Se creía que la aceptación sería su salida. Era una pobre ilusa. Solo podía ver más allá de lo que sus ojos podían llegar. Su límite de tolerancia se iba moldeando. Su vida se iba reduciendo constantemente, en relación al efecto de los distintos factores ambientales presentes. Se iba engañando día a día, esperando creer sus propias mentiras. Engañada era feliz. Pero su destino era inequívoco. Ella sabía que terminaría tal y como había empezado. Solo era cuestión de tiempo.
Una mañana oscura, sin que el Sol hubiese despertado aún, se levantó de la cama. Había sido una noche agotadora. Las noches en vela se estaban empezando a asentar como la norma, y no como la excepción. Se sirvió una taza de café frío y lo engulló esperando que reposase el menos tiempo posible en su boca, y así evitar el sabor amargo de aquella taza fría. Por la noche las mentiras visten de color pardo. Su cara en el espejo empezó a hablarle. Le preguntó por la salud, por el trabajo, por la familia, ... No sabía que responder. Las cosas iban aparentemente bien, pero ella no se sentía bien. No era lo que ella quería ser. No era lo que ella había pedido. No tenía porqué aceptar esta clase de vida, pero prefería aceptarla por ahora, pues no tenía otra cosa mejor que hacer. Como si de la obsesión de un alcohólico se tratase se repetía una y otra vez a sí misma, que podría dejarlo cuando quisiera. Solo tenía que dar carpetazo, sin pedir explicaciones, sin mirar a nadie a la cara, sin escuchar escusas, ... solo tenía que irse.
El espejo empezó a molestarla. No estaba acostumbrada a una conversación tan profunda a esas horas. Lo mejor era evadir el problema y plantearse hacia donde correría, cuando el Sol diese el pistoletazo de salida. Al sentarse en el sofá escuchó el sonido inconfundible de unas hojas de papel siendo sepultadas bajo el peso de su propio cuerpo. Sus músculos revertieron la orden de sentarse, y se aparto para intentar ver lo que quedaba en el sofá. Eran unas hojas de color púrpura, escritas a mano. No era el momento, el lugar, ni las condiciones para leerlas, pero la curiosidad fue más fuerte que las adversidades. Se trasladó al vestíbulo, esperando que esa luz no molestase al resto de durmientes de la casa. Pulso el interruptor y la primera luz que inundo sus tímidas pupilas le hizo preferir la oscuridad de nuevo. En un segundo intento, consiguió adaptarse perfectamente a la luz. Comenzó a leer, no sabía muy bien si por curiosidad, o como escusa para matar las horas muertas antes del amanecer.
Al terminar de leer esa curiosa carta, no pudo más que volver al lugar donde la encontró. La dejó sobre el sofá, intentó pasarle la mano por encima para disimular el incidente, y fue hacia la habitación en tono rosa de la casa. Abrió la puerta como si dentro durmiese un dragón hambriento. Se escabulló por entre las sombras, intentando esquivar los detectores de intrusos en el suelo. Un pato de goma, una muñera llorona, un payaso risueño, ... La punta de sus dedos le indicaron que estaba en su destino. Abrió las cálidas sábanas y se zambulló dentro. Abrazó a la personilla que allí residía, y que nada tenía que ver con un dragón. Cerro los ojos y se dispuso a dormir un poco más esa noche. Sabía que se había dejado la luz del vestíbulo encendida, pero no le importaba. Ya sabía lo que tendría que hacer al día siguiente. Recordó lo que estaba haciendo en ese mundo. Y esperaba que ese calor que estaba compartiendo, ... no se olvidase jamás.
