Gracias.
Gracias, por el aire. Gracias por el Sol. Gracias por el agua. Gracias por la tierra. Gracias por el dolor. Gracias por la carne. Gracias por los ojos. Gracias por la pena. Gracias por la gloria ...
Me acabo de dar cuenta, esta misma mañana sin irme más lejos, que no puedo hacer otra cosa que dar gracias.
Miles de soldaditos de papa luchaban por atrapar la joya de mi mama. Esos soldaditos eran mis hermanos, fallecidos en el intento. Sin embargo el azar, la casualidad, la vida ... quiso que le tocase a este soldadito. Este soldadito encontró la joya y me permitió nacer. Pensándolo fríamente ... ¡si me descuido ni siquiera nazco! He tenido la suerte de poder nacer, tengo la suerte de poder sufrir o de poder reír, sea como sea eso es irrelevante, pero tengo esa suerte. ¿Cuál es la probabilidad de repetir ese milagro? Es tan mínima que posiblemente se despreciaría. Todo coincidió como jamás podría coincidir de nuevo.
Ese día, a esa hora, en ese instante, ese soldadito específico, esa joya exclusiva, ese milagro inaudito. ¿Vale la pena desperdiciar la lotería? ¡Me ha tocado! ¡Estoy vivo! ¿Eres consciente de los millones y millones de soldaditos que lo han intentado por el camino? Es tremendo el número de bajas.
El desarrollo embrionario es la primera belleza de la vida. Como la cosa más chiquitita cumple el programa establecido para llegar a la cosa más compleja jamás creada. Fui el protagonista durante nueve meses, el día de mi nacimiento fui la estrella por excelencia ... Todos estaban pendientes de mi ... y e mi pobre madre, que no ha perdido mérito ninguno.
No obstante, aunque es mio el logro de llegar a donde estoy, no soy capaz de recordar nada. No recuerdo cómo fue la etapa más bonita de mi vida. Esa etapa donde mi madre y yo éramos uno. Vivir en el interior de otra persona, la cual te alimenta con su propia carne, la cual te protege con su propia vida y la cual te promete fidelidad eterna. Se crea un vínculo inamovible entre una madre y un hijo. Durante nueve meses somos uno solo.
El primer rayo de luz que pintó mi pupilas ... ¿A quien vieron? El primer soplo de aire que lleno mis pulmones ... ¿a qué olía? ¿Qué fue lo primero que comí? ¿A qué sabía? No entiendo como he podido olvidar detalles tan importantes en mi vida. Detalles que quizás hoy me respondiesen a varias preguntas. Detalles que yo mismo debería conocer de mi mismo.
¿Cómo fue descubrir el mundo? ¿Tuve miedo? ...
Sea como sea supongo que solo puedo decir gracias. No está nada mal.
23 de febrero de 2012
22 de febrero de 2012
Un suspiro de rabia.
Se me hiela el alma cada vez que la veo venir. Todos los días espera detrás de la puerta, por las mañanas siempre se levanta unos segundos antes que el despertador, me agarra las muñecas mientras escribo silencio en las paredes de mi cuarto, sale a la calle desnuda y va detrás mía, ocultándose detrás de los coches, siguiendo mis pasos de hielo, sigilosa como la luna, despiada como la noche.La melancolía siempre está ahí. La realidad siempre tiene nombre. Vivir sin vivir. Hacer por hacer. Volverse a caer una y otra vez.
¿Donde estás relojero? Creo que te has equivocado en algunas cosas. Esto no está bien planeado. Este dolor ... esta rabia ... esta envidia negra que se escapa por mis muelas ... Esto no debería ser así. Esto no puede formar parte de tu complejo plan. Nada estaba planeado, y si lo estaba, yo nunca me he apuntado a la lista. Prefiero morir. Déjame firmar.
El hielo inunda mi corazón, pero siempre hay grietas que se derriten y derraman mis lágrimas. Lágrimas que caen como el roció, rompiendo el silencio del perdón. Mi nostalgia, ni agonía, ni todo ... y mi nada al mismo tiempo. Lo que hoy es mucho mañana no es nada. Lo que aquí vale oro, allí no vale nada. Por lo que yo muero ... para otros no es más que un chiste sin gracia.
Escribir por escribir una y otra vez. Silencio infinito plasmado en el abismo chispeante. Arte contenido en una cabeza que se golpea todos los días contra la puerta, preguntándose porqué le ha tocado a ella ser tan inteligente, porqué le ha tocado a ella dirigir el mundo, porqué le ha tocado a ella desmenuzar el reloj ... Porqués que se pierden en la noche. La madrugada esquiva mis sábanas y se me cuela entre los dedos.
Lo peor no es que no quede nada por lo que luchar. Lo peor es darte cuenta de que nunca ha habido nada. Todos los días, uno tras otro, sin descanso, sin tregua, sin dormir, sin descansar, sin vivir ... Y venga preguntar, una y otra vez, y porqué y porqué y porqué ...
Pues por nada. Esa es la respuesta. El alquimista de la vida no quiso que supiésemos el porqué. El tiempo insaciable se ocupó personalmente de enterrar los pedacitos de alma que se perdían en el cielo gris. La luna sepultaba sus gritos y nada quedaba para los ojos del mago. Todo era muerte y destrucción.
¿Y qué? Pues y nada. Nada importa, nada es más, nada ha pasado. Muerte generalizada al creador y destrucción sin piedad para el salvador.
Escupiendo tonterías la vida parece pasar a escondidas. Pero mientras seamos recordados ... nunca moriremos.
19 de febrero de 2012
Rosas de canela.
El talento no vale nada. Hay demasiado talento desperdiciado por ahí. Toda la gente tiene talento, todos nacemos con las mismas posibilidades. La única diferencia es el trabajo. Mátate a trabajar mi niña, y así podrás llegar al éxito. Pero jamás olvides que el éxito es un proceso personal. El reconocimiento de tu éxito será totalmente independiente.
Cuando el sudor de tu frente riegue tus esperanzas, y el suspiro de tus sufrimientos despierten tu ilusión ... Cuando la planta de tus pies vaya dejando huellas rojas en tu camino y tus labios no se atrevan a juntarse ... Cuando tus ojos no se despierten cada mañana y tus pestañas rueguen clemencia ... Cuando tus piernas se independicen de tu autoridad y tus brazos chirríen al elevarse ... Cada vez que llores. Cada vez que rías. Cada vez que te caigas. Cada vez que te levantes. Cada vez que decidas que merece la pena seguir adelante ... Será entonces cuando habrá llegado tu éxito. Será entonces cuando tu trabajo llenará tu alma y te acompañará sujetándote de la cintura, permitiéndote ver más allá del reconocimiento del mismísimo Dios.
Sabes perfectamente por quien lo haces. Entiendes de sobra la letra pequeña del contrato. No hay lugar a error. No hay cabida para la duda. La luz de tus ojos solo ofrecerá destellos de esperanza a tu meta. Nada importa. Solo tu objetivo final. Por lo que luchas cada día y por lo que permaneces viva.
¿Recuerdas tu primera vez? Detrás del telón, en el escenario carmesí. Una tarde de invierno pintaba tu día especial. El día en el que todo el mundo reconocería el éxito de tus años de entrenamiento. El día donde sus caras reflejasen la delicadeza de tus pasos. El valor de tu coraje. El amor de tu corazón.
El sudor corría por tu frente, se acumulaba en tus manos, ya no sabía ni por donde brotar. Tu pelo te acariciaba las mejillas y te rogaba un poco de atención. Tus ojos querían gotear tu felicidad. Tus pies ya empezaban a acumular tu deseo de bailar.
Al pisar ese escenario que tantas veces habías pisado sola, la mirada de la gente empezó a acumularse en tus delicados hombros. Su ira, su rabia, su pena, su sabor amargo con gotas de vinagre y manzana mordida inundo tu nariz de porcelana. Tus pies empezaron a esbozar tu talento tallado a mano. Tus manos los seguían con torpeza. Todo empezó a volverse turbio. Tus dedos rompían el silencio, como una gota de rocío cae a un charco helado. Tu pelo bañaba tus hombros sin atreverse a preguntarte como estabas.
La música se fue perdiendo en el infinito. Tus pies sosegaron la marcha lentamente. Tus ojos buscaban en la oscuridad vacía un lugar por donde escapar. Al final tu cuerpo se tambaleo. Todo acabó.
Sus aplausos retumbaban en tus orejas blancas. Alguna risa se colaba por debajo de tus labios. Nadie te tiró tomates. Nadie te odio ese día. Nadie se atrevió a decirte lo mal que lo habías hecho. Pero tu lo sabías perfectamente. Podías palpar su falsedad en cada reconocimiento vestido con piel de cordero.
Al día siguiente nadie se acordaba de ti. Como mucho algún digno caballero recordó el dinero que había desperdiciado en asistir a la exhibición de tu talento. No obstante tu te acordabas de todos. De cada cara, de cada gesto, de cada mirada desviada, de cada sonrisa ... Sus sentimientos rebotaban en tu cabeza, llegaban a tu alma y te rozaban el corazón recién herido.
Ese día te levantaste. Tarde, pero te levantaste. Superaste tu miedo. Superaste tu dolor, y te hiciste una mujer. Estabas deseando volver a pisar un escenario, y demostrarles lo mucho que habías trabajado, lo mucho que te habías esforzado, todo lo que tu entrenamiento podía dar de si.
Hoy estoy orgulloso de ti mi niña. Eres la belleza de la vida traducida en delicados pasos escarlata. Tu fragancia es capaz de dejar sin respiración a las mariposas que revolotean a tu alrededor. No hay palabras inventadas para describir tu sonrisa al verte bailar. No hay poema escrito que sugiera a qué se parece el brillo de tus ojos cada vez que estás encima del escenario. Todo el mundo te recuerda al día siguiente, después de verte. Es imposible olvidar tanta belleza. Tus errores se borran sin preguntar, pues son enterrados entre tantos de tus aciertos. Pero sobre todo, hija mía, estoy orgulloso de ti, porque ya no lo haces por sus aplausos, o por sus rosas de canela. Ya no necesitas el reconocimiento. Ya eres libre.
Cuando el sudor de tu frente riegue tus esperanzas, y el suspiro de tus sufrimientos despierten tu ilusión ... Cuando la planta de tus pies vaya dejando huellas rojas en tu camino y tus labios no se atrevan a juntarse ... Cuando tus ojos no se despierten cada mañana y tus pestañas rueguen clemencia ... Cuando tus piernas se independicen de tu autoridad y tus brazos chirríen al elevarse ... Cada vez que llores. Cada vez que rías. Cada vez que te caigas. Cada vez que te levantes. Cada vez que decidas que merece la pena seguir adelante ... Será entonces cuando habrá llegado tu éxito. Será entonces cuando tu trabajo llenará tu alma y te acompañará sujetándote de la cintura, permitiéndote ver más allá del reconocimiento del mismísimo Dios.
Sabes perfectamente por quien lo haces. Entiendes de sobra la letra pequeña del contrato. No hay lugar a error. No hay cabida para la duda. La luz de tus ojos solo ofrecerá destellos de esperanza a tu meta. Nada importa. Solo tu objetivo final. Por lo que luchas cada día y por lo que permaneces viva.
¿Recuerdas tu primera vez? Detrás del telón, en el escenario carmesí. Una tarde de invierno pintaba tu día especial. El día en el que todo el mundo reconocería el éxito de tus años de entrenamiento. El día donde sus caras reflejasen la delicadeza de tus pasos. El valor de tu coraje. El amor de tu corazón.
El sudor corría por tu frente, se acumulaba en tus manos, ya no sabía ni por donde brotar. Tu pelo te acariciaba las mejillas y te rogaba un poco de atención. Tus ojos querían gotear tu felicidad. Tus pies ya empezaban a acumular tu deseo de bailar.
Al pisar ese escenario que tantas veces habías pisado sola, la mirada de la gente empezó a acumularse en tus delicados hombros. Su ira, su rabia, su pena, su sabor amargo con gotas de vinagre y manzana mordida inundo tu nariz de porcelana. Tus pies empezaron a esbozar tu talento tallado a mano. Tus manos los seguían con torpeza. Todo empezó a volverse turbio. Tus dedos rompían el silencio, como una gota de rocío cae a un charco helado. Tu pelo bañaba tus hombros sin atreverse a preguntarte como estabas.
La música se fue perdiendo en el infinito. Tus pies sosegaron la marcha lentamente. Tus ojos buscaban en la oscuridad vacía un lugar por donde escapar. Al final tu cuerpo se tambaleo. Todo acabó.
Sus aplausos retumbaban en tus orejas blancas. Alguna risa se colaba por debajo de tus labios. Nadie te tiró tomates. Nadie te odio ese día. Nadie se atrevió a decirte lo mal que lo habías hecho. Pero tu lo sabías perfectamente. Podías palpar su falsedad en cada reconocimiento vestido con piel de cordero.
Al día siguiente nadie se acordaba de ti. Como mucho algún digno caballero recordó el dinero que había desperdiciado en asistir a la exhibición de tu talento. No obstante tu te acordabas de todos. De cada cara, de cada gesto, de cada mirada desviada, de cada sonrisa ... Sus sentimientos rebotaban en tu cabeza, llegaban a tu alma y te rozaban el corazón recién herido.
Ese día te levantaste. Tarde, pero te levantaste. Superaste tu miedo. Superaste tu dolor, y te hiciste una mujer. Estabas deseando volver a pisar un escenario, y demostrarles lo mucho que habías trabajado, lo mucho que te habías esforzado, todo lo que tu entrenamiento podía dar de si.
Hoy estoy orgulloso de ti mi niña. Eres la belleza de la vida traducida en delicados pasos escarlata. Tu fragancia es capaz de dejar sin respiración a las mariposas que revolotean a tu alrededor. No hay palabras inventadas para describir tu sonrisa al verte bailar. No hay poema escrito que sugiera a qué se parece el brillo de tus ojos cada vez que estás encima del escenario. Todo el mundo te recuerda al día siguiente, después de verte. Es imposible olvidar tanta belleza. Tus errores se borran sin preguntar, pues son enterrados entre tantos de tus aciertos. Pero sobre todo, hija mía, estoy orgulloso de ti, porque ya no lo haces por sus aplausos, o por sus rosas de canela. Ya no necesitas el reconocimiento. Ya eres libre.
12 de febrero de 2012
Soplo de mi corazón.
Vestirán las calles cientos de cerezos en flor. La primavera ha decidido deslumbrar antes de tiempo, y las margaritas quieren hacer su agosto el día de San Valentín. Los coches se han cambiado por carruajes dorados, remolcados por caballos plateados. El metro es un bonito salón donde bailar tango con traje morado. La hierba una alfombra de seda aterciopelada. La lluvia miles de gotitas llorando la felicidad. El reflejo de tus pupilas, cristales negros que me enseñan lo bello que es vivir. Los girasoles le dan la espalda al Sol y nos siguen al vernos pasar. Nuestras sombras danzan a nuestras espaldas siguiendo la extraña sinfonía que describen los grillos tirados en la acera. La lluvia se extingue en un arcoiris celestial que hace florecer orquídeas de algodón con las que juegan niños de ojos verdes.El Sol de despide regalándonos los últimos bostezos de luz en forma de corazón, y el manto negro de la noche nos arropa mientras la dama blanca amanece. La luna nos acompaña a casa tan fiel como siempre, enfocando nuestro camino y escribiendo a pie de página los poemas que te susurro al oído. Cada paso viene marcada por el latido extresado de tu corazón. Tu brazo encuentra mi cintura y mi carita helada descansa en tu pecho firme. Mis manos deciden tantear tu rostro en busca de tu boca. Fijado el objetivo te regalo la sonrisa más bonita que mi alma es capaz de escribir en tus labios. La luna apaga la luz y deja en la intimidad el momento más dulce de la noche. Fundiendo tu carne con la mía te susurro al oído que no quiero llegar a casa. Tu sonrisa me canta que debemos llegar antes de la nueva madrugada. Terminamos el idilio, abrazados en el mundo eterno, mirándonos en la oscuridad y viéndonos la bella sonrisa jamás reflejada en un mar sin sal. Escribimos nuestros nombres en la arena de playa que adorna mi rellano, para que una ola se los lleve y los guarde en la eternidad del abismo.
La noche cambia de color para volverse del azul de mis sábanas de terciopelo. La oscuridad de la habitación se atenúa con el destello de tus ojos. Nos tumbamos muy juntitos, aprovechando el calor de tu piel con mi piel y fundiéndonos en besos de miel que jamás antes han sido escritos en papel. Tus brazos me rodean protegiéndome de cualquier mal del universo. Mis dedos juegan con tu pelo y tus labios suspiran a mis pestañas. Juramos amor eterno observando las estrellas del firmamento. Una estrella fugaz nos da la oportunidad de pedir un deseo. Me susurras al oído que no tienes nada que pedir. Que ese momento es el más bonito que nunca has podido imaginar. Yo te respondo con el silencio de mis labios callado con los tuyos.
Al final tanto deseo se funde en nuestro sueño sincero. Dormidos y abrazados, sin testigos, pasamos la noche más eterna que la vida nos ha regalado.
Un suspiro de sol que llega por mi ventana ilumina nuestro día con una bandada de palomas alrededor. Reflejos de la sonrisa del amanecer acarician nuestras mejillas despojandonos el primer bostezo de amor. Puntadas del frío invernal se cuelan por debajo de nuestras sábanas, escuchando las primeras confesiones tras mirar el reloj. La primera mirada tímida busca el cerrojo de tus labios. Pétalos de amapola llueven sobre nuestro nidito de amor. Violines acompañados de un piano de barrio, tocan sincronizados la balada escrita en abril. Escribimos nuestro amor en una postal. Sin sello y sin remitente la dejamos en el buzón.
Mi "adiós" se funde con tu "hasta luego". Mis ojos buscan tu boca. Tus manos regresan a mi cara de nuevo. Mi alma se asoma para regalarte el último beso con sabor a despedida.
9 de febrero de 2012
Un ciudadano ejemplar.
El cielo negro de febrero pintaba las calles de Nueva Jersey. El frío polar arrastrado por el viento huracanado, intentaba colarse por debajo de la puerta número 34 de Lincon Street. No obstante, el calor de la chimenea imperaba en la casa, y el sonido de un violín callado por el piano ponía la música de fondo al ambiente.
Sara estaba a mi lado, jugando a hacer collares con perlas cuadradas y letras. Era un niña impresionante. A sus diez años leía, tocaba el violín, ayudaba a su madre a hacer la cena ... Era la niña nunca soñada. Tan bella como su madre. Mientras ella dedicaba todo su esfuerzo y amor en su ardua tarea, yo dedicaba mi odio y pavor en la mía. Estaba creando el microchip más inteligente del mercado. Cada gota de estaño que fundía en él era un mar de dudas hirviendo que gritaba en cada palmo de mi cabeza si lo que hacía estaba bien o estaba mal.
- Mira papa, ya lo he acabado - dijo Sara elevando su nueva obra de arte. Un collar con miles de colores indefinidos en el que claramente se podía leer en el centro "Mama".
- ¡Vaya! Desde luego se te da mucho mejor que a mi. Eres toda una artista pequeñaja. No se a quien has salido - Sara me sonreía con su cara de abastecimiento. Sabía que estaba sobrevalorando su acto, pero era una sensación de recompensa que a todo niño le gustaba sentir.
Nuestro momento especial fue interrumpido por el olor embriagador de un chuletón bien hecho, crujiente por fuera y tierno por dentro. Parece que esa misma noche, tendríamos guarnición. Patatas asadas con espárragos hervidos a la pimienta. Aurora era la mujer más perfecta que había podido conocer en mi vida. Era la mejor cocinera del mundo, y era inevitable que cada vecino que se acercase a nuestra casa no cayese en la tentación de probar su deliciosa comida.
- Vaya ... parece que esta noche hay verduras para cenar - la cara de Sara parecía haber visto un cadáver.
- ¿Verduras? ¿Bromeas? Tu madre es la mejor alquimista de verduras del mundo - me levanté con cara de lince acechando a su presa - es capaz de transformar las verduras, en un delicioso puré especial para una niña en fase de crecimiento - me fui acercando a Sara con paso decidido, evitando hacer cualquier tipo de ruido - además hace que se te quede un cutis especial y delicado, algo así como al de una princesa ...
- No es verdad - Sara empezó a sonreír, dándome a entender que había captado las normas del juego.
- ¿Qué no es verdad? bueno, puedes creer lo que te plazca - mi tono vacilón empezó a desvelar que era el momento de mi ataque - pero si no comes verdura, te vas a quedar ... ¡pequeñaja!
Me abalancé sobre mi presa con la boca abierta y las manos abarcando su cintura. Agarré a Sara y la subí a la altura de mi cara, simulando que devoraba su vientre, a la vez que sustituía los dientes por babas.
- ¡Papa! ¡Tonto! ¡Suéltame! - las risas de Sara eran contagiosas, y parecía querer defenderse, pero no sabía muy bien como, así que se resignaba a patalear y disfrutar del momento.
Ese minuto glorioso fue interrumpido por el timbre de la puerta. No obstante no era nuestra intención acabar tan pronto con la diversión del juego.
- No se de quien es la culpa, de la de diez años o de el de ... treinta. - Ahora irrumpió en la habitación a modo de tetera americana, con una mano puesta en la repisa de la puerta y la otra en su cintura. Su gesto quería regañar, pero dejaba escapar una sonrisa que invitaba a seguir con el juego.
El timbre de la puerta volvió a insistir, recordando que alguien desconocido y que posiblemente fuese un vecino que había recibido el olor de las patatas y se presentaba a última hora a "pedirnos sal" estaba esperando.
- Venga bebes, a la mesa o se enfriará todo - Aurora se dio la vuelta sobre sus pasos y enfocó su mirada hacia la puerta.
- Ya voy yo cariño, tú saca esa botella de vino que Roberto nos dio el otro día - descargué a Sara en el suelo, y cambie mi gesto intentando parecer autoritario - y tú, pequeñaja lávate las manos antes de cenar.
- ¿El otro día? Lleva guardada desde nochevieja ... - Me acerqué con la cara iluminada y la sonrisa queriendo escaparse de mis labios - lo se mi amor. Pero hoy es un día especial.
- ¿Qué día es hoy? - El tono sonriente de Sara delataba su intención de hacerse la tonta.
- Tal día como hoy, hace ocho años me enamoré de ti, al ver tu pelo negro paseando entre tus ojos verdes.
- Amm ¿no me digas? - Aurora acortó la distancia entre su boca y mi boca. El tono cálido de su piel ya estaba acariciando mis pestañas, y el olor de sus labios ya superaba al de la cena.
Justo cuando nos íbamos a besar, el vecino impaciente volvió a advertir de su presencia. Esta vez con tono amenazante e impetuoso, aporreando la puerta con decisión.
- Enseguida voy princesas, voy a despedirme de nuestro impaciente invitado - mis labios se resignaron a acariciar los de Aurora, pero sabían que tendrían toda la noche para ellos.
Bifurcamos nuestros caminos en el vestíbulo iluminado por una tímida lámpara tenue. Las dos mujeres más maravillosas del mundo giraron hacia la cocina, y yo, con mi sonrisa recién estrenada para vecinos impacientes, me dirigí hacia la puerta.
Cuando apenas dos pasos me separaban de la puerta, la violencia de los aporreos se incrementó. Mi sonrisa amenazó con oxidarse a mueca, no obstante aguanté el tirón y abrí la puerta con decisión y júbilo.
Un golpe seco y duro como el hielo impactó sobre mi frente sin avisar. Mi cuerpo como si hubiese muerto instantáneamente calló al suelo sin oponer resistencia alguna. Tumbado en el suelo, mi cabeza todavía intentaba comprender qué estaba sucediendo en ese momento mientras mis ojos estaban fijos en la lámpara que daba luz a la escena.
La lámpara se apagó, y como si fuese un flash en mi cabeza se tratase, la oscuridad hizo que todo empezase a recobrar color. Giré la barbilla para intentar recobrar un punto fijo de gravedad. A menos de un centímetro de mi cara, un pie con una bolsa de basura negra atada, pasó fugazmente. Mi mirada lo siguió casi instintivamente y visualizó la figura de un hombre vestido de negro, con una bolsa de tela en las manos. El hombre empezó a meter cosas en la bolsa sin discriminación alguna. Velas decorativas, la agenda del teléfono de la repisa, el marco de fotos ... Apoyé la mano derecha en el suelo con ánimo de incorporarme cuando de improviso un golpe penetrante en la espalda me volvió a tumbar. Esta vez de espaldas. Mi cabeza se agilizó tras el primer impactó así que no tardó en darse cuenta de que los golpes procedían de un bate de béisbol y que el número de intrusos, por ahora ascendía a dos.
Unas manos rudas y desnudas me agarraron de las muñecas y las juntaron en mi espalda. Mi resistencia se reducía a pequeños balbuceos que apenas yo mismo era capaz de oír, y que solo conseguían escupir unas gotas de sangre con sabor a acero. El sonido de la cinta aislante desliándose resonó en mis oídos. El segundo desconocido me maniató con las manos en la espalda. Después bajó hasta mis pies desnudos e hizo lo mismo. Me dio la vuelta de una patada en las costillas dejándome inmóvil y boca arriba.
Mi verdugo hincó sus rodillas en mi abdomen provocándome el dolor más intenso que jamás he sentido. Su peso se hundía en mi carne ante el incesante grito de mis vísceras que se traducía en dolor. El dolor quiso escaparse por la boca, pero el opresor me tapó la boca con la cinta aislante.
Mi cuerpo ya casi no podía soportarlo más, era un dolor demasiado intenso. Mi cabeza intentaba asimilarlo todo, pero era imposible, parte del dolor se derramaba con la sangre de la herida en mi cabeza. De repente un "no" desgarrador disipó la agonía de mi cuerpo. Mi cabeza se giró sin pensar y vio la figura de Aurora cayendo al suelo desparramada. Encima de ella el hombre de negro reposaba con una bolsa negra llena de objetos y goteando gotas de sangre de la frente de Aurora.
El dolor físico se atenuó como por arte de magia y se sustituyó por el miedo que irrumpía en mi cuerpo por primera vez esa noche. Mi miedo inundó mis pupilas que reflejaban al amor de mi vida siendo amortajado tal y como ya había sido segundos antes.
El cuerpo que me apresaba me recordó su presencia. Me agarró de la cabeza y me giró la cara enfrentándome con la suya. Su aspecto era poco menos que despreciable. Sus ojos reflejaban el color negro de su alma. Su sonrisa empezó a hacerse viciosa cuando su mano derecha acercó un cuchillo plateado a mi cara.
- El destino, es el destino - balbuceo dejándome oler su pestilente aliento.
Bajo la hoja hacia mi pecho y la hundió en mi carne con la facilidad con la que un niño mete el dedo en su tarta de cumpleaños. Mi agonía empezó a brotar por el nuevo orificio de salida a pesar de mi dolor, que seguía insistiendo en querer escapar de mi cuerpo por la boca taponada.
La hoja salió de mi cuerpo y el peso que me apresaba se fue de golpe. Mis ojos querían seguir abiertos, no querían perderse detalle de la escena. El hombre se agachó a la altura de mi cara y limpió la hoja del cuchillo en mi hombro. Sabía que mi fin se estaba llegando, que mi vida se escapaba poco a poco de mi cuerpo. Mis ojos, que eran la única forma por la que podía expresarme rogaron compasión en la cara del asesino. Este respondió con un escupitajo sobre mi cara y una patada en la boca que despegó parcialmente la cinta aislante. Una nueva patada, esta vez casi indolora me dio la vuelta otra vez.
A unos pocos segundos de desangrarme vi la cara de Aurora tirada en el suelo, luchando por despojarse de su asesino. Mi corazón cada vez latía más lentamente. Mi esperanza se encendió dentro de mi. Seguro que la justicia vendría pronto y ella podría sobrevivir. Ella podría vivir y yo sería nada más que un recuerdo que se perdería con el tiempo.
Los ojos de Aurora empezaron a marchitarse como las rosas se marchitan cuando llega el invierno. Mi mirada esquivó su mirada y se fijó en el charco de sangre que empapaba su pecho. La esperanza se disipó como una cerilla que ha consumido su palillo. Aurora estaba muriendo delante de mis ojos. Y yo no podía hacer nada más que verla mientras yo también moría.
- ¿Mama? ... - cuando parecía que la escena no podía volverse más negra Sara salió desde la cocina.
Su cara pareció congelarse mientras mis párpados decidieron no aguantar más esa carga, y se cerraron chirriando como dos persianas viejas.
Sara estaba a mi lado, jugando a hacer collares con perlas cuadradas y letras. Era un niña impresionante. A sus diez años leía, tocaba el violín, ayudaba a su madre a hacer la cena ... Era la niña nunca soñada. Tan bella como su madre. Mientras ella dedicaba todo su esfuerzo y amor en su ardua tarea, yo dedicaba mi odio y pavor en la mía. Estaba creando el microchip más inteligente del mercado. Cada gota de estaño que fundía en él era un mar de dudas hirviendo que gritaba en cada palmo de mi cabeza si lo que hacía estaba bien o estaba mal.
- Mira papa, ya lo he acabado - dijo Sara elevando su nueva obra de arte. Un collar con miles de colores indefinidos en el que claramente se podía leer en el centro "Mama".
- ¡Vaya! Desde luego se te da mucho mejor que a mi. Eres toda una artista pequeñaja. No se a quien has salido - Sara me sonreía con su cara de abastecimiento. Sabía que estaba sobrevalorando su acto, pero era una sensación de recompensa que a todo niño le gustaba sentir.
Nuestro momento especial fue interrumpido por el olor embriagador de un chuletón bien hecho, crujiente por fuera y tierno por dentro. Parece que esa misma noche, tendríamos guarnición. Patatas asadas con espárragos hervidos a la pimienta. Aurora era la mujer más perfecta que había podido conocer en mi vida. Era la mejor cocinera del mundo, y era inevitable que cada vecino que se acercase a nuestra casa no cayese en la tentación de probar su deliciosa comida.
- Vaya ... parece que esta noche hay verduras para cenar - la cara de Sara parecía haber visto un cadáver.
- ¿Verduras? ¿Bromeas? Tu madre es la mejor alquimista de verduras del mundo - me levanté con cara de lince acechando a su presa - es capaz de transformar las verduras, en un delicioso puré especial para una niña en fase de crecimiento - me fui acercando a Sara con paso decidido, evitando hacer cualquier tipo de ruido - además hace que se te quede un cutis especial y delicado, algo así como al de una princesa ...
- No es verdad - Sara empezó a sonreír, dándome a entender que había captado las normas del juego.
- ¿Qué no es verdad? bueno, puedes creer lo que te plazca - mi tono vacilón empezó a desvelar que era el momento de mi ataque - pero si no comes verdura, te vas a quedar ... ¡pequeñaja!
Me abalancé sobre mi presa con la boca abierta y las manos abarcando su cintura. Agarré a Sara y la subí a la altura de mi cara, simulando que devoraba su vientre, a la vez que sustituía los dientes por babas.
- ¡Papa! ¡Tonto! ¡Suéltame! - las risas de Sara eran contagiosas, y parecía querer defenderse, pero no sabía muy bien como, así que se resignaba a patalear y disfrutar del momento.
Ese minuto glorioso fue interrumpido por el timbre de la puerta. No obstante no era nuestra intención acabar tan pronto con la diversión del juego.
- No se de quien es la culpa, de la de diez años o de el de ... treinta. - Ahora irrumpió en la habitación a modo de tetera americana, con una mano puesta en la repisa de la puerta y la otra en su cintura. Su gesto quería regañar, pero dejaba escapar una sonrisa que invitaba a seguir con el juego.
El timbre de la puerta volvió a insistir, recordando que alguien desconocido y que posiblemente fuese un vecino que había recibido el olor de las patatas y se presentaba a última hora a "pedirnos sal" estaba esperando.
- Venga bebes, a la mesa o se enfriará todo - Aurora se dio la vuelta sobre sus pasos y enfocó su mirada hacia la puerta.
- Ya voy yo cariño, tú saca esa botella de vino que Roberto nos dio el otro día - descargué a Sara en el suelo, y cambie mi gesto intentando parecer autoritario - y tú, pequeñaja lávate las manos antes de cenar.
- ¿El otro día? Lleva guardada desde nochevieja ... - Me acerqué con la cara iluminada y la sonrisa queriendo escaparse de mis labios - lo se mi amor. Pero hoy es un día especial.
- ¿Qué día es hoy? - El tono sonriente de Sara delataba su intención de hacerse la tonta.
- Tal día como hoy, hace ocho años me enamoré de ti, al ver tu pelo negro paseando entre tus ojos verdes.
- Amm ¿no me digas? - Aurora acortó la distancia entre su boca y mi boca. El tono cálido de su piel ya estaba acariciando mis pestañas, y el olor de sus labios ya superaba al de la cena.
Justo cuando nos íbamos a besar, el vecino impaciente volvió a advertir de su presencia. Esta vez con tono amenazante e impetuoso, aporreando la puerta con decisión.
- Enseguida voy princesas, voy a despedirme de nuestro impaciente invitado - mis labios se resignaron a acariciar los de Aurora, pero sabían que tendrían toda la noche para ellos.
Bifurcamos nuestros caminos en el vestíbulo iluminado por una tímida lámpara tenue. Las dos mujeres más maravillosas del mundo giraron hacia la cocina, y yo, con mi sonrisa recién estrenada para vecinos impacientes, me dirigí hacia la puerta.
Cuando apenas dos pasos me separaban de la puerta, la violencia de los aporreos se incrementó. Mi sonrisa amenazó con oxidarse a mueca, no obstante aguanté el tirón y abrí la puerta con decisión y júbilo.
Un golpe seco y duro como el hielo impactó sobre mi frente sin avisar. Mi cuerpo como si hubiese muerto instantáneamente calló al suelo sin oponer resistencia alguna. Tumbado en el suelo, mi cabeza todavía intentaba comprender qué estaba sucediendo en ese momento mientras mis ojos estaban fijos en la lámpara que daba luz a la escena.
La lámpara se apagó, y como si fuese un flash en mi cabeza se tratase, la oscuridad hizo que todo empezase a recobrar color. Giré la barbilla para intentar recobrar un punto fijo de gravedad. A menos de un centímetro de mi cara, un pie con una bolsa de basura negra atada, pasó fugazmente. Mi mirada lo siguió casi instintivamente y visualizó la figura de un hombre vestido de negro, con una bolsa de tela en las manos. El hombre empezó a meter cosas en la bolsa sin discriminación alguna. Velas decorativas, la agenda del teléfono de la repisa, el marco de fotos ... Apoyé la mano derecha en el suelo con ánimo de incorporarme cuando de improviso un golpe penetrante en la espalda me volvió a tumbar. Esta vez de espaldas. Mi cabeza se agilizó tras el primer impactó así que no tardó en darse cuenta de que los golpes procedían de un bate de béisbol y que el número de intrusos, por ahora ascendía a dos.
Unas manos rudas y desnudas me agarraron de las muñecas y las juntaron en mi espalda. Mi resistencia se reducía a pequeños balbuceos que apenas yo mismo era capaz de oír, y que solo conseguían escupir unas gotas de sangre con sabor a acero. El sonido de la cinta aislante desliándose resonó en mis oídos. El segundo desconocido me maniató con las manos en la espalda. Después bajó hasta mis pies desnudos e hizo lo mismo. Me dio la vuelta de una patada en las costillas dejándome inmóvil y boca arriba.
Mi verdugo hincó sus rodillas en mi abdomen provocándome el dolor más intenso que jamás he sentido. Su peso se hundía en mi carne ante el incesante grito de mis vísceras que se traducía en dolor. El dolor quiso escaparse por la boca, pero el opresor me tapó la boca con la cinta aislante.
Mi cuerpo ya casi no podía soportarlo más, era un dolor demasiado intenso. Mi cabeza intentaba asimilarlo todo, pero era imposible, parte del dolor se derramaba con la sangre de la herida en mi cabeza. De repente un "no" desgarrador disipó la agonía de mi cuerpo. Mi cabeza se giró sin pensar y vio la figura de Aurora cayendo al suelo desparramada. Encima de ella el hombre de negro reposaba con una bolsa negra llena de objetos y goteando gotas de sangre de la frente de Aurora.
El dolor físico se atenuó como por arte de magia y se sustituyó por el miedo que irrumpía en mi cuerpo por primera vez esa noche. Mi miedo inundó mis pupilas que reflejaban al amor de mi vida siendo amortajado tal y como ya había sido segundos antes.
El cuerpo que me apresaba me recordó su presencia. Me agarró de la cabeza y me giró la cara enfrentándome con la suya. Su aspecto era poco menos que despreciable. Sus ojos reflejaban el color negro de su alma. Su sonrisa empezó a hacerse viciosa cuando su mano derecha acercó un cuchillo plateado a mi cara.
- El destino, es el destino - balbuceo dejándome oler su pestilente aliento.
Bajo la hoja hacia mi pecho y la hundió en mi carne con la facilidad con la que un niño mete el dedo en su tarta de cumpleaños. Mi agonía empezó a brotar por el nuevo orificio de salida a pesar de mi dolor, que seguía insistiendo en querer escapar de mi cuerpo por la boca taponada.
La hoja salió de mi cuerpo y el peso que me apresaba se fue de golpe. Mis ojos querían seguir abiertos, no querían perderse detalle de la escena. El hombre se agachó a la altura de mi cara y limpió la hoja del cuchillo en mi hombro. Sabía que mi fin se estaba llegando, que mi vida se escapaba poco a poco de mi cuerpo. Mis ojos, que eran la única forma por la que podía expresarme rogaron compasión en la cara del asesino. Este respondió con un escupitajo sobre mi cara y una patada en la boca que despegó parcialmente la cinta aislante. Una nueva patada, esta vez casi indolora me dio la vuelta otra vez.
A unos pocos segundos de desangrarme vi la cara de Aurora tirada en el suelo, luchando por despojarse de su asesino. Mi corazón cada vez latía más lentamente. Mi esperanza se encendió dentro de mi. Seguro que la justicia vendría pronto y ella podría sobrevivir. Ella podría vivir y yo sería nada más que un recuerdo que se perdería con el tiempo.
Los ojos de Aurora empezaron a marchitarse como las rosas se marchitan cuando llega el invierno. Mi mirada esquivó su mirada y se fijó en el charco de sangre que empapaba su pecho. La esperanza se disipó como una cerilla que ha consumido su palillo. Aurora estaba muriendo delante de mis ojos. Y yo no podía hacer nada más que verla mientras yo también moría.
- ¿Mama? ... - cuando parecía que la escena no podía volverse más negra Sara salió desde la cocina.
Su cara pareció congelarse mientras mis párpados decidieron no aguantar más esa carga, y se cerraron chirriando como dos persianas viejas.
El sonido de la culpa.
Las agujas del reloj pesaban más que de costumbre. Su incesante marcha parecía no tener fin. Cada “tick” le sonaba a años, y cada “tak” a milenios. La almohada estaba callada. No se atrevía ni a respirar, ni siquiera a escuchar. Era un silecio que había pasado de ser incómodo a ser íntimo.
Alba no comprendía porque no brotaban las lágrimas esa noche. No llegaba a asimilar que no fuese capaz de sentir culpabilidad, pena, rabia, hostilidad consigo misma … no era capaz de sentir nada. Apoyada sobre su oreja derecha, solo esperaba que el Sol diese el pistoletazo de salida, y que el nuevo día le contestase a tantas preguntas como estaba haciéndose en ese momento.
Giró sobre sí misma, intentando evitar la mirada del espejo que reposaba sobre la mesita de noche. Se negaba a cerrar los ojos. Sabía perfectamente que al cerrar lo ojos lo vería a él, riendo tal y como hacía siempre. Era un estúpido. No sabía estar serio ni siquiera en su propio funeral. Seguro que de haber podido decir sus últimas palabras hubiese dicho algo así como “¿Qué haceis todos con esa cara de muerto? ¡El muerto soy yo!” Reproducir la escena en su mente, llevó a Alba a soltar un risotada que se escuchó más de lo que había deseado. La sonrisa se topó con la culpabilidad. No era ético reírse en un momento así. De repente, su duelo moral se vio abatido. Se dió cuenta de que jamás volvería a reír como antes. Y que el recuerdo de su amigo se perdería en tristeza y desolación. Cada vez que riese, su risa se vería apagada. Nunca volvería a ser lo mismo. La vida se había llevado a la mejor persona que ella había conocido. Y ni siquiera había podido tener un juicio justo. Todo lo había perdido esa noche.
Como si la cama estuviese plagada de hormigas hambrientas, Alba no hacía otra cosa que dar vueltas sobre sí misma. Nadie era capaz de dormir esa noche en la habitación. Las paredes blancas se tintaban de rojo, el reloj imperioso no paraba de recordar que la vida no estaba por la labor de detenerse, y la luna parecía haberse apagado para resaltar el ambiente tétrico.
Cuando una ola de rabia estaba a punto de salir a presión desde debajo del estómago, la puerta de la habitación se abrió bruscamente. Alba, como si de un insecto se tratase, optó por el mecanismo de defensa de estar quieta. No obstante sus ojos abiertos como dos perlas, la delataban.
- ¿Estás bien, pequeña? - Preguntó su madre con voz quebrada.
- Sí. Estoy intentando dormir un poco.
- Sí. Estoy intentando dormir un poco.
El tono de Alba fue concluyente y sin sitio a la discusión. Su madre entrecerró la puerta. Alba empezó a llorar. Había sido todo demasiado rápido. Demasiado increíble para intentar creérlo en una misma noche. Sin embargo es lo que tocaba hacer. Antes de hablar con nadie, ni siquiera con su mayor confidente, su madre, tendría que preparar las palabras exactas. Su dolor no podía ser captado con gestos, colores, frases poéticas, … no tenía ni idea de como escupir toda la agonía que se acumulaba debajo de su paladar. Las fugas momentáneas de sus ojos no eran suficiente.
La almohada le aconsejó levantarse. Ella, sin rechistar se levantó, y pulsó el interruptor que derivó en un fogonazo de luz. Sus ojos casi no notaron la diferencia. Cogió el traje negro del suelo. Una falda en tono vaquero, pero con tacto a tercipelo, y una chaqueta con la que parecía poco menos que una azafata de vuelo. “Menos mal que mis gafas oscuras tapaban mi rostro y nadie me habrá reconocido.” Pensó mientras se podía intuir un gesto parecido a una sonrisa.
Decidió fijarse en el reloj. Solo eran las seis de la madrugada. Físicamente hacía horas que se había dejado caer en la cama. Pero su mente lo había tomado como milenios malgastados.
Como si de un acto reflejo se tratase, abrió la tapa de se ordenador portatil. Pulsó el botón de encendido. Cuando el ordenador empezó a jugar con luces de colores, demostrando que había recibido la orden de encenderse, Alba se preguntó para qué lo había encendido. No obstante, ya estaba hecho. Quizás algún alma atormentada, como la suya estuviese rondando a esas horas por la red. Y podría escucharla, o incluso hablar con ella, esperando algo de comprensión. Fuese como fuese, podría matar el tiempo que le faltaba al sol para despertar. Y al mismo tiempo entretenerse lo suficiente como para olvidar algo de lo ocurrido ese día.
El lento juego de luces empezaba a desesperarla. Decidió dirigirse al calendario. Hacía seis días que no había tachado los días ya vividos. El último día tachado fue el tres de noviembre. Por un segundo, deseó volver a ese tres de noviembre. Que todo esto fuese un mal sueño. Que no tuviese que tachar esos días atrasados, pues ni siquiera habían ocurrido. Todo sería como aquel día.
El sonido característico del ordenador al encenderse, interrumpió su ilusión. Se sentó frente al ordenador y tecleo su contraseña. Nada más ver el escritorio virtual pensó “tengo que limpiar esto, ...” Abrio el explorador de internet. Tenía un nuevo mensaje de correo electrónico.
5 de febrero de 2012
La ilusión de un niño.
Me encantaba ir a la capital. Era un festival de colores que embriagaba mis retinas. Ruidos, coches, personas, perros atados, aceras anchas, papeleras ... Todo era nuevo para una niña curiosa. Toda la familia íbamos con paso ligero, sin dejarnos engañar por los colores de la ciudad. Sabíamos cual era nuestro destino y cuales eran nuestros objetivos. Sabíamos lo que habíamos ido a hacer allí. Pero nos encantaba ir mirando a todos sitios, saboreando la experiencia. Cada vez que pasábamos por un pequeño estanco me resistía a los tirones que mi padre me daba del brazo para poder observar las revistas el mayor tiempo posible y así poder retener a esa gente con cara de misterio que posaba en primera página.
Cada vez que parábamos en un paso peatonal aprovechaba para mirar a la gente que esperaba impaciente a que el monigote rojo cambiase de color. Su gesto era de impaciencia mezclado con gotas de rutina. Trajes abrochados, bufandas multicolor, tacones en tono rojo puta, pamelas que fácilmente podrían pasar por sombrilla de playa ... Todas las prendas eran válidas en la capital. Todo el mundo pasaba desapercibido. Todo el mundo se consideraba normal.
En nuestra carrera contrarreloj por no llegar tarde a la cita con el oculista nos cruzamos con un edificio en obras rodeado por un muro pintado. Las pintadas eran verdaderamente impresionantes. Algunas zonas del muro eran dignas del propio Da Vinci, otras sin embargo eran producto de borracheras y solo se atrevían a imitar el sexo masculino y mencionar la profesión más antigua del mundo. Otras que no eran de destacable calidad, eran producto de jóvenes revolucionarios que deseaban a toda costa expresar su creatividad, en frases como "¿Y tú? ¿Eres normal, o piensas?". Las pintadas compartían soporte, no obstante se respetaban unas a otras y nunca se superponían.
Más adelante, cuando nuestro destino ya casi podía dejarse ver por el trasluz de la lejanía, chocamos con un hombre que nos pedía dinero. Personas que olvidaron su higiene en la mesita de noche días atrás, que habían rechazado su dignidad y habían decidido depender de la caridad de sus semejantes, abundaban en aquel lugar. Para una niña inocente y sin maldad no fue difícil decidir a quien dar esos veinte duros que mis padres me habían dado para comprar chucherías. Se lo dí al indigente, y tras esperar una frase de aceptación por parte de mis padres que nunca llegó, seguí mi camino.
Los escaparates estaban más iluminados que la capilla real. Las batidoras, planchas del pelo, neveras, bicicletas, camisas ... Todo posaba elegantemente ante las miradas de los interesados.
Cuando la emoción por tal espiral de sensaciones aún no se había muerto llegamos a nuestro ansiado destino. El oculista nos recibía con un vestíbulo de mármol, frío y brillante. La espectacularidad de los cuadros que nos perseguían hasta el ascensor era directamente proporcional a su valor económico.
Cada año que subíamos en el ascensor de tamaño estándar hacíamos la misma broma y desterrábamos a mi madre a subir por las escaleras. No obstante en esa ocasión teníamos compañía, y decidimos reservar nuestro humor para nuestra tierra. Una señora que me estaba taponando la nariz subía con nosotros. Sus ojos parecían desear retorcerse sobre sus órbitas para ver quienes éramos, no obstante su barbilla seguía firme hacia el frente.
El sonido de una campanilla celestial marcó el paro de la marcha del ascensor, y precedió a la apertura de las puertas. Pasamos a una sala de espera tan elegante como incómoda. Los asientos parecían haberse fabricado a patadas para formar figuras imposibles. Los cuadros parecían haberse pintado a fuerza de escupitajos. Las pareces parecían haberse aruñado por gatos en celo. Todo era como poco curioso, no obstante no nos dio tiempo a seguir disfrutando de la excentricidad, rápidamente fuimos invitados a pasar.
Al salir, mis ilusiones se habían reducido a un caramelo que el doctor había hecho aparecer por arte de magia de una caja roja. Mi capacidad física se limitaba por un pupila dilatada que me obligaba a ver el mundo opaco y difuso. Y mis deseos de futuro inmediato no eran distintos de una cama mullida donde descansar y reposar esa borrachera producida sin una gota de alcohol.
Cada año se iba repitiendo la misma historia. Cada año la ilusión era mayor. La capital era lo que más me gustaba. Ver, tocar y oler las cosas que por televisión solo era capaz de imaginar vagamente.
Ilusiones que el tiempo va marchitando. La repetición va aborreciendo, y el exceso va deteriorando. Hoy hecho de menos a las cabras, el olor de la hierba húmeda, la tierra negra y blandita, esos días lluviosos donde desde las escaleras de abajo podía oír el rasgar de la sartén el cocer las migas de pan. Y sobre todo hecho de menos los tirones que me pegaba mi padre del brazo. Me obligaban a seguir caminando.
Cada vez que parábamos en un paso peatonal aprovechaba para mirar a la gente que esperaba impaciente a que el monigote rojo cambiase de color. Su gesto era de impaciencia mezclado con gotas de rutina. Trajes abrochados, bufandas multicolor, tacones en tono rojo puta, pamelas que fácilmente podrían pasar por sombrilla de playa ... Todas las prendas eran válidas en la capital. Todo el mundo pasaba desapercibido. Todo el mundo se consideraba normal.
En nuestra carrera contrarreloj por no llegar tarde a la cita con el oculista nos cruzamos con un edificio en obras rodeado por un muro pintado. Las pintadas eran verdaderamente impresionantes. Algunas zonas del muro eran dignas del propio Da Vinci, otras sin embargo eran producto de borracheras y solo se atrevían a imitar el sexo masculino y mencionar la profesión más antigua del mundo. Otras que no eran de destacable calidad, eran producto de jóvenes revolucionarios que deseaban a toda costa expresar su creatividad, en frases como "¿Y tú? ¿Eres normal, o piensas?". Las pintadas compartían soporte, no obstante se respetaban unas a otras y nunca se superponían.
Más adelante, cuando nuestro destino ya casi podía dejarse ver por el trasluz de la lejanía, chocamos con un hombre que nos pedía dinero. Personas que olvidaron su higiene en la mesita de noche días atrás, que habían rechazado su dignidad y habían decidido depender de la caridad de sus semejantes, abundaban en aquel lugar. Para una niña inocente y sin maldad no fue difícil decidir a quien dar esos veinte duros que mis padres me habían dado para comprar chucherías. Se lo dí al indigente, y tras esperar una frase de aceptación por parte de mis padres que nunca llegó, seguí mi camino.
Los escaparates estaban más iluminados que la capilla real. Las batidoras, planchas del pelo, neveras, bicicletas, camisas ... Todo posaba elegantemente ante las miradas de los interesados.
Cuando la emoción por tal espiral de sensaciones aún no se había muerto llegamos a nuestro ansiado destino. El oculista nos recibía con un vestíbulo de mármol, frío y brillante. La espectacularidad de los cuadros que nos perseguían hasta el ascensor era directamente proporcional a su valor económico.
Cada año que subíamos en el ascensor de tamaño estándar hacíamos la misma broma y desterrábamos a mi madre a subir por las escaleras. No obstante en esa ocasión teníamos compañía, y decidimos reservar nuestro humor para nuestra tierra. Una señora que me estaba taponando la nariz subía con nosotros. Sus ojos parecían desear retorcerse sobre sus órbitas para ver quienes éramos, no obstante su barbilla seguía firme hacia el frente.
El sonido de una campanilla celestial marcó el paro de la marcha del ascensor, y precedió a la apertura de las puertas. Pasamos a una sala de espera tan elegante como incómoda. Los asientos parecían haberse fabricado a patadas para formar figuras imposibles. Los cuadros parecían haberse pintado a fuerza de escupitajos. Las pareces parecían haberse aruñado por gatos en celo. Todo era como poco curioso, no obstante no nos dio tiempo a seguir disfrutando de la excentricidad, rápidamente fuimos invitados a pasar.
Al salir, mis ilusiones se habían reducido a un caramelo que el doctor había hecho aparecer por arte de magia de una caja roja. Mi capacidad física se limitaba por un pupila dilatada que me obligaba a ver el mundo opaco y difuso. Y mis deseos de futuro inmediato no eran distintos de una cama mullida donde descansar y reposar esa borrachera producida sin una gota de alcohol.
Cada año se iba repitiendo la misma historia. Cada año la ilusión era mayor. La capital era lo que más me gustaba. Ver, tocar y oler las cosas que por televisión solo era capaz de imaginar vagamente.
Ilusiones que el tiempo va marchitando. La repetición va aborreciendo, y el exceso va deteriorando. Hoy hecho de menos a las cabras, el olor de la hierba húmeda, la tierra negra y blandita, esos días lluviosos donde desde las escaleras de abajo podía oír el rasgar de la sartén el cocer las migas de pan. Y sobre todo hecho de menos los tirones que me pegaba mi padre del brazo. Me obligaban a seguir caminando.
2 de febrero de 2012
El sueño de la felicidad.
Por las mañanas el Sol me despierta deslumbrando mis párpados. Los girasoles de mi habitación vuelven la mirada buscando la nueva nueva. Amanezco retirando la lluvia de mi ventana y saludando al nuevo día. Las hojas muertas de mi jardín ven los días pasar tras de mi, mientras mi pequeño vigilante asiente, confirmándome que esa noche nadie ha preguntado por mi.
Una voltereta mortal me deja en la cocina. Durante la hazaña mis pantalones se han abrochado, mi corbata se ha ajustado y el último botón de mi camisa se ha abrochado. El amor de mi vida me ha preparado pan tostado, al que ha untado un poco de mantequilla y aceite de oliva. Ha esparcido un poco de sal, canela y azafrán molido en proporciones 2 : 1 : 0.5 y ha añadido una loncha de jamón serrano de 0.3 milímetros de grosor. Al lado de la tostada me miran con cara de obligación unos gajos de mandarina reservados desde febrero, y un melón de color anaranjado que esperaba este momento desde junio. Un vaso de leche desnatada con dos gotas de miel, se ofrece a ayudarme con ese suculento principio del día.
Después del desayuno más valioso de mi vida me tiro por la ventana y caigo en un coche negro por fuera pero blanco y mullido como el algodón por dentro. La radio me da la buenos días con la canción más bonita del mundo, que jamás he escuchado pero que tatarearé todo el día.
Al llegar a la oficina dos hadas verdes me abren paso entre la muchedumbre. Van saludando a esos amigos que colecciono en facebook pero que no recuerdo sus nombres. Me susurrando sus nombres, su situación social, su comida favorita y el deporte favorito de sus hijos. De esta forma saludo sonriendo con fundamento y alegría. Mientras una me peina un mechón descolocado, la otra se acerca a la máquina a un por descafeinado. Son mis nenas preferidas.
Al llegar al despacho, las rosas blancas me desean buenos días. La percha me riñe argumentando que la tengo abandonada. La silla se me ofrece como si fuese una puta barata. No obstante ahuyento todas las miradas con mi sonrisa celestial. Bailo unos pasos a ritmo del violín que brota de debajo de mi sombrero. Me quito las gafas de intelectual y me pongo las de pensar. Mis brazos pasean alrededor de mi aura describiendo trayectorias inimaginables para la raza humana.
Un Troll interrumpe mi ritual de esa mañana para devolverme al mundo real. Agradezco con dulce falsedad su interrupción y le invito a bailar conmigo. Las luces que se cuelan por la ventana van variando en la gama de los púrpuras. Las campanas de cristal suenan detrás del suelo de mármol.
Cansado de desprender tanta belleza decido ponerme a trabajar. Dos canarios en tono verde pistacho situados a cada lado del teclado van escribiendo lo que mi boca canta. Un equipo de veinte escarabajos debajo del ratón del ordenador se van moviendo coordinados para viajar por la pantalla.
Al llegar la hora de almorzar mi concienzudo trabajo se interrumpe por la nena más bonita que jamás seré capaz de soñar. Su pelo suelto denota que está enamorada. Su escote recatado describe su intención de consumar ese amor. Su cara inocente bañada en crema de caramelo confirma todas mis sospechas.
Abajo en el comedor, nuestro almuerzo desprende amor con olor a jazmín frito. Decidimos por consenso comer tirados en el césped mojado. Unas hormigas perdidas nos piden cobijo. Mi compañera de almuerzo les de una gota de aguja pegada en la yema de sus dedos. Yo les ofrezco unas migajas de pan.
Casi antes de terminar de comer empezamos a hacer la digestión obligados por nuestras risas. Nos contamos cada secreto íntimo como si fuésemos dos amantes jurándose amor eterno en nuestro último verano juntos. Cantamos canciones infantiles y hacemos planes de futuro por separado. La mejor sobremesa que pueda soñar después de la mejor comida que pueda comer.
Por la tarde el trabajo se termina antes de tiempo. El rojo lejano que emana del Sol me dice que el día está llegando a su fin. Las abejas vuelven a su colmena con algo de polen en las patitas, mientras yo conduzco con decisión deseando llegar a mi hogar donde soy recordado.
Al abrir la puerta, el embriagador olor a tierra húmeda, forrado de leña quemada y crujiente irrumpe en mis fosas nasales con intenciones de quedarse. Mis ojos buscan la única luz artificial que se percibe en la casa. Dando volteretas voy subiendo los escalones y despojándome de mi ropa. Los zapatos quedan colgados en la lámpara del vestíbulo, la americana reposa en posición fetal en el tercer escalón y la camisa está a punto de dejarse caer por la barandilla.
Al llegar arriba, se me acerca una ardilla con un ramo de violetas en la mano. Doblo mis rodillas para recibir tan curioso presente. Las violetas huelen a tabaco tostado y leche hervida. Agradezco a la ardilla con dos golpecitos en la frente y entro en la habitación sin hacer ruído.
Al abrir la puerta la tímida lámpara me pregunta si puede apagarse. Mi mirada solo le contesta que siga con esa luz tenue que da un ambiente cálido y hogareño. Me despojo de los calcetines, que son la única prenda que han resistido mi acrobacia en las escaleras. Dejo las violetas reposar en el jarrón vacío de la mesita de noche.
En la cama descansa boca abajo la figura del hombre más bello que en la vida pude ver. La persona más sincera y transparente que se me cruzó, un día de enero, con la mirada perdida. Acercándome sin ánimo de despertarlo me tumbo en su espalda, eclipsando su figura. El roce de mi respiración en su mejilla le hacen recobrar la consciencia pero sin llegar a despertar. Beso su cuello, y su moflete, revelando mi presencia en la escena. Ambos montamos entonces en un tiovivo girando abrazados. Me dejo caer en la cama y lo abrazo sintiendo su piel sobre mi piel, mi pecho sobre su espada y mis rodillas sobre sus muslos.
Al cerrar los ojos cometas de colores volaban por el cielo. Niños hundían sus pies descalzos en arena blanca. La espuma de las olas bañaba sus pies y luchaba para volver al mar. Sus risas ponían música al ambiente.
La brisa se coló por la ventana y esquivó gentilmente a las cortinas de terciopelo para terminar rozando mis pestañas. Abrí los ojos y pregunté al reloj por la hora. Me despedí del hombre de mi vida con un beso en el hombro y bajé las escaleras pidiendo disculpas a mi vestuario por ser tan vilmente despojado.
Una vez en la cocina firmé un contrato con la nevera, el horno y la vajilla. Preparé la cena más vistosa que dicho contrato me permitió. Abrí una botella de vino y adorné dos platos en una mesa redonda. Momentos después, cuando perfeccionaba el último detalle unos brazos fuertes a la vez que tiernos me abarcaron por detrás. Jugué un momento con mi opresor, haciendo como que no me había percatado de su inminente presencia. Su paciencia burló mi broma, y no pude más que rendirme.
Me dí la vuelta para reflejar en mi mirada tu mirada. Toqué con mis manos tu mejilla. acerqué mi cara a tu boca, y me fundí en el beso más tierno que pude concebir. Sentí una oleada de hormigas recorriendo mi espalda. Un flujo constante de una mezcla de coca-cola, suavizante con fragancia de Marsella y zumo de naranja natural recién exprimido surgía dentro de mi.
Ni siquiera pensaba porqué estaba ahí. Ni siquiera pensaba porqué había empezado. No me planteaba que se fuese a terminar nunca. No calculaba la duración de cada momento. Solo lo veía. Solo lo sentía. Solo lo vivía. Solo se que no se nada, excepto que soy feliz.
Una voltereta mortal me deja en la cocina. Durante la hazaña mis pantalones se han abrochado, mi corbata se ha ajustado y el último botón de mi camisa se ha abrochado. El amor de mi vida me ha preparado pan tostado, al que ha untado un poco de mantequilla y aceite de oliva. Ha esparcido un poco de sal, canela y azafrán molido en proporciones 2 : 1 : 0.5 y ha añadido una loncha de jamón serrano de 0.3 milímetros de grosor. Al lado de la tostada me miran con cara de obligación unos gajos de mandarina reservados desde febrero, y un melón de color anaranjado que esperaba este momento desde junio. Un vaso de leche desnatada con dos gotas de miel, se ofrece a ayudarme con ese suculento principio del día.
Después del desayuno más valioso de mi vida me tiro por la ventana y caigo en un coche negro por fuera pero blanco y mullido como el algodón por dentro. La radio me da la buenos días con la canción más bonita del mundo, que jamás he escuchado pero que tatarearé todo el día.
Al llegar a la oficina dos hadas verdes me abren paso entre la muchedumbre. Van saludando a esos amigos que colecciono en facebook pero que no recuerdo sus nombres. Me susurrando sus nombres, su situación social, su comida favorita y el deporte favorito de sus hijos. De esta forma saludo sonriendo con fundamento y alegría. Mientras una me peina un mechón descolocado, la otra se acerca a la máquina a un por descafeinado. Son mis nenas preferidas.
Al llegar al despacho, las rosas blancas me desean buenos días. La percha me riñe argumentando que la tengo abandonada. La silla se me ofrece como si fuese una puta barata. No obstante ahuyento todas las miradas con mi sonrisa celestial. Bailo unos pasos a ritmo del violín que brota de debajo de mi sombrero. Me quito las gafas de intelectual y me pongo las de pensar. Mis brazos pasean alrededor de mi aura describiendo trayectorias inimaginables para la raza humana.
Un Troll interrumpe mi ritual de esa mañana para devolverme al mundo real. Agradezco con dulce falsedad su interrupción y le invito a bailar conmigo. Las luces que se cuelan por la ventana van variando en la gama de los púrpuras. Las campanas de cristal suenan detrás del suelo de mármol.
Cansado de desprender tanta belleza decido ponerme a trabajar. Dos canarios en tono verde pistacho situados a cada lado del teclado van escribiendo lo que mi boca canta. Un equipo de veinte escarabajos debajo del ratón del ordenador se van moviendo coordinados para viajar por la pantalla.
Al llegar la hora de almorzar mi concienzudo trabajo se interrumpe por la nena más bonita que jamás seré capaz de soñar. Su pelo suelto denota que está enamorada. Su escote recatado describe su intención de consumar ese amor. Su cara inocente bañada en crema de caramelo confirma todas mis sospechas.
Abajo en el comedor, nuestro almuerzo desprende amor con olor a jazmín frito. Decidimos por consenso comer tirados en el césped mojado. Unas hormigas perdidas nos piden cobijo. Mi compañera de almuerzo les de una gota de aguja pegada en la yema de sus dedos. Yo les ofrezco unas migajas de pan.
Casi antes de terminar de comer empezamos a hacer la digestión obligados por nuestras risas. Nos contamos cada secreto íntimo como si fuésemos dos amantes jurándose amor eterno en nuestro último verano juntos. Cantamos canciones infantiles y hacemos planes de futuro por separado. La mejor sobremesa que pueda soñar después de la mejor comida que pueda comer.
Por la tarde el trabajo se termina antes de tiempo. El rojo lejano que emana del Sol me dice que el día está llegando a su fin. Las abejas vuelven a su colmena con algo de polen en las patitas, mientras yo conduzco con decisión deseando llegar a mi hogar donde soy recordado.
Al abrir la puerta, el embriagador olor a tierra húmeda, forrado de leña quemada y crujiente irrumpe en mis fosas nasales con intenciones de quedarse. Mis ojos buscan la única luz artificial que se percibe en la casa. Dando volteretas voy subiendo los escalones y despojándome de mi ropa. Los zapatos quedan colgados en la lámpara del vestíbulo, la americana reposa en posición fetal en el tercer escalón y la camisa está a punto de dejarse caer por la barandilla.
Al llegar arriba, se me acerca una ardilla con un ramo de violetas en la mano. Doblo mis rodillas para recibir tan curioso presente. Las violetas huelen a tabaco tostado y leche hervida. Agradezco a la ardilla con dos golpecitos en la frente y entro en la habitación sin hacer ruído.
Al abrir la puerta la tímida lámpara me pregunta si puede apagarse. Mi mirada solo le contesta que siga con esa luz tenue que da un ambiente cálido y hogareño. Me despojo de los calcetines, que son la única prenda que han resistido mi acrobacia en las escaleras. Dejo las violetas reposar en el jarrón vacío de la mesita de noche.
En la cama descansa boca abajo la figura del hombre más bello que en la vida pude ver. La persona más sincera y transparente que se me cruzó, un día de enero, con la mirada perdida. Acercándome sin ánimo de despertarlo me tumbo en su espalda, eclipsando su figura. El roce de mi respiración en su mejilla le hacen recobrar la consciencia pero sin llegar a despertar. Beso su cuello, y su moflete, revelando mi presencia en la escena. Ambos montamos entonces en un tiovivo girando abrazados. Me dejo caer en la cama y lo abrazo sintiendo su piel sobre mi piel, mi pecho sobre su espada y mis rodillas sobre sus muslos.
Al cerrar los ojos cometas de colores volaban por el cielo. Niños hundían sus pies descalzos en arena blanca. La espuma de las olas bañaba sus pies y luchaba para volver al mar. Sus risas ponían música al ambiente.
La brisa se coló por la ventana y esquivó gentilmente a las cortinas de terciopelo para terminar rozando mis pestañas. Abrí los ojos y pregunté al reloj por la hora. Me despedí del hombre de mi vida con un beso en el hombro y bajé las escaleras pidiendo disculpas a mi vestuario por ser tan vilmente despojado.
Una vez en la cocina firmé un contrato con la nevera, el horno y la vajilla. Preparé la cena más vistosa que dicho contrato me permitió. Abrí una botella de vino y adorné dos platos en una mesa redonda. Momentos después, cuando perfeccionaba el último detalle unos brazos fuertes a la vez que tiernos me abarcaron por detrás. Jugué un momento con mi opresor, haciendo como que no me había percatado de su inminente presencia. Su paciencia burló mi broma, y no pude más que rendirme.
Me dí la vuelta para reflejar en mi mirada tu mirada. Toqué con mis manos tu mejilla. acerqué mi cara a tu boca, y me fundí en el beso más tierno que pude concebir. Sentí una oleada de hormigas recorriendo mi espalda. Un flujo constante de una mezcla de coca-cola, suavizante con fragancia de Marsella y zumo de naranja natural recién exprimido surgía dentro de mi.
Ni siquiera pensaba porqué estaba ahí. Ni siquiera pensaba porqué había empezado. No me planteaba que se fuese a terminar nunca. No calculaba la duración de cada momento. Solo lo veía. Solo lo sentía. Solo lo vivía. Solo se que no se nada, excepto que soy feliz.
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