Todos empezamos igual. La vida empieza a dividirse sin ton ni son. No tiene objetivo ni porqués. Solo tiene un plan. Un plan muy muy pequeño, que poco a poco se va haciendo más grande.
Compartiendo sangre, aire y penas, con tu madre, pasas tus primeros días de vida. Sin darte cuenta de lo que pasa a tu alrededor. Flotando en la nada hasta que estés preparado.
Al nacer se deshace el cable que te daba la vida. Se hinchan tus pulmones y tus ojos ven la luz por primera vez en su corta existencia.
Sigues sin entender nada de lo que pasa, donde estás o cómo has llegado allí.
Los próximos meses no arrojan demasiada ciencia a tu vida. Te paseas en carros adornados, miras a tu alrededor con curiosidad y tiras el sonajero al suelo para ver cómo tu padre lo recoge apurado. Pero no sabes el porqué de nada. Solo sabes que las cosas saben bien. Te lo llevas todo a la boca sin pensar.
En un instante, sin saber muy bien donde, cuando o porqué se hebra la última neurona que te hace persona. Conecta el resto del circuito y te da esa capacidad única de entender el porqué de las cosas.
Entonces dejas de llevarte las cosas a la boca y descubres el placer que te llevabas perdiendo tanto tiempo. El problema es que sabe a polvos de talco.
El tiempo sigue igual. Nada ha cambiado. Pero tú si que has cambiado. Ahora lo ves todo diferente, ahora puedes hablar en vez de llorar. Eres un máquina de camino a la perfección.
Ves las navidades pasar delante de ti. Pierdes la cuenta de tus años apenas sin darte cuenta. Sigues adelante, hasta que un buen día todo se detiene a tu alrededor. Todo se para en ti pero tú sigues como si nada, sin darte cuenta de que ya has dejado de crecer. Ahora empieza tu momento de aprender, y solo podrás hacerlo con la experiencia del dolor.
Eres inteligente. Eres más inteligente que ninguna otra especie. Puedes comprender, o al menos intentar comprender cosas que nadie comprende. Te miras en un espejo y ves mucho más allá de tu reflejo.
Pero hay un problema. Te has pasado de listo. Ahora crees que todo gira a tu alrededor. Crees que eres el centro del universo y que nadie nunca te podrá hacer caer. Todos deben hacer lo que tu mandas. Sea por las buenas o por las malas. Eres capaz hasta de inventar un Dios para dominarlos.
Pero ... ¿qué hay de tus hermanos? Ellos empezaron igual que tú. Ellos tienen prácticamente lo mismo que tú. Se han quedado atrás. ¿Y eso?
No son capaces de entender lo que tú escribes en tu diccionario. Apenas alcanzan a saber la mitad de las fórmulas que has aplicado a tu existencia. Ellos no son como tú por mucho que sus ojos se parezcan a los tuyos. Son incapaces de entender tu comportamiento.
Y por muy listo que te creas... tú tampoco conoces el suyo. Por mucho que te esfuerces hay cosas que no estás diseñado para entender. Tienes tus limitaciones.
¿Recuerdas cómo te sentías cuando eras un bebe? Vamos... es fácil recordarlo. No hace tanto tiempo. Escasamente unos años. ¿Te acuerdas cuando te abriste la cabeza en una baldosa? ¿Te acuerdas cuando te quemaste las manos por abusar de tu curiosidad? ¿Acaso eres capaz de saber el hambre que pasaste mientras llorabas en tu cuna?
No. No eres capaz. Quizás si piensas en que tu cabeza en ese momento era como la cabeza de las demás especies... solo que ellas se han quedado así y tú te has hecho un hombre.
Hoy en día ya te sangra la brecha en tu cabeza. Tus manos han cicatrizado. Ya no tienes hambre.
¿Qué te hace pensar que un perro sufre colgado de tu collar? ¿Por qué defiendes a una rata abierta en canal por un científico? ¿Comparas con la pena la cara de un zorro encerrado en un zoológico?
Tú, como dominante de tu periodo debes reinar sin tristeza. Sabrás cuando llegue tu momento. Te lo hará saber. Y no te preocupes. Te llegará.
