28 de junio de 2012

Cielo helado.

Llegaste un marzo sin rosas en la mano y con cara de encanto. Sonrisa tímida y ojos agachados saludaste en otro idioma. Te interesaste por la salud, el tiempo y los récord de mi vida, mientras yo poco a poco me iba perdiendo en tu sonrisa. Soñamos juntos un par de noches, escuchamos música inventada y resbalamos en un charco fortuito.
Después me fui. Con explicaciones pero sin excusas. Con el dolor del adiós dentro de mi corazón donde nadie lo veía. Donde tú no me reconocías. Te dejé, con la mirada ahogada en llanto. Con las palabras a las que faltaba encanto. Con el deseo de ser parte de mi y con la esperanza de volver a escribir una noche de protagonista marginado.
Pasaba el tiempo. La vida envejecía sin ti. Mi alma a veces miraba por si acaso. Mi corazón no dejaba de preguntar por ti. Pero no nos atrevimos a volver a saludar. ¿Donde estás? ¿Cómo te va? ¿Qué ha sido de tu vida? Todos ellos se perdieron a la deriva. Y perdimos el momento. Ese momento donde el cielo no era cielo. Era un manto que nos cubría a los dos en la distancia, con miles de estrellas observando nuestra calma.
Te busqué en la lluvia gris. Preguntando al viento me encontré con la nada. Entonces entendí, que en verdad no fuimos nada. Solo críos jugando en el jardín de tu casa. Ilusiones desesperadas por vivir, deseando romper ese caparazón de miedos y criterios.
El olvido fue el que me enseño a sobrevivir. Escuche los consejos de no pensar más en ti. Dibujé, lo que un día, una vez sentí. Lo escribí, y lo guardé en mi diario de marfil, para recordar lo que un día logre olvidar.
Esperé. Y mientras esperaba viví. Otro amor, que apareció sin mentir. Me llevó, y me arrastró sin avisar. Inventó, nuevos verbos no inventados para amar. Indagó, debajo mi alma y no encontró nada nuevo para jugar. Como Sol cuando la tarde cae. Cómo la Luna cuando el viento para. Como las olas, sin playa donde romperse se aburrió de mi. Se fue y me dejó arrodillado. Llorando y preguntando al cielo solo supe agonizar y esperar el retroceso.
Absolución que no llegaría. Mentiras que jamás cicatrizarían. Historias de cuentos y de monstruos donde el protagonista era el malo y el bueno terminaba mal. Pergaminos que se oxidaron en blanco, sin palabras y sin abrazos. Mis gritos perdidos en la noche, no escuchados, pero si aullados.
Volví, una tarde de octubre. Te busqué, esperando que tus ojos no me guardasen rencor. Escuché, tus nuevas penas y alegrías. Me miraste, con labios de melancolía.
Y entonces la felicidad llegó. Tus palabras me dieron consuelo. Tu calor era tan bonito como tu piel, y tu voz, entro y se me coló en la sien. Volamos hasta lo inalcanzable. Escuchamos la música que un día me enseñaste. Congelamos el tiempo, en el segundo, donde tus besos rozaban mis labios y mi corazón luchaba por conquistarte.
La noche más bonita que imaginé. Donde la Luna murió de amargura esperando a que nos acostásemos. Donde tu hielo caló hasta mis huesos. Donde no imaginé poder estar así con nadie.
Entonces te fuiste igual de rápido que viniste. Te olvidaste de mi como un día yo me olvidé de ti. El invierno se calentó y las hojas de los árboles dejaron de caer. Te eché de menos durante días. Lloré mis penas en semanas. Los meses me parecieron años sin ti. Con tu ausencia me empezaba a faltar el aire.
Entonces volví a entender. Comprendí con dolor y sangre que no habíamos sido distintos a la otra vez. Que nuevamente no habíamos sido nada. Solo recuerdos de la infancia. Solo deseos que difuminan como el humo. Solo nada, a lo que empeñamos en poner nombre, pero no dejaba de ser nada.
Te esperé. El cielo me vio esperar. Llorando en el tranco e ilusionado pregunté, cuanto te quedaba en regresar. Mirando las nubes pasar vi que era mejor mentir. Repetirme y convencerme de que jamás volverías, era ahora la única manera de olvidar. De dejar de sangrar y de no recordar esa mirada, con esa nariz y adornada de esas sonrisa.
Seguiré esperando el momento. Donde tus manos busquen mi cuerpo. Donde tu frío me sepa a fuego. Y donde tus labios ya no busquen dueño.

23 de junio de 2012

El Esparta.

El dolor de muelas me estaba empezando a matar. Había ido al dentista, al médico de cabecera, a la farmacia en busca de un líquido verde milagroso y por supuesto al bar a anestesiar el nervio con un par de whiskys. Pero nada. No había habido suerte. Me apetecía escupirle a Rodrigo las muelas en toda la boca a ver si así se callaba y se daba cuenta de que esa mañana pasaba de hablar. De echo creo que mi cara de perro había funcionado y mi querido compañero novato se había enterado de que no iba a abrir la boca ese día. Pero había pasado a la opción B, y había decidido hablarme sobre Violeta, María y Mario. Sus tres preciados diablos, que corrían, saltaban, mordían y lloraban por sus 80 metros cuadrados de hipoteca a veinte años. Su vida era un show que no tenía desperdicio, y Rodrigo, en un alarde de compañerismo, no estaba dispuesto a que yo desperdiciase ningún detalle de su vida. Lo hubiese clasificado de indiscreto, pero no era un mal muchacho. Algo joven para mi gusto, pero se notaba que me contaba su vida como símbolo de aprecio. Y yo valoraba ese aprecio escuchándolo.
Paró el coche lentamente y aparcó enfrente de un pequeño chalet color vainilla con las puertas tapizadas en un marrón salmonete.
- Hemos llegado jefe. ¿Qué será esta vez? ¿Usted hace de poli malo y yo del bueno?
- Esperame en el coche Rodri. O no, mejor ve al super de ahí enfrente y cómprame unos donuts.
- ¿Por qué? - Rodrigo cambio su sonrisa por un tono de niño pequeño al que le han quitado su cochecito de carreras sin explicaciones - también es mi trabajo.
- Cómprame también un zumo de melocotón.
Salí del coche ignorando la cara de cocodrilo que me estaba poniendo Rodrigo. Me acerqué a la puerta y toqué al timbre. No hizo falta un segundo toque para que contestase una voz microfonada.
- ¿Quién es?
- Hola, mi nombre es Bruno, hemos hablado por teléfono ...
- Pase. Límpiese los pies en el felpudo por favor.
La puerta se abrió con un sonido eléctrico y pase mirando de reojo hacia el coche con la única intencionalidad de disculparme y de recordar mi orden a mi querido compañero.
Al pasar el pequeño jardín que rodeaba la casa, me daba la impresión de que el Papi tenía mucho tiempo libre. O eso, o mucho dinero. Antes de tocar el tercer escalón de los cinco que me subían a la puerta de la casa, la puerta de la casa se abrió.
- Buenos días inspector. Pase por favor, afuera hace un fuego impresionante.
- Gracias.
El acento del anciano no era de la zona. Definitivamente era andaluz o murciano. Parecía estar solo, pero saber cuidarse bastante bien. Me conducía por un rellano lleno de retratos de niños pequeños y una señora muy hermosa. Mi ágil mente de detective no tardó en darse cuenta de que era su ex-familia.
- Por favor siéntese, ¿puedo ofrecerle algo?
- No gracias, estoy bien.
Tomé asiento donde me indicó. Un sofá viejo pero de buen ver, de estos que te hundes un poco y antes de terminar de sentarte, ya estás pensando en cómo te levantarás simulando no demasiado esfuerzo, pero que en verdad te hubiese gustado tener una polea a mano.
- Estoy aquí por ...
- Ya se por lo que está aquí. Hemos hablado por teléfono y no tengo demasiado tiempo. Y no quiero malgastar el suyo. ¿Qué quiere saber?- ¿Quién es su hijo? ¿Quién es Tomás? ¿Por qué nadie sabe nada de él?
- Mucha gente sabe cosas de él. Pero desgraciadamente están todos muertos.
- Yo tampoco quiero hacerle perder el tiempo. No me hable con incógnitas como él. Verá, yo no creo que su hijo sea culpable, creo que es inocente. Pero nadie pone mucho de su parte por demostrarlo.
- ¿Por qué le interesa de mi hijo? - El Papi puso un gesto de sorpresa.
- No tengo ningún interés en su hijo. Tengo interés en el verdadero asesino. Y si culpan a su hijo, pagará por un crimen que no ha cometido, cosa que no me importa, pero el que lo ha cometido quedará libre, cosa que si que me importa y quiero evitar.
- Si mi hijo no lo ha cometido, nada puede inculparlo. No lo juzgarán. Así funciona la justicia, ¿No inspector?
- Así funciona la justicia señor Torralba. Pero ese es el problema. Todo inculpa a su hijo. Todo excepto que estaba metido en un psiquiátrico de máxima seguridad y encadenado a una silla. Pero sus huellas, su sangre, su pelo y su todo rodean al cadáver. Casi no tiene sentido. Pero su hijo insiste en no querer defenderse. Y si se calla, todos irán a por él y lo juzgarán de cualquier forma.
- ¿Ha hablado con él?
- Si.
- No puedo decirle nada que él no le haya dicho. Ya sabe usted más que yo, hace años que no lo veo. A mi pesar, pero así es. - El Papi se levantó con gesto de señalarme la puerta.
- ¿Qué significa "Legión"?
El Papi se volvió con los ojos casi desorbitados. Su rostro mezclaba miedo con sorpresa. Como si me hubiese puesto a abrirme la cabeza y sacarme el cerebro allí mismo.
- ¿Él le ha dicho eso?
- Él me ha dicho "Yo soy Legión" cosa que no entiendo, pero que estoy seguro por su gesto usted puede explicarme.
El Papi se sentó. Parece que giré la llave en la dirección acertada. Era el momento de recopilar información.
- Tomás nunca fue un niño distinto al resto - empezó a decir mirando a la nada, como si sus ojos estuviesen centrados en su mente buscando los recuerdos adecuados - De pequeño jugaba con otros niños, reía, se caía, lloraba, no era nada diferente. Un día ... por un problema personal todo cambió. Yo, concretamente cambié. Empecé a beber. Y empecé a pagar mis errores con mi familia. La madre de Tomás se lo llevó cuando él solo tenía 13 años. Y no supe nada de él hasta 9 años después. Tomás volvió. Solo. Y me pidió que lo entrenase ...
- ¿Entrenar? - me había propuesto no interrumpirlo, pero esa palabra me taladró en la frente.
- Yo antiguamente tenía un gimnasio. Era entrenador de boxeo y de lucha libre. No es por alardear, pero era el mejor. Tomás lo sabía, y cuando me necesitó volvió a buscarlo. Me dijo que no preguntase nada, que solo quería que lo entrenase porque se iba a presentar al torneo de Esparta.
- ¿El torneo de Esparta?
- Así es, ¿no le suena? Seguramente usted aún gateaba por esa época.
- Se lo que es. Fue el mayor torneo de lucha libre, celebrado en el 1986. Pero no entiendo ...
- Ya tiene información para indagar detective. Siento no poder ayudarle más por hoy, tengo asuntos que tratar. Prometo ayudarle en otra ocasión.
- Pero ...
- Sandra, acompañe al detective a la puerta por favor.
Si mi intuición de detective era tan buena como mi capacidad de persuasión, estaba perdido en la profesión. Una chica de color, en contraste con su uniforme blanco, luminoso e impoluto salio de detrás de la puerta en cuestión de segundos y mirando al suelo.
- No será necesario. Espero poder verle pronto señor Torralba.-Decidí no recurrir a amenazas legales por ahora. De buenas se le sacaban más cosas a este hombre -.
- Yo ... también lo espero. - No sabía si era ironía, pena o simplemente cansancio de anciano lo que había en sus palabras.
Salí por la primera puerta, despidiéndome con un gesto de barbilla de la señorita del servicio. Esta me ignoró e insistió en acompañarme hasta la segunda puerta la cuál cerró a mis espaldas tímidamente intentando ser educada y que no me sintiese echado a patadas de allí.
Al acercarme al coche, Rodrigo me esperaba con cara de niño pequeño pidiendo una explicación. Entre al coche me puse el cinturón y miré por la ventana.
- ¿No piensas decir nada? ¿Ni siquiera que te ha dicho?
- No. Arranca.
- ¿Ni por estos Donuts recién hechos que te he comprado solo para ti?
Mire a Rodrigo apagando su sonrisa con mis ojos de maldad.
- No quiero Donuts, era para que te entretuvieses. Me duelen las muelas y tengo una puta mala hostia hoy que no quiero pagar contigo. Arranca, conduce y no hables durante todo el camino.

19 de junio de 2012

Mi Marte.

Todas las mañanas igual. Suena el despertador, es hora de levantarse. Café tostadas y un poco de piña. Una ducha, las zapatillas, y no olvides las llaves al salir. Aceras frías y solas, autobús lleno y gente con caras divorciadas con la vida. Trabajo mecánico. Problemas que son tan viejos como frecuentes. Me aburre solucionarlos sin pestañear. Almuerzo con el jefe. Patatas fritas con el aceite de ayer. Carne de un cordero que hace meses que murió. Vino del bueno para celebrar el ascenso.
El Sol se esconde por el mismo sitio de ayer. Se muere un 20 de mayo, de un año cualquiera. Ya he visto 35 veces, la muerte del 20 de mayo. No es nada nuevo.
Llego a casa y la televisión hecha lo mismo que el martes anterior. La misma música ahogada en aplausos de la misma gente. Para cenar una botella de vino. Del barato, en soledad no hay nada que celebrar. Quizás avanzada la madrugada las croquetas pochas de la cena de ayer. Mi sofá me espera y la cama muere de sed. Hasta otro día.
¿Y por qué vivir así?
Si yo lo que quiero es coger el Sol. Tirar de la cadena mientras suena el despertador. Bañarme durante horas en una playa fugaz. Escribir poemas la noche de San Juan. Saltar desde el cielo y caer en un caballo salvaje. Cabalgar bosque adelante y reírme del hambre.
Me apetece correr toda la tarde. Hace un día nublo, ni siquiera se la hora que es. Correré junto a mi perro hasta los límites del mundo. Cuando me canse, me tumbaré en la hierba de cualquier descampado. Unas gotas de lluvia de vez en cuando me acompañarán. Si me canso, me cambio de mundo, pero por ahora me queda mucho que mirar.
No me preguntaré si mañana llegará. No recordaré donde estuve ayer. Gritaré por gritar, cantaré por cantar, reiré por reír. Y nunca, nunca más lloraré, solo la noche de Fermín.
Adoraré a las estrellas, al cielo, o a un oso polar. ¿Qué importa mi Dios? ¿Qué importa mi nacionalidad? No tendré nombre. Seré recordado como ese, que anda por ahí, del que todos hablan, del que nadie sabe nada. Del que solo está feliz. El que está loco. El que cambio su bandera por un pijama gris.
Mi calendario vendrá, cuando el frío llegue. Me abrigaré, con el manto lunar. Escucharé, pájaros cantar. Escribiré, los gritos que mi alma me va a dictar. No soñaré con luces fugaces nunca más más. Solo descansaré,  hasta otro día mon amour.
A los 40, bebiendo en el lago habitual, encontraré a esa bella doncella esperando sin mirar. No le preguntaré su nombre, pues ella también lo olvidó. Solo la miraré, y mientras ella me mira, la besaré y nos casaremos los dos. En la boda habrá, miles de gorriones, pájaros cantores, helechos y fresnos ¿por qué no? Dibujos hechos por corderos. Tal que Adán y Eva retozaremos, cantaremos juntos, de vez en cuando, jugaremos y veremos las hojas caer.
Poemas que sueñan, que son de verdad. Diablos sin venas, que no se atreven a bajar. No solos en el olvido una noche de amor, nació medio niño y por la mañana terminó.
Luz lo llamamos y el nombre le gustó. Sonrió al cielo y en mis brazos se durmió. Primavera a primavera  mi edad se me olvidó. Mi preocupación era el cielo, la tierra y el amor.
La lluvia de invierno gritando nos asaltó. Era ella, Rocio, que pronto se descuidó. Vino al mundo, a la luz de la Luna, llorando histérica, y sin sonrisas ni dudas. Su madre dibujó en ella nuestra canción. Su hermano le dio, su primer beso de amor.
Para días peores, inventamos un avión, para la familia, el perro y el caballo. Volamos mil mares, desiertos y cosechas, pero nada como nuestra tierra. Demasiado hostil. Demasiado distinto. Demasiado grande, nosotros queríamos menos. Queríamos luz y flor.
Por eso nos mudamos a un Marte desierto, tierras rojas, dos lunas a elegir. Ríos amapolas, caballos flotando, escritos en la arena, mares y lagos. Todo lo mejor, que podía prever. Ahora mi vida cambió, mi religión estaba con Dios. El amor y la vida, que vi en cada amanecer, no lo cambio por oro, ni por salud ni por querer. Solo quiero que el Sol, ya no me vuelva a dejar, y que la luz de la noche me bese antes de ir a dormir.
Esa noche soñé, que ese era mi mundo real. Me dormí entre sábanas que me supieron a mar. Esta mañana me levanto con el humor en los pies. Un tonto berrinche por no saber creer. ¿Qué hay de mi caballo, mis niños y mi mujer? Yo quiero estar en Marte, ¡Devuélveme mi tren!
Sin embargo resigno, y quito el calendario, hoy es 21 de mayo y ya llego tarde al trabajo. En el camino sonreiré. Esta mañana no desayuné. Las caras de la gente, ahora me parecen un burgués. En el trabajo, la pasaré tatareando, mi dulce sueño, mi destino soñado, que quiero a mi lado.
Escribiré mis sueños en un libro, que arrojaré al mar, donde se pierda, se pierda, y ya no vuelva a pasar. Por si acaso me dejaré un par de hojas, pues mañana quien sabe, igual si tengo fe, algo vuelve a llover.

15 de junio de 2012

El título de lo que ya sabía.

Insistiendo una mañana más y contra todo pronóstico meteorológico salí a pasear por mi preciosa ciudad. Esas gentes siempre sonrientes, esas aceras relucientes y esos coches educados y concienciados con la ciudadanía. Cada día me alegraba más de haber formado parte del éxodo rural. Cambiar el olor del estiércol por el olor a gasolina quemada, el olor a orines de caballo por el de orines de sapiens, mezclados con alcohol barato, y el precioso olor de la hierba brotando por el maravilloso olor a burdel que sale de los bares. No había punto de comparación.
No llevaba ni cuarenta minutos paseando cuando el Sol empezó a oscurecerse. Miré arriba y una vez más pensé arqueando una ceja "No importa lo que parezca cuando salga de casa. La televisión siempre tiene razón." No tardó en empezar a llover. No tarde en caer en la cuenta que de mis siete sudaderas de los domingos, había venido a elegir la única que no llevaba gorro.
Iba caminando pegado a los balcones de la acera con la esperanza de ahorrarme algunas gotas. No obstante mi fracaso se acentuaba cuando precisamente el agua que arrastraba de los tejados me daba en toda la frente. Una gota más o una gota menos ya daba igual. Estaba empapado totalmente. No obstante, me resistía concienzudamente a volverme a casa. Pensaba "parará pronto" ... otro error meteorológico en mi cuenta. No solo no paraba sino que además apretaba con más ahínco. Como si alguien se estuviese vengando de mi. " Ahhhh, con que quieres dar un paseo un día de domingo, aún habiéndote dicho claramente en la televisión que iba a llover y que estaba prohibido salir a la calle ... muy bien. Tú lo has querido. Morirás por ello sin piedad. Serás castigado con litros y litros de agua helada sobre tu pellejo "
Una sonrisilla se me escapó en mitad del caos de la calle. Estaba claro que humanizar situaciones que no eran humanas siempre era como poco cómico. Además me ayudaba a amenizar la marcha.
Rehuyendo como podía del diluvió vi a lo lejos una parada de autobús. No estaba forrada de publicidad barata. No estaba grafitteada como era costumbre en todo elemento urbano grafitteable. Algo escarmentado (pero rebelde aún) decidí sucumbir a las señales de mi alrededor. Y decidí refugiarme en la parada de autobús. Al menos un tiempo, hasta que amainase lo peor de la tormenta, y luego poder volver a casa con el rabo entre las piernas y sin el trofeo de "Has aguantado TODA la tormenta como un machote". En fin, nadie me veía. Era trampa, pero justificada.
Llegué a la parada y una vez bajo techado empecé a sacudirme la cabeza. Me quité las gafas y me saqué la camiseta interior para secarlas. Error. Estaba más empapada la camiseta que las gafas.
- Creo que esto te vendrían bien.
Una mano invadió mi territorio básico y me ofreció un paño seco, con olor a miel. Miré con cara interrogativa. Ni siquiera me había dado cuenta de que debajo de aquella parada hubiese alguien más. No llegué a ver su rostro, porque sin las gafas no suelo ver más allá de unas pocas sombras coloreadas. Rápidamente deduje por la forma de la silueta y la intuición que era un señor mayor que esperaba al autobús, y que se estaba apiadando de un joven empapado.
- Gracias.
Cogí el pañuelito y sequé como pude mis gafas. Calculé donde desechar el pañuelo, obviamente no era educado devolvérselo al señor después de haberlo usado tan vilmente. Pero tampoco era conveniente meterlo en el bolsillo donde podría deshacerse y convertirse en uno de esos pañuelos inmortales que se te han metido en la lavadora, se han esparcido y tienes toda la vida trocitos de pañuelo en el bolsillo. Por lo que me lo quedé en la mano. Estas cosas que arrinconas en la mano y sujetas sin pensarlo, hasta que las olvidas.
Con las gafas secas, puestas, el mundo se empezaba a ver de otro color. Realmente me di cuenta que había hecho bien en retirarme a tiempo (o casi a tiempo) porque llovía a mares. Me volví hacia el señor con gesto simpático para hacer algún comentario del estilo "Madre mía, ¡cómo llueve!" pero el señor se me adelantó.
- Hace un día horrible. No hay nadie en la calle. Todos han sido más meticuloso que nosotros ¿no?
- Eso parece. Al ver el Sol esta mañana no creía que la "famosa tormenta" fuese a ser tan cruel.
- No es cruel. Solo hace su justicia a su manera.
Sonreí sin saber qué contestar. El señor estaba protegido hasta arriba y parecía llevar en esa parada desde antes de que comenzase a llover porque estaba impoluto. Ni una gota de agua en el abrigo. O en el sombrero. O incluso en el paraguas que lo cubría. Nada.
- Y bueno Bruno. ¿Por qué has decidido pararte aquí y ahora?
Un escalofrío de estos no metafóricos me empezó a subir por la espina dorsal hasta el cuello. Se me abrieron los ojos como platos y enfoqué a la cara del Impoluto olvidando todo tipo de norma social sobre no mirar directamente a los ojos a las personas.
- Perdone ... ¿Le conozco?
- No me trates de usted. Y no, no me conoces.
- ¿Entonces? ¿Cómo sabe mi nombre?
- Porque sueles presentarte a todo el mundo antes de hablar con él. Aunque nadie escucha tu nombre. Solo escuchan quien eres. Inspector encargado del asesinato de Fermín Santos - El Impoluto me sonreía y me miraba con una cara entre el misterio y la burla de "yo lo se todo, tú no sabes nada"
- No recuerdo haberte interrogado nunca.
- Ni falta que hace. Yo te he dicho todo lo que tenía que decirte.
- ¿Cómo? - Cada vez estaba más seguro de que me había encontrado a un pirado que me iba a exigir favores sexuales por el triste pañuelo.
- Mira ya viene el autobús - miró por encima de mi hombro como indicando que se acercaba por mi espalda.
Al girar la vista tras de mí, por instinto, un fogonazo se me coló en los ojos sin avisar. Un pitido estrambótico como de sirena de barco taponó mis oídos. Y pude sentir como mis costillas empezaban a fundirse con el capó del autobús.

Abrí los ojos alterado. El corazón se me iba a salir por la boca o por cualquier orificio que tuviese a mano. Tardé pocos segundos en comprender donde estaba. Giré la cabeza y cogí las gafas de la mesita de noche. Apagué la televisión que nuevamente estaba avisando de la brutal tormenta torrencial que iba a azotar hoy Madrid. Abrí la ventana y el Sol mañanero me cegó. Cuando medio me recuperé miré al horizonte. Ni rastro de nubes negras.
Me fui al armario y esquivé trajes, camisas y corbatas. Tenía mi rincón de la ropa informal que solo podía utilizar el domingo. Ese día de descanso donde mi vida se pausaba por un día. El día después del trabajo y el día antes del trabajo. El único día donde no tenía otra cosa mejor que hacer que dar paseos de viejo por la calle.
No tuve mucho que elegir. Mi sudadera preferida del instituto. La del viaje de fin de curso, que era de color rojo. Luego el tiempo le hizo mella y pasó a ser rosita. Luego un descuído casero hizo que tuviese unas rallitas azules muy curiosas. Pero estaban por la espalda. No me molestaban. No tenía gorro.
Cuando me la iba a poner un pañuelo se calló al suelo. Abrí los ojos con desconfianza. ¿El ticket del supermercado? ¿Los típicos moquillos que se guardan por vergüenza? Me doble para recogerlo y me vino un olor a miel.
 Entonces recordé lo que había soñado. El motivo por el que me había despertado. La parada, la lluvia,  El Impoluto, el autobús que me arrolló sin compasión ...
Abrí el pañuelo empapado y con letras azules corridas por el agua, puede leer:

"Solo hace la justicia a su manera."

10 de junio de 2012

La 604.

El pasillo se hacía eterno. Hacía como media hora que habíamos empezado a caminar, y parecía no tener fin. Cada dos o tres metros había una frontera de puertas.
La pelirroja vestida de blanco sacaba su manojo de llaves que zurraba como si fuese un sonajero y tras un parsimonioso sondeo encontraba la llave adecuada. Abría las puertas, me hacía un gesto de pestañas para que pasase y detrás de mi, pasaba y cerraba la puerta con otra llave distinta. Después seguíamos nuestra marcha al ritmo de su taconeo.
Así pude contar al menos unas quince o veinte puertas dobles. También conté dos intentos frustrados de conversación agradable que acompañase nuestra marcha.
Mi primer intento comenzó con un "¡Vaya si que hay seguridad! ¿Tan peligrosos son los internos?" Y culminó con una mirada fulminante por parte de la pelirroja a mis desprevenidos ojos. La segunda conversación comenzó tras un error de la pelirroja. Se le calló el sonajero al suelo, y yo me agaché casi inmediatamente, se lo recogí y sonreí diciendo "Cuidado, con esta cantidad de llaves podrías abrir un agujero en el suelo" Ella sentenció la conversación con un "gracias" que llevaba un tono que casi me lo podría haber tomado como un insulto.
Opté por el silencio de funeral el resto del trayecto. No quería incomodar a la pelirroja pues a fin de cuentas se supone que me estaba haciendo un favor, y que con la cara que llevaba colgada esa mañana ... ella también necesitaba uno. Y urgente.
Cuando ya me había acostumbrado al ritmo de nuestro paso, y me dedicaba a analizar los azulejos blancos e impolutos que rodeaban el pasillo, de repente el ritmo de los tacones cesó.
- Es aquí - dijo la pelirroja girándose a modo de robot hacia una puerta del pasillo.
Volví la mirada y vi que era la habitación 604. No tenía ventanilla a la altura de la cabeza, como era típico de todas las puertas previas que habíamos pasado.
Esperé a que la pelirroja rebuscase en su manojo de llaves. Pero su gesto se heló. Parecía haberse dormido despierta. No se movía ni para bien ni para mal, ni siquiera pestañeaba, cosa que me extrañaba muchísimo, pues le colgaban unas pestañas postizas de campeonato. Cada pestañeo seguro que era como una flexión de 80 kilos. Acabaría siendo Miss Párpados.
Viendo su falta de riego sanguíneo, me decidí a intervenir.
- Perdone, ¿me podría abrir la puerta? - Estaba harto de tanto formalismo y educación. Mi tono fue contundente tirando a autoritario. No era precisamente una petición.
- Es la única puerta del edificio que no está cerrada con llave inspector.
- ¿Cómo? cierran los pasillos con dos llaves distintas, pero ¿no cierran la puerta de un interno? ¿por qué?
- Tiene veinte minutos. No tarde, o si que cerraré, y con usted dentro.
En ese preciso momento, le hubiese sacado el chicle de la boca a la futura Miss Párpados y se lo hubiese metido por el ojo sin compasión. Aunque seguramente lo hubiese apartado de un pestañeo, a modo de parabrisas. Odio los manicomios. Todos, incluido el personal, está loco.
Acto reflejo alcé el brazo derecho, a la altura a la que esperaba encontrar un pomo que me abriese la puerta. Pero no había nada. Ni pomo, ni cerradura, ni botón, ni nada que me abriese la puerta. Así que por deducción elemental tendría que empujar la puerta hacia adentro.
Empuje tímidamente con una mano. La puerta se notaba móvil, pero obviamente había aportado muy poca fuerza. Imaginé la cara de la pelirroja a mi espalda, mirándome con cara de asco y a punto de sacar una motosierra de debajo de la falda.
Empuje una segunda vez con las dos manos y la pesada puerta cedió. Entré y la puerta se fue cerrando lentamente a mis espaldas. Un componente místico sin duda sorprendente.
Nada más entrar vi a Tomás sentado en una silla blanca. En el centro de la habitación sin nada alrededor. Ni siquiera un baño, ni una cama, ni nada por el estilo. Una silla y él.
- ¿Cómo está Tomás? Mi nombre es Bruno, soy inspector oficial encargado del ...
- Se quien es. - Me interrumpió con voz de borracho malhumorado.
- Bien, entonces me ahorrará usted la explicación. - Se acabó la simpatía en ese lugar. Aquí todo el mundo iba a la yugular, y yo también sabía morder. Activé el modo de poli malo - Entonces, sabrá a lo que he venido.
El chico no respondió. Se quedó con la mirada perdida, como la pelirroja que me esperaba en la puerta. En esa habitación debía de haber un tipo de atmósfera especial que hacía que la gente se empanase como una torta de limón. Me daban ganas de sacar el guante de la justicia y ponerme a dar guantazos en la boca de la gente. A ver si espabilaban. Pero no tenía toda la mañana.
- ¿Donde se encontraba entre las 16.00 y las 18.00 del pasado lunes 8 de mayo?
No iba a ser algo sencillo. El chico ya por no hacer, no hacía ni ruido al respirar. Le escupí todas las preguntas reglamentarías una por una, dejando unos veinte segundos de cortesía entre pregunta y pregunta para ver si el chico decidía resucitar en algún momento. Pero la respuesta era siempre la misma. Mirada perdida.
Viendo que era inútil y que el chico no estaba por la labor pensé que lo mejor era irse y pedir el informe médico de ese chaval. Estaba claro que el que la puerta no estuviese cerrada era signo de que no era peligroso. Quizás solo sabía decir "Se quien es". Me di la vuelta. guardé mi libreta de inspector en el bolsillo derecho de la cazadora y decidí ahorrarme la despedida.
Al darme la vuelta vi una cámara encima de la puerta que enfocaba constantemente al chico. Obvié que era normal. Justo cuando iba a empujar la puerta para salir escuché el chirrido típico de unas cadenas.
Me volví sobre mis pasos y al darme la vuelta vi a Tomás depie. Estaba maniatado con unas cadenas que rodeaban sus muñecas y antebrazos. Siguiendo con la mirada vi que las cadenas partían del suelo. Y que la silla estaba atornillada al suelo.
- ¿Por qué estás atado como un animal chico? - Intenté esconder la ironía de la pregunta, y por supuesto no tenía ninguna esperanza en la respuesta.
- Porque me tienen miedo.
- ¿Miedo? ¿Quién eres tú como para que te tengan miedo?
- Yo soy Legión.

7 de junio de 2012

Cóseme hueco.

Mi alma se ha perturbado. Formo parte de la maldad que mueve este mundo. He incumplido las normas y no tengo perdón ni posibilidad de absolución. He pecado y ha sido solo mi culpa, mi culpa y mi gran culpa.
Vida ... ¿por qué? No tengo perdón por existir. No soy digno de rogar perdón. No existe hoy para mi.
Si no puedo vivir sin ti no quiero vivir. Si no puedo tocarte no quiero mis manos. Si ya no puedo sentir tu aliento, no necesito el aire. No me queda nada. El olvido es mi destino. Pero mi condena es no ser olvidado.
Tienes que marcharte. Tienes que alejarte de mi antes de que sea demasiado tarde. Las hojas caerán y se amontonarán en mi jardín. Cada día sin verte serán años en mi alma. La eternidad sufriendo es demasiado dolor.
Antes de irte definitivamente solo te pido una cosa. Si un día me has apreciado, o si un día has creído formar parte de mi no me lo puedes negar. Una última petición para empezar mi infierno sin ti.
Desgarra mi carne sin piedad. Ábreme en canal y saca todo lo que me queda dentro.
Sácame el corazón, y con él todo el amor acumulado. Todas mis penas y mis alegrías, todo el dolor que se esparce en él. Cada palabra escrita por ti, cada segundo que preferí morir y cada melodía que bailaba junto a ti. Llévate todo eso. No temas por el dolor, lo soportaré con valentía.
Arráncame los ojos de cuajo. Con ellos cada lágrima derramada. Cada mirada que buscaba tus labios. Cada reflejo de sol que despertaba en mi, la esperanza. Toda mi vida confinada en mis dos espejos. Te los regalo, ya no los quiero.
Quítame el alma también. Está justo debajo del corazón, escondida en una pequeña arteria. No tiene perdida, la reconocerás en seguida. Es esa de color púrpura siempre sonriente. Esa que al verte intentará engañarse para quedarse. Esa más bella que el segundo donde la luna le da el relevo al Sol. Esa con forma de ola rompiéndose en las rocas del acantilado. Esa de ojitos azules.
Cuando la localices sácala y enciérrala en un cofre de plata. No la escuches, intentará cualquier cosa para quedarse. Destiérrala lo más lejos posible de mi. Intentará volver.
Ya solo te queda una ardua tarea. Y es coserme. Cóseme hueco. No quiero tener nada dentro. No quiero sentir, no quiero mirar, no quiero pensar, no quiero escuchar. Quiero estar vacío de dolor, de sentimientos. Sin culpa y sin destino, sin piel y sin camino.
Vacío para siempre, con ninguna otra condena más allá que vivir sin ti. Con la única pena de saber que un día tuve la capacidad de amar, pero que hoy ya solo soy capaz de vivir. Un pedazo de carne inerte que espera que su costura cicatrice.

2 de junio de 2012

El silencio de mi voz.

Mi vida escrita en prosa. Metáforas difusas que invitan al engaño emocional. Mi penas gritadas en un estrado. Mi amargura sufrida en una plaza. Agonía acumulada en un corazón negro. Mi rabia sudada en una escalera. Todo lo hecho y por hacer por los siglos de los siglos, sin que nunca llegue el "amén".
¿Y tú que haces mientras tanto?
Nada. Ni siquiera intentas disimular un poco de atención. Ni siquiera me miras de reojo inventando humildad. Impoluto ante el mundo esperando días de gloria. El silencio separa nuestras caras y el miedo irrumpe en mi espalda.
Tu indiferencia es la mayor de mis torturas, hace que me crujan las vértebras y se me irrite la planta de los pies. Es el mal que enferma mi alma. Mi veneno, que me está haciendo morir poco a poco cada vez que te bebo.
Me miento cada noche pensando que a la mañana siguiente todo será diferente. Me invento un nuevo patrón donde yo soy tu protagonista y donde me cuidas cada día. Me mimas, me callas con un beso sincero, me traes una rosa blanca y me susurras que todo irá bien. Mentiras que me dejan dormir esa noche, pero que tornan de color a la mañana siguiente. Cuando veo que todo es como siempre, cuando veo que nada a cambiado, cuando veo que sigo rogando por tu atención ... Pero no veo tu mirada.
Hoy lo he entendido. Ya no puedo seguir rezando en silencio. Tengo que coger mi maleta y marcharme para no volver. No merece la pena dejar mi vida pegada en estas paredes. Siempre has sido así, siempre serás así y jamás llegará el día donde cambies. No puedo rogar al mar que me devuelva tus lágrimas por mi. No puedo pedirle al espejo que me alague con un piropo tuyo al oído. No puedo buscar en el horno la cena de ayer. No puedo continuar con mi mundo azul y gris. No puedo seguir en el mismo techo. Ni siquiera en el mismo espacio. Te dejo para siempre, no dudes ni un segundo que me desgarra el alma irme. Pero no tengo otra opción.
Pasados los años te sigo echando de menos. Pero ya da igual. Porque el sentimiento de echarte de menos es menos pesado para mi corazón que el echo de tenerte y no poder ver tu cara junto a mi cara. Tu recuerdo se va perdiendo en mi mente perturbada. Pero mi corazón aún no te ha olvidado. Sigue latiendo cada vez que escucha tu nombre. Sigue buscando otra de tus mentiras. Quiere que le digas que le quieres, como un niño chico que quiere que le digan lo bien que ha echo un castillo de arena. Mi piel ... nunca ha vuelto a ser piel desde que no estás. También sufre por tu ausencia.
Ahora mi vida no ha cambiado demasiado. Sigo buscando un sueño que jamás cumpliré. Sigo mendigando atención. Busco amigos en burdeles, pero fracaso, así como el vegetariano que entra a una carnicería y sale decepcionado. Sigo guardando mis pocas monedas debajo de la tercera suela. Sigo mintiendo al mundo mientras intento engañar mi alma.
Hablo cada noche con las estrellas y miro cada mañana a una luna deslumbrada. No estoy solo. Pero el silencio hace demasiado ruido dentro de mi.
Estoy cansado de gritar mi vida a oídos ocupados con tonterías. Cansado de inventar poemas que nadie disfrutará jamás. Saltando sin una cuerda que se balancee. Cantando sin micrófono. Mi voz es solo silencio. Silencio que se pudre en la oscuridad de una ciudad solitaria.
Así como un día abrí mis venas por amor, hoy las cierro con rencor. No manifestaré jamás mi silencio. Acotaré mi alma destinándola al olvido. Pensaré una mejor opción mientras me ahogo en agonía.
Mientras tanto tu sigue haciendo lo que has hecho hasta ahora. Nunca te ha fallado. Así sobrevives. Así consigues ser feliz. Así eres, como de otra forma soy yo. Sigue sin escuchar el silbido del viento.