2 de mayo de 2012

Jamón serrano.

Erase una vez un mundo azul y verde. Un mundo iluminado por un Sol siempre resplandeciente y oscurecido por una Luna huidiza. En él vivían seres muy muy muy pequeños. Estos seres se revelaron contra su Dios y aprendieron a hablar. Hablando entre ellos se empezaron a organizar. Llamaron a todo lo que era más pequeño que ellos microscópico, y a todo lo que era más grande que ellos macroscópico. Se pusieron en el centro del universo y doblegaron el planeta sin piedad.
Pasaron los siglos ... Los colores empezaron a cambiar. Las noches ya no eran oscuras y el agua reflejaba un Sol opaco. La mentira nació una noche sin nombre, al lado de la desafortunada piedad.
Pasados los milenios todo se organizó perfectamente y se llegó a una sociedad absolutamente perfecta y con todo absolutamente calculado. Las entradas, las salidas, los precios, las medidas ... Estos seres que se autoproclamaban "personas" aprendieron a escribir. Nació así la memoria, y con ella la corrección de errores.
Ya no necesitaban ser perfectos, ahora solo tenían que mirar atrás y no cometer los mismos errores.
Poco a poco los palos pasaron a ser piedras y las piedras barras de hierro. El hierro cogió forma y se hicieron armas cargadas de pólvora. La pólvora guiada por una mano humana atravesaba carne de sus iguales. Pero no la suficiente, por lo que se inventaron bombas de destrucción masiva.
Así siguió girando el mundo. Solitario y rodeado del infinito del espacio, sin llamar la atención y sin perturbar el resto del cosmos.
Un ser antiguo de ojos verdes y zapatos puntiagudos se paseaba por la estela de Marte, intentando coger algo de moreno para el verano inminente. Al girar a la derecha se le helaron las venas de sus antenas falciformes. Hubiese deseado tener lágrimas que llorasen la pena que sentía. Hubiese pagado, o al menos alquilado un corazón para intentar sufrir aquel momento de la forma más austera posible.
Se acercó a cotillear, una noche con nombre y apellidos: 2 de mayo de 2012.
Tras un breve reconocimiento, entendió las nuevas reglas del mundo. Todos los seres verdes se les llamaba "plantas" y se usaban a voluntad para adornar, alimentarse e incluso destruir sin remordimiento. En unos extraños sitios con olor a alcohol y cerveza amarga se vendían cajetillas raras con un cartel de "muerte" pero lo más raro era que se aislaba a las personas que chupaban con ansia esos bengalas incandescentes, en la calle o en casetas de plástico. Había lugares por toda la ciudad donde un hombre ensangrentado permitía que su madre llorase a sus pies. La gente se arrodillaba y susurraba con sentimiento ante ellos. También encontró animales atados con correas de cuero y a los que se les regañaba si intentaba hacer caca. Un sin fin de situaciones que el ser extraño no era capaz de comprender ...
Decidió instalarse unos meses e intentar comprender el nuevo mundo.
Después de cinco días en un tal Madrid, se dio por enterado y decidió que era el momento de irse de allí. Definitivamente estaba todo perdido y lo mejor era huir de allí. No obstante antes de irse quiso pasarse por un barrio. Un barrio "rico"  que había oído decir en la esquina de un tal Mcdonald's. Esa tarde fue a dar una vuelta por el barrio serrano.
Sus mente no daba crédito. Todo era totalmente distinto ... No había contenedores de basura, posiblemente la gente de esa zona no hacía caca. Las tiendas de ropa solo mostraban dos prendas, mientras que las del resto de la ciudad estaban abarrotadas. El suelo lucía limpio y sin tan siquiera una migaja de pan, no obstante no había personas con trajes fluorescentes limpiando ... seguro que cada persona llevaba un nomo detrás que limpiaba la huella de sus zapatos. La gente que el visitante precoz se encontraba olía de forma muy rara. Pisaban sobre suelas hechas con piel de animales rasgadas a la fuerza. Camisas de telas detalladamente bordadas. Peinados anti-gravedad y duros como una piedra adornaban su cabeza. Esa gente debía de ser completamente diferente.
Abrumado e intentando entender, el habitante de ningún sitio se metió en esos lugares pestilentes que parecían ser alegres. Se acercó a la máquina de bengalas esperando unas palabras amables. "Su tabaco, gracias" Se quedó satisfecho con el gracias y se sentó en un taburete aterciopelado.
Le llamó mucho la atención, que esa gente, a pesar de vivir en la calle serrano, no comía jamón serrano. Solo comían jamón ibérico de pata negra.