Nadie nos recordará. No puedo controlar mi vida. Los malditos siempre ganarán...
Tras la cuarta copa era lo único que me rondaba la mente esa noche. El juego de discretas luces invitaba a la intimidad más lujuriosa. Navegando entre la niebla de tiempos pasados me dí cuenta que casi estaba solo en ese antro triste y húmedo. Entonces, sin previa invitación, apareciste tú. Elegante y casual, casi desentonabas con el ambiente que te acogía. El gran cazador con su presa a babor, jugando a estar despistado, mientras calculaba la técnica a abordar.
Un solo gesto a la siempre amigable camarera fue suficiente para que desapareciera con una sonrisa en la boca que sugería su diversión.
Mi final venía a por mí, y yo estaba demasiado borracho para para reclamar plaza en el reino de los cielos. Me rendí ante el hecho de que iba a ser mi último momento respirado. Visto lo visto ojalá hubiera vivido otra vida. Un héroe, un gladiador o un panadero. Cualquier cosa menos esto... cualquier cosa.
El cazador movía primero. Se acercó con sigilo mientras yo jugaba a no verlo.
- Bonita noche.- comenzó diciendo - una pena desperdiciarla en este antro.
- Se me a acabado la copa... - Contesté.- Pero nuestra amigable compañía se ha rendido sin ofrecer resistencia.
Lo miré con ojos de especie en extinción. Me hubiera gustado jugar más, Dios sabe que lo intenté, pero no estaba en condiciones de reclamarle paciencia a mi discreta ironía. Lo miré fijamente hasta empezar a derretir sus pupilas. Después desvié la atención al culo de mi vaso ya vacío. Lo vendí todo en aquel momento, y me dí por muerto.
Mi humilde cazador entendió mi petición. Se acercó a mí muy despacio, como no queriendo despertarme de un profundo sueño. Antes de descifrar su perfume sentí en lo más profundo de mis entrañas el acero helado de su cuchillo. Una alentada se me escapó de entre los labios, mi primera bocanada de vida malgastada.
- No es nada personal - me susurró al oído, como el que le susurra a un recién despertado "te amo".-
Sacó aquel tempano helado de golpe. Mi corazón empezó a marcar el ritmo de la noche. Mi cazador limpió la hoja en mi hombro, mientras yo no podía dejar de mirar mi vaso. Se fue hacía la puerta y sin tan siquiera mirarme se marchó. Al abrir la puerta una oleada de aire helado entro desde afuera. Esa brisa helada me penetró la piel, filtrándose hasta mis huesos y acampando en mis mejillas.
Me quedé solo, helado de un lado del cuerpo, con una sensación de vacío en el otro, como que me faltaba alguien ahí dándome calor. Ya echaba de menos a mi cazador y apenas se había marchado.
No sabía qué pensar. Sabía que iba a ser lo último en que pensara, pero no sabía que elegir como final digno. Estaba empezando a echar de menos hasta a la camarera. ¿Dónde había ido? Se la llevó la corriente.
Desvié la mirada al suelo. Había un charco negro sobre un fondo aún más negro. Mi corazón estaba empezando a callarse. Por primera vez iba a tener silencio sobre mí.
Abandoné mi vaso. Estaba empezando a calcular qué iba a pasar con él. Quién se lo iba a llevar. Quién volvería a beber de él, cuando se rompiese donde irían a parar todos esos trocitos... en ese momento la vista se nubló y caí al suelo. La sangre empapó mi pantalón. Curiosa perspectiva final. Cuando apenas estaba empezando a despedir la luz de mis ojos la puerta se abrió de nuevo. La oleada de frío volvió a arrollarme, esta vez por la espalda.
Mi cazador había vuelto a por su trofeo. Me cogió del hombro donde minutos antes él mismo había firmado. Me volteó dejándome ver un plano casi perfecto de su barbilla. Entonces se arrodilló sobre mi costado y se flexionó a la altura de mi cara.
Entonces, justo en el instante donde sus labios empezaban a bailar sobre mi mejilla aportándome unas agradables gotas de calor, y ya había sido capaz de descifrar su perfume, decidí pasar a la acción.
Sus labios se detuvieron de golpe casi helados. Sus ojos se cristalizaron, y empecé a sentir calor emanandome de mi puño y goteando sobre mi abdomen.
Me miraba desencajado. Para él mis ojos iban a ser su final. Descubrió por primera vez en aquella noche que ya no lo sabía todo.
Me lo quité de encima con severa dificultad, me estorbaba para levantarme. En mi reincorporación solo me atrevía a pensar que sería un pésimo momento para que la marea trajera de vuelta a la camarera. Imaginé su visión de mí intentando levantarme dignamente... que ridículo.
Una vez reincorporado y con mi presa en el suelo esbozando sus últimos trazos de vida me dispuse a salir de aquel antro. Hacía una noche preciosa para malgastarla allí adentro.
Me dirigí hacia la puerta. Al abrirla una bocanada polar me dio en la cara. No sentía nada... miré a mi victima agonizando. Pensé que en ese momento él estaría sintiendo ese frío... envidié que aún pudiese sentir ese frío y hasta eche de menos su aliento sobre mi mejilla.
Arrepentido cerré la puerta y me dirigí a un paso bastante decente para mi estado anímico, hacía la barra. Cogí mi vaso, que seguía vacío, y ahora si, con mi último Souvenir de vida, me dirigí hacía la noche, que estaba aún preciosa para morir en ella.
