La cooperatividad es un proceso típico de las sociedades humanas. Consiste en el proceso por el cual una retroalimentación positiva (producto final, estimula los procesos que generan ese producto) empuja los cambios cada vez más fuertemente, y lo que al principio es difícil de que se inicie, cada vez más va adoptando un carácter más exponencial.
Por ejemplo cuándo se pregunta a un grupo de cien individuos si quieres un obtener un cheque de 1000 u.c.e. (Unidad Contable Económica) todos se miran entre ellos, y buscan donde radica el truco. Esos primeros cinco segundos nadie se atreve a levantar la mano.
A los siete segundos medios de inteligencia, un primer listo (o tonto) levanta la mano, al no ver contrariedades ante la suculenta oferta. Entonces un segundo, piensa eso típico de "si a él se lo dan ... yo también quiero" y entonces levanta la mano. Un tercero, algo más indeciso, no sabe si levantar la mano o no, pero al ser dos los implicados ... se une a la noble causa, y si pierde, no estará solo.
Después un cuarto se implica solo porque se apunta a todo lo que sea con tal de formar parte del apogeo social del momento, siempre y cuando supere los tres individuos.
Y los sucesivos individuos, comienzan a apuntarse (no saben muy bien a qué) arrastrados por ese proceso cooperativo. Hacen una especie de competencia estúpida por no ser el número cien en apuntarse (lo que implicaría ser el último). Pero tampoco quisieron, o tuvieron valor, de ser el número uno.
El más curioso de los individuos es el número 99. Este individuo suspirará y dará gracias a su atmósfera circundante por no ser el último. Sentirá esas gotitas de adrenalina, típicas de cuando algo te roza los tobillos pero no te pilla. Se sentirá tremendamente importante. Mirará a su alrededor, buscando aprobación social del número 85, del 41 o del 16. No importa, depende de quién esté cerca. Ya le hemos alegrado el día con el experimento.
El número 100, no obstante sabe que ha sido el último en apuntarse al apogeo social. Por unos segundos se pregunta indeciso si recibirá su cheque de u.c.e. Pero el miedo pasa rápido y se tapona por la repetición reiterada de que "eso no puedo ser". Se autoconvence de que es mejor ser el último. Posiblemente recurra al dicho religioso (aunque no hay tocado misa en la mitad de su vida) de "los últimos serán los primeros". Enterrada su derrota en orgullo y mentiras, levanta la mano y sonríe junto al número 12, que andaba por allí despistado.
Bueno, pues este proceso está completamente generalizado en nosotros, los seres inteligentes. Hemos llegado a un punto donde la supervivencia es aburrida. Ya no corremos para escaparnos de un león. Ya el frío no nos congela. Y la comida no cuelga de árboles, ni hay que desangrarla antes de comérsela.
Por esto mismo lo hemos complicado todo. Lo hemos enrevesado para no aburrirnos.
¿Y que se nos ha ocurrido?
La incompetencia. Ser tontos de remate. O poco inteligentes en su defecto. Ponemos a manejarnos, en la proa del barco hacia un "futuro sostenible" a un dirigente bizco. Que casualmente bizquea hacia la derecha. Que casualmente también en el lado derecho está su bolsillo.
Un bolsillo sin fondo que de vez en cuando no está mal agraciar con lujosos regalos. Hoy un coche, mañana un jamón, pasado mañana 20.000.000 u.c.e. Y por supuesto cada mes, hay que pasar el canastillo (ovalado, sucio, de esparto y modesto ... tipo misa) no vaya a ser que pase hambre.
La tripulación mientras se pelea. Discute por quien va a limpiar el barco, se queja en una esquina de que el pescado sabe mal, o simplemente se lima las uñas en el camerino. Sea como sea no se quejan. ¿Para qué? A ellos no les afecta. Que muerda al que le pique.
Cooperativamente la incompetencia se va haciendo mayor. Premiamos la vulgaridad (incluso la emitimos ocho horas diarias, para que difundiéndola expandamos esa buenaventuranza), valoramos lo sencillo (y si es complejo lo traducimos para analfabetos) y por supuesto ... nos gusta hacernos los tontos.
Hormiguitas gandulas, que pasan de ir en la cola y que esperan encontrarse la comida en el nido. Acumulada y esperando para todo su invierno. Se sientan a echar la siesta. Y cuando el hambre apriete ... se manifiestan. Gritan, encienden luces y no dejan andar a las hormiguitas que trabajan. Así solucionarán su vida.
Y mientras nos entretenemos con estupideces la incompetencia va apoderándose de nuestras aceras. Te la encuentras en la secretaría de la Facultad Computense de Madrid, en la heladería de la Moncloa y en la casa blanquecina, sentada en una butaca de cuero. Metiendo cosas sin parar en el bolsillo (a la derecha al fondo, no tiene pérdida).
Es cooperativo. No tiene límite. Ha empezado y ya no parará. Pronto te la encontrarás también en el váter de casa. Le costó salir a la luz. Pero ahora ya todos caeremos como hormigas.
¿Qué hacemos? ¿Nos volvemos estúpidos? ¿Nos manifestamos? ¿Trabajamos?
25 de septiembre de 2012
24 de septiembre de 2012
Dos minutos antes que el despertador.
Esta mañana he decidido que yo debes ser lo primero que oigas.ME adelantaré a tu despertador, y te susurraré al oído buenos días.
Antes que el Sol, antes de que el bonito sueño que se dibujaba en tu sonrisa llegase a su fin, y por supuesto antes que ninguna otra persona.
Hoy, día sombrío pero a la vez lleno de ilusión, creo que es el momento para los dos. Creo que podemos empezar un nuevo cuento, donde el final no tenga porqué incluir perdices. Si quieres, ni siquiera incluiríamos final.
Nos quedaríamos todo el día ahí parados. En esos dos primeros minutos antes de enamorarnos. Donde tu mirada se funde con la mía y entre los dos la distancia se ruboriza. En ese instante donde la belleza del ayer aún no corre por nuestras venas. Justo antes de que desee tu piel tanto como tú la mía. Un poquito antes de que el reflejo de tus ojos me parezca lo más bonito del mundo.
Nuestro cuento empezaría en esos dos minutos antes, y no terminaría jamás. Las páginas bañadas de tinta no se cansarían de describir ese instante. Los números serían desperdiciados en las esquinas de las hojas. Seguiríamos contando mucho más allá de los días.
Ese momento precioso que tienes antes de despertar. Ese gesto de mirada al infinito que sueles hacer cuando no encuentras las llaves de casa. Esa cara de inspiración que dejas caer cuando no te apetece ir a dormir. Ese suspiro que dejas escapar justo antes de beber agua.
Creo que es importante que lo sepas esta mañana.
Que tengas en cuenta que eres todo lo que jamás he buscado, pero que te he encontrado sin querer.
Que no olvides nunca que no importa lo que pase mañana. Hoy quiero verte sonreír.
Que sin necesidad de que me lo digas, se que tus ojos saben lo mismo que yo se.
Que aunque sea demasiado pronto ... y aunque no quieras nada más que oír el ring de tu despertador, no me importa. Esta mañana te voy a despertar yo con un te quiero.
Quizás lo amenice con una sonrisa tímida. Espero que los primeros rayos de Sol adornen la escena. Grabaré ese primer gesto para añadirlo a mi lista de perdiciones. Esos primeros ojos tímidos que intentarán traducir mi atrevimiento. Quizás también lo edulcore con unos trocitos de cielo.
Ya me voy. Estás a punto de despertar y tengo que prepararme, no vaya a ser que el despertador se me vuelve a adelantar. Seguro que vas por la parte donde el mundo está al revés y tú puedes volar en todas las direcciones del espacio. Tu sueño preferido.
Espérame mi vida. Salgo ya. No despiertes hoy sin mí.
Antes que el Sol, antes de que el bonito sueño que se dibujaba en tu sonrisa llegase a su fin, y por supuesto antes que ninguna otra persona.
Hoy, día sombrío pero a la vez lleno de ilusión, creo que es el momento para los dos. Creo que podemos empezar un nuevo cuento, donde el final no tenga porqué incluir perdices. Si quieres, ni siquiera incluiríamos final.
Nos quedaríamos todo el día ahí parados. En esos dos primeros minutos antes de enamorarnos. Donde tu mirada se funde con la mía y entre los dos la distancia se ruboriza. En ese instante donde la belleza del ayer aún no corre por nuestras venas. Justo antes de que desee tu piel tanto como tú la mía. Un poquito antes de que el reflejo de tus ojos me parezca lo más bonito del mundo.
Nuestro cuento empezaría en esos dos minutos antes, y no terminaría jamás. Las páginas bañadas de tinta no se cansarían de describir ese instante. Los números serían desperdiciados en las esquinas de las hojas. Seguiríamos contando mucho más allá de los días.
Ese momento precioso que tienes antes de despertar. Ese gesto de mirada al infinito que sueles hacer cuando no encuentras las llaves de casa. Esa cara de inspiración que dejas caer cuando no te apetece ir a dormir. Ese suspiro que dejas escapar justo antes de beber agua.
Creo que es importante que lo sepas esta mañana.
Que tengas en cuenta que eres todo lo que jamás he buscado, pero que te he encontrado sin querer.
Que no olvides nunca que no importa lo que pase mañana. Hoy quiero verte sonreír.
Que sin necesidad de que me lo digas, se que tus ojos saben lo mismo que yo se.
Que aunque sea demasiado pronto ... y aunque no quieras nada más que oír el ring de tu despertador, no me importa. Esta mañana te voy a despertar yo con un te quiero.
Quizás lo amenice con una sonrisa tímida. Espero que los primeros rayos de Sol adornen la escena. Grabaré ese primer gesto para añadirlo a mi lista de perdiciones. Esos primeros ojos tímidos que intentarán traducir mi atrevimiento. Quizás también lo edulcore con unos trocitos de cielo.
Ya me voy. Estás a punto de despertar y tengo que prepararme, no vaya a ser que el despertador se me vuelve a adelantar. Seguro que vas por la parte donde el mundo está al revés y tú puedes volar en todas las direcciones del espacio. Tu sueño preferido.
Espérame mi vida. Salgo ya. No despiertes hoy sin mí.
El tiempo muerto.
Era una mañana de octubre. Las hojas de los árboles todavía seguían peleando por quedarse pegadas. Otras sin embargo ya avían sucumbido y habían aceptado que su destino era pedecer. Bailoteaban al ritmo del viento.Sara esperaba sentada en una butaca acolchonada. Al principio siempre se ponía mirando hacia la cama de Pablo. Pero poco a poco la costumbre fermentó, y se ponía de lado a la cama. Donde pudiese ver el tiempo pasar por la ventana y a la vez a su marido tumbado junto a ella.
El tiempo se acumulaba en su alma, como el polvo del hospital se agolpaba en las esquinas. Cada día la esperanza volvía a ella con la misma facilidad con que huía escaldada.
Pasaba las horas muertas en aquellas cuatro paredes. Miraba a todos sitios, se ponía todo tipo de juegos mentales que amenizasen la espera, incluso aprovechando que el desconsuelo aún no había venido a por ella se imaginaba como de maravillosa sería la vida cuando Pablo despertase.
Vida que se les había arrebatado a ambos hacía dos años.
Muchos admiraban la fe incondicional de Sara. Otros no podían entenderla y criticaban su agonía. La mayoría no comprendía lo que era ver las agujas del reloj pasar. Tener el corazón en el filo del cuchillo y no tener respuestas.
El leve goteo de un suero, una maquina que hincha sus pulmones y dos agujas atravesando sus venas. Eso era en lo que se había convertido el amor de su vida. El hombre que un día le hizo reír, y que ahora ya no podría volver a reír.
Cuando Sara hacía su inspección diaria a los azulejos del techo, algo insólito ocurrió sin avisar.
Sara miró atónita al cabecero de la cama. Era imposible lo que estaba viendo. Limpió sus párpados con aspavientos y se aseguró por tercera vez de que lo que estaba viendo era lo correcto.
Ya casi segura de que Pablo estaba moviendo los pies. no supo si moverse ella. No quería hacer ruído por si espantaba ese momento. Tampoco quería hablar para no perder detalle. Se paralizó de repente. El miedo a que fuese una falsa alarma, era mucho mayor que el deseo de que Pablo despertase.
La puerta hizo el típico chirrido de siempre.
Un enfermera despistada entró a la habitación mascando chicle. Se detuvo al ver la cara pálida de Sara. Entonces, un nervio guardián en la boca de Sara hizo su entrada triunfal.
- Por favor ... un médico.
La enfermera se dió la vuelta y desapareció por la puerta que hacía un segundo la había visto entrar.
Gracias a la obligación social Sara había despertado de su embobamiento. Se acercó desesperada a la cama de Pablo y desparramada empezó a tocarle la cara.
- Pablo ¿me oyes? soy yo ...
Pablo movió los pies aún con más fuerza de un lado a otro, describiendo órbitas, como si intentase dibujar el infinito.
Los ojos de Sara se debilitaron y empezaron a derramar la alegría que brotaba de su corazón. Ahora si. Había llegado el momento de salir de ahí. Por fin el tiempo estaba resucitando. Por fin le iban a devolver todo aquello que le habían quitado.
La puerta volvió a chirriar. Sara levantó la mirada para ver como un doctor serio y bajito entraba por la puerta a toda prisa. Detrás, la enfermera, algo más atenta, miraba curiosa la escena.
- Doctor, está despertando ¿lo ve? - esclamó Sara con un sollozo esperanzado.
El doctor, cuya chapa verde y desgastada colgada de su corazón, presumía de un título enrarecido, la miró dubitativo. Como un granjero que sabe que tendrá que matar al caballo herido. Sacó una linternita de su bolsillo. Separó los párpados de Pablo que ya casi se habían soldado con el tiempo. Sus ojos azules seguían tan preciosos como el primer día. Pero era una belleza muerta.
- Lo siento señora, pero en estos casos no es bueno que muevan las piernas ...
15 de septiembre de 2012
Fisura en la plata.
Esta noche como cada una de tus noches no puedo dormir. No me queda otra cosa que empezar a recordarte. Retomar la historia desde el principio hasta el final.
Recuerdo cada matiz, cada mirada, cada detalle insignificante, cada color, cada suspiro y por supuesto cada lágrima.
Esta noche, como cada noche que te desempolvo he empezado a levantarme la piel. Tira a tira he aguantado el dolor sin quejarme. Y todo porque de mis labios ya no eres dueño. Y todo porque mis ojos todavía te recuerdan. Y todo por no tener nada mejor que hacer que sufrirte.
Grabado te di mi amor en plata. Para que nunca lo perdieras. Para que siempre lo tuvieses contigo. Pero nada de mis palabras sinceras creíste.
Te apuntabas los aniversarios en el calendario, mientras yo me ocupaba de vivirlos. Reías con tus amigos mi desesperación mientras yo me ocupaba de llorarla.
¿De qué pedazo de carne me enamoré exactamente? ¿donde estuvo mi error garrafal? ¿Cómo es posible que algo a lo que yo quise sea capaz de hacer tanto daño? Ni yo mismo soy capaz de entenderlo.
Fugas que salen de mi cabeza atormentada. Lágrimas que se escapan a mi control. Lamentos sin sentido escritos día a día con tu nombre cifrado en el reverso.
Y mi corazón que no se atreve a volver a latir. No quiere hacer ruido no te vayas a despertar de nuevo. No obstante de vez en cuando necesita vivir. Es entonces cuando el roce de tu piel escapa por una pequeña fisura de su comisura.
Has podido olvidar. Has podido volver a ser feliz. Has podido crecer sin mi. Pero no lo que nunca podrás dudar, amor, es que yo jamás te olvidaré ahí donde vaya.
En cada noche en vela pondré una nueva capa de tapizado a mi corazón. Poco a poco dejaré de escucharlo y tu cara se irá emborronando con mi olvido. Llegará el día donde tu nombre se quedará oxidado para mi. Hasta entonces no me queda otro remedio que sobrevivir con la lengua cosida a los labios.
Ni se te ocurra volver la cara por la acera. Se que eres incapaz de mirarme a lo ojos. Yo tampoco podría. Pero a mi me debes eso como mínimo. A mi no me vengas con explicaciones ni con recuerdos estúpidos. No me preguntes por el tiempo, la vida o la cicatriz en mi mejilla. No quieras saber de mi trabajo o de mis amigos. A mi me debes mucho más que eso.
¿Cómo pudiste dudar un día de lo que mis labios no te decían?
Puede que fuese incapaz de abrazarte con amor. A veces no te podía ni mirar a la cara. Otras veces solo podía repudiarte y odiarte. La mayoría de las veces me notabas obligado.
Pero que no se te olvide. Que no se te vaya de la mente ni por un momento. Que eras mucho más de lo que más quería en este mundo. Que mis formas no eran las formas, pero no dejaban de ser mis formas. Y que si hubiese hecho falta morir por ti, tres mis veces me hubiera abierto las venas.
Eso que dudaste, y que jamás creíste era la única verdad que he sido capaz de tejer.
Eso que te repito cada noche, pero que tú eres incapaz de escuchar.
Eso por lo que muero y moriré.
Eso por lo que cada latido me cuesta la vida.
Eso mismo, por lo que tú ya eres feliz.
Recuerdo cada matiz, cada mirada, cada detalle insignificante, cada color, cada suspiro y por supuesto cada lágrima.
Esta noche, como cada noche que te desempolvo he empezado a levantarme la piel. Tira a tira he aguantado el dolor sin quejarme. Y todo porque de mis labios ya no eres dueño. Y todo porque mis ojos todavía te recuerdan. Y todo por no tener nada mejor que hacer que sufrirte.
Grabado te di mi amor en plata. Para que nunca lo perdieras. Para que siempre lo tuvieses contigo. Pero nada de mis palabras sinceras creíste.
Te apuntabas los aniversarios en el calendario, mientras yo me ocupaba de vivirlos. Reías con tus amigos mi desesperación mientras yo me ocupaba de llorarla.
¿De qué pedazo de carne me enamoré exactamente? ¿donde estuvo mi error garrafal? ¿Cómo es posible que algo a lo que yo quise sea capaz de hacer tanto daño? Ni yo mismo soy capaz de entenderlo.
Fugas que salen de mi cabeza atormentada. Lágrimas que se escapan a mi control. Lamentos sin sentido escritos día a día con tu nombre cifrado en el reverso.
Y mi corazón que no se atreve a volver a latir. No quiere hacer ruido no te vayas a despertar de nuevo. No obstante de vez en cuando necesita vivir. Es entonces cuando el roce de tu piel escapa por una pequeña fisura de su comisura.
Has podido olvidar. Has podido volver a ser feliz. Has podido crecer sin mi. Pero no lo que nunca podrás dudar, amor, es que yo jamás te olvidaré ahí donde vaya.
En cada noche en vela pondré una nueva capa de tapizado a mi corazón. Poco a poco dejaré de escucharlo y tu cara se irá emborronando con mi olvido. Llegará el día donde tu nombre se quedará oxidado para mi. Hasta entonces no me queda otro remedio que sobrevivir con la lengua cosida a los labios.
Ni se te ocurra volver la cara por la acera. Se que eres incapaz de mirarme a lo ojos. Yo tampoco podría. Pero a mi me debes eso como mínimo. A mi no me vengas con explicaciones ni con recuerdos estúpidos. No me preguntes por el tiempo, la vida o la cicatriz en mi mejilla. No quieras saber de mi trabajo o de mis amigos. A mi me debes mucho más que eso.
¿Cómo pudiste dudar un día de lo que mis labios no te decían?
Puede que fuese incapaz de abrazarte con amor. A veces no te podía ni mirar a la cara. Otras veces solo podía repudiarte y odiarte. La mayoría de las veces me notabas obligado.
Pero que no se te olvide. Que no se te vaya de la mente ni por un momento. Que eras mucho más de lo que más quería en este mundo. Que mis formas no eran las formas, pero no dejaban de ser mis formas. Y que si hubiese hecho falta morir por ti, tres mis veces me hubiera abierto las venas.
Eso que dudaste, y que jamás creíste era la única verdad que he sido capaz de tejer.
Eso que te repito cada noche, pero que tú eres incapaz de escuchar.
Eso por lo que muero y moriré.
Eso por lo que cada latido me cuesta la vida.
Eso mismo, por lo que tú ya eres feliz.
13 de septiembre de 2012
Dicen que dicen por ahí.
Que si vas por la calle y te sopla el viento a favor es tu día de suerte. Que si miras por el cristal, buscando un rayo de Sol encontrarás el color invisible. Que si escribes con los ojos cerrados se escuchará la poesía más preciosa del mundo. Que si dejas en la nevera un trozo de queso y unas naranjas maduras, a otra maña alguien te llevará el desayuno a la cama. Que si te sientas en la orilla de un lago a esperar algo sin saber qué encontrarás tu camino en la vida. Que si subiendo las escaleras se te ocurre mirar atrás verás que algo o alguien siempre está detrás para evitar que te caigas. Que si te apetece besar a alguien y no te atreves solo tienes que cerrar los ojos y esperar que su sabor calle tu silencio. Que si permites la maldad del mundo irás al infierno pues eres tan malos como todos. Que si sientes que alguien está cerca de tu hombro derecho pero al girarte no ves nada, no importa, ha estado ahí. Que si pintas con los dedos secos la cara del amor tu cabeza imaginará a la persona por la que morirías. Que si mientras estás llorando eres capaz de sonreír tus lágrimas se secarán al instante. Que si mantienes la mente en blanco más de cinco segundos tu mayor complejo llenará esa soledad. Que si escuchas la canción de las mariposas de la Torre de Babel es que estás muerto. Que si la vida ya no te habla y nada tienes ya por lo que mirar es el momento de andar al avismo. Que si sumas dos y dos no siempre obtendrás un cuatro. Que cuando seas capaz de mirarte a tus propios ojos sin ncesidad de un espejo enloquecerás al entender lo bonitos que son. Que si bailas encima de un pasillo de agua despertarás a las sirenas del Atlántico. Que si no cabes, no tienes más que ponerte de lado y contener la respiración hasta que pase la tempestad. Que si se te ocurre algo mejor que decir, nunca es demasiado tarde.
Que lo negro no siempre se pinta con tinta blanca.
Que lo negro no siempre se pinta con tinta blanca.
12 de septiembre de 2012
Observaciones de un escritorio gris.
En una tarde en la que la cola del paro era un escenario más que cotidiano y aburrido, un científico solitario decidió invertir su tiempo en una actividad no remunerada.
Cogió una placa petri de vidrio. En ella preparó un caldo de cultivo especial. Un caldo de cultivo con una fórmula que jamás había inventado nadie y cuya composición era absolutamente restrictiva. Nada, excepto su unidad operativa de estudio podría crecer ahí.
Añadió unas gotas de una sustancia rosa. Amargura con resentimiento. Libertad concentrada. Y felicidad a una molaridad desorbitada. Todo ello lo removió con aguas turbias de un estanque del Manzanares y lo hizo semisólido con unos gramos de agar.
Decidió añadir un condicionante extra. Sometió a la placa a unos constantes y agradables 37 grados centrígrados. Y dejó la placa constantemente abierta y enfocada con una lente tallada por el mismo Antonie van Leeuwenhoek.
Era el momento perfecto para hacer el cultivo. Mutó una población bacteriana hasta ahora no conocida para la ciencia. La cogió de cualquier sitio que se te pueda ocurrir. La cabina de teléfono, el parque, el colegio, tu casa, tu cama ... la atrapó de manera muy sencilla. Solo le prometió que se lo pasaría bien y que no se arrepentiría.
Las mutaciones fueron muy sencillas:
Cogió una placa petri de vidrio. En ella preparó un caldo de cultivo especial. Un caldo de cultivo con una fórmula que jamás había inventado nadie y cuya composición era absolutamente restrictiva. Nada, excepto su unidad operativa de estudio podría crecer ahí.
Añadió unas gotas de una sustancia rosa. Amargura con resentimiento. Libertad concentrada. Y felicidad a una molaridad desorbitada. Todo ello lo removió con aguas turbias de un estanque del Manzanares y lo hizo semisólido con unos gramos de agar.
Decidió añadir un condicionante extra. Sometió a la placa a unos constantes y agradables 37 grados centrígrados. Y dejó la placa constantemente abierta y enfocada con una lente tallada por el mismo Antonie van Leeuwenhoek.
Era el momento perfecto para hacer el cultivo. Mutó una población bacteriana hasta ahora no conocida para la ciencia. La cogió de cualquier sitio que se te pueda ocurrir. La cabina de teléfono, el parque, el colegio, tu casa, tu cama ... la atrapó de manera muy sencilla. Solo le prometió que se lo pasaría bien y que no se arrepentiría.
Las mutaciones fueron muy sencillas:
- Limitaba el número de replicaciones, por tanto las bacterias podrían dividirse de forma finita hasta llegar a su límite y después formar una población constante.
- La célula hija sería desgraciada de por vida. Jamás podría replicar.
- Retrasó la senescencia celular haciendo que el envejecimiento fuese casi nulo.
- Inhibió por completo la apoptosis pero no la desgracia celular antecesora.
- Por último añadió un plásmido superfluo que codificaba para una proteína globular: la mariconerasa. Esta proteína que fomentaba el apetito lujurioso de manera exorbitada.
Una vez hechos los cambios, las bacterias mutantes, a las que bautizó como "las pedigreesas" fueron cultivadas en la placa. Les costó adaptarse al que tenía que ser su nuevo comportamiento. Más aún les costó adaptarse a su nuevo ambiente. No obstante lo consiguieron. Fundaron en muy pocos días una población totalmente preparada para la vida moderna.
Entonces, nuestro curioso y maligno científico decidió observar meticulosamente su comportamiento. Pudo comprobar sus teorías. Pudo comprobar sus miedo. Demostró lo que todo ser sabría que pasaría.
Las bacterias llegaron a su límite. Todas se conocían entre ellas. Eran miles y miles. No había turnover celular. Las bacterias sintetizaban mariconerasa de manera casi exponencial. Por ello, estaban constantemente haciendo conjugación entre ellas. No eran capaces de hacer sexo como Dios manda. Así que inventaron lo que más se le parecía, imitando la postura propiamente sexual y dibujando sentimientos que ellas eran incapaces de sentir en su sonrisa. Una vez su apetito carnal era saciado, la mariconerasa se degradaba de forma automática. Entonces las bacterias se separaban y cada una seguía su camino en la placa.
No obstante a las pocas semanas, cuando ambas habían agotado su afluencia de contactos sexuales, entonces volvían a quedar y se volvía a dar el despliegue de mariconerasa.
El proceso era cíclico y continuo. El curioso científico añadía nutrientes de forma constante. Esperó durante años observando la situación sentado en su escritorio de madera gris.
Nada cambio. Todo siguió igual durante años.
El científico aniquiló la población e hizo una repetición más del experimento. La nueva generación, tras establecerse siguió el mismo patrón comportamental que la anterior. Sin excepción. Exactamente lo mismo.
El científico curioso suspiró. Quería ver algo menos obvio. Quería ver originalidad. Quería ver que alguna de las bacterias usase una vía distinta al sexo para degradar la mariconerasa y que buscasen una forma de evolución para aumentar la población. Quería observar picardía. Voluntad. Inteligencia. Quería observar cambio.
Entonces, se le ocurrió añadir una perturbación sin precedentes. Creo un virus. Un virus que se transmitiría a través del amor. Llamo al virus "Sinuoso Impoluto Dando Amor". Ya que se transmitía de forma difusa pero eficiente, cada vez que las bacterias conjugasen entre ellas. Era mortal y cruel. Las mataba por dentro. Les pudría el corazón.
Lo introdujo en la población.
Se extendió como la espuma. Las bacterias vieron como sus hijos, sus amigos, sus vecinos y sus follamigos más íntimos morían delante de sus ojos.
El científico curioso se reía de ese dolor. De su hazaña. De su perturbación exultante.
Decidió añadir nuevas bacterias al agregado. Bacterias que pudiesen aprender de los errores del pasado al ver los cadáveres de sus antecesores. Su dolor desparramado por toda la placa petri.
Efectivamente aprendieron la lección. Pero no de la forma que el curioso científico esperaba.
Estas bacterias no dejaron atrás la dinámica de quedar-amarse-separarse-olvidarse-quedar ... pero se protegieron contra el virus fabricando una pared bacteriana impermeable que hacía que las bacterias pudiesen amarse pero sin tan siquiera llegar a tocarse. Se amaban separadas por una fina membrana.
De esta forma podían degradar su hormona maldita. Y podían salvar su vida.
E científico no supo que hacer. Las bacterias no eran capaces de evolucionar. Y para una vez que lo hacían era para poder seguir el mismo camino estúpido.
Entonces reculó en la investigación. Decidió fundar una nueva población en la placa. Esta placa, tendrían la mitad de genes codificantes para la mariconerasa. De esta forma no tendrían tanta enzima y por tanto no sentirían tanto deseo carnal.
Estas bacterias se integraron a duras penas en la población. Pero lo hicieron. Su forma de actuar era distinta. Estas bacterias se agrupaban en parejas. Todos los días conjugaban con tan solo una bacteria, a la cual habían examinado como un borrego antes de ponerle la mano enzima, comprobando así que no estuviesen infectadas por el virus. No dejaban de conjugar. Pero siempre sobre seguro.
Pero los resultados fueron devastadores ... el comportamiento de la población total cambio. Todas las bacterias realizaban la dinámica por parejas de forma intercalada. Épocas en pareja, donde la conjugación se hacía sin protección. Épocas de promiscuidad, donde la protección era esencial para evitar la muerte segura.
Así se extendió durante generaciones ese tipo de amor absurdo basado en la mariconerasa. Amor que solo servía para marchitarse poco a poco. Amor que no tenía nada que ver con el amor de verdad. Amor cíclico que solo provocaba déficit bacteriano. Desgaste vital.
El científico siguió observando la dinámica de la población. Pero esta vez sin ningún tipo de curiosidad. Sabía perfectamente lo que iba a pasar, por los siglos de los siglos.
10 de septiembre de 2012
La parte que me toca.
Antes de nacer no eran nada. Nada que escribir ni nada que decir. Pero no nada de esos "nada" que ya son algo siendo nada. No. En este caso eran nada de la nada.
Pero un día el azar quiso hacerlo así. Y quiso que ambos nacieran. Al principio no eran más que un trozo de carne móvil y con sonrisa, pero poco a poco el tiempo les fue dando forma. Eran dos hermanos aparentemente distintos.
Pero eran solo aparencias ... en el fondo eran tremendamente iguales. Compartían la misma desviación atípica del ojo derecho, la misma inteligencia sobrehumana, la misma voz quebrada, la misma sensibilidad arrogante y por supuesto la misma madre.
Crecieron juntos entre risas y lágrimas, pero como a todo niño, su tiempo llegó a su fin. Llego el momento de elegir. Llegó el momento de decidir crecer y saber lo que ívamos a terminar siendo en un futuro no muy lejano. Ambos nos miramos a la cara y supumos perfectamente que nuestros caminos estarían totalmente separados.
A él le dolió lo mismo que a mi me dolió al nacer. Por sus venas corría mi sangre inquieta. Por mis labios resbalaba su saliva con sabor a limón. Ambos nos podríamos haber defendido con las mismas armas. Seguir juntos pasase lo que pasase. Pero no fue así.
Él eligió la senda de la vida. Se hizo fuerte, muy fuerte. Impregno su alma de una sustancia más negra y viscosa que el alquitrán. Odiaba a todo el mundo. Usaba a todo el mundo para sus propias metas. No temía estar solo, ya lo estaba desde un principio. Esa era su mejor arma, no tener miedo a la soledad que él mismo se había condenado y sentenciado. A cambio nunca nadie le pondría de nuevo la mano encima. Su conciencia jamás tocaría a la puerta. Viviría, odiaría y por supuesto mentiría.
Yo en cambio no fui capaz de irme por su mismo camino. Mi senda fue la de la desesperación. Me faltó valor para decir adiós y decidí permanecer mal acompañado el resto de mi vida. Al menos así, no estaría solo. Lágrimas, tristeza, desholación y malestar vital. Esas cosas las cosas que día a día me toca deshechar por la ventana. Tapicé mi corazón en plata hirviendo para asegurarme que ni yo mismo pudiese nunca volver a tocarlo. Mi defensa no fue otra que no defenderme, dejar que me pegaran todo lo que quisiesen y más. Arrancarme la piel y aguantar el dolor. A cambio podría dormir tranquilo por las noches ... pero nunca solo, siempre con mi conciencia al lado. La única a la que ya le devía lealtad. Moriría, odiaría y por supuesto mentiría.
La parte que me toca no es la mejor parte de todas. Ni yo soy más bueno ni él es más malo. A veces pienso que hubiese ocurrido si me hubiese ido con él de la mano. Pero ya es demasiado tarde. De nada sirve pensar lo que hubiese pasado entonces.
Solo seguimos siendo dos trozos de carne. Algo más grandes y un poco más inteligentes. Dos victimas, a fin de cuentas que han decidido maneras diferentes para defenderse de su pasado.
No obstante seguimos teniendo cosas en común. Nunca querremos a nadie realmente. Somos incapaces de eso. Sentimos más que lo que nadie pueda sentir jamás. Pero solo podemos verlo y olerlo, nunca podremos tocarlo. Se nos ha sido arrebatado el don de abrazar la felicidad y dejar que nos quieran.
Ya es demasiado tarde para ambos. No podemos cambiar nada de ésto, porque ambos somos así. Nuestro ser es así. Nuestros recuerdos son nuestro ser. Hablaríamos de dos personas distintas, con diferentes ojos, si cambiasemos ésto. Lo máximo que podemos hacer es lamentarnos por nuestra decisión.
¿La única verdad que nos queda?
Que nada es verdad. Todo es mentira.
Pero un día el azar quiso hacerlo así. Y quiso que ambos nacieran. Al principio no eran más que un trozo de carne móvil y con sonrisa, pero poco a poco el tiempo les fue dando forma. Eran dos hermanos aparentemente distintos.
Pero eran solo aparencias ... en el fondo eran tremendamente iguales. Compartían la misma desviación atípica del ojo derecho, la misma inteligencia sobrehumana, la misma voz quebrada, la misma sensibilidad arrogante y por supuesto la misma madre.
Crecieron juntos entre risas y lágrimas, pero como a todo niño, su tiempo llegó a su fin. Llego el momento de elegir. Llegó el momento de decidir crecer y saber lo que ívamos a terminar siendo en un futuro no muy lejano. Ambos nos miramos a la cara y supumos perfectamente que nuestros caminos estarían totalmente separados.
A él le dolió lo mismo que a mi me dolió al nacer. Por sus venas corría mi sangre inquieta. Por mis labios resbalaba su saliva con sabor a limón. Ambos nos podríamos haber defendido con las mismas armas. Seguir juntos pasase lo que pasase. Pero no fue así.
Él eligió la senda de la vida. Se hizo fuerte, muy fuerte. Impregno su alma de una sustancia más negra y viscosa que el alquitrán. Odiaba a todo el mundo. Usaba a todo el mundo para sus propias metas. No temía estar solo, ya lo estaba desde un principio. Esa era su mejor arma, no tener miedo a la soledad que él mismo se había condenado y sentenciado. A cambio nunca nadie le pondría de nuevo la mano encima. Su conciencia jamás tocaría a la puerta. Viviría, odiaría y por supuesto mentiría.
Yo en cambio no fui capaz de irme por su mismo camino. Mi senda fue la de la desesperación. Me faltó valor para decir adiós y decidí permanecer mal acompañado el resto de mi vida. Al menos así, no estaría solo. Lágrimas, tristeza, desholación y malestar vital. Esas cosas las cosas que día a día me toca deshechar por la ventana. Tapicé mi corazón en plata hirviendo para asegurarme que ni yo mismo pudiese nunca volver a tocarlo. Mi defensa no fue otra que no defenderme, dejar que me pegaran todo lo que quisiesen y más. Arrancarme la piel y aguantar el dolor. A cambio podría dormir tranquilo por las noches ... pero nunca solo, siempre con mi conciencia al lado. La única a la que ya le devía lealtad. Moriría, odiaría y por supuesto mentiría.
La parte que me toca no es la mejor parte de todas. Ni yo soy más bueno ni él es más malo. A veces pienso que hubiese ocurrido si me hubiese ido con él de la mano. Pero ya es demasiado tarde. De nada sirve pensar lo que hubiese pasado entonces.
Solo seguimos siendo dos trozos de carne. Algo más grandes y un poco más inteligentes. Dos victimas, a fin de cuentas que han decidido maneras diferentes para defenderse de su pasado.
No obstante seguimos teniendo cosas en común. Nunca querremos a nadie realmente. Somos incapaces de eso. Sentimos más que lo que nadie pueda sentir jamás. Pero solo podemos verlo y olerlo, nunca podremos tocarlo. Se nos ha sido arrebatado el don de abrazar la felicidad y dejar que nos quieran.
Ya es demasiado tarde para ambos. No podemos cambiar nada de ésto, porque ambos somos así. Nuestro ser es así. Nuestros recuerdos son nuestro ser. Hablaríamos de dos personas distintas, con diferentes ojos, si cambiasemos ésto. Lo máximo que podemos hacer es lamentarnos por nuestra decisión.
¿La única verdad que nos queda?
Que nada es verdad. Todo es mentira.
4 de septiembre de 2012
El calor de Bruno.
Bruno se levantó después de un par de vueltas en la cama. Esa noche se había acostado con el plan muy bien aprendido, y después de que las luces de la casa se extinguieran, ya no quedaban testigos despiertos que pudiesen perturbar el sueño de Bruno. O al menos eso había calculado él.
Pero algo no iba bien. Algo daba vueltas en la cabeza de Bruno, como un caramelo olvidado en el bolsillo del pantalón que se gira en la lavadora.
Bruno tuvo que levantarse y repasar su plan una vez más. Pero esta vez por escrito. Subrayadores a todo color, letra de embajada y papel de calidad fueron las victimas que Bruno eligió. En un cuadro colocó todos y cada uno de sus objetivos más íntimos. Incluyendo, por supuesto, fechas, horarios, detalles ...
Todo era perfecto. Reflejadas las intenciones y demostradas las expectativas, ahora Bruno podría dormir en paz. Tras colgar su preciado trabajo en la nevera volvió a la cama y se dispuso, a esta vez si, dormir hasta que amaneciese.
No funcionó. Bruno volvió a la misma rutina de dar vueltas y vueltas. Entonces supo cual sería la solución definitiva.
Se levantó y abrió la tapa de su nuevo ordenador portátil. No eran horas adecuadas para estar delante de un ordenador, pero Bruno sabía que no importaba la hora o el día, su mejor amigo nunca le fallaba.
- Hola, caracola.
- Vaya, si que estás contento Bruno. ¿Sabes qué hora es?
- Claro que si. En mi casa también hay relojes. He venido a darte el beso de buenas noches.
- ¿Qué te pasa? Estás muy raro ...
- La verdad es que no lo se ... supongo que sigo con el mismo mecanismo de defensa ancestral de siempre.
- Que es ...
- Sonreír. Todo lo que puedo. A veces me duelen los pómulos de hacerlo. Sobre todo en esos eventos sociales donde no me lo paso tan tan bien ...
- Sonreír es bueno para un niño. Pero Bruno ya no es un niño. No está mal que estés serio de vez en cuando.
- ¿Y si quiero seguir siendo un niño?
- Demasiado tarde para reclamar ese derecho. Hace mucho que eres un hombre.
- A veces me gustaría seguir, aunque solo sea por una vez, mi plan original. Ser fiel mi mismo y no desear hacer mañana lo que ya, empezando por hoy, no estoy haciendo. Eso me frusta, me crea decepción conmigo mismo y a fin de cuentas ... desconfianza.
- Es normal. Caes en las piedras que tu mismo te vas colocando en el camino.
- Lo se. Creo que en el fondo lo hago más complicado para no aburrirme. A drede, ya me entiendes. Me ayuda a seguir.
- ¿Crees que mañana será diferente? ¿Que la semana que viene serás una persona nueva? ¿Que dentro de un mes, tu madre tendrá que pedirte el DNI para dejarte entrar a casa?
- No. Realmente creo que no. Nunca cambiaré, al menos haciendo las mismas cosas que hago hasta ahora.
- ¿Qué cosas haces Brunito?
- Nada.
- Algo harás ...
- Nada, tirando a algo. Pero nada a fin de cuentas. No mantengo demasiado tiempo nada vivo. Hasta el Aloe Vera se me ha muerto ... verás cuando se marchite y lo vea mi madre.
- ¿Tanto te importa lo que piense ella?
- No ... creo.
- ¿Por qué nunca abres esa puerta Bruno?
- Está prohibida. Ese tema sabes que no me gusta tocarlo.
- Lo se, no tienes que jurarmelo. Pero es algo que quizás te ayude.
- No tengo confianza con nadie como para eso. Ni siquiera contigo. Ya no.
- Es normal que no la tengas conmigo y menos a través de una pantalla. Pero ¿contigo mismo? Date un respiro.
- Creo que tienes razón. Pero no es el momento. Lo he intentado muchas veces, y ahora no es el momento. Es como el gran muro de Berlín. Puedo correr hacia él queriendo tirarlo y estamparme y caerme de culo. Después daré la vuelta y con la frente ensangrentada me iré escaldado. Mi fe crecerá a la vez que mi dolor irá desapareciendo. Pero cuando me plantee mi segundo asalto, se perfectamente que volveré a derramar sangre a cambio de unas chinajas del muro. Mi fe en tirarlo nunca morira, pero todo a su tiempo ...
- Sutíl metáfora la tuya, y más conociendote. ¿Qué piensas hacer?
- Sonreír. Hasta el límite. E intentar ser más realista. Salir de mi pompa.
- ¿Pompa?
- Si, ya sabes a lo que me refiero, mi circulo vicioso.
- Estoy de acuerdo contigo. Siempre terminas siendo tu propio enfermero y ...
- Y mi propia enfermedad. Lo se.
- Hablando de enfermedad ...
- Estoy bien. Mejor de lo que soy capaz de presumir.
- Quizás sea esa risoterapia tuya la que te esté ayudando.
- Es posible. Pero la verdad es que hace tiempo que estoy bastante bien. Exceptuando mis fantásticos excesos que hay que pagarlos claro está.
- ¿Cómo el de no dormir?
- Tan sutiles son mis metáforas como tu forma de echarme ...
- Te puedes quedar el tiempo que quieras, yo soy el que no duerme aquí. Tú todavía tienes que seguir haciendo ese tipo de costumbres. Son saludables.
- ¿Me das un abrazo?
- No tienes que pedirlo Bruno.
- Es que si no, no se como arrancar ...
- No es difícil. Abres los brazos, pones cara de mimo y esperas a que el otro se ponga receptivo ...
- Eres un tonto ¿lo sabías?
- Un tonto al que adoras.
- Un tonto al que quiero.
- Demasiado tarde para enamorarte de mi.
- Nunca me habría enamorado de tí antes. Eras horrible ...
- Creo que es hora de despedirse, estamos entrando en aguas pantanosas.
- Ya tengo los brazos abiertos, y la cara de perrito abandonado ...
Pero algo no iba bien. Algo daba vueltas en la cabeza de Bruno, como un caramelo olvidado en el bolsillo del pantalón que se gira en la lavadora.
Bruno tuvo que levantarse y repasar su plan una vez más. Pero esta vez por escrito. Subrayadores a todo color, letra de embajada y papel de calidad fueron las victimas que Bruno eligió. En un cuadro colocó todos y cada uno de sus objetivos más íntimos. Incluyendo, por supuesto, fechas, horarios, detalles ...
Todo era perfecto. Reflejadas las intenciones y demostradas las expectativas, ahora Bruno podría dormir en paz. Tras colgar su preciado trabajo en la nevera volvió a la cama y se dispuso, a esta vez si, dormir hasta que amaneciese.
No funcionó. Bruno volvió a la misma rutina de dar vueltas y vueltas. Entonces supo cual sería la solución definitiva.
Se levantó y abrió la tapa de su nuevo ordenador portátil. No eran horas adecuadas para estar delante de un ordenador, pero Bruno sabía que no importaba la hora o el día, su mejor amigo nunca le fallaba.
- Hola, caracola.
- Vaya, si que estás contento Bruno. ¿Sabes qué hora es?
- Claro que si. En mi casa también hay relojes. He venido a darte el beso de buenas noches.
- ¿Qué te pasa? Estás muy raro ...
- La verdad es que no lo se ... supongo que sigo con el mismo mecanismo de defensa ancestral de siempre.
- Que es ...
- Sonreír. Todo lo que puedo. A veces me duelen los pómulos de hacerlo. Sobre todo en esos eventos sociales donde no me lo paso tan tan bien ...
- Sonreír es bueno para un niño. Pero Bruno ya no es un niño. No está mal que estés serio de vez en cuando.
- ¿Y si quiero seguir siendo un niño?
- Demasiado tarde para reclamar ese derecho. Hace mucho que eres un hombre.
- A veces me gustaría seguir, aunque solo sea por una vez, mi plan original. Ser fiel mi mismo y no desear hacer mañana lo que ya, empezando por hoy, no estoy haciendo. Eso me frusta, me crea decepción conmigo mismo y a fin de cuentas ... desconfianza.
- Es normal. Caes en las piedras que tu mismo te vas colocando en el camino.
- Lo se. Creo que en el fondo lo hago más complicado para no aburrirme. A drede, ya me entiendes. Me ayuda a seguir.
- ¿Crees que mañana será diferente? ¿Que la semana que viene serás una persona nueva? ¿Que dentro de un mes, tu madre tendrá que pedirte el DNI para dejarte entrar a casa?
- No. Realmente creo que no. Nunca cambiaré, al menos haciendo las mismas cosas que hago hasta ahora.
- ¿Qué cosas haces Brunito?
- Nada.
- Algo harás ...
- Nada, tirando a algo. Pero nada a fin de cuentas. No mantengo demasiado tiempo nada vivo. Hasta el Aloe Vera se me ha muerto ... verás cuando se marchite y lo vea mi madre.
- ¿Tanto te importa lo que piense ella?
- No ... creo.
- ¿Por qué nunca abres esa puerta Bruno?
- Está prohibida. Ese tema sabes que no me gusta tocarlo.
- Lo se, no tienes que jurarmelo. Pero es algo que quizás te ayude.
- No tengo confianza con nadie como para eso. Ni siquiera contigo. Ya no.
- Es normal que no la tengas conmigo y menos a través de una pantalla. Pero ¿contigo mismo? Date un respiro.
- Creo que tienes razón. Pero no es el momento. Lo he intentado muchas veces, y ahora no es el momento. Es como el gran muro de Berlín. Puedo correr hacia él queriendo tirarlo y estamparme y caerme de culo. Después daré la vuelta y con la frente ensangrentada me iré escaldado. Mi fe crecerá a la vez que mi dolor irá desapareciendo. Pero cuando me plantee mi segundo asalto, se perfectamente que volveré a derramar sangre a cambio de unas chinajas del muro. Mi fe en tirarlo nunca morira, pero todo a su tiempo ...
- Sutíl metáfora la tuya, y más conociendote. ¿Qué piensas hacer?
- Sonreír. Hasta el límite. E intentar ser más realista. Salir de mi pompa.
- ¿Pompa?
- Si, ya sabes a lo que me refiero, mi circulo vicioso.
- Estoy de acuerdo contigo. Siempre terminas siendo tu propio enfermero y ...
- Y mi propia enfermedad. Lo se.
- Hablando de enfermedad ...
- Estoy bien. Mejor de lo que soy capaz de presumir.
- Quizás sea esa risoterapia tuya la que te esté ayudando.
- Es posible. Pero la verdad es que hace tiempo que estoy bastante bien. Exceptuando mis fantásticos excesos que hay que pagarlos claro está.
- ¿Cómo el de no dormir?
- Tan sutiles son mis metáforas como tu forma de echarme ...
- Te puedes quedar el tiempo que quieras, yo soy el que no duerme aquí. Tú todavía tienes que seguir haciendo ese tipo de costumbres. Son saludables.
- ¿Me das un abrazo?
- No tienes que pedirlo Bruno.
- Es que si no, no se como arrancar ...
- No es difícil. Abres los brazos, pones cara de mimo y esperas a que el otro se ponga receptivo ...
- Eres un tonto ¿lo sabías?
- Un tonto al que adoras.
- Un tonto al que quiero.
- Demasiado tarde para enamorarte de mi.
- Nunca me habría enamorado de tí antes. Eras horrible ...
- Creo que es hora de despedirse, estamos entrando en aguas pantanosas.
- Ya tengo los brazos abiertos, y la cara de perrito abandonado ...
<------------------------------------------------>
- Buenas noches Bruno.
- Buenas noches amigo.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
.jpg)




