Pobre niña sola perdida de la mano de Dios. Más pura y fría que ninguna. Clara y sin alma. Cambia de color como el cielo cambia de amante.
Eres la más bonita de las músicas. La más dulce de las luces solteras. De tu vientre nació la vida entera.
Te mezclas con sangre para que la amargura pueda viajar en tus senos. Te mezclas con tristeza para resbalar en lágrimas las penas de tus anhelos.
Con la luz de la pureza apagada y el más oculto de sus secretos en flor, ya no se atrevía a mirar a nadie a la cara. No podía seguir soportanto esas miradas que se acumulaban en sus hombros. Era el momento de agarrar un pedazo de pan para el camino y salir por la noche, acompañada de la nada.
Luchó sufriendo su propio silencio. Vivió con la verguenza de saber que lo que estaba haciendo no era del todo lo correcto. Pero sabía por quien lo hacía. Había llegado, antes de tiempo, el momento que nunca debe llegar en la vida de una persona. Tuvo que enterrar su orgullo y salir sola a cazar sin manada.
La sangre de su sangre debía crecer. Ella no sabía muy bien porqué. Pero era lo que más quería en esta vida. Tenía que protegerlo, arroparlo por las noches, cuidarlo de día y por supuesto asegurarse de que no le faltase nada de por vida. Reiterar su dolor mientras el nacía era la única brecha de su amor.
Nunca nadie le había dado el concepto de madre. Ella jamás tuvo una, por lo que era algo sin forma para ella. Había oído que una madre lo daba todo por su hijo. Pero no sabía muy bien a qué se referían con ese todo. Ni como hacerlo. Tampoco nadie le enseñó a como querer sin odiar de por medio.
Con el frío del avismo en sus rodillas sabía muy bien cual era su nuevo día. Cubrir en tristes pétalos marchitos, una jornada más de trabajo con escalofríos. Vida a la que no se le había advertido que sería invitada. Vida que no era para ella. Vida que le tocó sin sospecha.
Apenas una migas de pan que llevarse a la boca era lo que le consolaba al llegar a casa. Muchas eran las veces que buscaba el porqué. Pero nunca nadie supo resoponder. Se quitaba el hombre con lágrimas solo para darle de comer a su bebe. Le alimentarba el verlo reír, pero apenas se ponía pie por él.
Cuando notaba que llegaba el momento necesitaba renacer una vez más. Descargar su ira. Aplastar su rabia. Sollozar durante toda la noche, hasta que el cansancio fese más importante que su tétrica situación vital. Solía pasar en las noches de invierno. Cada vez eran menos frecuentes los días de ojos podridos.
Lo miraba y lo miraba, todos los días lo miraba e intentaba ver algo en él. No encontraba el cable que la unía con ese niño. Era inútil escuchar su voz e imaginarse que se parecía a la suya. Incluso sus ojos eran diferentes. Como algo tan inútil puede ser el fruto de tanto amor...
Pena y desgracia que se acumulaba en una vida sin tiempo.
Los años la vieron pasar desconsolada. No la pararon para pregunte que le pasaba, sabían perfectamente el pecado por el que aún penaba. Sin absolución prometido y sin más sangre que derramar ella solo podía parar para respirar.
Sabía que terminar no era una opción contemplada.
Lo único que se atrevía a aventurar fue lo que su madre antes de morir le hizo jurar.
"No importa el porqué. Solo sigue respirando"
