15 de junio de 2012

El título de lo que ya sabía.

Insistiendo una mañana más y contra todo pronóstico meteorológico salí a pasear por mi preciosa ciudad. Esas gentes siempre sonrientes, esas aceras relucientes y esos coches educados y concienciados con la ciudadanía. Cada día me alegraba más de haber formado parte del éxodo rural. Cambiar el olor del estiércol por el olor a gasolina quemada, el olor a orines de caballo por el de orines de sapiens, mezclados con alcohol barato, y el precioso olor de la hierba brotando por el maravilloso olor a burdel que sale de los bares. No había punto de comparación.
No llevaba ni cuarenta minutos paseando cuando el Sol empezó a oscurecerse. Miré arriba y una vez más pensé arqueando una ceja "No importa lo que parezca cuando salga de casa. La televisión siempre tiene razón." No tardó en empezar a llover. No tarde en caer en la cuenta que de mis siete sudaderas de los domingos, había venido a elegir la única que no llevaba gorro.
Iba caminando pegado a los balcones de la acera con la esperanza de ahorrarme algunas gotas. No obstante mi fracaso se acentuaba cuando precisamente el agua que arrastraba de los tejados me daba en toda la frente. Una gota más o una gota menos ya daba igual. Estaba empapado totalmente. No obstante, me resistía concienzudamente a volverme a casa. Pensaba "parará pronto" ... otro error meteorológico en mi cuenta. No solo no paraba sino que además apretaba con más ahínco. Como si alguien se estuviese vengando de mi. " Ahhhh, con que quieres dar un paseo un día de domingo, aún habiéndote dicho claramente en la televisión que iba a llover y que estaba prohibido salir a la calle ... muy bien. Tú lo has querido. Morirás por ello sin piedad. Serás castigado con litros y litros de agua helada sobre tu pellejo "
Una sonrisilla se me escapó en mitad del caos de la calle. Estaba claro que humanizar situaciones que no eran humanas siempre era como poco cómico. Además me ayudaba a amenizar la marcha.
Rehuyendo como podía del diluvió vi a lo lejos una parada de autobús. No estaba forrada de publicidad barata. No estaba grafitteada como era costumbre en todo elemento urbano grafitteable. Algo escarmentado (pero rebelde aún) decidí sucumbir a las señales de mi alrededor. Y decidí refugiarme en la parada de autobús. Al menos un tiempo, hasta que amainase lo peor de la tormenta, y luego poder volver a casa con el rabo entre las piernas y sin el trofeo de "Has aguantado TODA la tormenta como un machote". En fin, nadie me veía. Era trampa, pero justificada.
Llegué a la parada y una vez bajo techado empecé a sacudirme la cabeza. Me quité las gafas y me saqué la camiseta interior para secarlas. Error. Estaba más empapada la camiseta que las gafas.
- Creo que esto te vendrían bien.
Una mano invadió mi territorio básico y me ofreció un paño seco, con olor a miel. Miré con cara interrogativa. Ni siquiera me había dado cuenta de que debajo de aquella parada hubiese alguien más. No llegué a ver su rostro, porque sin las gafas no suelo ver más allá de unas pocas sombras coloreadas. Rápidamente deduje por la forma de la silueta y la intuición que era un señor mayor que esperaba al autobús, y que se estaba apiadando de un joven empapado.
- Gracias.
Cogí el pañuelito y sequé como pude mis gafas. Calculé donde desechar el pañuelo, obviamente no era educado devolvérselo al señor después de haberlo usado tan vilmente. Pero tampoco era conveniente meterlo en el bolsillo donde podría deshacerse y convertirse en uno de esos pañuelos inmortales que se te han metido en la lavadora, se han esparcido y tienes toda la vida trocitos de pañuelo en el bolsillo. Por lo que me lo quedé en la mano. Estas cosas que arrinconas en la mano y sujetas sin pensarlo, hasta que las olvidas.
Con las gafas secas, puestas, el mundo se empezaba a ver de otro color. Realmente me di cuenta que había hecho bien en retirarme a tiempo (o casi a tiempo) porque llovía a mares. Me volví hacia el señor con gesto simpático para hacer algún comentario del estilo "Madre mía, ¡cómo llueve!" pero el señor se me adelantó.
- Hace un día horrible. No hay nadie en la calle. Todos han sido más meticuloso que nosotros ¿no?
- Eso parece. Al ver el Sol esta mañana no creía que la "famosa tormenta" fuese a ser tan cruel.
- No es cruel. Solo hace su justicia a su manera.
Sonreí sin saber qué contestar. El señor estaba protegido hasta arriba y parecía llevar en esa parada desde antes de que comenzase a llover porque estaba impoluto. Ni una gota de agua en el abrigo. O en el sombrero. O incluso en el paraguas que lo cubría. Nada.
- Y bueno Bruno. ¿Por qué has decidido pararte aquí y ahora?
Un escalofrío de estos no metafóricos me empezó a subir por la espina dorsal hasta el cuello. Se me abrieron los ojos como platos y enfoqué a la cara del Impoluto olvidando todo tipo de norma social sobre no mirar directamente a los ojos a las personas.
- Perdone ... ¿Le conozco?
- No me trates de usted. Y no, no me conoces.
- ¿Entonces? ¿Cómo sabe mi nombre?
- Porque sueles presentarte a todo el mundo antes de hablar con él. Aunque nadie escucha tu nombre. Solo escuchan quien eres. Inspector encargado del asesinato de Fermín Santos - El Impoluto me sonreía y me miraba con una cara entre el misterio y la burla de "yo lo se todo, tú no sabes nada"
- No recuerdo haberte interrogado nunca.
- Ni falta que hace. Yo te he dicho todo lo que tenía que decirte.
- ¿Cómo? - Cada vez estaba más seguro de que me había encontrado a un pirado que me iba a exigir favores sexuales por el triste pañuelo.
- Mira ya viene el autobús - miró por encima de mi hombro como indicando que se acercaba por mi espalda.
Al girar la vista tras de mí, por instinto, un fogonazo se me coló en los ojos sin avisar. Un pitido estrambótico como de sirena de barco taponó mis oídos. Y pude sentir como mis costillas empezaban a fundirse con el capó del autobús.

Abrí los ojos alterado. El corazón se me iba a salir por la boca o por cualquier orificio que tuviese a mano. Tardé pocos segundos en comprender donde estaba. Giré la cabeza y cogí las gafas de la mesita de noche. Apagué la televisión que nuevamente estaba avisando de la brutal tormenta torrencial que iba a azotar hoy Madrid. Abrí la ventana y el Sol mañanero me cegó. Cuando medio me recuperé miré al horizonte. Ni rastro de nubes negras.
Me fui al armario y esquivé trajes, camisas y corbatas. Tenía mi rincón de la ropa informal que solo podía utilizar el domingo. Ese día de descanso donde mi vida se pausaba por un día. El día después del trabajo y el día antes del trabajo. El único día donde no tenía otra cosa mejor que hacer que dar paseos de viejo por la calle.
No tuve mucho que elegir. Mi sudadera preferida del instituto. La del viaje de fin de curso, que era de color rojo. Luego el tiempo le hizo mella y pasó a ser rosita. Luego un descuído casero hizo que tuviese unas rallitas azules muy curiosas. Pero estaban por la espalda. No me molestaban. No tenía gorro.
Cuando me la iba a poner un pañuelo se calló al suelo. Abrí los ojos con desconfianza. ¿El ticket del supermercado? ¿Los típicos moquillos que se guardan por vergüenza? Me doble para recogerlo y me vino un olor a miel.
 Entonces recordé lo que había soñado. El motivo por el que me había despertado. La parada, la lluvia,  El Impoluto, el autobús que me arrolló sin compasión ...
Abrí el pañuelo empapado y con letras azules corridas por el agua, puede leer:

"Solo hace la justicia a su manera."