. A todos, sin excepción. Por supuesto es muy bonito pensar que elegimos, que tenemos el control. Que lo que hacemos, lo hacemos de forma absolutamente altruista. Pero ¿Y si no fuese así?
Imaginemos un juego donde la comunidad entera está en peligro. Nuestra muerte por asfixia llevaría a la gloria a la comunidad. Entonces, decidimos coger nuestras manos y estrangularnos a nosotros mismos. Sería imposible... nuestro cuerpo no nos dejaría hacerlo. Nuestra consciencia inteligente o no apartaría las manos antes de hacer nada. Pero entonces... ¿Y la comunidad? ¿Morirá? ¿Por qué nuestra conciencia no lo ha evitado?
La respuesta es obvia. Tan obvia como lo es un ordenador. Estamos pre-programados. Y no podemos cambiar el chip de la noche a la mañana. Estamos programados para proteger a la comunidad, a la familia y al bien individual en dicho orden. Pero también estamos programados para no suicidarnos aunque queramos hacerlo. Por tanto es de esperar que sigamos un plan previamente trazado en nuestra vida. El plan que nuestro cuerpo guarda para nosotros. Sobrevivir. Y ser inmortales.
Aunque siempre podremos creer que mandamos nosotros. Es lo que tiene ser hombres malos.