24 de marzo de 2012

La cara de Silvia.

La música suena a mi alrededor. Letras ilegibles arrastradas por melodías perfectas que van dibujando baladas de amor y despecho. Más de cinco pares de dedos chasquean el ritmo que marca el tambor.
Los recuerdos vivos se asoman por detrás del marco de fotos. Empiezan a ganar terreno poco a poco. Muy discretamente, sin hacer ruido avanzan acechándome. Creen que no se que están ahí. Pero es inevitable no saberlo. Su presencia nunca viene sola. Ese hedor, esa forma de marchitar la luz, ese cambio de estrofa ... ya han llegado. Ya están aquí.
Un susurro frío envuelve mi hombro derecho. Cierro los ojos y espero que termine cuanto antes. Se como es el proceso. Lo he vivido ya muchas veces. Pero entonces una sensación nueva hasta ahora se cuela por los pelillos de mi nariz. Estos recuerdos nunca habían venido a visitarme. Son nuevos ... seguramente alguien les ha dado la dirección sin mi consentimiento y han venido a ver si soy una víctima tan perfecta como se comenta en las calles.
Vuelvo la mirada interrogativo, esperando que ese agradable olor esté correlacionado con una impresionante presencia. Al volverme no hubo decepción. No hubo temor. No hubo desesperación. Simplemente no había nada allí.
Una voz lejana, fina, penetrante y dulce me susurro al oído: "Cierra los ojos". Esta vez confié ciegamente en sus palabras y sin pensármelo cerré los ojos no viendo otra cosa que la más absoluta oscuridad.
La voz viajó por mi espalda dejando tras de ella el perfume vagamente familiar y un rastro de brisa fresca que la acompañaba. Me susurro al otro oído : "Hasta que no confíes en mí no te mostraré a lo que he venido".
Después de esa advertencia estaba claro que esa voz y yo podía tutearnos. Me conocía bastante bien y sabía que aunque cómodo por la situación no confiaba en ella, y que en cualquier momento abriría los ojos para ponerle color a su cara. Pero esta vez no tenía nada que perder. Esta vez me dejaría llevar sinceramente. Así que rompí mi fijación oral para confirmar que estaba preparado. Un dedo helado selló mis labios no dejándome pronunciar ni una sola palabra. El frío pasaba por mi piel para volverse cálido y agradable. Entendida la orden a la perfección simplemente no dije nada.
De repente perdí el equilibrio. Noté como si me estuviese cayendo por un abismo y mis piernas no hiciesen nada por impedirlo. Rápidamente me estabilicé y la oscuridad empezó a moldearse.
Cubos perfectos de límites indefinidos giraban delante de mi ojos.
Poco a poco la luz fue iluminando la escena, hasta hacerla tan clara como un 12 de abril de 1998.
Había un pequeño jardín, rodeado de edificios de ladrillos rojos. Era temprano, y los pajarillos aún estaban rebuscando por las esquinas las migajas de pan desperdiciadas. Yo jugaba a mantener el equilibrio en el borde del jardín, mientras una señora oscura avanzaba hacia mi.
Nuestra comunicación era casi nula. No hablábamos, no nos mirábamos, no nos tocábamos, pero el pudor de la primera vez ya se había superado después de tantas veces juntos. Acercándose a mi sacó un pañuelo de uno de esos bolsillos inapreciables para el ojo humano muy comunes de los faldones de las viejas. Sonó mi nariz a la fuerza y volvió a guardar el pañuelo.
Volví a la realidad de repente. Abrí los ojos casi por instinto y la película se interrumpió. El color de la realidad difería mucho del color de mi pasado.
- ¿Por qué has venido ahora? - pregunté al aire, como un loco pide una prueba de la existencia de Dios.
El silencio me contestó instantáneamente.
Me tambalee hasta el baño con un movimiento de rodillas de dudosa estabilidad. Llegué y abrí el grifo de la bañera. Era el momento de desconectar un rato. Mañana sería otro día.

17 de marzo de 2012

El maligno.

Todo lo que toca lo vuelve negro. Solo sabe crear perturbaciones que modifican el ambiente. Lo primero que hace es envidiarlo con rabia. No quiere tener uno igual o uno parecido ... quiere tener ese. Lo quiere ahora y bajo cualquier pretexto. No importa a cuantos hay que matar, cuantas cabezas deban rodar, lo importante es saciar su capricho.
Ya que no es capaz de derramar sangre, lo que hace es odiarlo. Odiarlo porque no puede tocarlo. Gritar con el alma desgarrada porque sus deseos no han sido satisfechos. No tiene otra forma de defenderse ante tal humillación. Su tristeza empieza a desconchar su piel.
Después su corazón se hace permeable. El dolor empieza a entrar sin control. Su corazón empieza a hacerse cada vez más y más vulnerable hasta que las pareces ceden a la presión. Su corazón florece y empieza a hablar, diciendo palabras maquilladas de lo más profundo de su alma. Palabras con aroma a miel que envuelven los oídos de la presa y llegan a rozar su alma.
Parece que funciona ...
Lo deseado ha caído en sus manos. Una vez que ha obtenido premio, su corazón se cierra herméticamentel y ya nunca, nadie, jamás, podrá entrar de nuevo. Ha sido soldado por cada brecha y cubierto de plata hirviendo.
Ahora empieza el sufrimiento para el pobre que haya caído en el juego del maligno. El maligno empieza a dominar la situación completamente. Él elije el color, el tamaño y la forma de cada escena. Él elije la dieta, el trabajo, las amistades y la familia de sus ingenuas víctimas. Ya es demasiado tarde. Ya eres suyo. Eres de su propiedad. Puede que no te gusten las normas, pero eso ya da igual.
Nada puede tocar sus cosas. Nada puede alterar sus planes. Su voluntad es lo primero. Sus normas son que no hay normas que cumplir. Solo deseos que complacer.
Pasaron cuatro años, y el maligno dominaba totalmente la situación. Su presa empezaba a andar de puntillas por la casa, pero el maligno no vio su imperio peligrar en ningún momento. Su propiedad estaba simplemente amenazando. Pero jamás se atrevería a dejar su cárcel de amor.
El maligno se equivocó ...
El engañado descubrió la verdad debajo de un mantel sucio. La descubrió, y vio un mundo fuera de esos muros. Un mundo que no se conformó con imaginar. Quiso tocarlo.
Una noche oscura, mientras el maligno dormía, se quitó toda la ropa que cubría su piel, y sin decir adiós se fue. Salió por la puerta, que por costumbre el maligno dejaba abierta cada día. Se fue a vivir el mundo que todavía no conocía. Estaba seguro que jamás echaría de menos al maligno.
A la mañana siguiente el maligno no encontró su propiedad en la cama de al lado. No se explicaba que estaba ocurriendo, pero sus ojos encontraron la ropa tirada en el suelo. Entonces lo comprendió todo. Aquello que el pensaba imposible estaba pasando ese mismo día. Aquello que jamás había temido de repente se le había echado encima. Aquello por lo que no era necesario tomar precauciones, estaba allí. Esa mañana. Sin avisar. De repente.
El maligno empezó a gritar. Su rabia inundó su alma. Hacía mucho tiempo que su alma no había sido despertada, y no le sentó nada bien la irrupción repentina. Su rabia la cobraron cada uno de los muebles de su hogar. Aporreaba las paredes como pidiéndoles una explicación. Pero todo fue inútil ... Había pasado, y no había vuelta atrás.
El maligno, que escaseaba de imaginación en ese momento, decidió volver a su técnica ancestral. Si iba a buscar a su fugada víctima y le abría su corazón, esta volvería. Una vez que estuviese de nuevo de su lado, el maligno jamás volvería a quitar la llave de la puerta. Entonces todo volvería a ser perfecto. Todo volvería a ser como antes. Y esta vez para siempre.
Así lo hizo el maligno. Se abrió el corazón en canal sin compasión ninguna. Empezó a escupir la sangre coagulada que durante cuatro años se había acumulado en su corazón. Pero todo fue en vano ...
La presa era libre. Había aprendido la lección y ya no se dejaba engañar por ese corazón mentiroso. No creyó nada de lo que salió por su boca. Sabía que estaba hablando su corazón y que posiblemente fuese cierto. Pero también sabía que su corazón se volvería a cerrar. Como siempre. Y que cuando eso pasase, todo volvería a ser como antes.
La presa se había hecho muy fuerte. Demasiado para el maligno. Nada se podía hacer ahora. Todo estaba perdido. Definitivamente nada volvería ser como antes.
El maligno volvió a su hogar. Solo. Aún sangrando mentiras de su corazón. Se sentó en una mecedora de cristal. Puso una manta debajo para que empapase toda la sangre que emanaba de él. Y simplemente se balanceó hacia delante y hacia atrás. Esperando a morir.
Mientras llegaba su hora el maligno envidiaba a su presa. No quería otra cosa. No quería algo diferente. Lo quería a él. Y solo a él. La envidia de que su presa viviese sin él y la rabia de no poder tenerlo, solo retrasaban su agonía. Se desangraba demasiado lentamente ... pero la raja de su corazón ya era imposible de saturar. Su muerte llegaría. Tarde o temprano.

16 de marzo de 2012

Saber estar.

La dignidad de una persona es un parámetro que Silvia había calculado varias veces. Sabía perfectamente si una persona era digna de su presencia con un solo vistazo de arriba a abajo. Un escaneo detallado que aportaba más información que imágenes o palabras. No obstante ese día su alma se vistió de fiesta.
Era el día de perderlo todo por el camino. Era el día de escribir en el margen lo que nunca había sido escrito en la portada. Era el día de cruzar la frontera.
Con tacón de aguja y una pamela que daba la misma sombra que una sombrilla de playa, Silvia se acercaba a la línea de meta para muchos y el destino final para otros. Su paso decidido y rítmico casi conseguía disimular lo ardiendo que estaba el asfalto. El sudor que resbalaba de su frente era absorbido rápidamente por sus 3 capas de maquillaje tono miel.
Silvia se lamia el labio una y otra vez, estaba preparando las palabras exactas para el momento exacto. Ya estaba viendo a lo lejos el punto de partida. Al llegar se puso en una cola compuesta por tres personas. La primera de ella estaba sudando la gota gorda. Ya mismo era su momento, y su agonía y angustia podía leerse en sus ya inexistentes uñas.
La segunda era una chica de delgadez extrema. Cambio la elegancia por la comodidad, y combatió el calor con una fina camiseta de tirantes blanca. Una falda que rehuía de sus rodillas dejaba entrar bocanadas de aire fresco. Su pelo rubio sujeto con una coleta firme vagueaba por sus hombros.
Justo delante de Silvia una señora mayor vestida de negro esperaba casi inmóvil su ansiado turno. Silvia pensó en más de una ocasión en tocar por el hombro a la señora, para comprobar que seguía con vida y ese calor infernal no había acabado con ella. Pero sus ánimos de hacer un bien social se echaban atrás cuando la señora cíclicamente sacaba un pañuelo de tela de un bolsillo cercano a su pecho y de dudosa existencia y sonaba su nariz enérgicamente. Luego volvía a meter el pañuelo en su escondrijo y sentenciaba la acción balbuceando unas palabras silenciosas que nadie excepto ella misma podía entender. Probablemente se quejaba del calor exagerado del momento. Quizás era del extraño olor que Silvia emanaba sin querer. O posiblemente del precio elevado de la mermelada.
La espera no tardó demasiado. Una puerta blanca se abrió y dejó entrar finalmente a la señora mayor. Después la puerta se cerró con brusquedad y el silencio gritó su entrada. Silvia se quedó sola en pleno vendaval. En ese preciso momento entendió como se habían sentido las tres personas que había delante de ella. Una bomba de nervios hacía "tick tack" en su estómago amenazando con explotar en cualquier momento. El sudor pasó de ser abundante a ser exagerado. Silvia había empapado la palma de sus manos intentando evitar que el sudor llegase a sus ojos. Pero todo ya era inútil. Ni siquiera tenía un espejo para mirarse la cara ... seguro que se había movido el maquillaje. Estaba siendo todo un desastre ...
Finalmente la puerta rompió el vacío y un señor uniformado bajó el primer escalón.
- ¿Es usted Silvia Gutierrez? - preguntó el hombre con tono malhumorado.
- Si, soy yo - Silvia no supo muy como ganar puntos con esa respuesta. Prefirió evitar cualquier tipo de bromas del estilo "¿hay alguien más aquí?" y prefirió ser tradicional. Eso nunca falla.
El hombre se apartó invitándola a entrar sin decir nada. Silvia despegó el tacón que ya empezaba a fundirse con el asfalto y empezó a subir las escaleras de metal.
Al entrar en la sala blanca un escalofría subió por su cadera. El aire cambió drásticamente de temperatura ahí dentro. Era como entrar en el cielo fresco después de haber pasado siglos en un limbo abrasador. Enfrente de ella había una mesa que parecía haber sido frotada con lejía de la buena.
- Quítese todo lo metálico que lleve encima y déjelo encima de esa mesa - el guarda definitivamente no había desayunado esa mañana.
Silvia obedeció sin rechistar y se quitó la pulsera de acero de la mano izquierda. Silvia notó un tremendo vacío en la muñeca. Como cuando una persona que se roza con tus muslos se levanta y notas que ya no está allí. Notas que su calor y su roce te han dejado abandonada. Silvia llevaba mucho tiempo con esa pulsera puesta.
El hambriento miró a Silvia con las cejas arqueadas. Estaba esperando algo más ... No obstante la sonrisa de Silvia anunció que eso era todo. Silvia avanzó por un estrecho pasillo, por donde estaba segura el hombre de la fila había tenido que pasar lateralmente. Al fondo, una luz tenue la esperaba.
Al llegar había una mesa algo más cuidada que la anterior y dos sillas delgadas que amenazaban con romperse si su vida laboral seguía siendo muy activa.
- Siéntese en la silla de la derecha.
Silvia comprendió que ese hombre de allí era el abogado el juez y quizás hasta el verdugo. Mientras se acercaba a la mesa empezó a pensar a qué derecha exactamente se refería el guarda ... las sillas estaban colocadas de forma perpendicular ...
Silvia no pudo evitar empezar a reír a carcajadas. Su risa retumbó en toda la sala y salió por el pasillo hacia el vestíbulo. Carcajada tras carcajada que no esperaban a que a Silvia le diese tiempo a tomar aire, y que provocaban un extraño sonido comparable al de un cerdo enfadado. Silvia gesticulaba con la parte de arriba de su tronco, de un lado a otro dando bandazos como una loca. Se echaba las manos a la cabeza intentando parar tal ataque de risa. Pero sus intentos eran totalmente inútiles.
- ¿Qué se supone que está haciendo? - El tono del uniformado mezclaba perplejidad con gotas de rabia.
- Es usted la persona más fea que haya podido ver en la vida.

14 de marzo de 2012

Una más.

Calles que se llenan de mil iguales. Hombros que buscan la soledad al pasar. Miradas que simulan la casualidad. Trozos de alma que se quedan en el borde de la acera. Manos que no dan sin recibir nada a cambio. Sufrimiento que posa en un escaparate vestido de Channel. Complejos con cara de hambre. Caras pintadas que huyen del Sol. Relojes que no duermen por las noches. Árboles atrapados en cárceles de piedra. Oídos taponados de ruido celestial. Sonrisas que se venden por compañía. Alquiler de corazones por horas. Comida que se tira recién hecha. Perros a los que no se les deja correr. Besos divorciados con su amante. Desechos con forma de corazón. Sueños escondidos debajo de vestidos de primavera. Vacíos llenos de infelicidad. Amores escritos en postales de verano. Alertas de mentiras que nunca han sido fiables. Alas de mariposa colgadas del cuello de unas niñas de ojos azules. Piedras marginadas en un lado de la plaza. Lágrimas que se mezclan con la lluvia que chorrea de un paraguas. Y unos labios que no se atreven a romper el silencio.
Marta andaba por las calles de Madrid mirando alrededor. Ocultada la curiosidad que irradiaban sus ojos tras unas gafas de diamantes azules. El cristal opaco era suficiente para ver en lo que el mundo se había convertido. La gente andaba amargada de aquí para allá. Sola. Siempre sola. Muy sola.
Ni las miles de farolas que iluminaban su camino les ayudaba a encontrarse a ellos mismos. Todo parecía  ser normal, en una sociedad donde lo más normal era no ser normal.
Cantidad de colores y olores podían tocarse con la punta de los dedos. Pero nadie les hacía caso. No estaban de moda. La gente pisaba en un suelo helado y ni siquiera miraba donde habían apoyado el talón.
Marta creía que no era posible que las cosas fuesen así. Esta gente debía de sentir algo más de lo que parecía que sentían. Hay veces donde las miradas se pierden, pero siempre hay un punto donde poder enfocar de nuevo tus pupilas. Un objetivo, un anhelo, un deseo, un sueño ... un algo que esta gente parecía haber olvidado.
Con los primeros rayos de Sol el despertador daba el pistoletazo de salida. La rutina les acercaba su cepillo de dientes y el coche los dejaba en la puerta de su trabajo. Día tras día. Después de otoño, invierno. Antes del verano, la primavera. Año tras año.
Algunos tenían momentos de lucidez. Un latido de su olvidado corazón traía una oleada de recuerdos. De espíritu que subía como nata encima de un helado de vainilla. Pero todo parece ser una falsa alarma sin bajas importantes. La vida no tarda en volver a la normalidad tras la perturbación maligna. El bus sigue pasando puntual como siempre. El móvil suena regularmente. La televisión no para de hacer lo que sea que hace las veinticuatro horas del día.
La teoría de la teoría casi hace a Marta derrumbarse allí mismo. Quizás si lo hubiese hecho hubiese obtenido un poco de emoción por parte de la gente que la rodeaba y se alejaba de ella constantemente. Cuando sus rodillas estaban empezando a fallar la pantalla negra que cubría sus ojos se adelantó. Calló al suelo esquivando su falda y se quedó sentada detrás de su tacón. El Sol atravesó sus párpados para afianzarse en sus pupilas.
Marta se defendió de tal irrupción con el borde de sus muñecas. Pero era demasiado tarde. La escena ya había recobrado color. Retirando sus manos inofensivas, Marta abrió sus ojos que ya habían tenido tiempo de hacerse más fuertes. La esperanza que motivo su acción no tardó en disiparse al ver que nada había cambiado. Todo seguía igual de muerto que antes. Sin embargo no parada de moverse de un lado a otro. Era totalmente desesperante.
Marta se agachó y recogió sus preciadas gafas de diamantes. Con indignación cómica tomó el camino de casa, moviendo las caderas de manera casi dislocante. Se paró en el primer callejón oscuro que se encontró. Sacó de su bolso un espejo de bolsillo. Abrillantó sus labios con una fina brocha gris. Guardó su reflejo en el bolso y sacó un móvil 76-G que rayaba queso y te decía las coordenadas UTM, temperatura, franja horaria, nivel de artrópodos, grado de humedad, presión atmosférica relativa y absoluta, vegetación dominante, nivel de popularidad e índice de termicidad en la región de Acapulco, México. También llamaba a gente.
Miró fijamente al objetivo que era capaz de detectar su sonrisa. Resaltó sus recién estrenados labios y se fotografió. Subió la foto a facebook. Guardó su teléfono móvil y siguió andando con movimiento de top model.
Marta solo esperaba que alguien de una vez por todas se fijase en sus nuevas gafas.

13 de marzo de 2012

Esta vez no digas nada.

Lo que juré con sangre, jamás podrá ser revocado. Lo que estoy sufriendo, yo mismo me lo he inventado. Nadie se merece mil días de lágrimas, pues tanto y tanto llorar no tiene sentido en un día de lluvia.
La vida te enseña su lado más oscuro con una sonrisa blanca. La necesidad de estar vivo hoy, se convierte en el deseo de morir mañana. La muerte me atormenta por las noches mientras intento dormir. Me recuerda las cosas malas de las que me alimenté en un pasado. Nada nunca se va. Nada nunca muere. Todo sigue siendo recordado, día tras día, momento tras momento. Vida tras vida.
Todos los días limpio la sangre coagulada debajo de mi cama. Cada noche te sangro sin remedio ninguno. Intento escurrir mi paño blanco ... pero lo único que estoy consiguiendo hacer es manchar toda mi vida con el crimen. Mis manos ya están sucias. Mi alma ya está encarcelada. Nada de lo que pueda decir aquí esta noche puede salvarme. Nada de lo que haya podido hacer anteriormente podrá explicar el pecado. No queda nada. La absolución es cosa de ricos. La esperanza ha cerrado la puerta al salir. Se ha ido sin dejar una nota. Se ha ido sin dar explicaciones. Se ha ido para no volver. Se ha ido ... sin más.
Esa noche nada iba a ser más extraño de lo que hubo sido el día anterior. La llave se introdujo en la cerradura perfectamente. Parecía hecha a medida. La manivela giró en sentido de las agujas del reloj, como si el mismísimo diablo estuviera fundiendo el hierro, conforme mi muñeca ejercía presión sobre el pomo. Un hilo de viento cálido me ayudó a empujar la puerta abriéndola con silencio funerario. Todo estaba siendo demasiado perfecto. Demasiado calculado. Nada me hacía sospechar lo que me esperaba ahí dentro.
Detrás de mi, la puerta se cerró de golpe. Ya era demasiado tarde para escapar de aquella pesadilla. El fin estaba empezando a coger un color púrpura que se fusionaba con el humo que venía de la última puerta.
A cada paso el camino parecía hacerse más largo. El miedo me empujaba a seguir mecánicamente hacia adelante. La primera puerta a la derecha me sonrió con gesto de burla. La primera de muchas lágrimas se escapó por entre mis mejillas. Al chocar con el suelo se coló por entre las losas negras. El silenció dispersó el sonido hacia la tercera puerta que se entreabrió crujiendo como un tronco de madera podrida. Mi curiosidad me animó a seguir. Terminé de abrir la puerta.
36 mariposas rojas estaban posadas en las paredes amarillentas. El techo, una blancura deslumbrante, encendía la luz e iluminaba el paisaje emocional. Al fondo el chasquido de un mechero viejo intentando encender la pipa de un pobre desgastado. Su espalda torcida lo acercaba de forma sincronizada a la ventana que enseñaba una luna rojiza. Mi presencia interrumpió su insistencia. Sus ojos azules me miraron interrogativos. Yo no estaba invitado ese día.
Sus piernas parecían más pesadas que todo su cuerpo. Con dificultad las balanceaba hacia adelante acortando la distancia entre su nariz y mi boca. Mi corazón aceleró el ritmo esperando lo peor. La mirada del anciano se levantó buscando mis ojos inertes. Su cara dibujó una sonrisa de nostalgia. Su mano buscó mi mano, y sin resistencia alguna me entregó el desgastado mechero.
Su sonrisa se empezó a oxidar dejándome ver un gesto de odio. De esta forma me dí por despedido y retrocedí sobre mis pasos dejando la puerta tal y como me la había encontrado. La luz que intentaba huir por debajo de la puerta se fue apagando poco a poco, hasta fundirse con la negrura del ambiente.
Cuando aún no había tenido tiempo de entender que estaba ocurriendo unas gotas de agua empezaron a rozar mis pestañas. Miré a la puerta del fondo. La puerta me estaba esperando, goteando desde el marco hasta el suelo lágrimas de escarcha helada. No tenía pomo. No tenía adornos. No tenía cartel. No era una puerta ... era una entrada sin salida.
Mientras me zambullía hasta el que parecía ser mi destino, una intuición se hincó por detrás de mi nuca. No era posible entrar allí de forma normal. Tendría que empujar hacia delante, y eso provocaría que el agua que parecía brotar de arriba me cayese encima. Ignoré mis dudas y me acerqué a la puerta.
Posé las palmas de mis manos delante de la puerta. Estaba helada. La fina capa de hielo que la cubría empezó a resquebrajarse alrededor de la yema de mis dedos.
La puerta se empezó a derretir como si me estuviese esperando. Mi camino se quedó sin más obstáculos que la oscuridad de lo desconocido. Sabía que entrar en esa habitación era un completo suicidio. Mil veces me habían enseñado de pequeño a temer a lo que no conocía, y por supuesto, a no tocarlo ... por si acaso.
Mientras me debatía entre qué era lo correcto y que era lo que iba a hacer, un olor seco irrumpió en mi nariz. Era alquitrán. Una mariposa negra salió de la oscuridad que me acechaba. La mariposa bailó por mis hombros, me sacó la lengua y se posó encima de mi mano. Empezó a mover las alas sugerentemente, como un perro que contonea las orejas esperando su trozo de carne.
Mis ojos parecieron comprender lo que el destino me estaba dejando encima del mantel. Ordene a mis dedos responder después de un tiempo de descanso y cogí el mechero que se me habían brindado las manos arrugadas de ese estraño hombre. Chispotee al comienzo lejos del animal, esperando encender una llama que no lo asustase. Mi intento inutil terminó en frustración y acerqué directamente el mechero a sus alas. Al primer intento, una llama se desplegó del mechero y pasó con elegancia a las alas de la mariposa.
La mariposa ardió con majestuosidad batiendo las alas de un sitio a otro y despojándose de pedacitos de su alma que caían sinuosos frente a mi cara atónita.
La mariposa entró en la habitación. Casi instantáneamente cientos de mariposas empezaron a prenderse delante de mis ojos, revoloteando y luchando por permanecer unos segundos más con vida.
Entendí que era el momento. O entrar y descubrir aquello que más temía. O quedarme fuera y perder la vida de los que me ayudaron en vano.
Al entrar las mariposas se apagaron. Su vida ya no dio más de si. Sin embargo una luz azul empezó a hacer agradable el ambiente de la habitación.
Se acercó a mi con paso firme y decidido. Apenas se distinguían un par de rasgos en su rostro moreno. Me perfiló el borde de la cara con la punta de sus dedos. Y me dijo en silencio: "Esta vez no digas nada".

9 de marzo de 2012

Reordenando la realidad.

No era posible explicar con palabras lo que estaba ocurriendo por su cabeza. Ella sabía perfectamente que era imposible. Su ciencia estaba siendo refutada con pruebas incuestionables en su propia cara. Todo lo que había defendido a capa y espada durante toda su vida, se estaba cayendo. Ya nada sería igual.
La tenue luz del flexo no llegaba a iluminar su mirada perdida. Le daba miedo encender el ordenador que le esperaba encima del escritorio ... pero sabía perfectamente que al final lo haría. Se resigno a su destino y abrió la tapa del portátil. El ordenador empezó a encenderse. Alba buscó en el segundo cajón de la mesa, su carpeta de color marrón acartonado. La abrió y miró las notas que había estado escribiendo día tras día, hacía ya más de veinte días.
Al final, como si de un suicida que se arrepiente al borde de un precipicio se tratase, Alba apagó de mala manera el ordenador. Cerró la carpeta, la desterró al último cajón y sentenció con un cajonazo su decisión.
Se había terminado. Ya era hora de centrarse y de estar a lo que había que estar. Alba no sabía muy bien a qué había que estar, pero sabía perfectamente a lo que no había que estar. Mientras se repetía estas órdenes se puso el pijama sin ni siquiera darse cuenta. Preparada para deshacer la cama sin compasión, escuchó una ligera melodía que atravesó el pasillo y se coló por debajo de su puerta. Era su teléfono móvil.
Alba comparó la hora que reflejaba el reloj con el sonido insistente del móvil. Decidió que no sería nada que no pudiese esperar hasta mañana. Se metió en la cama y cerró los ojos. Tenía esperanza que simplemente cerrando los ojos y por varios procesos fisiológicos complicados, esa noche el sueño atrapase su mente a la primera.
Cuando apenas su mente empezaba a acomodarse a la postura fetal, su móvil volvió a sonar. Esta vez pareció hacerlo reforzado por el silencio de la noche. Alba decidió terminar con la escusa que no la dejaba dormir esta vez y se levantó disgustada. Con paso dudoso y haciendo caso a su memoria sobre la organización de su dormitorio, siguió el sonido del móvil hasta la cocina.
Cogió el teléfono y buscó la tecla de apagado. La pulsó y de inmediato el teléfono dejó de sonar. Cuando iba a dejarlo encima de la mesa donde lo recogió una voz microfonada pareció salir del aparato. Alba se sorprendió por su incompetencia al apagar un móvil medio dormida y decidió escusarse lo antes posible ante el emisor de la llamada.
Alba acercó el móvil a su oreja.
- Buenas noches ratilla. Creía que no me lo cogerías.
El tono de Alba cambió de color. La palabra que tenía en el borde de su boca se despeñó y se convirtió en un suspiro helado. Sus ojos se quedaron en blanco, y olvidaron pestañear. Su voz se congelo y justo en ese momento un hilo de aire helado llego a la parte de arriba de su nuca. Se inmovilizó como poseída por un demonio.
- No te preocupes - continuó la voz - no te voy a molestar mucho. Solo quería hablar unos minutos contigo.
Alba empezó a recordar su contexto poco a poco. Empezó por tomar una bocanada de aire. Pestañeó un poco, devolviendo la humedad a sus ojos. La sangre empezó a circular de nuevo con normalidad. Su voz empezó a rasgar lo que pretendían ser palabras.
- ¿Quien eres? - preguntó Alba.
- Ya sabes quien soy. Me estoy cansado de definirme. Solo intenta no repetirte ... se hace aburrido.
- Más aburrido se hace este juego. Déjalo ya. No se lo que quieres pero no me hace gracia nada de esto. Me estoy empezando a asustar y no estoy dispuesta a aguantar más esta situación.
Alba intentó ser autoritaria en sus palabras, pero sabía perfectamente que su tono desvelaba el miedo que bailaba entre sus rodillas.
- Lo se. Es una situación incómoda. Pero pareces no entender tu papel en esta historia ...
- ¿Qué papel? - Alba elevó su tono y no esperó a que la voz terminase la frase - Déjame en paz. No quiero saber nada más.
Alba se despegó el teléfono de la oreja como si la temperatura de éste hubiese subido de repente y sin aviso. Le dio la vuelta y se dispuso a extirparle la batería. Cuando sus dedos rozaron la batería un pitido extraño y agudo pareció salir del micrófono del teléfono. Alba sacó la batería y dejó el cadáver despedazado encima de la encimera.
Se hecho las manos a la cara para descubrir que unas lágrimas involuntarias que habían brotado por el borde de sus ojos. Su corazón iba más rápido de lo que había notado. Estaba segura que esa noche sería una noche más en vela. Necesitaba hablar con alguien. Necesitaba contarle de una vez por todas esta situación tan surrealista a cualquier persona capaz de escucharla y no decirle que estaba loca.
Se dirigió al baño e intentó encender la luz. No hubo respuesta positiva por parte del interruptor. Al tercer intentó entendió que había algún problema eléctrico.
Entró al baño con la luz apagada y con el único reflejo de la luna que se colaba por la ventana.
Al levantar su barbilla frente all espejo su corazón dio un vuelco. Sus pulmones de helaron y el miedo entró por sus venas para llegar al borde de sus dedos.
Sus ojos eran negros como la oscuridad perdida de la noche. Sus labios rojos como la sangre de un ciervo. Su pelo fino y lacio descansaba sobre sus hombros picudos. Llevaba puesto una especie de uniforme de universitaria que le daba un aspecto siniestro.
Decidió no acumular más información sobre su imagen y cerró los ojos para escupir un grito que rasgo la tranquilidad que la luna ofrecía.
Alba despertó con su pijama de rayas puesto. Sus ojos desorbitados buscaron el reloj más próximo. Su respiración parecía llegar tarde a algún sitio. Su cabeza empezó a reordenar la realidad ...
El silencio se rompió por el sonido de un móvil que se coló por debajo de la puerta de su habitación.