19 de junio de 2012

Mi Marte.

Todas las mañanas igual. Suena el despertador, es hora de levantarse. Café tostadas y un poco de piña. Una ducha, las zapatillas, y no olvides las llaves al salir. Aceras frías y solas, autobús lleno y gente con caras divorciadas con la vida. Trabajo mecánico. Problemas que son tan viejos como frecuentes. Me aburre solucionarlos sin pestañear. Almuerzo con el jefe. Patatas fritas con el aceite de ayer. Carne de un cordero que hace meses que murió. Vino del bueno para celebrar el ascenso.
El Sol se esconde por el mismo sitio de ayer. Se muere un 20 de mayo, de un año cualquiera. Ya he visto 35 veces, la muerte del 20 de mayo. No es nada nuevo.
Llego a casa y la televisión hecha lo mismo que el martes anterior. La misma música ahogada en aplausos de la misma gente. Para cenar una botella de vino. Del barato, en soledad no hay nada que celebrar. Quizás avanzada la madrugada las croquetas pochas de la cena de ayer. Mi sofá me espera y la cama muere de sed. Hasta otro día.
¿Y por qué vivir así?
Si yo lo que quiero es coger el Sol. Tirar de la cadena mientras suena el despertador. Bañarme durante horas en una playa fugaz. Escribir poemas la noche de San Juan. Saltar desde el cielo y caer en un caballo salvaje. Cabalgar bosque adelante y reírme del hambre.
Me apetece correr toda la tarde. Hace un día nublo, ni siquiera se la hora que es. Correré junto a mi perro hasta los límites del mundo. Cuando me canse, me tumbaré en la hierba de cualquier descampado. Unas gotas de lluvia de vez en cuando me acompañarán. Si me canso, me cambio de mundo, pero por ahora me queda mucho que mirar.
No me preguntaré si mañana llegará. No recordaré donde estuve ayer. Gritaré por gritar, cantaré por cantar, reiré por reír. Y nunca, nunca más lloraré, solo la noche de Fermín.
Adoraré a las estrellas, al cielo, o a un oso polar. ¿Qué importa mi Dios? ¿Qué importa mi nacionalidad? No tendré nombre. Seré recordado como ese, que anda por ahí, del que todos hablan, del que nadie sabe nada. Del que solo está feliz. El que está loco. El que cambio su bandera por un pijama gris.
Mi calendario vendrá, cuando el frío llegue. Me abrigaré, con el manto lunar. Escucharé, pájaros cantar. Escribiré, los gritos que mi alma me va a dictar. No soñaré con luces fugaces nunca más más. Solo descansaré,  hasta otro día mon amour.
A los 40, bebiendo en el lago habitual, encontraré a esa bella doncella esperando sin mirar. No le preguntaré su nombre, pues ella también lo olvidó. Solo la miraré, y mientras ella me mira, la besaré y nos casaremos los dos. En la boda habrá, miles de gorriones, pájaros cantores, helechos y fresnos ¿por qué no? Dibujos hechos por corderos. Tal que Adán y Eva retozaremos, cantaremos juntos, de vez en cuando, jugaremos y veremos las hojas caer.
Poemas que sueñan, que son de verdad. Diablos sin venas, que no se atreven a bajar. No solos en el olvido una noche de amor, nació medio niño y por la mañana terminó.
Luz lo llamamos y el nombre le gustó. Sonrió al cielo y en mis brazos se durmió. Primavera a primavera  mi edad se me olvidó. Mi preocupación era el cielo, la tierra y el amor.
La lluvia de invierno gritando nos asaltó. Era ella, Rocio, que pronto se descuidó. Vino al mundo, a la luz de la Luna, llorando histérica, y sin sonrisas ni dudas. Su madre dibujó en ella nuestra canción. Su hermano le dio, su primer beso de amor.
Para días peores, inventamos un avión, para la familia, el perro y el caballo. Volamos mil mares, desiertos y cosechas, pero nada como nuestra tierra. Demasiado hostil. Demasiado distinto. Demasiado grande, nosotros queríamos menos. Queríamos luz y flor.
Por eso nos mudamos a un Marte desierto, tierras rojas, dos lunas a elegir. Ríos amapolas, caballos flotando, escritos en la arena, mares y lagos. Todo lo mejor, que podía prever. Ahora mi vida cambió, mi religión estaba con Dios. El amor y la vida, que vi en cada amanecer, no lo cambio por oro, ni por salud ni por querer. Solo quiero que el Sol, ya no me vuelva a dejar, y que la luz de la noche me bese antes de ir a dormir.
Esa noche soñé, que ese era mi mundo real. Me dormí entre sábanas que me supieron a mar. Esta mañana me levanto con el humor en los pies. Un tonto berrinche por no saber creer. ¿Qué hay de mi caballo, mis niños y mi mujer? Yo quiero estar en Marte, ¡Devuélveme mi tren!
Sin embargo resigno, y quito el calendario, hoy es 21 de mayo y ya llego tarde al trabajo. En el camino sonreiré. Esta mañana no desayuné. Las caras de la gente, ahora me parecen un burgués. En el trabajo, la pasaré tatareando, mi dulce sueño, mi destino soñado, que quiero a mi lado.
Escribiré mis sueños en un libro, que arrojaré al mar, donde se pierda, se pierda, y ya no vuelva a pasar. Por si acaso me dejaré un par de hojas, pues mañana quien sabe, igual si tengo fe, algo vuelve a llover.