10 de septiembre de 2012

La parte que me toca.

Antes de nacer no eran nada. Nada que escribir ni nada que decir. Pero no nada de esos "nada" que ya son algo siendo nada. No. En este caso eran nada de la nada.
Pero un día el azar quiso hacerlo así. Y quiso que ambos nacieran. Al principio no eran más que un trozo de carne móvil y con sonrisa, pero poco a poco el tiempo les fue dando forma. Eran dos hermanos aparentemente distintos.
Pero eran solo aparencias ... en el fondo eran tremendamente iguales. Compartían la misma desviación atípica del ojo derecho, la misma inteligencia sobrehumana, la misma voz quebrada, la misma sensibilidad arrogante y por supuesto la misma madre.
Crecieron juntos entre risas y lágrimas, pero como a todo niño, su tiempo llegó a su fin. Llego el momento de elegir. Llegó el momento de decidir crecer y saber lo que ívamos a terminar siendo en un futuro no muy lejano. Ambos nos miramos a la cara y supumos perfectamente que nuestros caminos estarían totalmente separados.
A él le dolió lo mismo que a mi me dolió al nacer. Por sus venas corría mi sangre inquieta. Por mis labios resbalaba su saliva con sabor a limón. Ambos nos podríamos haber defendido con las mismas armas. Seguir juntos pasase lo que pasase. Pero no fue así.
Él eligió la senda de la vida. Se hizo fuerte, muy fuerte. Impregno su alma de una sustancia más negra y viscosa que el alquitrán. Odiaba a todo el mundo. Usaba a todo el mundo para sus propias metas. No temía estar solo, ya lo estaba desde un principio. Esa era su mejor arma, no tener miedo a la soledad que él mismo se había condenado y sentenciado. A cambio nunca nadie le pondría de nuevo la mano encima. Su conciencia jamás tocaría a la puerta. Viviría, odiaría y por supuesto mentiría.
Yo en cambio no fui capaz de irme por su mismo camino. Mi senda fue la de la desesperación. Me faltó valor para decir adiós y decidí permanecer mal acompañado el resto de mi vida. Al menos así, no estaría solo. Lágrimas, tristeza, desholación y malestar vital. Esas cosas las cosas que día a día me toca deshechar por la ventana. Tapicé mi corazón en plata hirviendo para asegurarme que ni yo mismo pudiese nunca volver a tocarlo. Mi defensa no fue otra que no defenderme, dejar que me pegaran todo lo que quisiesen y más. Arrancarme la piel y aguantar el dolor. A cambio podría dormir tranquilo por las noches ... pero nunca solo, siempre con mi conciencia al lado. La única a la que ya le devía lealtad. Moriría, odiaría y por supuesto mentiría.
La parte que me toca no es la mejor parte de todas. Ni yo soy más bueno ni él es más malo. A veces pienso que hubiese ocurrido si me hubiese ido con él de la mano. Pero ya es demasiado tarde. De nada sirve pensar lo que hubiese pasado entonces.
Solo seguimos siendo dos trozos de carne. Algo más grandes y un poco más inteligentes. Dos victimas, a fin de cuentas que han decidido maneras diferentes para defenderse de su pasado.
No obstante seguimos teniendo cosas en común. Nunca querremos a nadie realmente. Somos incapaces de eso. Sentimos más que lo que nadie pueda sentir jamás. Pero solo podemos verlo y olerlo, nunca podremos tocarlo. Se nos ha sido arrebatado el don de abrazar la felicidad y dejar que nos quieran.
Ya es demasiado tarde para ambos. No podemos cambiar nada de ésto, porque ambos somos así. Nuestro ser es así. Nuestros recuerdos son nuestro ser. Hablaríamos de dos personas distintas, con diferentes ojos, si cambiasemos ésto. Lo máximo que podemos hacer es lamentarnos por nuestra decisión.
¿La única verdad que nos queda?
Que nada es verdad. Todo es mentira.