10 de junio de 2012

La 604.

El pasillo se hacía eterno. Hacía como media hora que habíamos empezado a caminar, y parecía no tener fin. Cada dos o tres metros había una frontera de puertas.
La pelirroja vestida de blanco sacaba su manojo de llaves que zurraba como si fuese un sonajero y tras un parsimonioso sondeo encontraba la llave adecuada. Abría las puertas, me hacía un gesto de pestañas para que pasase y detrás de mi, pasaba y cerraba la puerta con otra llave distinta. Después seguíamos nuestra marcha al ritmo de su taconeo.
Así pude contar al menos unas quince o veinte puertas dobles. También conté dos intentos frustrados de conversación agradable que acompañase nuestra marcha.
Mi primer intento comenzó con un "¡Vaya si que hay seguridad! ¿Tan peligrosos son los internos?" Y culminó con una mirada fulminante por parte de la pelirroja a mis desprevenidos ojos. La segunda conversación comenzó tras un error de la pelirroja. Se le calló el sonajero al suelo, y yo me agaché casi inmediatamente, se lo recogí y sonreí diciendo "Cuidado, con esta cantidad de llaves podrías abrir un agujero en el suelo" Ella sentenció la conversación con un "gracias" que llevaba un tono que casi me lo podría haber tomado como un insulto.
Opté por el silencio de funeral el resto del trayecto. No quería incomodar a la pelirroja pues a fin de cuentas se supone que me estaba haciendo un favor, y que con la cara que llevaba colgada esa mañana ... ella también necesitaba uno. Y urgente.
Cuando ya me había acostumbrado al ritmo de nuestro paso, y me dedicaba a analizar los azulejos blancos e impolutos que rodeaban el pasillo, de repente el ritmo de los tacones cesó.
- Es aquí - dijo la pelirroja girándose a modo de robot hacia una puerta del pasillo.
Volví la mirada y vi que era la habitación 604. No tenía ventanilla a la altura de la cabeza, como era típico de todas las puertas previas que habíamos pasado.
Esperé a que la pelirroja rebuscase en su manojo de llaves. Pero su gesto se heló. Parecía haberse dormido despierta. No se movía ni para bien ni para mal, ni siquiera pestañeaba, cosa que me extrañaba muchísimo, pues le colgaban unas pestañas postizas de campeonato. Cada pestañeo seguro que era como una flexión de 80 kilos. Acabaría siendo Miss Párpados.
Viendo su falta de riego sanguíneo, me decidí a intervenir.
- Perdone, ¿me podría abrir la puerta? - Estaba harto de tanto formalismo y educación. Mi tono fue contundente tirando a autoritario. No era precisamente una petición.
- Es la única puerta del edificio que no está cerrada con llave inspector.
- ¿Cómo? cierran los pasillos con dos llaves distintas, pero ¿no cierran la puerta de un interno? ¿por qué?
- Tiene veinte minutos. No tarde, o si que cerraré, y con usted dentro.
En ese preciso momento, le hubiese sacado el chicle de la boca a la futura Miss Párpados y se lo hubiese metido por el ojo sin compasión. Aunque seguramente lo hubiese apartado de un pestañeo, a modo de parabrisas. Odio los manicomios. Todos, incluido el personal, está loco.
Acto reflejo alcé el brazo derecho, a la altura a la que esperaba encontrar un pomo que me abriese la puerta. Pero no había nada. Ni pomo, ni cerradura, ni botón, ni nada que me abriese la puerta. Así que por deducción elemental tendría que empujar la puerta hacia adentro.
Empuje tímidamente con una mano. La puerta se notaba móvil, pero obviamente había aportado muy poca fuerza. Imaginé la cara de la pelirroja a mi espalda, mirándome con cara de asco y a punto de sacar una motosierra de debajo de la falda.
Empuje una segunda vez con las dos manos y la pesada puerta cedió. Entré y la puerta se fue cerrando lentamente a mis espaldas. Un componente místico sin duda sorprendente.
Nada más entrar vi a Tomás sentado en una silla blanca. En el centro de la habitación sin nada alrededor. Ni siquiera un baño, ni una cama, ni nada por el estilo. Una silla y él.
- ¿Cómo está Tomás? Mi nombre es Bruno, soy inspector oficial encargado del ...
- Se quien es. - Me interrumpió con voz de borracho malhumorado.
- Bien, entonces me ahorrará usted la explicación. - Se acabó la simpatía en ese lugar. Aquí todo el mundo iba a la yugular, y yo también sabía morder. Activé el modo de poli malo - Entonces, sabrá a lo que he venido.
El chico no respondió. Se quedó con la mirada perdida, como la pelirroja que me esperaba en la puerta. En esa habitación debía de haber un tipo de atmósfera especial que hacía que la gente se empanase como una torta de limón. Me daban ganas de sacar el guante de la justicia y ponerme a dar guantazos en la boca de la gente. A ver si espabilaban. Pero no tenía toda la mañana.
- ¿Donde se encontraba entre las 16.00 y las 18.00 del pasado lunes 8 de mayo?
No iba a ser algo sencillo. El chico ya por no hacer, no hacía ni ruido al respirar. Le escupí todas las preguntas reglamentarías una por una, dejando unos veinte segundos de cortesía entre pregunta y pregunta para ver si el chico decidía resucitar en algún momento. Pero la respuesta era siempre la misma. Mirada perdida.
Viendo que era inútil y que el chico no estaba por la labor pensé que lo mejor era irse y pedir el informe médico de ese chaval. Estaba claro que el que la puerta no estuviese cerrada era signo de que no era peligroso. Quizás solo sabía decir "Se quien es". Me di la vuelta. guardé mi libreta de inspector en el bolsillo derecho de la cazadora y decidí ahorrarme la despedida.
Al darme la vuelta vi una cámara encima de la puerta que enfocaba constantemente al chico. Obvié que era normal. Justo cuando iba a empujar la puerta para salir escuché el chirrido típico de unas cadenas.
Me volví sobre mis pasos y al darme la vuelta vi a Tomás depie. Estaba maniatado con unas cadenas que rodeaban sus muñecas y antebrazos. Siguiendo con la mirada vi que las cadenas partían del suelo. Y que la silla estaba atornillada al suelo.
- ¿Por qué estás atado como un animal chico? - Intenté esconder la ironía de la pregunta, y por supuesto no tenía ninguna esperanza en la respuesta.
- Porque me tienen miedo.
- ¿Miedo? ¿Quién eres tú como para que te tengan miedo?
- Yo soy Legión.