En un día de estos donde las ganas se arrastran detrás de tu sombra, donde asientes con la cabeza a todo lo que te dicen y donde el viento te distrae constantemente te da por pensar.
Pensar en que un día todo fue diferente a como es hoy. No importa lo bien que te vaya la vida, siempre otra vida será mejor. Da igual lo bueno que sea tu abrigo, pues siempre el abrigo que no tienes quitará mejor el frío. Lo que no tienes será lo que desearás. Y lo que perdiste será lo que añorarás.
Un remolino de caprichos en una mente muy inmadura todavía. Tan bebe que aún no ha entendido que nada es para siempre. No importa el hoy sino el mañana. Aún no se ha dado cuenta que él es tan poca cosa como el que está a su lado.
Es un sentimiento instintivo que está dentro de cada persona moldeable. Está dentro de nuestra piel. Siempre esperamos más de lo que sabemos que obtendremos. Siempre nos arrepentimos una vez que ya lo hemos perdido. Es así. Un hecho constantado científicamente. No hay duda. Los niños son el mejor espejo de ello. Criaturitas como nosotros, solo que un poco más pequeñas y aún sin moldear. Puros y sinceros no esconden sus caprichos. Cuando crecen son iguales, solo que han aprendido a mentir.
Pero otro día, cuando tu vida te va bien y no es el momento de pensar en nada, te das cuenta de algo. Te das cuenta que de que el Sol, por suerte para todos sigue girando con la misma velocidad. Irradia belleza con la misma intensidad, y esta se queda atrapada en las flores con la misma dulzura.
El viento corre siempre de un lado para otro. Es muy tormentoso. Pero hablando de él, lo normal es su anormalidad. Arrastra el polvo y la maleza, pero al final deja suavidad y espuma en el borde de las olas más duras. Nunca para.
El agua chapotea de alegría. Unas veces caliente y otras fría, pero eso es lo de menos. Viene y va, pero siempre está ahí. No se nos escapa a ningún sitio.
En ese momento es cuando te das cuenta. Todo sigue igual. No era para tanto. No importa lo que tenías o lo que has perdido. A día de hoy, todo sigue igual. El desorden del universo sigue ordenado, como cabría esperar.
Entonces, sin que nadie te lo explique y sin calentarte demasiado la cabeza tus ojos hacen zoom. Desembocan en un lugar mucho más alto de lo que esperabas y lo ves todo con otra perspectiva. Te das cuenta de que eres nada como nada es lo que te rodea y a la vez tanto como tanto son los de tu alrededor.
Las personas que tenías pendientes de olvidar mueren de repente. Ya no las recuerdas. Por arte de magia ya no se te erizan los pelos del cuello al recordar el beso de buenas noches de tu madre. Tampoco sientes nada distinto cuando intentas llorar por tu perro. Ni siquiera odio cuando recuerdas al conductor que se lo llevó por delante.
Todo lo que no habías conseguido con días de esfuerzo, de repente es tuyo. Has cambiado. Has evolucionado a un nuevo grado de madured. Ahora sabes que queda mucho por recordar, pero mucho más aún por olvidar.
Inevitablemente el ciclo vuelve a empezar. Y caes en otro de esos días mustio, donde merece la pena ponerse a pensar de nuevo. Y como buen niño pequeño sin piruletas, volverás a arrepentirte. Volverás a patalear por lo que no tienes.
La única diferencia es que en tu segundo día de disgusto el tiempo ha avanzado. Cada vez que pases por estos días serás más viejo. El tiempo no se espera ni espera a nadie.
Por suerte todo sigue igual en el mundo otra vez. Y cada vez que recuerdes de nuevo, habrás olvidado pequeños trozitos de caras. Así pasará el tiempo hasta que no seas capaz de recordar nada.
