16 de marzo de 2012

Saber estar.

La dignidad de una persona es un parámetro que Silvia había calculado varias veces. Sabía perfectamente si una persona era digna de su presencia con un solo vistazo de arriba a abajo. Un escaneo detallado que aportaba más información que imágenes o palabras. No obstante ese día su alma se vistió de fiesta.
Era el día de perderlo todo por el camino. Era el día de escribir en el margen lo que nunca había sido escrito en la portada. Era el día de cruzar la frontera.
Con tacón de aguja y una pamela que daba la misma sombra que una sombrilla de playa, Silvia se acercaba a la línea de meta para muchos y el destino final para otros. Su paso decidido y rítmico casi conseguía disimular lo ardiendo que estaba el asfalto. El sudor que resbalaba de su frente era absorbido rápidamente por sus 3 capas de maquillaje tono miel.
Silvia se lamia el labio una y otra vez, estaba preparando las palabras exactas para el momento exacto. Ya estaba viendo a lo lejos el punto de partida. Al llegar se puso en una cola compuesta por tres personas. La primera de ella estaba sudando la gota gorda. Ya mismo era su momento, y su agonía y angustia podía leerse en sus ya inexistentes uñas.
La segunda era una chica de delgadez extrema. Cambio la elegancia por la comodidad, y combatió el calor con una fina camiseta de tirantes blanca. Una falda que rehuía de sus rodillas dejaba entrar bocanadas de aire fresco. Su pelo rubio sujeto con una coleta firme vagueaba por sus hombros.
Justo delante de Silvia una señora mayor vestida de negro esperaba casi inmóvil su ansiado turno. Silvia pensó en más de una ocasión en tocar por el hombro a la señora, para comprobar que seguía con vida y ese calor infernal no había acabado con ella. Pero sus ánimos de hacer un bien social se echaban atrás cuando la señora cíclicamente sacaba un pañuelo de tela de un bolsillo cercano a su pecho y de dudosa existencia y sonaba su nariz enérgicamente. Luego volvía a meter el pañuelo en su escondrijo y sentenciaba la acción balbuceando unas palabras silenciosas que nadie excepto ella misma podía entender. Probablemente se quejaba del calor exagerado del momento. Quizás era del extraño olor que Silvia emanaba sin querer. O posiblemente del precio elevado de la mermelada.
La espera no tardó demasiado. Una puerta blanca se abrió y dejó entrar finalmente a la señora mayor. Después la puerta se cerró con brusquedad y el silencio gritó su entrada. Silvia se quedó sola en pleno vendaval. En ese preciso momento entendió como se habían sentido las tres personas que había delante de ella. Una bomba de nervios hacía "tick tack" en su estómago amenazando con explotar en cualquier momento. El sudor pasó de ser abundante a ser exagerado. Silvia había empapado la palma de sus manos intentando evitar que el sudor llegase a sus ojos. Pero todo ya era inútil. Ni siquiera tenía un espejo para mirarse la cara ... seguro que se había movido el maquillaje. Estaba siendo todo un desastre ...
Finalmente la puerta rompió el vacío y un señor uniformado bajó el primer escalón.
- ¿Es usted Silvia Gutierrez? - preguntó el hombre con tono malhumorado.
- Si, soy yo - Silvia no supo muy como ganar puntos con esa respuesta. Prefirió evitar cualquier tipo de bromas del estilo "¿hay alguien más aquí?" y prefirió ser tradicional. Eso nunca falla.
El hombre se apartó invitándola a entrar sin decir nada. Silvia despegó el tacón que ya empezaba a fundirse con el asfalto y empezó a subir las escaleras de metal.
Al entrar en la sala blanca un escalofría subió por su cadera. El aire cambió drásticamente de temperatura ahí dentro. Era como entrar en el cielo fresco después de haber pasado siglos en un limbo abrasador. Enfrente de ella había una mesa que parecía haber sido frotada con lejía de la buena.
- Quítese todo lo metálico que lleve encima y déjelo encima de esa mesa - el guarda definitivamente no había desayunado esa mañana.
Silvia obedeció sin rechistar y se quitó la pulsera de acero de la mano izquierda. Silvia notó un tremendo vacío en la muñeca. Como cuando una persona que se roza con tus muslos se levanta y notas que ya no está allí. Notas que su calor y su roce te han dejado abandonada. Silvia llevaba mucho tiempo con esa pulsera puesta.
El hambriento miró a Silvia con las cejas arqueadas. Estaba esperando algo más ... No obstante la sonrisa de Silvia anunció que eso era todo. Silvia avanzó por un estrecho pasillo, por donde estaba segura el hombre de la fila había tenido que pasar lateralmente. Al fondo, una luz tenue la esperaba.
Al llegar había una mesa algo más cuidada que la anterior y dos sillas delgadas que amenazaban con romperse si su vida laboral seguía siendo muy activa.
- Siéntese en la silla de la derecha.
Silvia comprendió que ese hombre de allí era el abogado el juez y quizás hasta el verdugo. Mientras se acercaba a la mesa empezó a pensar a qué derecha exactamente se refería el guarda ... las sillas estaban colocadas de forma perpendicular ...
Silvia no pudo evitar empezar a reír a carcajadas. Su risa retumbó en toda la sala y salió por el pasillo hacia el vestíbulo. Carcajada tras carcajada que no esperaban a que a Silvia le diese tiempo a tomar aire, y que provocaban un extraño sonido comparable al de un cerdo enfadado. Silvia gesticulaba con la parte de arriba de su tronco, de un lado a otro dando bandazos como una loca. Se echaba las manos a la cabeza intentando parar tal ataque de risa. Pero sus intentos eran totalmente inútiles.
- ¿Qué se supone que está haciendo? - El tono del uniformado mezclaba perplejidad con gotas de rabia.
- Es usted la persona más fea que haya podido ver en la vida.