Mama,
Mama, vamos a ir al infierno. No hay nada que nos pueda salvar ya. Vamos a arder en las llamas más incandescentes por toda la eternidad. Te escribo esta carta porque odio verte llorar. Para que estés tranquila, para que sepas que sabemos donde vamos a estar, porque vamos a estar bien. Todas nuestras dudas y nuestras preguntas se han terminado. Ya no tenemos miedo. Hemos aceptado nuestro destino.
Mama, vamos a ir al infierno. Sabemos que puede sonar muy duro, pero es mejor que sepas de nuestro paradero y que no preguntes por nosotros a Dios. Eres la mujer más fuerte que he conocido en el mundo. No solo se que te alegrarás por nosotros sino que nos darás tu bendición. Deja ya de llorar.
Sí, ya lo se. Debería haber escrito una canción mejor, haberle pegado un puñetazo a ese niño vestido de rojo, no haberme comido aquel día esa última patata, haberme despedido como es debido de la gente que quería, haber lavado las sábanas más a menudo, no haber escuchado esa música que tanto te sacada de quicio, no haberme enamorado jamás, haber cavado todas las malas hierbas solo una vez, no haber mirado la televisión más de un par de horas al día, haber añadido más aceite a la bicicleta estática, haberme estudiado mejor los cinco sentidos, no haberme enfadado con mi mejor amigo, no haber dicho nada deshonesto que incluyese a mis hermanos, haber terminado de aprender a tocar la guitarra, no haber tirado mi chaqueta azul, no haber escondido mi juguete favorito en una caja vacía y nunca haberte dicho "te quiero" con palabras.
Pero no te preocupes, no me arrepiento de nada de lo que he hecho. Todo lo he hecho porque así lo he querido hacer, y nada vale arrepentirse o pedir perdón. La historia se escribe con tinta negra y no con lápiz de carbón. No obstante se que tú nos harás famosos. Proclamarás nuestro nombre y lo dejarás gravado en mármol para que todo el que pase por allí nos recuerde para siempre. Una vez muertos seremos alabados, todos se arrodillarán ante nosotros, valorarán todo nuestro esfuerzo, se escribirán letras brillantes que narren nuestras hazañas, incluso algunos tendrán la osadía de llorar.
Mama, vamos a ir al infierno. Me alegro de haberte dado solamente la mitad de lo que he recibido de ti. Para ti es más que suficiente porque viene de mi y no de otro. No obstante he querido dejarte esto último. No quiero que me devuelvas todo mi cariño. No quiero que me olvides. Quédatelo para ti, y úsalo como refugio cuando mi recuerdo se oxide en anhelo. No quieras venir a estar conmigo, porque yo estoy bien solo. No te preguntes qué vas a hacer porque sabes que todo lo que puedes hacer ya lo has hecho. Me has dado la vida y me has hecho feliz. No importa en qué sitio te esté esperando, lo importante es que lo hago. Nos llevamos con nosotros todas nuestras pertenencias. Todo lo que hemos querido hacer, hecho se ha quedado. No nos ha faltado ningún adiós que dar, excepto el tuyo. Porque sabemos que serías la única que se cambiaría por nosotros, y no estamos dispuestos a permitirlo.
Mama, vamos a ir al infierno. El borde de una pistola nos va a llevar. El fuego nos espera. No te preocupes, ya sabes que odiamos verte llorar. Duérmete.
8 de diciembre de 2011
6 de diciembre de 2011
El amor de un loco
De pequeños jugaban a matarse. Sabía perfectamente que terminarían matándose de mayores. Ambos son hijos míos, ambos son hermanos, pero ninguno de ellos lo sabe. Yo llevo en esta familia desde hace setenta años. Antes de mí ya estaba mi madre. Raúl es hijo mío, de mi fallecido esposo. Al comienzo vivía con nosotros en la mansión. Lo alimentábamos, lo cuidábamos, ... pero empezó a ser problemático. La señora, aunque adoraba los niños me dio un ultimatum, y tuve que dejarlo con mi hermana, mientras yo seguía trabajando. Creció en la calle, conoció el frío de las calles, ... no fue educado como es debido.Antonio es hijo del señor de la casa. Su esposa y él me rogaron que pariera a su hijo porque la señora no podía tener hijos. A cambio, a mi nunca me faltaría el trabajo, y a mis dos hijos nunca les faltaría nada. Además yo he cuidado de él toda la vida, y lo he visto feliz. En una buena familia. En un buen puesto de trabajo.
Son muy diferentes, pero tienen algo en común. La locura. Yo les he dado la locura que guardo dentro de mis entrañas.
Antonio estudió medicina. Era todo un genio, ya en la facultad superaba a muchos de sus profesores. Conoció a una chica. Marta no era de la misma clase social que él, pero quedó prendado por su belleza y su inteligencia. Al principio les costó ser aceptados aunque yo siempre estuve de acuerdo con la relación. Pasaron los años, y el matrimonio estaba feliz. Vivíamos todos en la mansión, y yo cuidé a mi nieta Julia, tal y como cuidé a Antonio de pequeño.
Entonces Raúl reapareció. Iba huyendo de una banda de traficantes. Me pidió alojo, me pidió que lo escondiese. Yo no podía negarle nada a mi hijo, así que lo escondí en el cobertizo. Raúl no era cuidadoso, no soportaba estar ahí encerrado todo el día. Se paseaba por los jardines mientras Antonio se pasaba el día en el hospital. Marta lo descubrió y se encapricho de él.
Con tan solo ocho años de su hija y un marido maravilloso, Marta decidió que esta no era la vida disciplinaria que ella quería. Lo dejó todo y se fugó con Raúl.
Tuvieron un accidente de coche trágico en el que Raúl salió casi ileso, pero huyó sin pensárselo dos veces, dejando a Marta herida en el coche. El coche se incendió y Marta empezó a arder como una antorcha. Antonio llegó demasiado tarde, su mujer estaba prácticamente carbonizada. No obstante como si sus lágrimas fuesen un elixir de vida, Marta encontró un hilo de vida. Antonio la trajo a la mansión y empezó a curarla. No descansaba, trabajaba día y noche sin cese. Investigaba, investigaba, ... robaba productos carísimos del hospital para tratar a Marta. Cada día era para ella un suplicio. Sufría muchísimo, ya no era una persona, era simplemente una masa de carne que sufría y sufría. Si hubiese recordado cómo se hablaba le hubiese rogado a Antonio que la dejase morir. Antonio lo sabía, pero se negaba a hacerlo. Yo, viendo su trastorno inminente decidí contarle la verdad a Antonio. La infidelidad de su mujer, la traición de su hermano. Pero fue inútil. Estaba obsesionado. Solo descansaba al lado de la cama de su mujer, ... el olor a carne quemada embriagaba sus sentidos. Cuando no, estaba trabajando. Ni siquiera me explico como pudo soportar ese ritmo tanto tiempo. Lo que no pueda conseguir el amor de un loco, ...
Al cabo de seis meses empezó a mejorar. Ni él mismo se lo esperaba. Esto le motivo a seguir trabajando y a empezar a obtener los primeros resultados de su trabajo. Estaba curando al amor de su vida. Lo estaba consiguiendo. Pero a muy alto coste. Durante meses estuvimos viviendo como vampiros, en oscuridad y sin espejos. Unas pocas gotas de vida para Marta suponían litros de muerte para Antonio. Su fortuna empezó a mermarse, perdió su trabajo, su hija si no hubiese sido por mí hubiese estado totalmente desatendida, ... lo dejó todo. Se entregó por completo.
Un día Julia estaba cantando en el jardín. Una canción que Marta le había enseñado de pequeña. Marta la escuchó, y no pudo reprimir las lágrimas. Por primera vez en mucho tiempo se sintió viva, por primera vez en mucho tiempo se emocionó y recordó lo que era sentir de nuevo. Con muchísimo dolor y esfuerzo se levantó de la cama. Fue casi arrastrándose a la ventana, quería mirar a su hija cantado desde el balcón. Una oleada de esperanza y felicidad estaba inundando su corazón. Por primera vez en mucho tiempo quería seguir viviendo. Cuando llegó a la ventana retiró las cortinas. La luz del Sol empezó a quemar su carne viva, y pudo ver su reflejo en el cristal de la ventana. Pudo ver su rostro ensangrentado cayéndose a tiras. Ese mismo día recuperó la voz, y la perdió en un grito rasgado en toda la mansión. Se esperanzó, se ilusionó, lo esperaba todo de la vida, y de repente lo perdió en décimas de segundo. La única salida que encontró fue el vacío. Se arrojo por el balcón ante la mirada de su hija, que seguía con la canción.
Años después la pequeña Julia salió en busca de su mama. Por el mismo camino por el que la madre se había ido.
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