Con el primer claro del cielo amaneciendo por arriba, un hombre sin carnet de identidad despertaba. Su boca seca rezumaba agonía. Sus ojos contaban una larga noche de tristezas y lágrimas. En una mano, sangre seca derramada y en la otra una botella vacía.
No sabía donde estaba ni siquiera su nombre le era familiar, solo sabía que esperaba allí a que alguien viniese a por él. Quien fuese. Aunque fuese un ángel celestial. Alguien tendría que pasar algún día por su banco, y con un poco de suerte invitarlo a una última copa.
Desdichada la primera señorita que por allí pasó aturdida. Lo miró con pena de arriba y abajo. Dudo durante dos o tres pasos, pero al rato se decidió a parar y ayudar a aquel hombre. Se acercó decidida, se recogió la falda y se sentó a su lado.
- Que peste echas. Deberías de tirarte de cabeza a un río. Y no por lavarte, pues no tienes arreglo, mejor para abrirte en canal la cabeza y librar al mundo de tu tormentosa existencia. He dicho - dijo la señorita mirando al frente sin tan siquiera volverse al borracho-.
- Dígame donde queda el más cercano y con gusto le haré caso.
- Yo no tengo porqué decirle nada, pedazo de estiércol recogido de una escombrera abandonada. Intente no hablar, su aliento apesta tanto que es usted capaz de preñar a las moscas que las heces no han querido consolar. Solo escúcheme cuando le digo que tiene que irse de aquí. Muérase en otro sitio, no se ... pero que no sea aquí. He dicho.
- ¿Donde puedo ir?
- Ese no es mi problema.
El hombre con cara de arrepentimiento miró a la cara impasible de la cruel señorita. Ni un pestañeo, ni una mínima expresión de empatía, ni tan siquiera un gesto benevolente.
Comprendió que iba totalmente en serio. Tendría que irse de allí cuanto antes. Intentó levantarse, pero las rodillas le fallaron y calló al suelo. Olvidó como poner las manos para amortiguar el golpe y se dio con toda la cara en la losa. Se zarandeó a un lado para poder sangrar a gusto su error fatal.
- Me está usted dando ganas de vomitar - dijo la señorita sin tan siquiera moverse de su posición - he dicho. La señorita giró levente la barbilla para observar al desdichado. Sin intenciones de ayudarlo, se levantó indignada. Sacó de su delicado escote un pañuelo de seda bordado con un fino juego de flores y lo tiró con desprecio a la cara del hombre que yacía tras sus tacones.
- Espero no volver a verle jamás. He dicho.
Volvió a su ruta original y sin vacilar un instante siguió su camino, con destino desconocido pero rumbo bien fijado.
El borracho intentó cualquier cosa con tal de levantarse. Mecerse sobre sus costillas solo le ayudó a obtener un dolor agudo y casi insoportable. Hacer presión sobre sus codos era inútil, no conseguía levantar un palmo del suelo. Se dio por rendido unos segundos.
El tiempo pasaba, los segundos ya acumulaban minutos. El suelo se enfriaba y el Sol se tardaba esa mañana en salir. Nadie pasaba por la plaza del pueblo. Estaba solo, con un pañuelo empapado en sangre y lágrimas en la mano. Nada que hacer, sin nadie a quien llorar y sin un Dios a quien rogar su muerte.
De repente unas voces se acercaron a él. Parecía un grupo de niños curiosos. Unos jóvenes que habían madrugado y se habían encontrado el bochornoso escenario en la plaza, cuando iban camino de la iglesia con la moneda que sus madres le habían dado en el bolsillo.
El triste inerte del suelo entreabrió los ojos cuando detecto que sus murmullos pararon. Contó tres cabezas inclinadas sobre su cara. No alcanzaba a ver nítidamente su rostro, pero parecían dos niños y una niña de piel blanca como la nieve.
- Parece que está muerto. Es evidente que se ha desangrado - comentó uno de los niños con una fidelidad asombrosa -.
- Cállate estúpido. Nos está mirando, no está muerto, solo está muy enfermo, y no tiene medicinas para levantarse - dijo otro de los niños dando un coscorrón al primero -.
- ¿Creéis que su madre sabe que está aquí? - preguntó indecisa la niña mirando alrededor -.
Los tres niños levantaron la cabeza del escenario y empezaron un concienzudo y discreto debate al margen de la tolerancia auditiva del borracho. Pasados tres minutos los niños se pusieron manos a la obra y coordinados agarraron al hombre para intentar levantarlo.
Los dos niños tiraban cada uno de un brazo y la niña hacía lo que podía tirando de la cabeza hacia arriba. El borracho al darse cuenta de que los niños intentaban rescatarlo del suelo, hizo un esfuerzo por levantarse, y les pidió a sus rodillas su última baza para incorporarse.
Antes de que los niños empezasen a sudar, el hombre se encontraba erguido pero muy poco estable. Se dio la vuelta a regañadientes y se sentó en el mismo banco de la plaza donde había sido hallado. Los niños celebraron su triunfo con unas palmadas al viento. La niña recolocó su diadema y se limpió la gota de sudor que empezaba a brotar de su frente.
- ¿Está usted bien señor? ¿Está malito? - preguntó uno de los niños acercándose a menos de un centímetro de su cara -.
- Déjalo Pedro. Está retomando fuerzas, deberíamos llamar a un médico, nosotros hemos hecho todo lo que hemos podido - reprochó la niña en la distancia -.
Con un rápido cruce de miradas parece que todos se pusieron de acuerdo y se dispusieron a salir en busca del adulto más cercano. Al ver que los niños empezaban a alejarse el borracho levantó la barbilla y balbuceó tan bajo que nadie, ni siquiera él mismo, podía llegar a oírlo:
- No importa. Ya es demasiado tarde.
Abrió su mano y dejó caer al suelo un pañuelo de seda empapado en sangre. Cerró los ojos con el primer bostezo del Sol.
