28 de abril de 2012

Pedacito de un latido.

La vida marcada a ritmo de Jazz escribe poemas en tonos rojizos. Un corazón solitario sobrevive en un mundo marginado. Llora triste cada vez que se siente solo, pues siempre está solo, pero muy pocas veces es consciente de su soledad.
A ti, que lo has engañado con tus mentiras agridulces. A ti, que lo has utilizado como las estrellas utilizan a la Luna. A ti, que aún sabiendo que era un corazón tapizado en porcelana, lo has tirado al suelo sin importarte que se rompa en mil pedazos.
A ti te debe este corazón desterrado todo su sufrimiento.
Porque no es malo olvidar tu pasado, lo malo es rechazarlo. Porque no es malo gritar tu sufrimiento, lo malo es no escucharlo. Porque no es malo coser el tiempo que hemos perdido, lo malo es arrepentirse por ello.
Existen distintas esencias que vagan disueltas en el aire. Bailan deseosas de encontrar un lugar donde ser entendidas. Un lugar donde poder gritar lo que su piel tiene tatuada desde antes de nacer.
Las palabras corretean buscando unos oídos atentos. Los colores avanzan imperantes deseosos de unas pupilas negras. Unos granos de sal esperan encima de una piedra, pacientes por el lametón de una lengua curiosa. Las arrugas de un limón buscan intrigados las yemas de unos dedos meticulosos. El perfume de una rosa vaga desamparado con la esperanza de encontrar una nariz desprevenida.
Pero, ¿y el dolor? ¿qué es lo que hace el dolor?
El dolor no es tan discreto como los cinco jinetes blancos. El dolor cabalga en un caballo negro. Busca a su victima perfecta. Va indagando, preguntando por las aldeas, sin descanso y con la única motivación de encontrarlo. De encontrar al único ser capaz de entenderlo. De encontrar su corazón.
Cuando el dolor encuentra el corazón apropiado irrumpe sin previo aviso. Entra y llena sus venas de maldad y odio. La esperanza se apaga en los brazos de la ilusión, que mientras la ve morir se marchita con amargura. La oscuridad invita al frío. El frío trae consigo un invierno largo y lleno de desolación perturbada.
Muere el cielo. Muere la luz. Y nuestro corazón solitario empieza a sufrir todo el dolor. Al final, morirá el corazón de pena. Su sinceridad se tornará en negra mentira. Su voz rasgará escusas sin argumento.
Pero ¿y todo el dolor que no es sufrido? ¿y esos corazones impermeables que ríen y juegan por la ciudad? ¿Y esas caras impasibles y bellas? ¿Donde se queda todo lo que sobra?
Pues, el dolor que sobra muere de soledad. Muere sin ser sufrido por un corazón. Muere perdido en el mismo bosque donde cae un árbol sin ser escuchado. En el infinito del abismo.
Quizás este sea el motivo por el que la oscuridad sea de color negro. La oscuridad es el vertedero de toda esa sal que nunca ha encontrado la lengua. De toda esa fragancia que ha desistido sin su nariz. De todo ese ruido perdido sin su oreja. De esos colores amargados sin sus ojos. De esos limones podridos sin sus dedos. Y por supuesto, de ese dolor que sufre sin su corazón.
A ti, que te he sufrido enteramente por mucho tiempo. Y porque ya no queda más dolor que soportar, pues he escurrido hasta la última gota. Te regalo mi último latido negro esta noche. Te regalo una despedida sin lágrimas. Y te escribo una poesía sin rimas.
Y a ti, mi triste corazón, te recordaré siempre sonriendo. Olvidaré los días donde jugabas con muñecos rotos. Te tiraré a la basura para que jamás vuelvas a sufrir. Y formarás parte del olvido. Ya solo nos encontraremos cuando vuelva la oscuridad del bosque.
A ambos. Al remedio y a la enfermedad os doy muerte para ahora y para siempre.