29 de marzo de 2013

Amen.

Vosotros fieles devotos que todo lo dais. Que toda la carne dejáis quemar en el asador por vuestra creencia más perfecta. Que todo tenéis salvado y curado tras la muerte. Que todo hacéis bien y que todo ya lo habéis justificado antes de hacerlo.
A vosotros, mis queridos congéneres, solo tengo la osadía de dirigirme a vosotros el día en el que ya he repasado todo lo malo de este mundo. He evitado meterme con vosotros. Os he esquivado por años y años. No quería molestaros. Se de sobra que despiertos sois mucho más peligrosos que adormecidos, rondando las aceras en busca de ventanas entreabiertas.
Se que nada estaba más lejos de vuestra intención que afilarme la lengua. No necesitáis excusa esta vez. Se de sobra que en vuestro cometido no estaba el molestarme. Ni siquiera necesito vuestro consuelo. Se que siempre disponéis de buena fe para todos nosotros.
¿Nosotros?
Sí. Nosotros los infieles. Los impuros cuyo infierno ya está empezando a arder con nuestras infamias. Que nos creemos reyes dispuestos a morir por nuestro capital. Que pecamos por el simple hecho de respirar de vuestro mismo aire y no agradecer hasta cara rayo de sol que se atreve a pegarse en nuestra mejilla. Nosotros que pedimos un final en silencio. Que vivimos ahora que podamos, no vaya a ser que después nos falte agua. Que ni queremos, ni sabemos, ni podemos entender lo que no vemos.
¿Vosotros?
Sí. Vosotros que todo lo hacéis bien. Que vuestra corrección os precede. Que vuestra perfección, buen hacer y delicadeza baña el cortijo  entero. Que ya lo sabéis todo. Que si algo os falta lo buscáis en la enciclopedia. Que no os sobran dudas. Ya lo tenéis todo encontrado. Que sois lo normal del mundo. El máximo bulto posible.
Vosotros y nosotros, destinados a un cielo y a un infierno respectivamente. Condenados a sobrevivir como podamos en una vida mortal y maloliente. No nos queda otra que rozarnos los codos por la calle, esquivar miradas indecentes y percatarnos de nuestro odio mutuo. Muchedumbres mezcladas en una pecera en forma de geoide.
No obstante, a pesar de la norma de la "no molestia" vosotros pisáis mi felpudo una y otra vez. Venís con aires de arrogancia, con las manos arriba y gritando que venís en son de paz. Os atrevéis a dirigirme vuestra mirada desdichada. Y entonces me imponéis vuestra ley moral. Hacéis cuantos destrozos os apetece. Y después os vais. Por el mismo sitio por el que habéis venido.
¿Justificación?
Fe. Normal. De toda la vida. Porque sí. Así son las cosas...
Esas son vuestras papeletas. Las vais pegando en la frente de todo ser viviente apto para humanizar. Pegáis vuestra convicción y la rociáis de ceniza. Para que no se borre.
Pasead cadáveres que es vuestro mejor quehacer. Hipocrizar vuestra existencia al grado máximo de osadía. Mentiros al espejo tantas veces queráis. Explicar vuestra sangre a vuestra manera.
Pero no os metáis con nosotros. Que vamos a nuestra bola.
Amen.