9 de febrero de 2012

El sonido de la culpa.

Las agujas del reloj pesaban más que de costumbre. Su incesante marcha parecía no tener fin. Cada “tick” le sonaba a años, y cada “tak” a milenios. La almohada estaba callada. No se atrevía ni a respirar, ni siquiera a escuchar. Era un silecio que había pasado de ser incómodo a ser íntimo.
Alba no comprendía porque no brotaban las lágrimas esa noche. No llegaba a asimilar que no fuese capaz de sentir culpabilidad, pena, rabia, hostilidad consigo misma … no era capaz de sentir nada. Apoyada sobre su oreja derecha, solo esperaba que el Sol diese el pistoletazo de salida, y que el nuevo día le contestase a tantas preguntas como estaba haciéndose en ese momento.
Giró sobre sí misma, intentando evitar la mirada del espejo que reposaba sobre la mesita de noche. Se negaba a cerrar los ojos. Sabía perfectamente que al cerrar lo ojos lo vería a él, riendo tal y como hacía siempre. Era un estúpido. No sabía estar serio ni siquiera en su propio funeral. Seguro que de haber podido decir sus últimas palabras hubiese dicho algo así como “¿Qué haceis todos con esa cara de muerto? ¡El muerto soy yo!” Reproducir la escena en su mente, llevó a Alba a soltar un risotada que se escuchó más de lo que había deseado. La sonrisa se topó con la culpabilidad. No era ético reírse en un momento así. De repente, su duelo moral se vio abatido. Se dió cuenta de que jamás volvería a reír como antes. Y que el recuerdo de su amigo se perdería en tristeza y desolación. Cada vez que riese, su risa se vería apagada. Nunca volvería a ser lo mismo. La vida se había llevado a la mejor persona que ella había conocido. Y ni siquiera había podido tener un juicio justo. Todo lo había perdido esa noche.
Como si la cama estuviese plagada de hormigas hambrientas, Alba no hacía otra cosa que dar vueltas sobre sí misma. Nadie era capaz de dormir esa noche en la habitación. Las paredes blancas se tintaban de rojo, el reloj imperioso no paraba de recordar que la vida no estaba por la labor de detenerse, y la luna parecía haberse apagado para resaltar el ambiente tétrico.
Cuando una ola de rabia estaba a punto de salir a presión desde debajo del estómago, la puerta de la habitación se abrió bruscamente. Alba, como si de un insecto se tratase, optó por el mecanismo de defensa de estar quieta. No obstante sus ojos abiertos como dos perlas, la delataban.
- ¿Estás bien, pequeña? - Preguntó su madre con voz quebrada.
- Sí. Estoy intentando dormir un poco.
El tono de Alba fue concluyente y sin sitio a la discusión. Su madre entrecerró la puerta. Alba empezó a llorar. Había sido todo demasiado rápido. Demasiado increíble para intentar creérlo en una misma noche. Sin embargo es lo que tocaba hacer. Antes de hablar con nadie, ni siquiera con su mayor confidente, su madre, tendría que preparar las palabras exactas. Su dolor no podía ser captado con gestos, colores, frases poéticas, … no tenía ni idea de como escupir toda la agonía que se acumulaba debajo de su paladar. Las fugas momentáneas de sus ojos no eran suficiente.
La almohada le aconsejó levantarse. Ella, sin rechistar se levantó, y pulsó el interruptor que derivó en un fogonazo de luz. Sus ojos casi no notaron la diferencia. Cogió el traje negro del suelo. Una falda en tono vaquero, pero con tacto a tercipelo, y una chaqueta con la que parecía poco menos que una azafata de vuelo. “Menos mal que mis gafas oscuras tapaban mi rostro y nadie me habrá reconocido.” Pensó mientras se podía intuir un gesto parecido a una sonrisa.
Decidió fijarse en el reloj. Solo eran las seis de la madrugada. Físicamente hacía horas que se había dejado caer en la cama. Pero su mente lo había tomado como milenios malgastados.
Como si de un acto reflejo se tratase, abrió la tapa de se ordenador portatil. Pulsó el botón de encendido. Cuando el ordenador empezó a jugar con luces de colores, demostrando que había recibido la orden de encenderse, Alba se preguntó para qué lo había encendido. No obstante, ya estaba hecho. Quizás algún alma atormentada, como la suya estuviese rondando a esas horas por la red. Y podría escucharla, o incluso hablar con ella, esperando algo de comprensión. Fuese como fuese, podría matar el tiempo que le faltaba al sol para despertar. Y al mismo tiempo entretenerse lo suficiente como para olvidar algo de lo ocurrido ese día.
El lento juego de luces empezaba a desesperarla. Decidió dirigirse al calendario. Hacía seis días que no había tachado los días ya vividos. El último día tachado fue el tres de noviembre. Por un segundo, deseó volver a ese tres de noviembre. Que todo esto fuese un mal sueño. Que no tuviese que tachar esos días atrasados, pues ni siquiera habían ocurrido. Todo sería como aquel día.
El sonido característico del ordenador al encenderse, interrumpió su ilusión. Se sentó frente al ordenador y tecleo su contraseña. Nada más ver el escritorio virtual pensó “tengo que limpiar esto, ...” Abrio el explorador de internet. Tenía un nuevo mensaje de correo electrónico.