24 de septiembre de 2012

El tiempo muerto.


Era una mañana de octubre. Las hojas de los árboles todavía seguían peleando por quedarse pegadas. Otras sin embargo ya avían sucumbido y habían aceptado que su destino era pedecer. Bailoteaban al ritmo del viento.
Sara esperaba sentada en una butaca acolchonada. Al principio siempre se ponía mirando hacia la cama de Pablo. Pero poco a poco la costumbre fermentó, y se ponía de lado a la cama. Donde pudiese ver el tiempo pasar por la ventana y a la vez a su marido tumbado junto a ella.
El tiempo se acumulaba en su alma, como el polvo del hospital se agolpaba en las esquinas. Cada día la esperanza volvía a ella con la misma facilidad con que huía escaldada.
Pasaba las horas muertas en aquellas cuatro paredes. Miraba a todos sitios, se ponía todo tipo de juegos mentales que amenizasen la espera, incluso aprovechando que el desconsuelo aún no había venido a por ella se imaginaba como de maravillosa sería la vida cuando Pablo despertase.
Vida que se les había arrebatado a ambos hacía dos años.
Muchos admiraban la fe incondicional de Sara. Otros no podían entenderla y criticaban su agonía. La mayoría no comprendía lo que era ver las agujas del reloj pasar. Tener el corazón en el filo del cuchillo y no tener respuestas.
El leve goteo de un suero, una maquina que hincha sus pulmones y dos agujas atravesando sus venas. Eso era en lo que se había convertido el amor de su vida. El hombre que un día le hizo reír, y que ahora ya no podría volver a reír.
Cuando Sara hacía su inspección diaria a los azulejos del techo, algo insólito ocurrió sin avisar.
Sara miró atónita al cabecero de la cama. Era imposible lo que estaba viendo. Limpió sus párpados con aspavientos y se aseguró por tercera vez de que lo que estaba viendo era lo correcto.
Ya casi segura de que Pablo estaba moviendo los pies. no supo si moverse ella. No quería hacer ruído por si espantaba ese momento. Tampoco quería hablar para no perder detalle. Se paralizó de repente. El miedo a que fuese una falsa alarma, era mucho mayor que el deseo de que Pablo despertase.
La puerta hizo el típico chirrido de siempre.
Un enfermera despistada entró a la habitación mascando chicle. Se detuvo al ver la cara pálida de Sara. Entonces, un nervio guardián en la boca de Sara hizo su entrada triunfal.
- Por favor ... un médico.
La enfermera se dió la vuelta y desapareció por la puerta que hacía un segundo la había visto entrar.
Gracias a la obligación social Sara había despertado de su embobamiento. Se acercó desesperada a la cama de Pablo y desparramada empezó a tocarle la cara.
- Pablo ¿me oyes? soy yo ...
Pablo movió los pies aún con más fuerza de un lado a otro, describiendo órbitas, como si intentase dibujar el infinito.
Los ojos de Sara se debilitaron y empezaron a derramar la alegría que brotaba de su corazón. Ahora si. Había llegado el momento de salir de ahí. Por fin el tiempo estaba resucitando. Por fin le iban a devolver todo aquello que le habían quitado.
La puerta volvió a chirriar. Sara levantó la mirada para ver como un doctor serio y bajito entraba por la puerta a toda prisa. Detrás, la enfermera, algo más atenta, miraba curiosa la escena.
- Doctor, está despertando ¿lo ve? - esclamó Sara con un sollozo esperanzado.
El doctor, cuya chapa verde y desgastada colgada de su corazón, presumía de un título enrarecido, la miró dubitativo. Como un granjero que sabe que tendrá que matar al caballo herido. Sacó una linternita de su bolsillo. Separó los párpados de Pablo que ya casi se habían soldado con el tiempo. Sus ojos azules seguían tan preciosos como el primer día. Pero era una belleza muerta.
- Lo siento señora, pero en estos casos no es bueno que muevan las piernas ...