La cooperatividad es un proceso típico de las sociedades humanas. Consiste en el proceso por el cual una retroalimentación positiva (producto final, estimula los procesos que generan ese producto) empuja los cambios cada vez más fuertemente, y lo que al principio es difícil de que se inicie, cada vez más va adoptando un carácter más exponencial.
Por ejemplo cuándo se pregunta a un grupo de cien individuos si quieres un obtener un cheque de 1000 u.c.e. (Unidad Contable Económica) todos se miran entre ellos, y buscan donde radica el truco. Esos primeros cinco segundos nadie se atreve a levantar la mano.
A los siete segundos medios de inteligencia, un primer listo (o tonto) levanta la mano, al no ver contrariedades ante la suculenta oferta. Entonces un segundo, piensa eso típico de "si a él se lo dan ... yo también quiero" y entonces levanta la mano. Un tercero, algo más indeciso, no sabe si levantar la mano o no, pero al ser dos los implicados ... se une a la noble causa, y si pierde, no estará solo.
Después un cuarto se implica solo porque se apunta a todo lo que sea con tal de formar parte del apogeo social del momento, siempre y cuando supere los tres individuos.
Y los sucesivos individuos, comienzan a apuntarse (no saben muy bien a qué) arrastrados por ese proceso cooperativo. Hacen una especie de competencia estúpida por no ser el número cien en apuntarse (lo que implicaría ser el último). Pero tampoco quisieron, o tuvieron valor, de ser el número uno.
El más curioso de los individuos es el número 99. Este individuo suspirará y dará gracias a su atmósfera circundante por no ser el último. Sentirá esas gotitas de adrenalina, típicas de cuando algo te roza los tobillos pero no te pilla. Se sentirá tremendamente importante. Mirará a su alrededor, buscando aprobación social del número 85, del 41 o del 16. No importa, depende de quién esté cerca. Ya le hemos alegrado el día con el experimento.
El número 100, no obstante sabe que ha sido el último en apuntarse al apogeo social. Por unos segundos se pregunta indeciso si recibirá su cheque de u.c.e. Pero el miedo pasa rápido y se tapona por la repetición reiterada de que "eso no puedo ser". Se autoconvence de que es mejor ser el último. Posiblemente recurra al dicho religioso (aunque no hay tocado misa en la mitad de su vida) de "los últimos serán los primeros". Enterrada su derrota en orgullo y mentiras, levanta la mano y sonríe junto al número 12, que andaba por allí despistado.
Bueno, pues este proceso está completamente generalizado en nosotros, los seres inteligentes. Hemos llegado a un punto donde la supervivencia es aburrida. Ya no corremos para escaparnos de un león. Ya el frío no nos congela. Y la comida no cuelga de árboles, ni hay que desangrarla antes de comérsela.
Por esto mismo lo hemos complicado todo. Lo hemos enrevesado para no aburrirnos.
¿Y que se nos ha ocurrido?
La incompetencia. Ser tontos de remate. O poco inteligentes en su defecto. Ponemos a manejarnos, en la proa del barco hacia un "futuro sostenible" a un dirigente bizco. Que casualmente bizquea hacia la derecha. Que casualmente también en el lado derecho está su bolsillo.
Un bolsillo sin fondo que de vez en cuando no está mal agraciar con lujosos regalos. Hoy un coche, mañana un jamón, pasado mañana 20.000.000 u.c.e. Y por supuesto cada mes, hay que pasar el canastillo (ovalado, sucio, de esparto y modesto ... tipo misa) no vaya a ser que pase hambre.
La tripulación mientras se pelea. Discute por quien va a limpiar el barco, se queja en una esquina de que el pescado sabe mal, o simplemente se lima las uñas en el camerino. Sea como sea no se quejan. ¿Para qué? A ellos no les afecta. Que muerda al que le pique.
Cooperativamente la incompetencia se va haciendo mayor. Premiamos la vulgaridad (incluso la emitimos ocho horas diarias, para que difundiéndola expandamos esa buenaventuranza), valoramos lo sencillo (y si es complejo lo traducimos para analfabetos) y por supuesto ... nos gusta hacernos los tontos.
Hormiguitas gandulas, que pasan de ir en la cola y que esperan encontrarse la comida en el nido. Acumulada y esperando para todo su invierno. Se sientan a echar la siesta. Y cuando el hambre apriete ... se manifiestan. Gritan, encienden luces y no dejan andar a las hormiguitas que trabajan. Así solucionarán su vida.
Y mientras nos entretenemos con estupideces la incompetencia va apoderándose de nuestras aceras. Te la encuentras en la secretaría de la Facultad Computense de Madrid, en la heladería de la Moncloa y en la casa blanquecina, sentada en una butaca de cuero. Metiendo cosas sin parar en el bolsillo (a la derecha al fondo, no tiene pérdida).
Es cooperativo. No tiene límite. Ha empezado y ya no parará. Pronto te la encontrarás también en el váter de casa. Le costó salir a la luz. Pero ahora ya todos caeremos como hormigas.
¿Qué hacemos? ¿Nos volvemos estúpidos? ¿Nos manifestamos? ¿Trabajamos?