3 de abril de 2012

Un trago de memoria.

Sabía que era un bocado prohibido. Una manzana que jamás debía ser mordida. No solamente lo comentaba todo el mundo en la plaza del pueblo. Además se veía. Se podía sospechar perfectamente que ese hombre no era trigo limpio.
Pero era obvio que jamás me acercaría a él. Ni siquiera el se fijaría en mí. ¿Quién piensa en algo tan inalcanzable como tocar las estrellas? Es obvio. Yo. Solamente yo, puedo estar pensando en cómo alejarme del hombre que nunca se acercaría a mi.
Sookie Stackhouse, una camarera pueblerina, bella, sin estudios y tremendamente sincera.
Mientras ordenada los vasos aún húmedos en la estantería las campanillas anunciaron la llegada de un nuevo cliente. No era una rutina diferente para mi. Habían pasado miles de clientes por allí ese día. Pero la brisa que entró con ese cliente fue diferente. Fue algo totalmente distinto que me obligó a levantar la mirada para no perder detalle.
Casi se me cae la copa preferida del jefe. Era un chico muy alto, musculoso, de buen porte ... tan rubio como yo, y unos ojos fríos y azules como el hielo.
Entro con firmeza y sin vacilar. Miró alrededor, con cara de buscar a alguien, o quizás de estar juzgando nuestro negocio. No fui capaz de apartar la mirada de su barbilla mientras el intentaba buscar algo en algún sitio. Sin esperarlo me miró fijamente, y dejó su cara fija frente a la mía. Sabía que era el momento de apartar la vista avergonzada, pero por algún motivo extraño no lograba hacerlo. Me había hipnotizado, y ya era tarde para escapar a su embrujo.
Después de unos segundos mirándonos fijamente, su sonrisa fue demasiado para mí. Y rompiendo la maldición a la que yo solita me había expuesto, aparté la mirada avergonzada. Mis mejillas manifestaron mi pecado, y solo esperé a que el cliente se sentase en las mesas a las que yo no tenía que atender.
Cuando mi petición a los cielos aún no había terminado, un pellizco en la espalda me sobresaltó.
- Ponte guapa ratita, se te acaba de sentar un bellezón en la tres - me dijo mi compañera al oído con una sonrisa de oreja a oreja y unos ojos de lujuria excepcional.
Tomé el cuaderno de notas de encima de la barra, me acerqué con nerviosismo y saqué el bolígrafo de debajo de mi moño improvisado.
- ¿Qué va a ser caballero?
- Sookie ... hace ya mucho tiempo. ¿Cómo has estado?
Se me heló la sangre en un instante. Ese extraño sabía mi nombre perfectamente. Desde tan cerca pude ver su piel helada, y esos labios palpitantes que me invitaban a ser infiel.
- Siéntate - prosiguió - no he venido a tomar nada.
Sin poder desobedecer la orden, mis rodillas se doblaron y tomé asiento junto a él. Mi cara de boba esperaba una respuesta que mis labios no pedían.
- Ya veo. No me recuerdas. No te preocupes, es normal.
- ¿Quién es usted? ¿Por qué habla como si me conociese de toda la vida? - seguramente hice la pregunta más estúpida en la situación más absurda del mundo, pero era lo único que necesitaba saber antes de salir corriendo de allí.
- No te conozco de toda la vida. Pero si te conozco de una de tus vidas. Estás aquí porque esa fue tu petición. Y no consigues recordarme porque esa fue tu petición.
- ¿De qué está hablando? - las explicaciones empezaban a ser fuente de nuevas dudas.
- Si te callases un momento, quizás entenderías algo.
Su voz empezaba a ser escalofriante. Tenía una voz tenue, casi diría que me estaba hablando en sueños, sin embargo su tono me arrastraba a su boca y a sus palabras.
- Hace muchos años - siguió como si me fuese a contar una historia para no dormir - ambos juramos no volvernos a ver jamás. Sellamos nuestro juramento con sangre, y ambas hermandades juraron protegerse para cumplir ese juramento. Pero las cosas han cambiado. Ese juramento ya no es válido. Y estoy aquí para llevarte de vuelta conmigo.
- No se de qué está hablando, y no tengo intención de ir a ningún sitio.
Me levanté de golpe, empujando la mesa delante mía. Ya había escuchado suficiente y no tenía nada que hacer allí. Ahora me daría la vuelta, avisaría al jefe de que un loco se había colado en el local, y lo sacaría por la fuerza para después partirle la cara como se merecía en la calle y que nunca volviese a merodear por aquí.
El extraño se levantó antes de que el escándalo llegase al río. Me hizo sentirme nuevamente muy pequeña a su lado. Se acercó a mi y entonces fue cuando empecé a temer por mi integridad moral. Su olor era tan atrayente como sus labios y por una extraña razón me moría de ganas de abrazarlo y pedirle que me llevase al final del mundo si hacía falta.
- No has cambiado nada. Sigues siendo desde la noche en la que te conocí.
Mordiendo el filo de sus labios me agarró por la espalda. Intenté gritar, pero mis labios fueron callados por un beso robado. No intenté resistirme, a esas alturas ya era inútil.
Se apartó de mi con delicadeza y tras saborear el sabor dulce de su boca le endiñé un guantazo que hizo callar a todo el bar. Todo el mundo nos miraba con cara de interrogación. Pero la única mirada que me importaba en ese momento era la suya. Una mirada fría, un gesto impasible, una boca más adictiva aún que al principio que emanaba una gota de sangre del borde.
El desconocido limpió la sangre antes de que callese por sus labios y me esquivó susurrándome al oído "sabrás donde encontrarme"
Salió por la puerta y mi jefe se me acercó por el lado contrario al que él me había esquivado.
- ¿Estás bien nena?
Mis ojos se humedecieron. El aire empezó a quemar en mi pecho. Tenía que encontrar a Erick. Y tenía que ser rápido.