28 de junio de 2012

Cielo helado.

Llegaste un marzo sin rosas en la mano y con cara de encanto. Sonrisa tímida y ojos agachados saludaste en otro idioma. Te interesaste por la salud, el tiempo y los récord de mi vida, mientras yo poco a poco me iba perdiendo en tu sonrisa. Soñamos juntos un par de noches, escuchamos música inventada y resbalamos en un charco fortuito.
Después me fui. Con explicaciones pero sin excusas. Con el dolor del adiós dentro de mi corazón donde nadie lo veía. Donde tú no me reconocías. Te dejé, con la mirada ahogada en llanto. Con las palabras a las que faltaba encanto. Con el deseo de ser parte de mi y con la esperanza de volver a escribir una noche de protagonista marginado.
Pasaba el tiempo. La vida envejecía sin ti. Mi alma a veces miraba por si acaso. Mi corazón no dejaba de preguntar por ti. Pero no nos atrevimos a volver a saludar. ¿Donde estás? ¿Cómo te va? ¿Qué ha sido de tu vida? Todos ellos se perdieron a la deriva. Y perdimos el momento. Ese momento donde el cielo no era cielo. Era un manto que nos cubría a los dos en la distancia, con miles de estrellas observando nuestra calma.
Te busqué en la lluvia gris. Preguntando al viento me encontré con la nada. Entonces entendí, que en verdad no fuimos nada. Solo críos jugando en el jardín de tu casa. Ilusiones desesperadas por vivir, deseando romper ese caparazón de miedos y criterios.
El olvido fue el que me enseño a sobrevivir. Escuche los consejos de no pensar más en ti. Dibujé, lo que un día, una vez sentí. Lo escribí, y lo guardé en mi diario de marfil, para recordar lo que un día logre olvidar.
Esperé. Y mientras esperaba viví. Otro amor, que apareció sin mentir. Me llevó, y me arrastró sin avisar. Inventó, nuevos verbos no inventados para amar. Indagó, debajo mi alma y no encontró nada nuevo para jugar. Como Sol cuando la tarde cae. Cómo la Luna cuando el viento para. Como las olas, sin playa donde romperse se aburrió de mi. Se fue y me dejó arrodillado. Llorando y preguntando al cielo solo supe agonizar y esperar el retroceso.
Absolución que no llegaría. Mentiras que jamás cicatrizarían. Historias de cuentos y de monstruos donde el protagonista era el malo y el bueno terminaba mal. Pergaminos que se oxidaron en blanco, sin palabras y sin abrazos. Mis gritos perdidos en la noche, no escuchados, pero si aullados.
Volví, una tarde de octubre. Te busqué, esperando que tus ojos no me guardasen rencor. Escuché, tus nuevas penas y alegrías. Me miraste, con labios de melancolía.
Y entonces la felicidad llegó. Tus palabras me dieron consuelo. Tu calor era tan bonito como tu piel, y tu voz, entro y se me coló en la sien. Volamos hasta lo inalcanzable. Escuchamos la música que un día me enseñaste. Congelamos el tiempo, en el segundo, donde tus besos rozaban mis labios y mi corazón luchaba por conquistarte.
La noche más bonita que imaginé. Donde la Luna murió de amargura esperando a que nos acostásemos. Donde tu hielo caló hasta mis huesos. Donde no imaginé poder estar así con nadie.
Entonces te fuiste igual de rápido que viniste. Te olvidaste de mi como un día yo me olvidé de ti. El invierno se calentó y las hojas de los árboles dejaron de caer. Te eché de menos durante días. Lloré mis penas en semanas. Los meses me parecieron años sin ti. Con tu ausencia me empezaba a faltar el aire.
Entonces volví a entender. Comprendí con dolor y sangre que no habíamos sido distintos a la otra vez. Que nuevamente no habíamos sido nada. Solo recuerdos de la infancia. Solo deseos que difuminan como el humo. Solo nada, a lo que empeñamos en poner nombre, pero no dejaba de ser nada.
Te esperé. El cielo me vio esperar. Llorando en el tranco e ilusionado pregunté, cuanto te quedaba en regresar. Mirando las nubes pasar vi que era mejor mentir. Repetirme y convencerme de que jamás volverías, era ahora la única manera de olvidar. De dejar de sangrar y de no recordar esa mirada, con esa nariz y adornada de esas sonrisa.
Seguiré esperando el momento. Donde tus manos busquen mi cuerpo. Donde tu frío me sepa a fuego. Y donde tus labios ya no busquen dueño.