9 de marzo de 2012

Reordenando la realidad.

No era posible explicar con palabras lo que estaba ocurriendo por su cabeza. Ella sabía perfectamente que era imposible. Su ciencia estaba siendo refutada con pruebas incuestionables en su propia cara. Todo lo que había defendido a capa y espada durante toda su vida, se estaba cayendo. Ya nada sería igual.
La tenue luz del flexo no llegaba a iluminar su mirada perdida. Le daba miedo encender el ordenador que le esperaba encima del escritorio ... pero sabía perfectamente que al final lo haría. Se resigno a su destino y abrió la tapa del portátil. El ordenador empezó a encenderse. Alba buscó en el segundo cajón de la mesa, su carpeta de color marrón acartonado. La abrió y miró las notas que había estado escribiendo día tras día, hacía ya más de veinte días.
Al final, como si de un suicida que se arrepiente al borde de un precipicio se tratase, Alba apagó de mala manera el ordenador. Cerró la carpeta, la desterró al último cajón y sentenció con un cajonazo su decisión.
Se había terminado. Ya era hora de centrarse y de estar a lo que había que estar. Alba no sabía muy bien a qué había que estar, pero sabía perfectamente a lo que no había que estar. Mientras se repetía estas órdenes se puso el pijama sin ni siquiera darse cuenta. Preparada para deshacer la cama sin compasión, escuchó una ligera melodía que atravesó el pasillo y se coló por debajo de su puerta. Era su teléfono móvil.
Alba comparó la hora que reflejaba el reloj con el sonido insistente del móvil. Decidió que no sería nada que no pudiese esperar hasta mañana. Se metió en la cama y cerró los ojos. Tenía esperanza que simplemente cerrando los ojos y por varios procesos fisiológicos complicados, esa noche el sueño atrapase su mente a la primera.
Cuando apenas su mente empezaba a acomodarse a la postura fetal, su móvil volvió a sonar. Esta vez pareció hacerlo reforzado por el silencio de la noche. Alba decidió terminar con la escusa que no la dejaba dormir esta vez y se levantó disgustada. Con paso dudoso y haciendo caso a su memoria sobre la organización de su dormitorio, siguió el sonido del móvil hasta la cocina.
Cogió el teléfono y buscó la tecla de apagado. La pulsó y de inmediato el teléfono dejó de sonar. Cuando iba a dejarlo encima de la mesa donde lo recogió una voz microfonada pareció salir del aparato. Alba se sorprendió por su incompetencia al apagar un móvil medio dormida y decidió escusarse lo antes posible ante el emisor de la llamada.
Alba acercó el móvil a su oreja.
- Buenas noches ratilla. Creía que no me lo cogerías.
El tono de Alba cambió de color. La palabra que tenía en el borde de su boca se despeñó y se convirtió en un suspiro helado. Sus ojos se quedaron en blanco, y olvidaron pestañear. Su voz se congelo y justo en ese momento un hilo de aire helado llego a la parte de arriba de su nuca. Se inmovilizó como poseída por un demonio.
- No te preocupes - continuó la voz - no te voy a molestar mucho. Solo quería hablar unos minutos contigo.
Alba empezó a recordar su contexto poco a poco. Empezó por tomar una bocanada de aire. Pestañeó un poco, devolviendo la humedad a sus ojos. La sangre empezó a circular de nuevo con normalidad. Su voz empezó a rasgar lo que pretendían ser palabras.
- ¿Quien eres? - preguntó Alba.
- Ya sabes quien soy. Me estoy cansado de definirme. Solo intenta no repetirte ... se hace aburrido.
- Más aburrido se hace este juego. Déjalo ya. No se lo que quieres pero no me hace gracia nada de esto. Me estoy empezando a asustar y no estoy dispuesta a aguantar más esta situación.
Alba intentó ser autoritaria en sus palabras, pero sabía perfectamente que su tono desvelaba el miedo que bailaba entre sus rodillas.
- Lo se. Es una situación incómoda. Pero pareces no entender tu papel en esta historia ...
- ¿Qué papel? - Alba elevó su tono y no esperó a que la voz terminase la frase - Déjame en paz. No quiero saber nada más.
Alba se despegó el teléfono de la oreja como si la temperatura de éste hubiese subido de repente y sin aviso. Le dio la vuelta y se dispuso a extirparle la batería. Cuando sus dedos rozaron la batería un pitido extraño y agudo pareció salir del micrófono del teléfono. Alba sacó la batería y dejó el cadáver despedazado encima de la encimera.
Se hecho las manos a la cara para descubrir que unas lágrimas involuntarias que habían brotado por el borde de sus ojos. Su corazón iba más rápido de lo que había notado. Estaba segura que esa noche sería una noche más en vela. Necesitaba hablar con alguien. Necesitaba contarle de una vez por todas esta situación tan surrealista a cualquier persona capaz de escucharla y no decirle que estaba loca.
Se dirigió al baño e intentó encender la luz. No hubo respuesta positiva por parte del interruptor. Al tercer intentó entendió que había algún problema eléctrico.
Entró al baño con la luz apagada y con el único reflejo de la luna que se colaba por la ventana.
Al levantar su barbilla frente all espejo su corazón dio un vuelco. Sus pulmones de helaron y el miedo entró por sus venas para llegar al borde de sus dedos.
Sus ojos eran negros como la oscuridad perdida de la noche. Sus labios rojos como la sangre de un ciervo. Su pelo fino y lacio descansaba sobre sus hombros picudos. Llevaba puesto una especie de uniforme de universitaria que le daba un aspecto siniestro.
Decidió no acumular más información sobre su imagen y cerró los ojos para escupir un grito que rasgo la tranquilidad que la luna ofrecía.
Alba despertó con su pijama de rayas puesto. Sus ojos desorbitados buscaron el reloj más próximo. Su respiración parecía llegar tarde a algún sitio. Su cabeza empezó a reordenar la realidad ...
El silencio se rompió por el sonido de un móvil que se coló por debajo de la puerta de su habitación.