Eran las 6.36 pm de un día cualquiera de noviembre. El pueblo ya había encendido las farolas que marcaban la hora de cenar. Mi padre bajó a por unas ascuas de olivo, para que esa noche no se hiciese tan fría como parecía. Mi madre estaba recogiendo la mesa. No había sobrado nada, ni una miga de pan. Seguía teniendo la misma hambre que antes de cenar. No obstante, no había más comida ese día. Me levanté casi resignado con la pelliza en el hombro, era hora de descansar. Mañana sería un duro día.
Al pasar por las escaleras que daban a la solana el olor embriagador de la carne inundó el ambiente. La chicha que solo llevaba unos días secándose estaba demasiado fresca. Aún no se podía comer sin pasar por las ascuas. No obstante no me dio tiempo a organizar un plan para eso. Solo pensaba en terminar de saciar mi apetito. Empecé a subir las escaleras de la solana. Hay veces donde el hambre es más fuerte al temor de los palos que recibiría si hacía eso. Al llegar arriba la oscuridad era evidente. Pero no importaba, no necesitaba ver nada para tomar mi botín. Me escabullí por debajo de las sábanas que cubrían la carne. Palpe dos tripas, una más grande de lo que mis manos eran capaz de abarcar, y la otra con ligeras estrangulaciones. Me decanté por la segunda, pues no cabía duda. Se trataba de los chorizos. Me fui a una esquina polvorienta a degustar mi trofeo. No escuchaba por si alguien venía a descubrirme. Era altamente improbable, pues mi madre no se atrevería a subir aquellas escaleras sin una luz que guiase sus pasos. Y mi padre, seguro encerraba a las bestias. Lo que no tenía muy bien pensado era la cuartada posterior a mi robo. La comida no suele desaparecer así porque sí.
Mientras mi apetito se veía abordado por el sabor de la carne cruda empecé a notar un picor por el hombro. No tomé cuenta de ello hasta que la balanza del hambre empezó a equilibrarse. En plena oscuridad no podía hacer otra cosa que desvestirme y sacudirme, fuese lo que fuese, caería al suelo. Aparqué en el suelo la tira de chorizos, y cuando me disponía a sacar la primera manga, sentí el dolor más punzante que mi temprano cuerpo había sentido jamás. Algo se inyectó en mi carne y la estaba deshaciendo como unas llamas abrasadoras.
Mis rodillas no aguantaron esa carga moral y se hincaron en el suelo casi quebrándose. Mis gritos de dolor fundido en agonía tomaron la casa entera. Caí al suelo oscuro retorciéndome como si fuese la mitad de una lagartija mutilada. La luz de las escaleras se encendió y mi madre subió aturdida preguntando "¿qué haces aquí?" Cuando vio mis ojos casi desbordados y la carne malgastada en el suelo, obvió la respuesta. Mi padre no tardó en aparecer. Me recogió del suelo y me terminó de quitar la caperuza, mientras mis lágrimas ya se habían esparcido por toda mi camisa. Mis ojos interrogativos lo miraron, esperando una solución inmediata. Su cara describía el retrato del mismo diablo. Sacó su navaja y pinchó sin piedad la cabeza del arraclan. Los métodos de mi madre eran más sofisticados y liberó al animal de la agonía del cuchillo, para sepultarlo bajo un sin fin de apargatazos. Mi madre, tras dar venganza justa al verdugo, se volvió hacia mi padre rogando a voces que hiciese algo. Mi padre, como si supiese lo que tenía que hacer me tapó la boca con la mano izquierda, metiendo tres dedos por dentro y agarrando mi lengua. Con la derecha empezó a limpiar la hoja de la navaja. No sabía lo que tenía pensado hacer, pues el sabor a estiércol, aceite, y alfalfa estaba interrumpiendo la vía de la intuición. Rajó mi hombro con la misma navaja que había rajado el cuello del cerdo responsable de mi agonía. y empezó a succionar mi sangre a la vez que se le saltaban las lágrimas por el dolor que mis dientes estaban dejando en su mano.
Cuando notó que mi fuerza persistió, me dejó libre, y se levantó a escupir el veneno en un lugar seguro. Entonces mi madre se arrodilló y me miró a los ojos. No hizo falta ninguna palabra para poner en marcha en plan de emergencia en estos casos. Solo me dijo "Corre, corre. No pienses en fallar, solo piensa en conseguirlo." Me levanté sin hacer caso al dolor o a la sangre que brotaba de mi brazo. Mire a mi padre mientras intentaba detener la hemorragia que yo le había provocado. Salí corriendo despavorido escaleras abajo. Al salir de mi casa el perro sabía que algo no iba bien. No se atrevió a acercarse a preguntar. Los vecinos, estaban esperando pacientemente una explicación a tanto escándalo. No me dio tiempo de hacer nada más que esquivarlos y empezar a correr.
Mis piernas tenían que seguir pasase lo que pasase. Ya se sabían el camino. Cada palpitación de mi corazón arrastraba una mezcla de líquidos de distinta densidad, que se peleaban entre ellos por emerger lo antes posible. Ni siquiera podía pensar, eso no era prioritario en ese momento. Correr, ... correr, no hacía otra cosa que correr por entre la tierra casi helada. No podía sentir mi cara, que se había tapizado de lágrimas congeladas. Cada zancada tenía un caro coste: una bocanada de aliento y cuatro palpitaciones que esparcían y arrastraban el veneno por mi cuerpo. Tenía que llegar a casa del Tostón, antes de que el veneno llegase a mi corazón. Mi padre había apostado su mano para darme unos minutos. No podía fallar ahora. Con las piernas molidas, con un dolor horrible en el brazo y con la otra mano intentando taponar la herida llegué a mi destino. Los ladridos de los perros despertaron a la mujer del Tostón, que salió en camisón para ver quien era yo. Su marido la adelantó en la expedición y se acercó a mi con gesto estriado. "¿Quien eres muchacho?" Apenas era capaz de escupir algunos balbuceos. "... corr... no fallar,..." El tostón me agarró de las piernas y del lomo. Me levantó como si levantase un saco de plumas y empezó a cabalgarme hasta su casa. -"hierve agua y aceite, YA"- grito a su atónita esposa.
Fue la noche más dolorosa que soy capaz de recordar. Esa noche el dolor me hizo libre, me recordó lo que es ser un hombre. Me recordó lo que sufrió mi madre para parirme. Me hizo aprovechar cada gramo de aire que hay en la calle. Me recordó lo que soy capaz de hacer, por la gente que quiero.
