Un crió de ojos negros, estaba macerándose en una burbuja con piel de león. Húmeda, caliente y confortable. No había nada en el exterior. De vez en cuando se transparentaba globos de cumpleaños elevándose. Todo estaba bien. Nada importaba. No era necesario pensar en nada. La vida pasaba a su alrededor. En su interior intentaba con éxito abrirse camino. Pero el no ordenaba que así fuese. Simplemente ocurría.
El cielo se oscureció. Algo iba mal. Desde primera hora de la mañana ya lo presentía. Abrió los ojos, ...quería saber lo que estaba pasando en el exterior. ¿Qué era esa sensación?, ¿Porqué necesitaba saber lo que estaba ocurriendo afuera? La curiosidad abordó por primera vez su corazón. Se acercó al límite entre su mundo y el mundo de afuera. Se sobresaltó cuando una figura negra apareció al otro lado. Parecía, ... como él. Pero no podía ser. Se miro las manos. Eran blancas. Ese hombre era oscuro. Comprendió que había cometido su primer error. Error que cambiaría el rumbo de las cosas. Volvió la cabeza. Se zambulló a la que era su esquina favorita. Se enroscó sobre sí mismo y empezó a a sentir dudas, ... escalofríos, miedo. Todas esas sensaciones eran nuevas. No entendía nada de lo que estaba pasando ahí. Miró por encima de su hombro. Esperaba que la figura se hubiese ido, el cielo se hubiese esclarecido, que todo fuese como antes. Pero era demasiado tarde. Alguien ya había elegido por el.
La mano de la silueta parecía buscar algo debajo de su pecho. Sacó un puñal brillante. Sin pensarlo metió una tajada a su escondrijo. Su mundo empezó a cambiar sin esperarlo. Todo se estaba estaba perdiendo. Todo empezó a temblar. Cerró los ojos lo más fuerte que pudo. "Todo volverá a ser como antes. Nada de esto ha pasado. Quiero estar como hace un momento. ¡Por favor!" La burbuja explotó. Todo se desparramó. Y el quedó tendido sobre una cera fría y hostil. Abrió los ojos. Estaba fuera. Fuera todo se veía de otra forma. Algo frío y de un sabor azabache empezó a inundar su garganta. Intentó resistirse, intentó defenderse. Pero fue inútil. Entró. Sus pulmones se hincharon, sus ojos se esclarecieron y sus músculos se tensaron. Se puso en pie y empezó a sufrir. El dolor era insoportable. Aprendió a gritar rápidamente. Se levantó sobre sus rodillas, y cuando no podía seguir ofreciendo resistencia estiró los brazos por detrás de su espalda. Ya solo tenía que dejarse llevar. Sufrir. Los primeros segundos aprendió a amar, a querer, a odiar, a tener hambre, ... No sabía como asimilarlo, donde dirigir sus gritos, donde agarrarse, ... Su cuerpo empezó a manifestar su agonía. Cada vivencia que normalmente hubiese necesitado toda una vida, estaba siendo vivida en segundos. Cada pasito convertido en una bocanada de aire se estaba tatuando en su cuerpo. Una experiencia solapaba a la otra, y ambas eran solapadas por una más reciente haciendo que la primera y la segunda se viesen borrosas. Pasados unos instantes las primeras vivencias habían sido enterradas y olvidadas, ... pero ya estaban ahí tatuadas. Permutadas de por vida. Su piel cada vez se iba haciendo más y más fría, la tinta estaba formando una capa aislante entre su cuerpo caliente y el exterior frío. Cada vez más oscura.
Todo pasó en cuestión de minutos. Ahora entendía todo. Ya sabía todo lo que tenía que saber, y cómo aprender el resto. E hombre encapuchado de piel negra, que había sido un público cayado de la escena, se le acercó. Le tendió el cuchillo. Este lo tomó, le dio un revés y se lo hincó en las entrañas sin vacilar. El encapuchado sonrió. Y sus ojos empezaron a tatuarse de negrura. Ya había vivido su última vivencia. La muerte. Todo dependía ahora del neonato.
Después de tomar su lugar, vestirse con su túnica y guardar el puñal en el pecho empezó a andar por las calles de ese nuevo mundo. Todo le era familiar. Todos los sentimientos que flotaban en el ambiente, él ya los había manejado anteriormente. Sabía que las personas que andaban a su alrededor no eran como él. Pero que sentían como él. Eran capaces de destruir sin pestañear. Llevar a su casa, lavarse las manos en el fregadero y besar en la frente a cada uno de sus hijos. No podía fiarse de nadie, ...
