Toda la habitación olía a humo. La cera goteaba en la mesa sin piedad. Sin embargo ni las velas ni la lumbre iluminaban la escena. Una bombilla polvorienta colgada de un techo amenazante era la que se encargaba de dar el color.
Hacía frío. Un frío que disimulaba muy bien su presencia. La noche era más silenciosa que la mañana. Ni los grillos le cantaban a la luna media. Todo el mundo dormía observados por las estrellas. Excepto yo.
Dando vueltas en mi cabeza el tiempo pasaba detrás de mi. Una espera cómoda que no tenía destino escrito. Solo pasaba. Me acompañaban los rizos de mi frente y el leve latir de mi corazón. No necesitaba más compañía.
La puerta chirrió. Entró sin avisar y sin tan siquiera cruzarme la mirada. No era el momento de saludar todavía. No había prisa. Todo tenía que suceder a su debido tiempo esa noche.
Tomo asiento. Acomodó las velas a su gusto y no perdió más tiempo. Me miró a la cara con gesto impasible.
- Buenas noches. Has sido más puntual que de costumbre - me reprochó en un amago de escupir simpatía.
- No tendré otra ocasión de esperarte durante horas. Quería aprovechar ese momento. Quería saborearlo por última vez.
- ¿Estás seguro de esto? Ya no habrá vuelta atrás. No puedes vacilar en el último momento.
- Puede que hace años, incluso hace unos meses hubiese dudado. Pero estoy seguro de ello. Es lo que quiero. Y como tú has dicho no hay vuelta atrás. No tendré oportunidad de arrepentirme.
- De acuerdo entonces. ¿Lo has traído?
Abrí mi chaqueta gris. Era un complemento absolutamente inútil dadas las circunstancias, pero debajo de él descansaba mi tesoro. Saqué un bulto negro que se ocultaba bajo mi pecho, y lo dejé encima de la mesa. Deslié el trapo humedecido.
- Vaya ... has sido muy "literal" con las indicaciones - volvió a reprochar levantando la ceja izquierda - lo deseas demasiado. Fracasarás. Nada vale tanto como tú estás pagando.
- Gracias por tus buenos deseos. Pero corre por mi cuenta el fracasar o no.
- Tienes razón. Levántate y quítate la camisa.
Obediente me levanté. Mis rodillas llevaban demasiado tiempo acomodadas en la silla, no les sentó bien la orden tan brusca. Fui desabrochando la camisa botón a botón. Al terminar la dejé tendida en el suelo, y esperé impaciente nuevas indicaciones.
Se levantó y escondió su brazo izquierdo detrás de su cintura. Sacó un puñal dorado y se acercó a mi cara.
- Es una pena malgastar una cara tan pura. Nunca había visto una igual. Tus ojos oscuros esconden mucho más que dolor y pena. Eres distinto. ¿Quién eres?
- Soy tu cliente. Y estás trabajando. Termina y vete, por favor.
- Hombres ... nunca cambiareis.
Pasó el puñal por el borde de mi barbilla. Su hoja fría como el hielo y su olor a sangre oxidada en el acero despertaron en mi algo parecido al miedo. Miedo que rápidamente fue abatido por mi convicción. Aquello en lo que creía era más grande y puro que cualquier dolor. Cualquier temor. Cualquier pena.
Bajó la hoja por mi cuello y llegó hasta mi pecho. La dejó reposar sobre mi corazón. Cada latido elevaba la hoja con disimulo, como una mariposa que reposa en la barriga de un oso.
Continúo con su camino sinuoso hasta llegar justo antes de mi ombligo.
- Tienes la sangre muy fría. Sabes lo que estás haciendo - me susurró al oído con una voz tenue y cargada de un aroma putrefacto.
Enfrentó la hoja contra mi abdomen, y la hundió sin tantear el terreno. Hasta el fondo.
Cerré los ojos esperando algún efecto alternativo al dolor. Pero no. No había nada. Ni dolor. Ni sangre. Nada.
- ¿Qué está pasando? - pregunté reclamando una explicación.
Se acercó nuevamente a mi cara, esta vez mirándome fijamente a los ojos y sin pestañear.
- Adiós muchacho.
Tiró del cuchillo hacia afuera con fuerza. Arrastró parte de mi carne que se había fundido con la hoja. Retrocedí ante el dolor y me arrodillé ante la desesperación. Algo empezaba a brotar dentro de mi. Algo frío, corrosivo, extraño ... empezó a regar mis músculos. El miedo escapó ahora de la jaula sin remedio. Se instaló en mi corazón y empezó a bombearlo a un ritmo desenfrenado. La agonía dilataba mis venas hasta llegar a mis dedos. Se encontraba en un callejón sin salida, no podía escapar.
Mis huesos empezaron a crujir. Un crujido seco y helado que calaba en mi cabeza. El dolor era la norma y no la excepción. El veneno corría más que la sangre.
No pude soportarlo y rompí el juramento. Empecé a gritar como alma que lleva el diablo. Rompí el silencio de la noche y establecí la entropía en la oscuridad.
Llorando sangre notaba como mi ser huía de mi. Se estaba escapando hasta la última gota buscando un perdón incoherente en esquinas de una habitación que no había cambiado.
Las velas seguían en su sitio. La bombilla iluminaba con la misma intensidad. Los palos seguían ardiendo. Nada era distinto. Nadie podía ayudarme.
" Levántate y ve en paz. Es la única manera"
Una voz me susurraba en las tinieblas. Mi insensatez se fió de ella y me propuse un nuevo destino. Un objetivo imposible que me mantuviese con vida mientras moría. Ponerme en pie sería lo último que haría.
Un ligero esfuerzo me hizo flaquear y caí al suelo desparramado. Probando el sabor de mi propia sangre en el suelo me di cuenta que era demasiado tarde. No había forma de levantarse.
- ¿Qué estás haciendo? - preguntó con odio escrito en la parte de abajo de su lengua - te he dicho que no había vuelta atrás. Deja ya de sufrir y resígnate.
- Yo ... yo ...
- ¡Cállate! queda poco. Afrontalo como un hombre. Deja que el dolor te enseñe el camino.
- Yo ... soy de hielo.
Mi voz se rasgo con un último crujido. Esta vez un crujido callado por mi carne. Mis pies empezaron a congelarse. Mis puños se pusieron rígidos y fríos como el acero, imitando a mi espalda. Sentía como el frío iba escalando por mi nuca hasta que llegó a mis ojos.
Malgasté mi último aliento en cerrar mis párpados. Y lo último que escuché fue el sonido de un corazón que empezó a latir. Un corazón envuelto en un paño negro. Su latido se alejó entre las estrellas antes de que la luz se apagase por completo.
