9 de febrero de 2012

Un ciudadano ejemplar.

El cielo negro de febrero pintaba las calles de Nueva Jersey. El frío polar arrastrado por el viento huracanado, intentaba colarse por debajo de la puerta número 34 de Lincon Street. No obstante, el calor de la chimenea imperaba en la casa, y el sonido de un violín callado por el piano ponía la música de fondo al ambiente.
Sara estaba a mi lado, jugando a hacer collares con perlas cuadradas y letras. Era un niña impresionante. A sus diez años leía, tocaba el violín, ayudaba a su madre a hacer la cena ... Era la niña nunca soñada. Tan bella como su madre. Mientras ella dedicaba todo su esfuerzo y amor en su ardua tarea, yo dedicaba mi odio y pavor en la mía. Estaba creando el microchip más inteligente del mercado. Cada gota de estaño que fundía en él era un mar de dudas hirviendo que gritaba en cada palmo de mi cabeza si lo que hacía estaba bien o estaba mal.
- Mira papa, ya lo he acabado - dijo Sara elevando su nueva obra de arte. Un collar con miles de colores indefinidos en el que claramente se podía leer en el centro "Mama".
- ¡Vaya! Desde luego se te da mucho mejor que a mi. Eres toda una artista pequeñaja. No se a quien has salido - Sara me sonreía con su cara de abastecimiento. Sabía que estaba sobrevalorando su acto, pero era una sensación de recompensa que a todo niño le gustaba sentir.
Nuestro momento especial fue interrumpido por el olor embriagador de un chuletón bien hecho, crujiente por fuera y tierno por dentro. Parece que esa misma noche, tendríamos guarnición. Patatas asadas con espárragos hervidos a la pimienta. Aurora era la mujer más perfecta que había podido conocer en mi vida. Era la mejor cocinera del mundo, y era inevitable que cada vecino que se acercase a nuestra casa no cayese en la tentación de probar su deliciosa comida.
- Vaya ... parece que esta noche hay verduras para cenar - la cara de Sara parecía haber visto un cadáver.
- ¿Verduras? ¿Bromeas? Tu madre es la mejor alquimista de verduras del mundo - me levanté con cara de lince acechando a su presa - es capaz de transformar las verduras, en un delicioso puré especial para una niña en fase de crecimiento - me fui acercando a Sara con paso decidido, evitando hacer cualquier tipo de ruido - además hace que se te quede un cutis especial y delicado, algo así como al de una princesa ...
- No es verdad - Sara empezó a sonreír, dándome a entender que había captado las normas del juego.
- ¿Qué no es verdad? bueno, puedes creer lo que te plazca - mi tono vacilón empezó a desvelar que era el momento de mi ataque - pero si no comes verdura, te vas a quedar ...  ¡pequeñaja!
Me abalancé sobre mi presa con la boca abierta y las manos abarcando su cintura. Agarré a Sara y la subí a la altura de mi cara, simulando que devoraba su vientre, a la vez que sustituía los dientes por babas.
- ¡Papa! ¡Tonto! ¡Suéltame! - las risas de Sara eran contagiosas, y parecía querer defenderse, pero no sabía muy bien como, así que se resignaba a patalear y disfrutar del momento.
Ese minuto glorioso fue interrumpido por el timbre de la puerta. No obstante no era nuestra intención acabar tan pronto con la diversión del juego.
- No se de quien es la culpa, de la de diez años o de el de ... treinta. - Ahora irrumpió en la habitación a modo de tetera americana, con una mano puesta en la repisa de la puerta y la otra en su cintura. Su gesto quería regañar, pero dejaba escapar una sonrisa que invitaba a seguir con el juego.
El timbre de la puerta volvió a insistir, recordando que alguien desconocido y que posiblemente fuese un vecino que había recibido el olor de las patatas y se presentaba a última hora a "pedirnos sal" estaba esperando.
- Venga bebes, a la mesa o se enfriará todo - Aurora se dio la vuelta sobre sus pasos y enfocó su mirada hacia la puerta.
- Ya voy yo cariño, tú saca esa botella de vino que Roberto nos dio el otro día - descargué a Sara en el suelo, y cambie mi gesto intentando parecer autoritario - y tú, pequeñaja lávate las manos antes de cenar.
- ¿El otro día? Lleva guardada desde nochevieja ... - Me acerqué con la cara iluminada y la sonrisa queriendo escaparse de mis labios - lo se mi amor. Pero hoy es un día especial.
- ¿Qué día es hoy? - El tono sonriente de Sara delataba su intención de hacerse la tonta.
- Tal día como hoy, hace ocho años me enamoré de ti, al ver tu pelo negro paseando entre tus ojos verdes.
- Amm ¿no me digas? - Aurora acortó la distancia entre su boca y mi boca. El tono cálido de su piel ya estaba acariciando mis pestañas, y el olor de sus labios ya superaba al de la cena.
Justo cuando nos íbamos a besar, el vecino impaciente volvió a advertir de su presencia. Esta vez con tono amenazante e impetuoso, aporreando la puerta con decisión.
- Enseguida voy princesas, voy a despedirme de nuestro impaciente invitado - mis labios se resignaron a acariciar los de Aurora, pero sabían que tendrían toda la noche para ellos.
Bifurcamos nuestros caminos en el vestíbulo iluminado por una tímida lámpara tenue. Las dos mujeres más maravillosas del mundo giraron hacia la cocina, y yo, con mi sonrisa recién estrenada para vecinos impacientes, me dirigí hacia la puerta.
Cuando apenas dos pasos me separaban de la puerta, la violencia de los aporreos se incrementó. Mi sonrisa amenazó con oxidarse a mueca, no obstante aguanté el tirón y abrí la puerta con decisión y júbilo.
Un golpe seco y duro como el hielo impactó sobre mi frente sin avisar. Mi cuerpo como si hubiese muerto instantáneamente calló al suelo sin oponer resistencia alguna. Tumbado en el suelo, mi cabeza todavía intentaba comprender qué estaba sucediendo en ese momento mientras mis ojos estaban fijos en la lámpara que daba luz a la escena.
La lámpara se apagó, y como si fuese un flash en mi cabeza se tratase, la oscuridad hizo que todo empezase a recobrar color. Giré la barbilla para intentar recobrar un punto fijo de gravedad. A menos de un centímetro de mi cara, un pie con una bolsa de basura negra atada, pasó fugazmente. Mi mirada lo siguió casi instintivamente y visualizó la figura de un hombre vestido de negro, con una bolsa de tela en las manos. El hombre empezó a meter cosas en la bolsa sin discriminación alguna. Velas decorativas, la agenda del teléfono de la repisa, el marco de fotos ... Apoyé la mano derecha en el suelo con ánimo de incorporarme cuando de improviso un golpe penetrante en la espalda me volvió a tumbar. Esta vez de espaldas. Mi cabeza se agilizó tras el primer impactó así que no tardó en darse cuenta de que los golpes procedían de un bate de béisbol y que el número de intrusos, por ahora ascendía a dos.
Unas manos rudas y desnudas me agarraron de las muñecas y las juntaron en mi espalda. Mi resistencia se reducía a pequeños balbuceos que apenas yo mismo era capaz de oír, y que solo conseguían escupir unas gotas de sangre con sabor a acero. El sonido de la cinta aislante desliándose resonó en mis oídos. El segundo desconocido me maniató con las manos en la espalda. Después bajó hasta mis pies desnudos e hizo lo mismo. Me dio la vuelta de una patada en las costillas dejándome inmóvil y boca arriba.
Mi verdugo hincó sus rodillas en mi abdomen provocándome el dolor más intenso que jamás he sentido. Su peso se hundía en mi carne ante el incesante grito de mis vísceras que se traducía en dolor. El dolor quiso escaparse por la boca, pero el opresor me tapó la boca con la cinta aislante.
Mi cuerpo ya casi no podía soportarlo más, era un dolor demasiado intenso. Mi cabeza intentaba asimilarlo todo, pero era imposible, parte del dolor se derramaba con la sangre de la herida en mi cabeza. De repente un "no" desgarrador disipó la agonía de mi cuerpo. Mi cabeza se giró sin pensar y vio la figura de Aurora cayendo al suelo desparramada. Encima de ella el hombre de negro reposaba con una bolsa negra llena de  objetos y goteando gotas de sangre de la frente de Aurora.
El dolor físico se atenuó como por arte de magia y se sustituyó por el miedo que irrumpía en mi cuerpo por primera vez esa noche. Mi miedo inundó mis pupilas que reflejaban al amor de mi vida siendo amortajado tal y como ya había sido segundos antes.
El cuerpo que me apresaba me recordó su presencia. Me agarró de la cabeza y me giró la cara enfrentándome con la suya. Su aspecto era poco menos que despreciable. Sus ojos reflejaban el color negro de su alma. Su sonrisa empezó a hacerse viciosa cuando su mano derecha acercó un cuchillo plateado a mi cara.
- El destino, es el destino - balbuceo dejándome oler su pestilente aliento.
Bajo la hoja hacia mi pecho y la hundió en mi carne con la facilidad con la que un niño mete el dedo en su tarta de cumpleaños. Mi agonía empezó a brotar por el nuevo orificio de salida a pesar de mi dolor, que seguía insistiendo en querer escapar de mi cuerpo por la boca taponada.
La hoja salió de mi cuerpo y el peso que me apresaba se fue de golpe. Mis ojos querían seguir abiertos, no querían perderse detalle de la escena. El hombre se agachó a la altura de mi cara y limpió la hoja del cuchillo en mi hombro. Sabía que mi fin se estaba llegando, que mi vida se escapaba poco a poco de mi cuerpo. Mis ojos, que eran la única forma por la que podía expresarme rogaron compasión en la cara del asesino. Este respondió con un escupitajo sobre mi cara y una patada en la boca que despegó parcialmente la cinta aislante. Una nueva patada, esta vez casi indolora me dio la vuelta otra vez.
A unos pocos segundos de desangrarme vi la cara de Aurora tirada en el suelo, luchando por despojarse de su asesino. Mi corazón cada vez latía más lentamente. Mi esperanza se encendió dentro de mi. Seguro que la justicia vendría pronto y ella podría sobrevivir. Ella podría vivir y yo sería nada más que un recuerdo que se perdería con el tiempo.
Los ojos de Aurora empezaron a marchitarse como las rosas se marchitan cuando llega el invierno. Mi mirada esquivó su mirada y se fijó en el charco de sangre que empapaba su pecho. La esperanza se disipó como una cerilla que ha consumido su palillo. Aurora estaba muriendo delante de mis ojos. Y yo no podía hacer nada más que verla mientras yo también moría.
- ¿Mama? ... - cuando parecía que la escena no podía volverse más negra Sara salió desde la cocina.
Su cara pareció congelarse mientras mis párpados decidieron no aguantar más esa carga, y se cerraron chirriando como dos persianas viejas.