Hola. ¿Nos hemos visto alguna vez?
Solías despertarme con ese juego todas las mañanas. Fingías ser un extraño. Me besabas en la mejilla y yo me hacía la dura y te contestaba con una negación cariñosa.
Cada mañana jugábamos al mismo flirteo. Como si esa mañana fuese la primera mañana. Intentábamos hacer cada día úncio. Dar ese toque. No dejar que ese misterio muriese. Seguir juntos para siempre.
Era un plan perfecto. No calculábamos nada raro. Solo nos dejábamos llevar en el día a día. Una meta al final, pero un camino sin trazar. Ser felices era la norma. Querernos era la única condición.
Pero entonces el destino vino a por mi. Me pilló desprevenida, no creí que esa fuese el momento ni el lugar, mucho menos el día.
Odiaba ir andando a casa. Lo sabes. Esos tacones me mataban. Pero ahora es demasiado tarde para maldecir. Lo hice. Fui hasta casa. Pero nunca llegué como antes.
Lo próximo que recuerdo es la oscuridad. Oscuridad difuminada en mi cabeza. Emborronando mi pensamiento. Nada era parecido a la luz. La claridad se había transformado en un tópico. Confusión, miedo, curiosidad ... Podría escusarme diciendo que estaba aturdida, pero no. Simplemente estaba en la más absoluta oscuridad.
Ya no podía conocerte. Intentaba mirarte pero no eras tú. Eras una persona diferente, que me se acercaba a besarme y que intentaba rehuír con desdén. Eras un perfecto extraño al que se suponía que debía querer. Eras el amor de mi vida al que ya no conocía. Y no era solo tu cara lo que había cambiado. También era mi cara.
Era incapaz de reconocerme en el espejo. No sabía lo que estaba viendo enfrente de mi. No se si soy yo, o si es un estraño más. Uno de esos que me pide limosna en la puerta del supermercado. Uno de esos que me cruzo en el metro. Uno de esos que por mucho que mire y observe ya no conozco. Ya no se quien es. Y que jamás lo sabré.
En este preciso momento me di cuenta. Comprendí que en el caso de que te quisiese de verdad tu cara me daría igual. Te reconocería solo por el sonido de tu voz. Por el roce de tu piel. Por el aliento de las mañanas. O por ese beso helado de invierno.
Pero no. No me da igual. Siento que no eres tú. Lo he intentado con todas mis fuerzas y ahora he comprendido que por mucho que quiera doblegarme es imposible. No te quiero. Y ya nunca podré volver a quererte, ni siquiera se si algún día te quise.
Ahora eres solo una cara más en la muchedumbre. Me dices lo mismo que me dice la nada buscando su algo. No siento nada al mirarte. Bueno, si. Siento que estoy frente a otro estraño. Una vez más.
Lo siento tanto ... pero no puedo seguir mintiendote, porque es mentirme. Prefiero vagar en las sombras de por vida. No perder la armonía de la oscuridad. Acostumbrarme a no conocer a nadie. A olvidar lo que jamás debí aprender. A seguir buscando a esa cara que resalte de la multitud, y comprender que no será su cara lo que me llame la atención. Y que no importa cómo lo vea. Siempre lo conoceré, y siempre será él.
