La música suena a mi alrededor. Letras ilegibles arrastradas por melodías perfectas que van dibujando baladas de amor y despecho. Más de cinco pares de dedos chasquean el ritmo que marca el tambor.Los recuerdos vivos se asoman por detrás del marco de fotos. Empiezan a ganar terreno poco a poco. Muy discretamente, sin hacer ruido avanzan acechándome. Creen que no se que están ahí. Pero es inevitable no saberlo. Su presencia nunca viene sola. Ese hedor, esa forma de marchitar la luz, ese cambio de estrofa ... ya han llegado. Ya están aquí.
Un susurro frío envuelve mi hombro derecho. Cierro los ojos y espero que termine cuanto antes. Se como es el proceso. Lo he vivido ya muchas veces. Pero entonces una sensación nueva hasta ahora se cuela por los pelillos de mi nariz. Estos recuerdos nunca habían venido a visitarme. Son nuevos ... seguramente alguien les ha dado la dirección sin mi consentimiento y han venido a ver si soy una víctima tan perfecta como se comenta en las calles.
Vuelvo la mirada interrogativo, esperando que ese agradable olor esté correlacionado con una impresionante presencia. Al volverme no hubo decepción. No hubo temor. No hubo desesperación. Simplemente no había nada allí.
Una voz lejana, fina, penetrante y dulce me susurro al oído: "Cierra los ojos". Esta vez confié ciegamente en sus palabras y sin pensármelo cerré los ojos no viendo otra cosa que la más absoluta oscuridad.
La voz viajó por mi espalda dejando tras de ella el perfume vagamente familiar y un rastro de brisa fresca que la acompañaba. Me susurro al otro oído : "Hasta que no confíes en mí no te mostraré a lo que he venido".
Después de esa advertencia estaba claro que esa voz y yo podía tutearnos. Me conocía bastante bien y sabía que aunque cómodo por la situación no confiaba en ella, y que en cualquier momento abriría los ojos para ponerle color a su cara. Pero esta vez no tenía nada que perder. Esta vez me dejaría llevar sinceramente. Así que rompí mi fijación oral para confirmar que estaba preparado. Un dedo helado selló mis labios no dejándome pronunciar ni una sola palabra. El frío pasaba por mi piel para volverse cálido y agradable. Entendida la orden a la perfección simplemente no dije nada.
De repente perdí el equilibrio. Noté como si me estuviese cayendo por un abismo y mis piernas no hiciesen nada por impedirlo. Rápidamente me estabilicé y la oscuridad empezó a moldearse.
Cubos perfectos de límites indefinidos giraban delante de mi ojos.
Poco a poco la luz fue iluminando la escena, hasta hacerla tan clara como un 12 de abril de 1998.
Había un pequeño jardín, rodeado de edificios de ladrillos rojos. Era temprano, y los pajarillos aún estaban rebuscando por las esquinas las migajas de pan desperdiciadas. Yo jugaba a mantener el equilibrio en el borde del jardín, mientras una señora oscura avanzaba hacia mi.
Nuestra comunicación era casi nula. No hablábamos, no nos mirábamos, no nos tocábamos, pero el pudor de la primera vez ya se había superado después de tantas veces juntos. Acercándose a mi sacó un pañuelo de uno de esos bolsillos inapreciables para el ojo humano muy comunes de los faldones de las viejas. Sonó mi nariz a la fuerza y volvió a guardar el pañuelo.
Volví a la realidad de repente. Abrí los ojos casi por instinto y la película se interrumpió. El color de la realidad difería mucho del color de mi pasado.
- ¿Por qué has venido ahora? - pregunté al aire, como un loco pide una prueba de la existencia de Dios.
El silencio me contestó instantáneamente.
Me tambalee hasta el baño con un movimiento de rodillas de dudosa estabilidad. Llegué y abrí el grifo de la bañera. Era el momento de desconectar un rato. Mañana sería otro día.




