Ya está aquí. ¿Lo oyes? Si es inconfundible. Este hedor a alquitrán húmedo, ese ruido a pasado podrido, ese sentimiento de escalofrío que escala por tu vientre hasta clavarse en nuestro corazón ...
Es el silencio.
Ha llegado como siempre, sin avisar. Sin ser invitado. Se presenta, abre la puerta y se cuela en nuestros sueños mientras dormimos. No tiene piedad.
Pisa las margaritas rodeadas de girasoles para establecer los rosales secos y oscuros que han sobrevivido al invierno. Mata a las mariposas y abejas amistosas para poner moscas negras y cuervos hambrientos. Apaga el Sol que ilumina nuestro sueño para colocar la luna que inspira mi pesadilla. La hora ha empezado.
Ahora la agonía es segura. Solo nos queda esperar que antes de irnos a dormir Dios se haya apiadado de nuestra alma.
Despertamos entre la oscuridad. El sudor resbala por nuestra frente. Nuestro corazón, confundido, no puede parar de bombear la sangre que llena nuestros pulmones apresurados. Acabamos de despertar al reloj que nos mira atónitos. La ventana en silencio sigue dormida. Las gafas reposan debajo de la novela que aguarda a ser terminada.
El mundo no ha cambiado esta noche. Todo sigue en el mismo sitio que cuando nos fuimos a dormir. Los segundos siguen calibrados. Las cortinas siguen siendo naranjas. La puerta está cerrada con llave. El paraguas está cerrado. La radio apagada se esconde encima de la tele. No hay error. Estamos seguros. Todo sigue igual.
Al comprobar que no es grave esperamos la llegada del Sol. No somos tan insensatos para intentar volver a dormir. Por hoy hemos escarmentado.
Destapamos una nueva mañana de abril con el aroma de un café amargo. Ordenamos nuestros pensamientos bajo el agua caliente de la ducha. Afeitamos nuestra dignidad con una cuchilla al borde del óxido. Peinamos nuestros planes con un peine mellado.
Aún nos quedan cinco minutos antes de comenzar la jornada. El tiempo justo para mirarnos al espejo. El tiempo necesario para intentar ignorar nuestros miedos. El tiempo preciso para evitar caer en el abismo. El tiempo que aunque repitamos una y otra vez nuestras buenas intenciones ... no deja de ser tiempo.
La puerta se cierra a nuestras espaldas. El viento arrastra un día lleno de expectativas.
Pero hoy no. Hoy nos hemos dado cuenta que no podemos seguir así. Haciendo caso omiso a las voces que taladran nuestra cabeza toda la noche. Abogado de noche, juez de día. Lo sabemos perfectamente, el silencio a envenenado nuestra alma una noche más. Y cuando el silencio nos visita, nuestra conciencia empieza a gritar como si estuviese siendo torturada por el diablo.
Nuestras lágrimas se acumulan en nuestras pestañas. Nuestro miedo a no aguantar el tirón nos hacen retroceder sobre nuestros pasos. Subimos las escaleras y cerramos la puerta al entrar en nuestro hogar. Nuestra esperanza ha flaqueado. No nos iremos tranquilos hasta que no hagamos un funeral digno al pasado. Debemos callar a nuestra mente.
Llorando nos miramos al espejo. Nuestros ojos ... nuestros ojos han vuelto a recordar.
La vida no nos deja vivir. El silencio es nuestro verdugo cada noche. Amenazamos con abandonar el juego todas las noches. Pero no somos capaces a ello.
No nos sacia el agua, no nos abriga la ropa, no nos divierte el circo ... Estamos vacíos. Ya solo sabemos adorar al silencio. Él es el único que nos abraza por las noches. El mismo que nos hace sufrir, pero al mismo tiempo el mismo que nos recuerda que seguimos vivos. El único al que le debemos lealtad.
Encima del mantel el Sol acaricia nuestra mejilla. La ventana recién despertada se abre y nos invita a mirar el mundo que hemos elegido. Mundo vacío, mundo muerto, mundo hipócrita, mundo mentiroso ...
Acabamos el culo de nuestro café ya helado y limpio la escena del crimen - mis lágrimas - con un paño seco. El espejo me desea buen día antes de cerrar la puerta tras de mi.
Esta vez el viento arrastra un día lleno de rutina. Con mi rosario en el pecho y con mis gafas en los ojos parto a pelearme con el mundo, con la esperanza de que cuando vuelva a casa el silencio no me esté esperando para rematarme.
O al menos con la esperanza de que la cafetera me levante el castigo y me haga un café dulce.
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