15 de abril de 2013

Para siempre.

No hay nada mejor que una buena historia de amor. De esas donde una princesa virgen y con tacones planos encuentra un día de primavera a su príncipe azul. Se enamoran para toda la vida sin apenas darse cuenta. Casi no necesitan flirteo, están hechos el uno para el otro.
Tras un mal entendido, se pelean e intentan odiarse tanto, tanto, que no lo soportan y terminan fundiéndose en un beso que para el tiempo. Entonces es cuando llueven pétalos enteros de una rosa roja.
Y la historia termina con el típico "y comieron perdices para siempre" ... Sin final. Siguen ahí estampados para la posteridad. En ese momento eterno. En ese beso hueco. Como si alguien hubiese pausado el cuento. Nunca termina su felicidad y su amor.
Lo más triste de la eternidad es que no tiene final. ¿Cómo te sentirías si de repente te dijesen que tienes que vivir 365 días sin reloj y sin calendario? Supongo que al principio pensarías que es un reto fácil de llevar a cabo. Pero pronto perderías la cuenta de los días. Olvidarías lo que llevas recorrido y lo que te falta por recorrer. Desesperarías. Te perderías. Morirías de amargura.
Contabilidad en periodos de 7 días nos ayuda a estratificar el tiempo. Cajones semanales que encajan en estanterías mensuales, se agolpan en habitaciones anuales. Ciclo tras ciclo es mucho más fácil de llevar que estando todo lineal y perfecto.
Además, el amor eterno no sería amor si fuese eterno. Peleas, discusiones, embarazos... al final todo acaba emergiendo haciendo que el viento cambie. Eso da juego. Un juego divertido. Un cambio de vida.
Fundirse en el "siempre" siempre será un error. Porque no existe para siempre. Ni siquiera existe el ahora. Existe simple y llanamente lo que tú quieras que exista. La importancia que le des a tu tiempo será la que tenga. La importancia que le des a tu vida será la que tenga. Sin más.
Nadie te ha dado nada. Nadie te ha quitado nada.
Ellos solo han dividido el tiempo. Un pastel eterno y espeso de comer. Lo han troceado porque les ha dado la gana, y te lo han servido en bandera dorada. Eso no quiere decir que todo sea para siempre. Tampoco quiere decir que todo vaya a terminar pronto.
Con celo y cuerda vieja coseremos el tiempo perdido. Quizás así recordemos que juramos que sería para siempre. Hasta que la muerte nos separe.