Cogió una placa petri de vidrio. En ella preparó un caldo de cultivo especial. Un caldo de cultivo con una fórmula que jamás había inventado nadie y cuya composición era absolutamente restrictiva. Nada, excepto su unidad operativa de estudio podría crecer ahí.
Añadió unas gotas de una sustancia rosa. Amargura con resentimiento. Libertad concentrada. Y felicidad a una molaridad desorbitada. Todo ello lo removió con aguas turbias de un estanque del Manzanares y lo hizo semisólido con unos gramos de agar.
Decidió añadir un condicionante extra. Sometió a la placa a unos constantes y agradables 37 grados centrígrados. Y dejó la placa constantemente abierta y enfocada con una lente tallada por el mismo Antonie van Leeuwenhoek.
Era el momento perfecto para hacer el cultivo. Mutó una población bacteriana hasta ahora no conocida para la ciencia. La cogió de cualquier sitio que se te pueda ocurrir. La cabina de teléfono, el parque, el colegio, tu casa, tu cama ... la atrapó de manera muy sencilla. Solo le prometió que se lo pasaría bien y que no se arrepentiría.
Las mutaciones fueron muy sencillas:
- Limitaba el número de replicaciones, por tanto las bacterias podrían dividirse de forma finita hasta llegar a su límite y después formar una población constante.
- La célula hija sería desgraciada de por vida. Jamás podría replicar.
- Retrasó la senescencia celular haciendo que el envejecimiento fuese casi nulo.
- Inhibió por completo la apoptosis pero no la desgracia celular antecesora.
- Por último añadió un plásmido superfluo que codificaba para una proteína globular: la mariconerasa. Esta proteína que fomentaba el apetito lujurioso de manera exorbitada.
Una vez hechos los cambios, las bacterias mutantes, a las que bautizó como "las pedigreesas" fueron cultivadas en la placa. Les costó adaptarse al que tenía que ser su nuevo comportamiento. Más aún les costó adaptarse a su nuevo ambiente. No obstante lo consiguieron. Fundaron en muy pocos días una población totalmente preparada para la vida moderna.
Entonces, nuestro curioso y maligno científico decidió observar meticulosamente su comportamiento. Pudo comprobar sus teorías. Pudo comprobar sus miedo. Demostró lo que todo ser sabría que pasaría.
Las bacterias llegaron a su límite. Todas se conocían entre ellas. Eran miles y miles. No había turnover celular. Las bacterias sintetizaban mariconerasa de manera casi exponencial. Por ello, estaban constantemente haciendo conjugación entre ellas. No eran capaces de hacer sexo como Dios manda. Así que inventaron lo que más se le parecía, imitando la postura propiamente sexual y dibujando sentimientos que ellas eran incapaces de sentir en su sonrisa. Una vez su apetito carnal era saciado, la mariconerasa se degradaba de forma automática. Entonces las bacterias se separaban y cada una seguía su camino en la placa.
No obstante a las pocas semanas, cuando ambas habían agotado su afluencia de contactos sexuales, entonces volvían a quedar y se volvía a dar el despliegue de mariconerasa.
El proceso era cíclico y continuo. El curioso científico añadía nutrientes de forma constante. Esperó durante años observando la situación sentado en su escritorio de madera gris.
Nada cambio. Todo siguió igual durante años.
El científico aniquiló la población e hizo una repetición más del experimento. La nueva generación, tras establecerse siguió el mismo patrón comportamental que la anterior. Sin excepción. Exactamente lo mismo.
El científico curioso suspiró. Quería ver algo menos obvio. Quería ver originalidad. Quería ver que alguna de las bacterias usase una vía distinta al sexo para degradar la mariconerasa y que buscasen una forma de evolución para aumentar la población. Quería observar picardía. Voluntad. Inteligencia. Quería observar cambio.
Entonces, se le ocurrió añadir una perturbación sin precedentes. Creo un virus. Un virus que se transmitiría a través del amor. Llamo al virus "Sinuoso Impoluto Dando Amor". Ya que se transmitía de forma difusa pero eficiente, cada vez que las bacterias conjugasen entre ellas. Era mortal y cruel. Las mataba por dentro. Les pudría el corazón.
Lo introdujo en la población.
Se extendió como la espuma. Las bacterias vieron como sus hijos, sus amigos, sus vecinos y sus follamigos más íntimos morían delante de sus ojos.
El científico curioso se reía de ese dolor. De su hazaña. De su perturbación exultante.
Decidió añadir nuevas bacterias al agregado. Bacterias que pudiesen aprender de los errores del pasado al ver los cadáveres de sus antecesores. Su dolor desparramado por toda la placa petri.
Efectivamente aprendieron la lección. Pero no de la forma que el curioso científico esperaba.
Estas bacterias no dejaron atrás la dinámica de quedar-amarse-separarse-olvidarse-quedar ... pero se protegieron contra el virus fabricando una pared bacteriana impermeable que hacía que las bacterias pudiesen amarse pero sin tan siquiera llegar a tocarse. Se amaban separadas por una fina membrana.
De esta forma podían degradar su hormona maldita. Y podían salvar su vida.
E científico no supo que hacer. Las bacterias no eran capaces de evolucionar. Y para una vez que lo hacían era para poder seguir el mismo camino estúpido.
Entonces reculó en la investigación. Decidió fundar una nueva población en la placa. Esta placa, tendrían la mitad de genes codificantes para la mariconerasa. De esta forma no tendrían tanta enzima y por tanto no sentirían tanto deseo carnal.
Estas bacterias se integraron a duras penas en la población. Pero lo hicieron. Su forma de actuar era distinta. Estas bacterias se agrupaban en parejas. Todos los días conjugaban con tan solo una bacteria, a la cual habían examinado como un borrego antes de ponerle la mano enzima, comprobando así que no estuviesen infectadas por el virus. No dejaban de conjugar. Pero siempre sobre seguro.
Pero los resultados fueron devastadores ... el comportamiento de la población total cambio. Todas las bacterias realizaban la dinámica por parejas de forma intercalada. Épocas en pareja, donde la conjugación se hacía sin protección. Épocas de promiscuidad, donde la protección era esencial para evitar la muerte segura.
Así se extendió durante generaciones ese tipo de amor absurdo basado en la mariconerasa. Amor que solo servía para marchitarse poco a poco. Amor que no tenía nada que ver con el amor de verdad. Amor cíclico que solo provocaba déficit bacteriano. Desgaste vital.
El científico siguió observando la dinámica de la población. Pero esta vez sin ningún tipo de curiosidad. Sabía perfectamente lo que iba a pasar, por los siglos de los siglos.
