19 de febrero de 2012

Rosas de canela.

El talento no vale nada. Hay demasiado talento desperdiciado por ahí. Toda la gente tiene talento, todos nacemos con las mismas posibilidades. La única diferencia es el trabajo. Mátate a trabajar mi niña, y así podrás llegar al éxito. Pero jamás olvides que el éxito es un proceso personal. El reconocimiento de tu éxito será totalmente independiente.
Cuando el sudor de tu frente riegue tus esperanzas, y el suspiro de tus sufrimientos despierten tu ilusión ... Cuando la planta de tus pies vaya dejando huellas rojas en tu camino y tus labios no se atrevan a juntarse ... Cuando tus ojos no se despierten cada mañana y tus pestañas rueguen clemencia ... Cuando tus piernas se independicen de tu autoridad y tus brazos chirríen al elevarse ... Cada vez que llores. Cada vez que rías. Cada vez que te caigas. Cada vez que te levantes. Cada vez que decidas que merece la pena seguir adelante ... Será entonces cuando habrá llegado tu éxito. Será entonces cuando tu trabajo llenará tu alma y te acompañará sujetándote de la cintura, permitiéndote ver más allá del reconocimiento del mismísimo Dios.
Sabes perfectamente por quien lo haces. Entiendes de sobra la letra pequeña del contrato. No hay lugar a error. No hay cabida para la duda. La luz de tus ojos solo ofrecerá destellos de esperanza a tu meta. Nada importa. Solo tu objetivo final. Por lo que luchas cada día y por lo que permaneces viva.
¿Recuerdas tu primera vez? Detrás del telón, en el escenario carmesí. Una tarde de invierno pintaba tu día especial. El día en el que todo el mundo reconocería el éxito de tus años de entrenamiento. El día donde sus caras reflejasen la delicadeza de tus pasos. El valor de tu coraje. El amor de tu corazón.
El sudor corría por tu frente, se acumulaba en tus manos, ya no sabía ni por donde brotar. Tu pelo te acariciaba las mejillas y te rogaba un poco de atención. Tus ojos querían gotear tu felicidad. Tus pies ya empezaban a acumular tu deseo de bailar.
Al pisar ese escenario que tantas veces habías pisado sola, la mirada de la gente empezó a acumularse en tus delicados hombros. Su ira, su rabia, su pena, su sabor amargo con gotas de vinagre y manzana mordida inundo tu nariz de porcelana. Tus pies empezaron a esbozar tu talento tallado a mano. Tus manos los seguían con torpeza. Todo empezó a volverse turbio. Tus dedos rompían el silencio, como una gota de rocío cae a un charco helado. Tu pelo bañaba tus hombros sin atreverse a preguntarte como estabas.
La música se fue perdiendo en el infinito. Tus pies sosegaron la marcha lentamente. Tus ojos buscaban en la oscuridad vacía un lugar por donde escapar. Al final tu cuerpo se tambaleo. Todo acabó.
Sus aplausos retumbaban en tus orejas blancas. Alguna risa se colaba por debajo de tus labios. Nadie te tiró tomates. Nadie te odio ese día. Nadie se atrevió a decirte lo mal que lo habías hecho. Pero tu lo sabías perfectamente. Podías palpar su falsedad en cada reconocimiento vestido con piel de cordero.
Al día siguiente nadie se acordaba de ti. Como mucho algún digno caballero recordó el dinero que había desperdiciado en asistir a la exhibición de tu talento. No obstante tu te acordabas de todos. De cada cara, de cada gesto, de cada mirada desviada, de cada sonrisa ... Sus sentimientos rebotaban en tu cabeza, llegaban a tu alma y te rozaban el corazón recién herido.
Ese día te levantaste. Tarde, pero te levantaste. Superaste tu miedo. Superaste tu dolor, y te hiciste una mujer. Estabas deseando volver a pisar un escenario, y demostrarles lo mucho que habías trabajado, lo mucho que te habías esforzado, todo lo que tu entrenamiento podía dar de si.
Hoy estoy orgulloso de ti mi niña. Eres la belleza de la vida traducida en delicados pasos escarlata. Tu fragancia es capaz de dejar sin respiración a las mariposas que revolotean a tu alrededor. No hay palabras inventadas para describir tu sonrisa al verte bailar. No hay poema escrito que sugiera a qué se parece el brillo de tus ojos cada vez que estás encima del escenario. Todo el mundo te recuerda al día siguiente, después de verte. Es imposible olvidar tanta belleza. Tus errores se borran sin preguntar, pues son enterrados entre tantos de tus aciertos. Pero sobre todo, hija mía, estoy orgulloso de ti, porque ya no lo haces por sus aplausos, o por sus rosas de canela. Ya no necesitas el reconocimiento. Ya eres libre.