29 de mayo de 2018

Carnal.

Medio deslumbrados medio quemados decidimos pasar una noche más juntos, sin intercambiar nada de nuestro verbo. Bajo la bandera blanca alzada la cena bailaba en un inmenso mar de dudas.
A la mente lo que un día fuimos. A la cara lo que un día queremos llegar a ser. A nuestra alma lo que ya no queda y ya no quedará. Cada vez vamos más lejos.
Dormidos o sedados se hace la paz.
A la mañana siguiente todo empieza de nuevo, como un ser viviente que tras morir ha vuelto a nacer y ya no tiene miedo.
Resaca de tanto dolor solo deja espacio a un reciclado de sentimientos a olvidar.
Apenas se sujeta el espejo al verme la cara. Me voy de esta casa embrujada y me adentro en el mundo que me invade. Caras de sonrisa derretida me golpean en el alma. Inhalo su tristeza. El chute de la mañana es el que mejor sienta.
El cuco está en el nido. Me siento en mi esquina preferida. Me cruzo con un par de aves de paso. Esquivo fieras enjauladas. Mato mis ansias a golpe de teclado.
Puños apretados, que desean dirigir un país en llamas.
La imaginación me rompe todos los huesos del cuerpo. El tejido ya no los sujeta, cede ante el caos de un estallido. me empiezo a esparcir por el ambiente. La destrucción absoluta va a llegar a mi cara cuando aparece ante mí la divinidad absoluta.
Escupe basura con chatarra encima de mi mesa. Sus ojos me desean un final agonizante. Huye despavorido, mientras mi cuerpo empieza a recomponerse. La carne se teje sobre su eje original, los huesos se van soldando al unísono, y mis ojos cristalizan buscando un foco de control.
El Sol parece estar agotado por hoy. Las agujas del reloj caen por su propio peso en pos de la gravedad. Es el momento, es mi momento, debo volver al infierno que me espera en casa.
Sentado en la mesa y sin saludar me espera. Imberbe y con un letal gesto de indiferencia espera su tan preciada cena merecida. Intente pasar a toda velocidad ignorando la distancia asumida.
Sentados frente a frente empezamos a gritarnos el silencio. Cada vez más enojados y sin parar de gritar, entre los guisantes. No podía más con esta jugada. Era el momento de mover pieza, aunque mi reina quedase desprotegida.
Humedeciendo mi garganta, afilando mis labios, dilatando mis pupilas... cogí aire. Mi voz rompería la sala. Aniquilaría al silencio en aquel preciso momento.
Sin pensarlo disparé, cerrando los ojos por miedo al impacto. El proyectil impacto en el muro del fracaso. Unas veces se gana y otras se pierde.
Cuando estaba asumiendo la derrota de repente sentí un pinchazo helado en mi abdomen. Miré hacia abajo y vi mis piernas ensangrentadas. La metralla me había pillado de lleno, y estaba tan ocupado en mi objetivo que se olvidó protegerme. Todo estaba perdido.
Por dentro sentía el hielo congelándome las arterías, pero sobre la piel el fuego me convertía en ceniza. Era el momento, era mi momento. Estaba preparado. Llevaba esperándolo tanto tiempo...
La purificación era lenta y dolorosa, pero agonizaba de placer al imaginar sentirme atendido. La noticia recorrería desde el nido a mi cocina. Todos lo sabrían, todos verían mi dolor. Todos me amarían por fin.
Ya quedaba poco. La garganta apenas palpitaba. Entonces decidí mirar a mi comensal, quise reclamar mi tan dichosa recompensa antes de formar parte de la eternidad.
Bajo mi sorpresa, mi agonizante dolor no había provocado ningún cambio en la escena. Todo seguía igual, nada se había estremecido. Entonces comprendí que mi dolor estaba siendo en vano. Nada importaría ya. La tierra prometida me acababa de ser arrebatada.
Quise llorar, pero mis lagrimas se cristalizaron. Con los párpados sellados mi corazón terminó con su balada infinita.
Unido en el dolor y en la contradicción, ciego de amor y agonía, me quedé esperando un soplo de viento que me deshaga en polvo y lluvia que tomen un camino distinto al mío.