Me encantaba ir a la capital. Era un festival de colores que embriagaba mis retinas. Ruidos, coches, personas, perros atados, aceras anchas, papeleras ... Todo era nuevo para una niña curiosa. Toda la familia íbamos con paso ligero, sin dejarnos engañar por los colores de la ciudad. Sabíamos cual era nuestro destino y cuales eran nuestros objetivos. Sabíamos lo que habíamos ido a hacer allí. Pero nos encantaba ir mirando a todos sitios, saboreando la experiencia. Cada vez que pasábamos por un pequeño estanco me resistía a los tirones que mi padre me daba del brazo para poder observar las revistas el mayor tiempo posible y así poder retener a esa gente con cara de misterio que posaba en primera página.
Cada vez que parábamos en un paso peatonal aprovechaba para mirar a la gente que esperaba impaciente a que el monigote rojo cambiase de color. Su gesto era de impaciencia mezclado con gotas de rutina. Trajes abrochados, bufandas multicolor, tacones en tono rojo puta, pamelas que fácilmente podrían pasar por sombrilla de playa ... Todas las prendas eran válidas en la capital. Todo el mundo pasaba desapercibido. Todo el mundo se consideraba normal.
En nuestra carrera contrarreloj por no llegar tarde a la cita con el oculista nos cruzamos con un edificio en obras rodeado por un muro pintado. Las pintadas eran verdaderamente impresionantes. Algunas zonas del muro eran dignas del propio Da Vinci, otras sin embargo eran producto de borracheras y solo se atrevían a imitar el sexo masculino y mencionar la profesión más antigua del mundo. Otras que no eran de destacable calidad, eran producto de jóvenes revolucionarios que deseaban a toda costa expresar su creatividad, en frases como "¿Y tú? ¿Eres normal, o piensas?". Las pintadas compartían soporte, no obstante se respetaban unas a otras y nunca se superponían.
Más adelante, cuando nuestro destino ya casi podía dejarse ver por el trasluz de la lejanía, chocamos con un hombre que nos pedía dinero. Personas que olvidaron su higiene en la mesita de noche días atrás, que habían rechazado su dignidad y habían decidido depender de la caridad de sus semejantes, abundaban en aquel lugar. Para una niña inocente y sin maldad no fue difícil decidir a quien dar esos veinte duros que mis padres me habían dado para comprar chucherías. Se lo dí al indigente, y tras esperar una frase de aceptación por parte de mis padres que nunca llegó, seguí mi camino.
Los escaparates estaban más iluminados que la capilla real. Las batidoras, planchas del pelo, neveras, bicicletas, camisas ... Todo posaba elegantemente ante las miradas de los interesados.
Cuando la emoción por tal espiral de sensaciones aún no se había muerto llegamos a nuestro ansiado destino. El oculista nos recibía con un vestíbulo de mármol, frío y brillante. La espectacularidad de los cuadros que nos perseguían hasta el ascensor era directamente proporcional a su valor económico.
Cada año que subíamos en el ascensor de tamaño estándar hacíamos la misma broma y desterrábamos a mi madre a subir por las escaleras. No obstante en esa ocasión teníamos compañía, y decidimos reservar nuestro humor para nuestra tierra. Una señora que me estaba taponando la nariz subía con nosotros. Sus ojos parecían desear retorcerse sobre sus órbitas para ver quienes éramos, no obstante su barbilla seguía firme hacia el frente.
El sonido de una campanilla celestial marcó el paro de la marcha del ascensor, y precedió a la apertura de las puertas. Pasamos a una sala de espera tan elegante como incómoda. Los asientos parecían haberse fabricado a patadas para formar figuras imposibles. Los cuadros parecían haberse pintado a fuerza de escupitajos. Las pareces parecían haberse aruñado por gatos en celo. Todo era como poco curioso, no obstante no nos dio tiempo a seguir disfrutando de la excentricidad, rápidamente fuimos invitados a pasar.
Al salir, mis ilusiones se habían reducido a un caramelo que el doctor había hecho aparecer por arte de magia de una caja roja. Mi capacidad física se limitaba por un pupila dilatada que me obligaba a ver el mundo opaco y difuso. Y mis deseos de futuro inmediato no eran distintos de una cama mullida donde descansar y reposar esa borrachera producida sin una gota de alcohol.
Cada año se iba repitiendo la misma historia. Cada año la ilusión era mayor. La capital era lo que más me gustaba. Ver, tocar y oler las cosas que por televisión solo era capaz de imaginar vagamente.
Ilusiones que el tiempo va marchitando. La repetición va aborreciendo, y el exceso va deteriorando. Hoy hecho de menos a las cabras, el olor de la hierba húmeda, la tierra negra y blandita, esos días lluviosos donde desde las escaleras de abajo podía oír el rasgar de la sartén el cocer las migas de pan. Y sobre todo hecho de menos los tirones que me pegaba mi padre del brazo. Me obligaban a seguir caminando.
